Año A – Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo
Juan 6,51-58: “Yo soy el pan vivo, bajado del cielo”

Sesenta días después de la Pascua, el jueves siguiente a la solemnidad de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo — según el Misal de Pablo VI — llamada también fiesta del Corpus Christi, según el uso tradicional. Se trata de uno de los tres jueves más solemnes del año litúrgico: el Jueves Santo, el jueves de la Ascensión y el jueves del Corpus Christi. Por razones pastorales, en muchos países esta solemnidad se traslada al domingo siguiente a la Santísima Trinidad. Aunque el tiempo pascual ya ha concluido, esta referencia cronológica establece un vínculo profundo entre la fiesta del Corpus Christi, la Pascua y la solemnidad de la Santísima Trinidad.

Los orígenes de esta festividad se remontan al siglo XIII. Nacida en el contexto de la piedad eucarística desarrollada en Bélgica, en particular gracias al impulso de santa Juliana de Cornillon, fue extendida a toda la Iglesia por el papa Urbano IV en 1264. En este camino tuvo también gran relevancia el milagro eucarístico de Bolsena, ocurrido el año anterior. Con estos signos, el Señor quiso consolidar la fe de la Iglesia en su presencia real en el sacramento de la santa Eucaristía, precisamente en tiempos en que algunos la ponían en duda.

Los milagros eucarísticos son numerosos, muchos de ellos documentados a lo largo de los siglos. San Carlo Acutis, adolescente fallecido a los 15 años (1991-2006), fue un entusiasta divulgador de ellos. Gran amante de la Eucaristía, la llamaba “la autopista hacia el cielo”.

1. “Acuérdate… ¡No olvides!”

La primera palabra que resuena en nuestros oídos en las lecturas de hoy es: Acuérdate. “Acuérdate de todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer durante estos cuarenta años en el desierto” (Dt 8,2). Es una invitación sumamente oportuna y urgente para nosotros, mujeres y hombres de una generación a menudo inclinada a olvidar el pasado, alienada en el presente, desarraigada de la historia y, en consecuencia, poco atenta a un futuro que no tenga una repercusión inmediata.

Esta tendencia cultural corre el riesgo de minar también la identidad cristiana. Dijo Nelson Mandela: “La memoria es el tejido de la identidad”. Un cristiano, y una comunidad cristiana, que no cultivan la memoria de Dios y de sus obras corren el riesgo de extraviar su propia identidad. Si el pueblo de Israel no hiciera memoria del Dios liberador, estaría tentado de volver a “Egipto” y de recaer en una nueva esclavitud. Por eso Moisés, en el Deuteronomio, insiste tanto en el binomio escuchar/recordar (cf. Dt 6,4-10.12; 8,2.14.18).

La Eucaristía es nuestro memorial por excelencia: “Haced esto en memoria mía. Porque cada vez que coméis este pan y bebéis de este cáliz, anunciáis la muerte del Señor, hasta que venga” (cf. 1Cor 11,23-26). Ante una comunidad que celebra la Eucaristía sin que la memoria caliente el corazón, cabe preguntarse si no habrá “abandonado su primer amor” (Ap 2,4). Atrapados en el presente, se pierde entonces el impulso hacia la espera del Señor que viene. La invocación del Espíritu y de la esposa — “¡Ven!” — ya no aflora a nuestros labios (Ap 22,17). La esperanza se debilita y se pierde el sentido de la vida cristiana.

2. Un solo pan, un solo cuerpo

La segunda lectura subraya el vínculo profundo entre la Eucaristía, la Iglesia y la comunidad: “Puesto que hay un solo pan, nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo” (1Cor 10,16-17). La dimensión comunitaria de la Eucaristía fue particularmente evidenciada después del Concilio Vaticano II: “No es posible que se forme una comunidad cristiana si no […] teniendo como raíz y quicio la celebración de la sagrada Eucaristía” (Presbyterorum Ordinis, 6).

No sé hasta qué punto esta conciencia ha sido asimilada por nuestras asambleas litúrgicas, si miramos incluso solo la dispersión física de los fieles en nuestras iglesias. A veces se tiene la impresión de que la Eucaristía sigue siendo, para algunos de nosotros, un “asunto individual”, una especie de “bien de consumo” espiritual.

Desde el 13 de octubre de 2020, a causa de la enfermedad, no puedo recibir directamente la comunión en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Celebrar cada día la santa Misa con mis hermanos me ha llevado a reflexionar más profundamente sobre la dimensión comunitaria de la Eucaristía: un solo Pan y un solo Cuerpo. Este Cuerpo es la Iglesia, es la comunidad. Cristo se entrega a todo el Cuerpo. Mis hermanos son el cuerpo al que pertenezco y que, también por mí, comulga con el Cuerpo de Cristo. Esto vale para mí como para todos los cristianos que celebran la Eucaristía.

3. Maná, man hu? ¿Qué es?

El maná que alimentó al pueblo de Israel en el desierto es figura de la Eucaristía, el Pan esencial para nuestra supervivencia. Tradicionalmente se considera que el término maná proviene de la pregunta man hu?, es decir: “¿Qué es?”, que los israelitas se hicieron, llenos de asombro, al verlo descender del cielo.

Pues bien, Jesús nos dice hoy: “Este es el pan bajado del cielo” (Jn 6,58). Él es el verdadero maná. Los judíos que lo escuchaban quedaron escandalizados. Nosotros no, ¡quizá por desgracia! Damos todo esto por descontado. Pero ¿hasta qué punto lo tomamos en serio?

Los ojos del cuerpo ven un pequeño y frágil pedazo de pan. Pero los ojos del corazón, los ojos de la fe, ¿qué ven? Realmente conviene que nos lo preguntemos. No podemos subestimar la influencia de una mentalidad secularizada, a menudo alérgica a la dimensión del misterio, ni la de una visión reductiva de la Eucaristía, que corre el riesgo de oscurecer su presencia real.

Que el Señor abra nuestros ojos, como hizo con los dos discípulos de Emaús, para que podamos reconocerlo al partir el Pan.

Ejercicio espiritual para la semana

  1. Antes de comulgar, mira con asombro y maravilla el Pan depositado en tu mano y pregúntate: Man hu? ¿Qué es? Y el Señor te responderá: ¡Es mi Cuerpo!
  2. Medita sobre estas preguntas provocadoras del papa Francisco:

“Si miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que hay muchas ofertas de alimento que no vienen del Señor y que aparentemente satisfacen más… Cada uno de nosotros, hoy, puede preguntarse: ¿y yo? ¿Dónde quiero comer? ¿En qué mesa quiero alimentarme? ¿En la mesa del Señor? ¿O sueño con comer alimentos sabrosos, pero en la esclavitud? Además, cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿cuál es mi memoria? ¿La del Señor que me salva o la del ajo y las cebollas de la esclavitud? ¿Con qué memoria sacio yo mi alma?” (19 de junio de 2014).

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ