15º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 13,1-23

Un día salió Jesús de la casa donde se hospedaba y se sentó a la orilla del mar. Se reunió en torno suyo tanta gente, que El se vio obligado a subir a una barca, donde se sentó, mientras la gente permanecía en la orilla. Entonces Jesús les habló de muchas cosas en parábolas y les dijo:
“Una vez salió un sembrador a sembrar, y al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino; vinieron los pájaros y se los comieron. Otros granos cayeron en terreno pedregoso, que tenía poca tierra; ahí germinaron pronto, porque la tierra no era gruesa; pero cuando subió el sol los brotes se marchitaron, y como no tenían raíces, se secaron. Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron, sofocaron las plantitas. Otros granos cayeron en tierra buena y dieron fruto: unos, ciento por uno; otros, sesenta; y otros, treinta. El que tenga oídos, que oiga”…
SALIR A SEMBRAR
José Antonio Pagola
Antes de contar la parábola del sembrador que «salió a sembrar», el evangelista nos presenta a Jesús que «sale de casa» a encontrarse con la gente para «sentarse» sin prisas y dedicarse durante «mucho rato» a sembrar el Evangelio entre toda clase de gentes. Según Mateo, Jesús es el verdadero sembrador. De él tenemos que aprender también hoy a sembrar el Evangelio.
Lo primero es salir de nuestra casa. Es lo que pide siempre Jesús a sus discípulos: «Id por todo el mundo…», «Id y haced discípulos…». Para sembrar el Evangelio hemos de salir de nuestra seguridad y nuestros intereses. Evangelizar es “desplazarse”, buscar el encuentro con la gente, comunicarnos con el hombre y la mujer de hoy, no vivir encerrados en nuestro pequeño mundo eclesial.
Esta “salida” hacia los demás no es proselitismo. No tiene nada de imposición o reconquista. Es ofrecer a las personas la oportunidad de encontrarse con Jesús y conocer una Buena Noticia que, si la acogen, les puede ayudar a vivir mejor y de manera más acertada y sana. Es lo esencial.
A sembrar no se puede salir sin llevar con nosotros la semilla. Antes de pensar en anunciar el Evangelio a otros, lo hemos de acoger dentro de la Iglesia, en nuestras comunidades y nuestras vidas. Es un error sentirnos depositarios de la tradición cristiana con la única tarea de transmitirla a otros. Una Iglesia que no vive el Evangelio, no puede contagiarlo. Una comunidad donde no se respira el deseo de vivir tras los pasos de Jesús, no puede invitar a nadie a seguirlo.
Las energías espirituales que hay en nuestras comunidades están quedando a veces sin explotar, bloqueadas por un clima generalizado de desaliento y desencanto. Nos estamos dedicando a “sobrevivir” más que a sembrar vida nueva. Hemos de despertar nuestra fe.
La crisis que estamos viviendo nos está conduciendo a la muerte de un cierto cristianismo, pero también al comienzo de una fe renovada, más fiel a Jesús y más evangélica. El Evangelio tiene fuerza para engendrar en cada época la fe en Cristo de manera nueva. También en nuestros días.
Pero hemos de aprender a sembrarlo con fe, con realismo y con verdad. Evangelizar no es transmitir una herencia, sino hacer posible el nacimiento de una fe que brote, no como “clonación” del pasado, sino como respuesta nueva al Evangelio escuchado desde las preguntas, los sufrimientos, los gozos y las esperanzas de nuestro tiempo .No es el momento de distraer a la gente con cualquier cosa. Es la hora de sembrar en los corazones lo esencial del Evangelio.
José Antonio Pagola
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DIOS ES LA SEMILLA, QUE YA ESTÁ EN MÍ
Fray Marcos
Mt agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13, que hoy comenzamos a leer. No es probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Mc y Lc las colocan en distintas circunstancias. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir del conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectar nuestra conciencia hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.
El relato en sí no es significativo. A mí poco me importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con metáforas. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina de entonces, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!
El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope por otra abierta a una nueva realidad llena da sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y a descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras, al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, debe hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo sugerido.
La explicación, que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas no admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica, sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, es que ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de ver y vivir la realidad.
Los exégetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesite unas mínimas condiciones para desarrollarse.
No debemos dar importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Debemos comprender que el Reino puede estar creciendo cuando el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende solo de uno.
Más tarde se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando toda la importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En la misma parcela hay tierra buena, piedras y zarzas.
No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios”, es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla”, es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva millones de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es paciente. La evolución ha sido posible gracias a infinitos fracasos.
Podemos recordar el prólogo de Jn. “En el principio ya existía La Palabra”; “y la palabra era Dios”; “En la Palabra había Vida”. La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno de nosotros. Dios está en sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan íntimo que constituye la semilla de todo lo que es. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a voleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.
Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella, la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta. La meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación sino impedir que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. Mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.
Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto, me hago menos humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que es la esencia de lo humano.
“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos, los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.
Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mismo, con los demás y con las cosas.
Fray Marcos
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La “madre” de todas las parábolas
Papa Francisco
En el Evangelio de este domingo (cfr. Mt 13,1-23) Jesús cuenta a una gran multitud la parábola —que todos conocemos bien— del sembrador, que lanza la semilla en cuatro tipos diferentes de terreno. La Palabra de Dios, representada por las semillas, no es una Palabra abstracta, sino que es Cristo mismo, el Verbo del Padre que se ha encarnado en el vientre de María. Por lo tanto, acoger la Palabra de Dios quiere decir acoger la persona de Cristo, el mismo Cristo.
Hay distintas maneras de recibir la Palabra de Dios. Podemos hacerlo como un camino, donde en seguida vienen los pájaros y se comen las semillas. Esta sería la distracción, un gran peligro de nuestro tiempo. Acosados por tantos chismorreos, por tantas ideologías, por las continuas posibilidades de distraerse dentro y fuera de casa, se puede perder el gusto del silencio, del recogimiento, del diálogo con el Señor, tanto como para correr el riesgo de perder la fe, de no acoger la Palabra de Dios. Estamos viendo todo, distraídos por todo, por las cosas mundanas.
Otra posibilidad: podemos acoger la Palabra de Dios como un pedregal, con poca tierra. Allí la semilla brota en seguida, pero también se seca pronto, porque no consigue echar raíces en profundidad. Es la imagen de aquellos que acogen la Palabra de Dios con entusiasmo momentáneo pero que permanece superficial, no asimila la Palabra de Dios. Y así, ante la primera dificultad, pensemos en un sufrimiento, una turbación de la vida, esa fe todavía débil se disuelve, como se seca la semilla que cae en medio de las piedras.
Podemos, también —una tercera posibilidad de la que Jesús habla en la parábola—, acoger la Palabra de Dios como un terreno donde crecen arbustos espinosos. Y las espinas son el engaño de la riqueza, del éxito, de las preocupaciones mundanas… Ahí la Palabra crece un poco, pero se ahoga, no es fuerte, muere o no da fruto.
Finalmente —la cuarta posibilidad— podemos acogerla como el terreno bueno. Aquí, y solamente aquí la semilla arraiga y da fruto. La semilla que cae en este terreno fértil representa a aquellos que escuchan la Palabra, la acogen, la guardan en el corazón y la ponen en práctica en la vida de cada día.
La parábola del sembrador es un poco la “madre” de todas las parábolas, porque habla de la escucha de la Palabra. Nos recuerda que la Palabra de Dios es una semilla que en sí misma es fecunda y eficaz; y Dios la esparce por todos lados con generosidad, sin importar el desperdicio. ¡Así es el corazón de Dios! Cada uno de nosotros es un terreno sobre el que cae la semilla de la Palabra, ¡sin excluir a nadie! La Palabra es dada a cada uno de nosotros.
Podemos preguntarnos: yo, ¿qué tipo de terreno soy? ¿Me parezco al camino, al pedregal, al arbusto? Pero, si queremos, podemos convertirnos en terreno bueno, labrado y cultivado con cuidado, para hacer madurar la semilla de la Palabra. Está ya presente en nuestro corazón, pero hacerla fructificar depende de nosotros, depende de la acogida que reservamos a esta semilla. A menudo estamos distraídos por demasiados intereses, por demasiados reclamos, y es difícil distinguir, entre tantas voces y tantas palabras, la del Señor, la única que hace libre.
Por esto es importante acostumbrarse a escuchar la Palabra de Dios, a leerla. Y vuelvo, una vez más, a ese consejo: llevad siempre con vosotros un pequeño Evangelio, una edición de bolsillo del Evangelio, en el bolsillo, en el bolso… Y así, leed cada día un fragmento, para que estéis acostumbrados a leer la Palabra de Dios, y entender bien cuál es la semilla que Dios te ofrece, y pensar con qué tierra la recibo.
La Virgen María, modelo perfecto de tierra buena y fértil, nos ayude, con su oración, a convertirnos en terreno disponible sin espinas ni piedras, para que podamos llevar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.
Angelus 12 de Julio 2020
Misión con la esperanza de Dios,
sembrador obstinadamente pródigo
Romeo Ballan, MCCJ
Pocas cosas hay en la naturaleza tan pequeñas, casi invisibles, y, sin embargo, tan poderosas y sorprendentes como las semillas. Son incontables, las hay de toda especie, entran por todas partes, las pisoteamos, se pegan a la ropa sin que uno se dé cuenta; parecen insignificantes, pero son fuertes, resistentes y encierran enormes capacidades de desarrollo. Todas las plantas del bosque, del campo, de la huerta o del jardín tienen su origen de un puñado de semillas: en ellas la Naturaleza ha concentrado potencialidades de desarrollo casi infinitas. Jesús, como buen Maestro y atento observador de la naturaleza, en la parábola de hoy – llamada del sembrador – (Evangelio) teje su conocida y extraordinaria enseñanza partiendo de las semillas. Se puede analizar esta parábola bajo tres perspectivas: el sembrador, la semilla y los terrenos; las tres con alcance universal.
Ante todo, el sembrador sorprende por su prodigalidad. Actúa como un ‘inexperto’, un ‘derrochador’, tira la semilla por doquier, casi sin querer darse cuenta dónde cae: al borde del camino, entre piedras y espinas, y por fin en tierra buena. El sembrador es símbolo de esperanza: spes in semine (la esperanza está en la semilla) se dice. El sembrador es imagen del Dios de vida, de esperanza y misericordia; un Dios campesino pródigo y obstinado en el reparto de sus dones: es capaz de transformar un corazón de piedra en corazón de carne, y de hacer que una semilla florezca de la roca. Un Dios que ama a todos, quiere que su palabra llegue a todos, “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tim 2,4). Nuestro Dios es como el campesino: paciente, tenaz, espera siempre, sabe esperar, respeta los tiempos de maduración de cada uno. Por eso, en la vida y en las culturas seculares de los pueblos, aunque todavía no estén evangelizados, encontramos dones y valores que tienen su origen y van a tener su plenitud en Dios, que es Padre de todos y dador de todo bien.
La semilla esla Palabra de Dios, el mismo Jesús, Verbo y don del Padre, Dios en carne humana, Él, que es la plenitud del Reino. El anuncio misionero del Evangelio de Jesús hace crecer los valores presentes en las culturas, los purifica y los lleva a la perfección. Con razón, ya San Justino (+ 165) llamaba a estos valores las semillas del Verbo. Palabra eficaz del Padre, el Verbo es como la lluvia (I lectura) que baja del cielo para empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar para que dé nuevos frutos (v. 10). Esta semilla divina tiene una potencialidad infinita: ofrece salvación a todos; no hay barreras que logren impedir que la salvación llegue a todas partes, a cualquier persona, incluida la más perdida. En el mundo, que es el campo del Padre – ¡siempre encantador al contemplarlo! – (Salmo responsorial), no existen personas o realidades irrecuperables. Este es el fundamento del optimismo cristiano: tenaz, por encima de toda resistencia. Esta es la esperanza que da aliento al misionero: él confía en las sorprendentes potencialidades de la Palabra que va sembrando, espera siempre que la semilla produzca frutos, pone en juego su vida para salvarse a sí mismo y a los demás.
Dios ha optado por dejarse condicionar por los diferentes terrenos. Él ofrece generosamente su salvación a todos, pero no coacciona a nadie, respeta y confía en la libertad humana. Los diferentes terrenos, es decir, cada persona, tienen la capacidad de acoger o de rechazar la semilla. Este es el drama de la existencia humana, con su facultad de escoger entre camino, piedra, espinas o tierra buena. E incluso esta última con diferentes grados de respuesta: producir 30, 60, 100 por uno (v. 8.23). Dentro de los recovecos del corazón humano se inserta la obra del Espíritu (II lectura), que está presente también en la creación que sufre aguardando la plena salvación de los hijos de Dios (v. 23).
En la historia de las misiones y en la actividad evangelizadora se descubren a menudo tesoros de santidad y de gracia, incluso allí donde todo parece árido, pedregoso, prematuro. Algunos ejemplos lo confirman. En Darfur (región occidental de Sudán, devastada por un sinfín de violencias, Dios hizo brillar la grandeza humana y espiritual de una exesclava, santa Josefina Bakhita. Otros ejemplos. Entre los horrores de la guerra civil del Congo (1964), Dios hizo brotar la luz de la beata Clementina Anuarite, mártir de la castidad y del perdón. Entre las tierras buenas, cabe recordar también los testimonios de santa María Goretti, santa Madre Teresa de Calcuta, Gandhi y muchos otros, conocidos a nivel de las Iglesias locales. Hablando de tierras, la historia muestra que los tiempos se alternan según las épocas, las personas, los acontecimientos: hay épocas de acogida y buenos frutos, de cerrazón, rechazo o nuevos retoños.
No olvidemos, en fin, que en la parábola de hoy Jesús habla del sembrador, no del cosechador. En la sociedad y en la Iglesia muchos preferirían la tarea de cosechadores y vendimiadores en lugar de sembradores; pero Jesús nos invita a ser sembradores de vida, solidaridad, compasión, esperanza. Hoy la Iglesia nos invita a pedir al Padre, con el poder del Espíritu, “la disponibilidad a acoger el germen de tu palabra, que sigues sembrando en los surcos de la humanidad, para que fructifique en obras de justicia y de paz”. (Oración colecta).
ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA…: “LA PALABRA”
Fernando Armellini
Introducción
¿Es de fiar la palabra del hombre? No mucho. Desconsolado y sin ilusión, el salmista iba repitiendo: “Escasean los fieles, han desaparecido los leales entre los hombres. No hacen más que mentirse unos a otros, hablan con labios mentirosos y doblez de corazón” (Sal 12,1-2). Hoy la palabra sigue devaluada: no se cree en las promesas; solo confiamos en documentos escritos y firmados; “hechos y no palabras”, oímos una y otra vez.
¿Ocurre así con la palabra de Dios? Por diez veces consecutivas se repite en el libro del Génesis esta afirmación: “Dios dijo…y así fue”. “Por la palabra del Señor se hizo el cielo. Porque Él lo dijo, y existió; Él lo mandó, y surgió” (Sal 33,6.9.). Su Palabra no es como la del hombre; es viva y eficaz, realiza lo que anuncia, no miente y no engaña.
La mística griega proponía entrar en relación con Dios a través de éxtasis, visiones, raptos; la espiritualidad bíblica coloca, por el contrario, en primer lugar, la escucha, porque está convencida de la absoluta confiabilidad de la palabra del Señor.
“Escucha Israel” es la oración más entrañable de la piedad judía (cf. Dt 6,4). “Escucha la palabra del Señor”, recomiendan los profetas (cf. Is 1,10; Jer 11,3). “Escuchar es mejor que ofrecer sacrificios”, declara el profeta Samuel (1 Sam 15,22). “Tú no quieres sacrificios ni ofrendas; me has abierto el oído” declara el salmista (Sal 40,7).
En la Biblia, escuchar no significa recibir una comunicación o una información, sino adherir a una propuesta, acoger, custodiar en el propio corazón y poner en práctica lo escuchado. Equivale a otorgarle confianza a Dios. Quien escucha la Palabra con estas disposiciones es dichoso y bienaventurado (cf. Lc 11,28).
Primera Lectura: Isaías 55,10-11
1Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá, sino que empapan la tierra, la fecundan y la hacen germinar, para que dé semilla al sembrador y pan para comer, 11así será mi Palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.
Dios está en el cielo y el hombre en la tierra (cf. Qo 5,1). Las súplicas suben hasta el Señor. Él las escucha y envía su Palabra, obradora de prodigios (cf. Sal 147, 15-18). Dóciles, los seres inanimados obedecen a Dios: “Trata como quiere al ejército del cielo” (Dn 4,32). “Envía el rayo y él va, lo llama y obedece temblando; a los astros que brillan gozosos en sus puestos de guardia, los llama y responden: ¡Presentes! Y brillan gozosos para su Creador”(Bar 3,33-35). No es así con el hombre. En los seres libres, la palabra de Dios puede actuar solo si es acogida, si cae en un terreno fértil que le permite producir fruto.
El pasaje que cierra el libro del Segundo-Isaías (Deutero-Isaías), y que nos viene propuesto hoy, es un himno a la eficacia vivificante de la palabra de Dios. Para comprenderloy gustarlo, es necesario colocarlo en el contexto histórico en que ha sido compuesto. Estamos en la segunda mitad del siglo VI a.C. Hace ya muchos años que los israelitas se encuentran en Babilonia y, con creciente insistencia, se preguntan: ¿Podremos un día regresar y ver de nuevo nuestra tierra?
A estas personas cansadas y abatidas, Dios les envía un profeta para anunciarles suinminente liberación. Pero transcurren algunos años y no sucede nada, dando paso a la desilusión y al abatimiento. ¿Cómo es que la palabra de Dios no se cumple? ¿También Él, como los hombres, es infiel a sus promesas?
El profeta responde a esta duda con una imagen. La palabra de Dios es como la lluvia y como la nieve: caen del cielo y no regresan sin haber producido el objetivo a que eran destinadas; poseen un dinamismo irresistible, una energía que fecunda y hace germinar el grano, la hierba verde y las flores. La Palabra enviada del cielo jamás regresa a Dios “con las manos vacías”; lleva siempre consigo algún fruto. Los resultados, ciertamente, dependen también de la tierra en la que cae, pero, adonde llega, nada permanece como antes.
La imagen de la lluvia y de la nieve y la referencia al ciclo de las estaciones y al lento crecimiento de la semilla es una invitación a no esperar resultados inmediatos. La palabra de Dios actúa, a veces, en tiempos dilatados porque tiene que tratar con las reacciones, las decisiones e incluso con el endurecimiento, la obstinación, la terquedad y la testarudez del hombre. Son necesarias la paciencia, la capacidad de esperar, de mirar hacia el futuro, junto auna confianza a toda prueba en la fuerza vivificante de esta Palabra.
Los israelitas deportados en Babilonia supieron esperar; mantuvieron firme la convicción de que: “la palabra de Dios es recta y su actuación es fiable” (Sal 33,4) y, después de algunos años, un primer grupo de ellos pudo dejar Mesopotamia y regresar a la tierra de los padres. Quien se fía de la palabra del Señor, un día podrá verificar sus efectos prodigiosos.
Segunda lectura: Romanos 8,18-23
18Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros. 19La humanidad aguarda ansiosamente que se revelen los hijos de Dios. 20Ella fue sometida al fracaso, no voluntariamente, sino por imposición de otro; pero esta humanidad tiene la esperanza 21de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios. 22Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. 23Y no solo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo.
Quien se encuentra en un laberinto piensa, se angustia, se aturde, gira, se desespera… ytermina por encontrarse siempre en el punto de partida. Solo un par de alas que le hicieran levantar el vuelo le permitirían contemplar desde lo alto la posición en que se encuentra y descubrir el camino hacia la libertad. Lo que ocurre en la tierra, el agitarse de los hombres, el sucederse de acontecimientos a menudo absurdos, los dramas humanos…todo eso constituye un enigma inexplicable hasta que no se sube al cielo, hasta Dios. Si se escrutan con el Señorlos horizontes más lejanos, se llega a descubrir el sentido de todo lo que ocurre en estemundo. La realidad en que vivimos presenta motivos innegables para ser pesimistas, pero quien entra en la perspectiva de Dios, recupera, aunque con fatiga, a veces, la serenidad y la esperanza.
La creación, dice Pablo, ha sido sometida a la caducidad, a la esclavitud, a la corrupción y grita su dolor. Ha sido sometida a un proceso absurdo, contrario a aquel para el que ha sido creada. El pecado, el egoísmo, la han descontrolado. Ahora el hombre se estremece de pavor ante las consecuencias de sus errores: ve amenazada la fertilidad de la tierra, la salubridad del aire, la limpieza del agua; constata los daños infligidos a las plantas y a los animales, sabe de haber llenado los fondos marinos de desechos y de bombas… Esta Creación espera ser redimida: quiere ser reconducida al proyecto de Dios, quien, al inicio, había contemplado complacido todo lo que había hecho porque “era muy bueno” (Gén 1,31).
Pablo nos invita a no desesperar y a no interpretar el grito de la Creación como el lamento de un moribundo. Éste asemeja más bien al de una parturienta que está a punto de dara luz una nueva vida. Los cristianos no permanecen insensibles al grito de la Creación, pero no se abaten porque están seguros de que, no obstante las apariencias contrarias, la palabra de Dios llevará a cumplimiento la nueva Creación.
Evangelio: Mateo 13,1-23
1Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. 2Se reunió junto a Él una gran multitud, así que Él subió a una barca y se sentó, mientras la multitud estaba de pie en la orilla. 3Les explicó muchas cosas con parábolas: Salió un sembrador a sembrar. 4Al sembrar, unas semillas cayeron junto al camino, vinieron las aves y se las comieron. 5Otras cayeron en terreno pedregoso con poca tierra. Al faltarles profundidad brotaron enseguida; 6pero, al salir el sol se marchitaron, y como no tenían raíces se secaron. 7Otras cayeron entre espinos: crecieron los espinos y las ahogaron. 8Otras cayeron en tierra fértil y dieron fruto: unas ciento, otras sesenta, otras treinta. 9El que tenga oídos que escuche. 10Se le acercaron los discípulos y le preguntaron: ¿Por qué les hablas contando parábolas? 11Él les respondió:Porque a ustedes se les ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos, pero a ellos no se les concede. 12Al que tiene le darán y le sobrará; al que no tiene le quitarán aun lo que tiene. 13Por eso les hablo contando parábolas: porque miran y no ven, escuchan y no oyen ni comprenden. 14Se cumple en ellos aquella profecía de Isaías: Por más que escuchen, no comprenderán, por más que miren, no verán. 15Se ha endurecido el corazón de este pueblo; se han vuelto duros de oído, se han tapado los ojos. Que sus ojos no vean ni sus oídos oigan, ni su corazón entienda, ni se conviertan para que yo los sane. 16Dichosos en cambio los ojos de ustedes porque ven y sus oídos porque oyen. 17Les aseguro que muchos profetas y justos ansiaron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron, y escuchar lo que ustedes escuchan, y no lo escucharon. 18Escuchen entonces la explicación de la parábola del sembrador. 19Si uno escucha la palabra del reino y no la entiende, viene el Maligno y le arrebata lo sembrado en su mente; ése es como lo sembrado junto al camino. 20Lo sembrado en terreno pedregoso es el que escucha la palabra y la recibe enseguida con gozo; 21pero no echa raíz y resulta un entusiasmo pasajero. Llega la tribulación o persecución por causa de la palabra e inmediatamente falla. 22Lo sembrado entre espinos es el que escucha la palabra; pero las preocupaciones mundanas y la seducción de la riqueza la ahogan y no da fruto. 23Lo sembrado en tierra fértil es el que escucha la palabra y la entiende. Ése da fruto: ciento o sesenta o treinta.
Los teólogos y predicadores exponen sabiamente verdades muy profundas, pero a veces usan un lenguaje complicado, opaco, arcano, retorcido. Casi dan la impresión de no preocuparse de que la gente entienda, de que se muestre interesada, se apasione o, por el contrario, de que se esté aburriendo. Jesús usaba un acercamiento pedagógico diverso: aun cuando afrontaba temas complicados, empleaba siempre un lenguaje simple, recurría a comparaciones e imágenes, contaba historias ambientadas en la vida de pastores, pescadores, comerciantes, recaudadores de impuestos y, sobre todos, de campesinos entre quienes había nacido y crecido.
La parábola, decían los rabinos, es como la torcía de una vela: cuesta pocos centavos, sin embargo, por tenue que sea su luz, puede hacer descubrir un tesoro. Hoy Jesús introduce el tema teológico más difícil, el enigma al que las mentes más agudas y los espíritus más nobles de la humanidad han tentado en vano de dar una respuesta: “¿Por qué el mal?”, “¿Por qué el reino de Dios encuentra tantas dificultades en afirmarse?”. Jesús afronta el problema como su método habitual: la parábola.
El texto está claramente dividido en tres partes. La primera (vv. 1-9) está constituida por la parábola; la segunda (vv. 10-17) contiene algunos dichos de Jesús de no fácil interpretación, incluso parecen insinuar que él no quiere que se conviertan sus oyentes; la tercera (vv. 18-23) es una aplicación de la parábola a la vida de la comunidad.
Antes de comenzar con cada una de las tres partes, es necesario un preámbulo. Los expertos en la Biblia concuerdan en reconocer que la explicación de la parábola, aunque puesta en boca de Jesús y reflejando perfectamente su pensamiento, no ha sido pronunciada directamente por Jesús. ¿Por quién, entonces?
Los primeros cristianos, cuando impartían la catequesis en sus comunidades, no estaban preocupados por transmitir literalmente lo que Jesús había dicho; se esforzaban, más bien, en hacer comprensible y eficaz su mensaje, aplicándolo a las situaciones concretas de sus vidas. Estaban convencidos de que los evangelizadores no se tenían que comportar como meros repetidores; para ser fiel a la palabra del Maestro, debían actualizar su mensaje. Quien en realidad repite de manera exacta las palabras de una persona, no siempre refiere de un modo auténtico su mensaje.
Los primeros cristianos, por tanto, han modificado un poco, a veces, esta o aquella parábola o bien han añadido una explicación para adaptarlas a la situación de sus comunidades. Esto es justamente lo que ha sucedido con la parábola que nos viene propuesta hoy. Jesús la ha narrado para impartir una enseñanza a sus oyentes y los primeros cristianos la han releído y aplicado a los problemas concretos de sus vidas, problemas que no eran propiamente los mismos que afectaban a los discípulos que habían escuchado a Jesús. Así ha nacido la “catequesis actualizada” que se encuentra en los vv. 18-23.
Comencemos clarificando el sentido y el mensaje que tenía la parábola en boca de Jesúsy, a continuación, después de haber interpretado los difíciles versículos centrales, explicaremos la lectura de la parábola que han hecho las comunidades de Mateo.
Una manera extraña de sembrar (vv. 1-9). Hay un detalle en la parábola que llama inmediatamente la atención: el desperdicio de la semilla que viene esparcida en grandes cantidades en un terreno estéril. Nos asombra el comportamiento tan descuidado del agricultor. Exactamente tres cuartas partes del relato están dedicadas al grano que va a caer en el camino, en lugares pedregosos o entre espinas y es devorado por los pájaros o se quema o es sofocado.
La insistencia sobre el desperdicio, sobre el fracaso, sobre las perspectivas poco prometedoras es un elemento importante: refleja la realidad del mundo en que el mal parece mucho más pujante, más eficiente que el bien. Nótese el progresivo, machacante, extra-poder: la semilla no despunta, lo que despunta no crece, lo que crece es sofocado. ¿De qué depende? ¿Por qué sucede esto? Si Dios es bueno, ¿por qué su reino no se desarrolla sin oposición? Estos son los interrogantes a los que Jesús quería dar una respuesta.
Para comprender la parábola hay que tener en cuenta que en aquel tiempo la siembra no se hacía después de que el campo había sido preparado, sino antes. El campesino no comenzaba arando, escardando, arrancando hierbajos, quitando piedras, sino que antes sembraba y después pasaba el arado. Se entiende ahora por qué parte de la semilla cayera entre piedras, en medio a las malas hierbas o sobre los pequeños senderos que se formaban por las pisadas de los campesinos durante el tiempo de la cosecha o durante los periodos enque se daba descanso a los terrenos de cultivo.
Quien observa al agricultor de la parábola pensará que está trabajando en vano, que desperdicia semilla y energía. Es difícil creer que en un campo reducido a aquel estado puede germinar cosa alguna. Sin embargo, después de la siembra, he aquí el resultado del paso del arado: los senderos desaparecen, las espinas y las malas hiervan se quitan, las piedras son trasladadas y el campo que parecía improductivo, después de poco tiempo, se cubre primero de brotes de grano y seguidamente de rubias espigas. ¡Un auténtico milagro!
Jesús cuenta esta parábola en un momento difícil de su vida: ha sido expulsado de Nazaret, lo han tomado por loco en Cafarnaúm, los fariseos lo quieren matar y muchos discípulos lo abandonan. Parece como si toda su predicación cayera en saco roto; las condiciones son demasiado desfavorables, su palabra parece destinada a morir (cf. Mt 11–12).
Con esta parábola Jesús quería transmitir un mensaje a sus discípulos descorazonados que lo interrogaban sobre la utilidad del trabajo apostólico que estaba desarrollando: a pesar de todas las contradicciones y los obstáculos, su palabra daría fruto abundante porque es portadora de una fuerza de vida irresistible.
Contrariamente a todas las expectativas, la venida del mesías no ha sido clamorosa, no han tenido gran resonancia. Su paso por este mundo se podría catalogar entre los más insignificantes: nada cambió en la vida social y política de su pueblo. Juna el Bautista ha sido más famoso que él. Jesús ha desaparecido en la tierra como una pequeña semilla, débil, casi invisible y, sin embargo, después de poco tiempo, esta semilla ha comenzado a germinar. El evangelio ha comenzado a fermentar a la humanidad y nosotros, hoy, podemos verificar que el mensaje de la parábola del sembrador se está realizando.
Todos nos hemos preguntado alguna vez si vale la pena seguir anunciando la palabra de Dios en un mundo y en una sociedad corrompida como en la que vivimos, si todavía tiene sentido hablar de las bienaventuranzas evangélicas y hacer catequesis a personas que no escuchan, que tienen el corazón endurecido, piensan solamente al dinero, a las diversiones, a lo que es caduco, fugaz, efímero. ¿No están los catequistas y evangelizadores sembrando en vano? Cuando surgen estos pensamientos, es el momento de profesar la propia fe en la fuerza divina contenida en la palabra del evangelio.
¿Por qué Jesús habla en parábolas? (vv. 10-17). Hacia la mitad de su vida pública, Jesús hace un balance y constata que son muy pocas las personas que han aceptado su mensaje. ¿Hay que extrañarse de esto? No, responde. Tampoco los profetas del Antiguo Testamento eran escuchados. En tiempos de Isaías, por ejemplo, la gente se tapaba los oídos para no escuchar la palabra de Dios y endurecía el corazón para no convertirse (vv. 14-15).
He aquí la razón por la que Jesús recurre a las parábolas: hace un nuevo tentativo para desbloquear la situación. Piensa que con este lenguaje simple y concreto será más fácil abrir brecha en el corazón de sus oyentes. La parábola obliga a reflexionar, a buscar el significado recóndito, hace pensar, nos hace entrar en nosotros mismos y puede, por tanto, provocar la conversión.
Estos versículos son una invitación a abrir, lo más pronto posible, ojos, oídos y corazón, de lo contrario las parábolas se quedan en relatos enigmáticos y no producen ningún fruto.
Los cuatro tipos de terreno (vv. 18-23). La aplicación de la comparación a la vida de las Comunidades tiene como objetivo ayudar a los discípulos a identificar las dificultades que la palabra de Dios encuentra en cada uno. La escasez de resultados no depende ni de la semilla ni del sembrador, sino del tipo de terreno.
Existe, en primer lugar, un corazón duro, convertido en tal –como ocurre con el suelo de un sendero– por las muchas personas que lo han pisado. Representa el corazón impenetrable a la palabra de Cristo porque ha asimilado el modo de razonar de este mundo, se ha adaptado a la moral corriente, ha hecho propios los valores propuestos por los hombres. Esto es obra del maligno, el demonio devastador que se insinúa en los pensamientos, en los sentimientos, colmándolos de mezquindad, de frivolidad, de propuestas insensatas de vida, de razonamientos delirantes.
Está, después, el corazón inconstante que se entusiasma fácilmente, pero después de pocos días, vuelve a ser como antes. Es como una piedra cubierta por una fina capa de tierra: si se planta en ella una semilla, germina, pero se seca inmediatamente.
También hay un corazón inquieto que se agita por los problemas de este mundo, que añora el éxito y la riqueza, que alimenta sueños mezquinos. Estas preocupaciones son como las espinas: sofocan la semilla de la palabra.
Finalmente, he aquí el corazón bueno en el que el evangelio produce frutos abundantes.No se trata de cuatro categorías de personas, sino de disposiciones interiores que se encuentran en proporciones diversas en cada persona. Es inútil que el evangelizador espere, para lanzar la preciosa semilla de la parábola, el terreno ideal, aquel perfectamente fecundo. Tierra buena, espinas, piedras y suelo árido estarán siempre juntos. Esto será motivo de desánimo para algunos, pero para los verdaderos apóstoles, para los catequistas auténticos se convertirá en estímulo para una siembra más abundante. Muchos esfuerzos serán en vano, pero un día, puntualmente, la espiga aparecerá, en cada persona.