¡No tengáis miedo!
Año A – 12.º domingo del Tiempo Ordinario
Mateo 10,26-33: “¡No tengáis miedo!”
El domingo pasado comenzamos la lectura del “discurso apostólico”, llamado también “discurso misionero”, presentado en el capítulo 10 del Evangelio de Mateo. El pasaje evangélico nos introducía en este discurso con estas palabras: “Al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban cansadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor” (9,36). Jesús quiso hacer partícipes a los Doce de su compasión y decidió enviarlos en misión. El Maestro les dio sus recomendaciones (10,5-25). La lectura litúrgica omite parte de estas instrucciones por razones de brevedad, no porque ya no sean actuales. Eran válidas para los apóstoles y para la Iglesia de los orígenes, y lo siguen siendo para nosotros hoy.
Jesús no oculta las dificultades y los riesgos de tal misión: “Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos” (v. 16). San Mateo recoge aquí varias sentencias del Señor sobre las exigencias de la misión y de la vida del discípulo. Podemos imaginar cuál pudo haber sido la reacción de los apóstoles: ¡el miedo! Por eso el Evangelio de hoy gira en torno a la triple invitación de Jesús: “¡No tengáis miedo!”.
1. ¿De qué lado estoy: del lado de la multitud o de los discípulos?
Este segundo discurso de Jesús está dirigido enteramente a los Doce: “Llamando a sí a sus doce discípulos…”. De modo más general, podemos decir que Jesús se dirige a los discípulos de todos los tiempos. Por tanto, sería oportuno preguntarnos: ¿siento que este discurso va dirigido también a mí?
Dos categorías de personas siguen a Jesús: la multitud y los discípulos. La multitud lo acompaña por simpatía: se siente atraída por sus prodigios y milagros, por su palabra y su enseñanza nueva, por su personalidad libre y profética. El discípulo, en cambio, sigue a Jesús porque desea escuchar su palabra y compartir su estilo de vida.
En general, todos comenzamos la vida cristiana como una multitud simpatizante. Pero, en cierto momento, el Señor nos llama a convertirnos en discípulos. Se trata de separarse de la multitud para estar junto a él y, al mismo tiempo, de comprometerse con la multitud, con los demás. La tentación consiste en hacernos los sordos y permanecer en la multitud, es decir, simpatizar con los valores propuestos por Cristo sin comprometernos demasiado. Preguntémonos, pues: ¿de qué lado estoy? ¿Entre la multitud anónima o en el grupo de los discípulos?
2. ¡No tengáis miedo!
El miedo es un sentimiento muy humano. Forma parte del instinto de supervivencia y, por tanto, es natural sentirlo. Pero ¡ay de nosotros si se convierte en el principio de nuestra acción! Sería como avanzar con el freno de mano echado. El motor de la vida, en cambio, es la confianza.
En nuestro tiempo, el miedo es uno de los sentimientos más difundidos. Y es también una de las mayores amenazas para la fe cristiana. El miedo es la actitud de “un alma encarcelada”, decía el papa Francisco. Por eso, la primera palabra que Dios dirige al ser humano cuando lo encuentra suele ser: “¡No tengas miedo!”. Se suele decir que en la Biblia esta invitación resuena 365 veces, una por cada día del año; según otros, incluso alguna más, para ciertas circunstancias extraordinarias.
Jesús parece aludir a tres miedos en particular.
“¡No tengáis miedo de los hombres!”
El primer miedo viene de dentro de nosotros. A menudo nace precisamente de las exigencias del propio mensaje: es el miedo a no estar a la altura de la tarea que Dios nos confía. ¿Cómo puedo dar testimonio de mi fe si también yo tengo mis momentos de duda? ¿Si ni siquiera yo la vivo plenamente? ¿Si tengo mis límites y defectos? Se trata del miedo a que nos echen en cara nuestras incoherencias. Jesús, en cambio, nos invita a anunciar el mensaje sin temor, a plena luz, desde las azoteas.
Para combatir este miedo, cultivemos la conciencia de que no somos enviados a la aventura, sino que estamos en manos del Espíritu.
“Y no tengáis miedo de los que matan el cuerpo”
El segundo miedo es la muerte. Se trata de nuestro miedo radical. Para no tener que afrontarla, se ha convertido en un tema tabú en nuestra sociedad. El carpe diem, “aprovecha el día”, de Horacio —o “aprovecha el momento”, como se prefiere decir hoy— se ha convertido en la máxima de muchos. Pero solo venciendo el miedo a la muerte podemos enamorarnos de la belleza de la vida y saborear cada momento.
Para vencer el miedo a la muerte no basta con ignorarla. Hay que afrontarla, reconciliándonos con esta realidad, aceptando las pequeñas “muertes” cotidianas y contemplando con serenidad el pasar de los días en el reloj de arena de la vida. Pero, sobre todo, es necesario cultivar la esperanza de la vida eterna: ¡lo mejor está todavía por venir!
“No tengáis, pues, miedo: vosotros valéis más que muchos gorriones”
El tercer miedo es el mañana, el futuro. Las exigencias del discipulado a menudo nos quitan aquellas seguridades humanas en las que confiamos como garantías para nuestro mañana. En otro lugar, Jesús había dicho: “No os preocupéis, pues, por el mañana, porque el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le basta su afán” (6,34). También allí había hablado de gorriones y de lirios. No son simples imágenes poéticas, sino expresiones de una gran ternura, la que la evocación del Padre suscita en el corazón de Jesús.
3. Reconocer a Cristo delante de los hombres
La perícopa evangélica termina con la invitación a tener el valor de reconocer a Cristo delante de los hombres y con su severa advertencia: “A quien me niegue delante de los hombres, también yo lo negaré delante de mi Padre”. Es una advertencia que encontramos también en otros lugares del Nuevo Testamento. En una época de persecución, la Iglesia era bien consciente de este riesgo. Es la tentación en la que sucumbe san Pedro: “¡No conozco a ese hombre!” (Mateo 26,74).
Este peligro es real, hoy más que nunca, cuando un cristiano de cada siete vive en contextos de persecución. También nosotros vivimos en una sociedad que a menudo se burla de nosotros. Este tipo sutil de persecución se encuentra ya incluso en la familia. El cristiano que se propone vivir los valores evangélicos se encuentra yendo contra corriente y, por mucho que intente evitarlo, tarde o temprano se topa con incomprensiones y oposiciones.
He aquí, entonces, un cuarto miedo, el miedo bueno que hay que cultivar: el temor de negar a Cristo delante de los hombres. Este miedo coincide con el sano temor de Dios del que Jesús ha hablado antes.
¿Cómo cultivar este temor para no sucumbir a la tentación de Pedro? No bastan la prudencia y el valor; hace falta sobre todo la oración. Es lo que pedimos al Padre cada día: “Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal”.
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
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