INICIOS DE LA MISIÓN EN ÁFRICA

Por el P. Damián Bruyel
Misionero Comboniano 

1. Las misiones en África 

Mientras los misioneros portugueses predicaban el Evangelio en algunas costas africanas desde el siglo XVI, acompañando a los navegantes y exploradores en su ruta hacia las Indias orientales, el interior de África era totalmente desconocido y, por tanto estaba sin evangelizar. Casi todo el norte de África había  sido evangelizado desde los primeros siglos, gracias a las calzadas y vías marítimas romanas, pero los romanos nunca se atrevieron a llegar al interior del África negra, porque todo lo que  veían más allá de sus fronteras era desierto; en sus mapas escribían: «Hic sunt leones» («Aquí viven los leones»). Ahí acababa su  mundo africano… 

El siglo XIX va a ser el de los inicios de la reorganización de las  misiones en África, tanto por el nacimiento de institutos misioneros especializados como por las obras de apoyo a esas  misiones incipientes por parte de algunas organizaciones católicas. De los institutos misioneros, los más importantes fueron los  misioneros «Espiritanos» (fundados por Liberman), los «Padres  Blancos» y las «Madres Blancas» (fundados por el cardenal Lavigerie), y los «Misioneros Combonianos» y las «Misioneras Combonianas» (fundados por el obispo Comboni). 

Mientras el tráfico de esclavos va perdiendo fuerza en las  costas africanas del Atlántico, en las costas orientales crece vertiginosamente, y desde estas costas hasta el mismo centro de  África negra. Exploradores y misioneros van abriendo camino  hacia el interior del Continente. Unos y otros hacen campañas en  Europa en contra del tráfico de esclavos. Los grandes misioneros de aquella época tuvieron que luchar tenazmente contra este crimen organizado por musulmanes y no pocos europeos. Entre  aquellos misioneros se encuentran san Daniel Comboni y el  Cardenal Carlos Lavigerie

2. El martirio y su poder evangelizador 

El martirio es, sin duda alguna, junto con la caridad, el medio más grande de evangelización de que dispone la Iglesia y que  Dios concede solo a unos pocos. Como decía el gran escritor  africano Tertuliano (s. II), «La sangre de los mártires es semilla de cristianos». Históricamente está demostrado: después de  una gran persecución, el aumento de nuevos cristianos es notable,  así como la perseverancia en la fe de los cristianos que han sobrevivido. Basta pensar en el despertar de la fe de nuestros pueblos  de Guatemala y El Salvador, por poner algún ejemplo. 

Jesucristo, Hijo del Dios Altísimo, dedicó tres años a predicar el  Evangelio, la venida del Reino de Dios. Su vida acabó en una cruz,  y así nos salvó. Él nos había dicho, a través de san Juan: «No hay  amor más grande que dar la vida por sus amigos» (15, 13); «Si a  Mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (15,  20); «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda solo;  pero si muere, da mucho fruto» (12, 35). 

Aquí Jesús nos está enseñando tres cosas: 1) La mejor evangelización consiste en la donación hasta el martirio de uno  mismo. Es la prueba más grande de amor a Dios y a los pueblos  que se quiere evangelizar. 2) El discípulo misionero no es mayor  que su Maestro: ¿Que a Él lo han perseguido? Pues a nosotros  también nos perseguirán. 3) Los mayores frutos que se dan en  la evangelización es cuando damos la vida por Cristo y su Misión.  El ejemplo del grano de trigo es bien claro: si muere, da mucho  fruto

Las primeras grandes persecuciones contra la Iglesia se dieron  durante el Imperio Romano. Hombres, mujeres, e incluso niños,  sufrieron alegres los tormentos y la muerte por declararse cristianos. Ellos mantuvieron firme su fe hasta la muerte, con el auxilio  divino. Muchos paganos se convirtieron al ver su valor en los  tormentos y el ejemplo de su vida intachable; al ver con qué serenidad y paz sufrían y morían los cristianos, muchas veces sonriendo y cantando alabanzas, se decidían allí mismo a morir con y  como los cristianos; también les llamaba la atención que los cristianos muriesen humildes y perdonando a sus verdugos, deseándoles su salvación. Entre los mártires había mucha gente sencilla, pero también altos cargos de la vida social, política, civil,  militar y económica. 

3. Los mártires africanos de la Eucaristía 

Estos mártires no son los primeros en dar la vida por Cristo en  África —en el capítulo siguiente presentaré los primeros mártires  más conocidos—. En el año 304 un grupo de cristianos de Abitinia,  cerca de Cartago fue sorprendido de noche reunido en la casa de  uno de ellos. Era domingo, y estaban celebrando la Cena del Señor, en contra de las órdenes del emperador Diocleciano. Eran un  sacerdote, Saturnino, y 49 cristianos más, entre ellos varios jóvenes y niños, así como personas importantes en la sociedad, como  el senador Dátivo. El proceso judicial contra ellos ha quedado registrado con todo detalle en unas «Actas» que se nos han conservado, y que transmiten los diálogos entre cada uno de ellos y los  jueces que querían hacerles declarar su culpabilidad. Todos ellos  murieron, en medio de tormentos narrados por el cronista también  con todo detalle. Todos sus nombres están registrados. He aquí  una parte de este testimonio tomado de las «Actas de los Mártires» de Abitinia, al norte de África, en la actual Túnez. 

< Fueron presentados al procónsul por los oficiales del tribunal. Se le informó que se trataba de un grupo de cristianos que  habían sorprendido celebrando una reunión de culto con sus ministros. El primero de los mártires torturados, Télica, gritó:
– Somos cristianos: por eso nos hemos reunido.
El procónsul le preguntó:
 – ¿Quién es, junto contigo, cabeza de sus reuniones?
El mártir respondió con voz clara: 
– El sacerdote Saturnino y todos nosotros. 
Victoria, una de las cristianas, declaró: 
– Todo lo que he hecho, lo he hecho espontáneamente y  por mi propia voluntad. Sí, yo he asistido a la reunión y he  celebrado los misterios del Señor con mis hermanos,  porque soy cristiana.

El sacerdote Saturnino, experimentando las torturas en su  cuerpo, fue llevado delante del procónsul, que le dijo:
– Tú has obrado contra el mandato de los emperadores  reuniendo a todos estos. 
Saturnino, lleno del Espíritu Santo, le respondió: 
– Hemos celebrado tranquilamente el Día del Señor, porque  la celebración del Día del Señor no puede omitirse.

Mientras atormentaban al sacerdote, intervino Emérito, un lector: 
– Yo soy el responsable, pues las reuniones se han  celebrado en mi casa. Y lo hemos hecho porque el Día del  Señor no puede omitirse: así lo manda la ley. 
El procónsul le preguntó: 
– ¿En tu casa se han tenido estas reuniones? ¿Por qué les  permitiste entrar? 
– Porque son mis hermanos y no podía impedírselo.
– Pues tu deber era impedírselo. 
– No me era posible, pues nosotros no podemos vivir sin  celebrar el domingo. 

Asimismo varios de los cristianos salieron a declarar:
– Nosotros somos cristianos, y no podemos guardar otra ley  que la ley santa del Señor. 
El procónsul les dijo: 
– No os pregunto si sois cristianos, sino si habéis celebrado  reuniones. 

Necia y ridícula pregunta la del juez. Como si el cristiano pu diera pasar sin celebrar el Día del Señor. ¿Ignoras, Satanás, que el  cristiano está asentado en la celebración del Día del Señor? Un joven, Félix, dio valientemente testimonio: 
– Yo celebré devotamente los misterios del Señor, y me  junté con mis hermanos, porque soy cristiano. 

Un niño, Hilariano, sin miedo a los tormentos, también dijo:
– Yo soy cristiano, y espontáneamente y por propia voluntad  asistí a la reunión, junto a mi padre y mis hermanos…

Este es un hermoso testimonio de estos cristianos africanos de  Abitinia, que sabían apreciar la celebración eucarística del domingo  por encima de todo. Un testimonio que suscita en nosotros envidia  y, a la vez, un poco de vergüenza, porque en nuestros días, sobre  todo entre los más jóvenes, la  participación en la reunión de los domingos no parece sea impor tante… Cuando un bautizado no va a la iglesia el domingo para celebrar el Día del Señor… entonces deja de ser un cristiano católico fervoroso y, por tanto, deja de ser un discípulo misionero de la verdadera y única Iglesia de Jesús, «la Barca de Pedro».