Año A – 14.º Domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 11,25-30: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados»

Después del discurso apostólico (Mateo 10), encontramos ahora una sección narrativa (Mateo 11–12), según el procedimiento literario querido por Mateo, que alterna discursos y relatos.

Esta sección narrativa se caracteriza por un clima de tensión creciente. Jesús se da cuenta de que su mensaje y su obra no son comprendidos: Juan Bautista alberga dudas sobre su mesianismo; la gente se muestra caprichosa como los niños; las ciudades alrededor del lago, donde había realizado tantos milagros, no se convierten; los escribas y los fariseos se oponen a él. Jesús se encuentra así ante la falta de éxito y la perspectiva del fracaso. Este es el contexto dramático del pasaje evangélico de hoy.

El texto se articula en tres párrafos bien diferenciados: en el primero, la oración de alabanza que Jesús dirige al Padre; en el segundo, la estrecha relación entre el Padre y el Hijo; en el tercero, la relación entre Jesús y nosotros, con la invitación a acudir a él.

El pasaje griego comienza de un modo singular: «En aquel tiempo Jesús, respondiendo, dijo…». Sin embargo, antes no encontramos ninguna pregunta. Parece casi como si Jesús respondiera al interrogante que esta situación de aparente fracaso plantea a su misión. ¿Y cuál es su respuesta? «¡Te alabo, Padre!».

1. Jesús decepcionado, pero no desanimado

Nos preguntamos: ¿cómo es posible que Jesús, en este contexto de oposición y aparente fracaso, reaccione con una oración de alabanza, con una especie de su propio «Magníficat»?

El Señor no se abate ni se desanima, como quizá habríamos hecho nosotros. Aunque está decepcionado por la cerrazón y la falta de fe de tantos oyentes, testigos de sus milagros, Jesús lleva esta situación a la oración, al diálogo con el Padre. Y descubre que el Padre sigue realizando su proyecto de amor no a través de los sabios y entendidos, sino a través de los pequeños.

Es una situación muy actual. Hoy asistimos al alejamiento de muchos cristianos y a la marginación de la fe cristiana en la cultura occidental; nos preguntamos entonces para qué sirve el anuncio del Evangelio en un contexto semejante. Quizá también nosotros estamos decepcionados porque las promesas de Dios parecen tardar en cumplirse. Hemos envejecido esperando una Iglesia renovada. Es fuerte la tentación de la resignación, del desánimo y del pesimismo cínico.

Pues bien, Jesús nos invita al valor de la oración, para discernir de dónde y hacia dónde sopla el Espíritu.

2. Una nueva llamada para todos: ¡venid, tomad, aprended!

Jesús sale del encuentro con el Padre renovado en la conciencia de su misión mesiánica: «Todo me ha sido entregado por mi Padre». Y se dirige de nuevo a los pequeños, o mejor dicho, a todos: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí».

¿Quién es este pueblo cansado y oprimido? Son quienes viven bajo el yugo de la Ley. En efecto, para la tradición rabínica, el yugo era imagen de la Ley: los 613 preceptos extraídos de la Escritura y los miles de prescripciones menores que obligaban a «ir por el buen camino».

El yugo evocaba una condición de esclavitud, pues normalmente eran los esclavos quienes lo utilizaban para transportar cargas pesadas (cf. Levítico 26,13).

Jesús invita a romper aquel yugo y a ir hacia él para encontrar alivio, es decir, el descanso prometido por Dios a su pueblo (cf. Carta a los Hebreos 3–4). Sin embargo, inmediatamente después, invita a tomar su yugo y a aprender de él, «manso y humilde de corazón».

Ciertamente podemos aprender de él, maestro de corazón manso y humilde, que no se comporta como los escribas y los fariseos, quienes «atan cargas pesadas y difíciles de llevar y las ponen sobre los hombros de la gente» (Mateo 23,4). Sin embargo, no esperaríamos una asociación entre yugo y descanso.

¿Cuál es, entonces, este yugo de Jesús?

El yugo era un instrumento de madera que unía a dos animales para arar o tirar de un carro. El yugo de Jesús es la cruz: la que él llevó por nosotros y, por tanto, nuestra cruz, nuestro yugo. Jesús se hace nuestro Cireneo, se pone a nuestro lado. Es nuestro compañero, nuestro… «cónyuge».

Sí, porque el término cónyuge deriva del latín coniux, formado por cum e iugum: indica a quien está unido al otro bajo el mismo yugo, a quien comparte la misma suerte. De ahí procede también el verbo «conyugar». Es, por tanto, una imagen nupcial.

Jesús afirma: «Mi yugo es suave y mi carga ligera». ¿Por qué es suave? Porque es el yugo del amor. ¿Por qué es ligera? Porque él la lleva con nosotros.

Ante esta invitación de Jesús surgen dos tentaciones.

La primera es querer romper todo yugo y todo vínculo, incluso el «suave y ligero» del amor. Como el falso profeta Ananías, que rompió el yugo simbólico de madera llevado por Jeremías, prometiendo al pueblo libertad y prosperidad. El riesgo es acabar con un yugo de hierro (cf. Jeremías 28).

La segunda tentación es confiar en el yugo de las leyes para garantizar el orden y preservar el poder, en el ámbito social, eclesial, familiar o en cualquier otro contexto, aumentando el cansancio y la opresión y sacrificando la solidaridad y el amor.

Ejercicio semanal de reflexión

  • ¿Cómo reacciono ante los fracasos y las decepciones?
  • ¿Quién es mi «cónyuge» al llevar la cruz: Cristo o el nuevo mesianismo cultural?
  • «Quiero darte gracias, Señor, por el don de la vida. He leído en alguna parte que los seres humanos son ángeles con una sola ala: solo pueden volar permaneciendo abrazados. A veces, en momentos de intimidad, me atrevo a pensar, Señor, que también tú tienes una sola ala. La otra la mantienes escondida: quizá para hacerme comprender que no quieres volar sin mí» (don Tonino Bello).

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

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