Cuerpo y Sangre de Cristo (A)
Juan 6,51-58

Lecturas
- Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a
Te dio un alimento que ni tus padres conocían - Salmo Responsorial 147
R: ¡Glorifica al Señor, Jerusalén! - Lectura de la primera carta de san Pablo a los cristianos de Corinto 10, 16-17
Hay un solo pan. Todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo - Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58
Mi carne es la verdadera comida, y mi sangre, la verdadera bebida
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: 51”Yo soy el pan vivo bajado del cielo. Quien coma de este pan vivirá siempre. El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne.” 52Los judíos se pusieron a discutir: “¿Cómo puede éste darnos de comer [su] carne?” 53Les contestó Jesús:“Les aseguro que, si no comen la carne y beben la sangre del Hijo del Hombre, no tendrán vida en ustedes. 54Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día. 55Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 56Quien come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. 57Como el Padre que me envió vive y yo vivo por el Padre, así quien me come vivirá por mí. 58Éste es el pan bajado del cielo y no es como el que comieron sus padres, y murieron. Quien come este pan vivirá siempre.”
El sacramento de la memoria
Papa Francisco
En la solemnidad del Corpus Christi aparece una y otra vez el tema de la memoria: «Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer […]. No olvides al Señor, […] que te alimentó en el desierto con un maná» (Dt 8,2.14.16) —dijo Moisés al pueblo—. «Haced esto en memoria mía» (1 Co 11,24) —dirá Jesús a nosotros—. «Acuérdate de Jesucristo» (2 Tm 2,8) —dirá san Pablo a su discípulo. El «pan vivo que ha bajado del cielo» (Jn 6,51) es el sacramento de la memoria que nos recuerda, de manera real y tangible, la historia del amor de Dios por nosotros.
Recuerda, nos dice hoy la Palabra divina a cada uno de nosotros. El recuerdo de las obras del Señor ha hecho que el pueblo en el desierto caminase con más determinación; nuestra historia personal de salvación se funda en el recuerdo de lo que el Señor ha hecho por nosotros. Recordar es esencial para la fe, como el agua para una planta: así como una planta no puede permanecer con vida y dar fruto sin ella, tampoco la fe si no se sacia de la memoria de lo que el Señor ha hecho por nosotros. «Acuérdate de Jesucristo».
Recuerda. La memoria es importante, porque nos permite permanecer en el amor, re-cordar, es decir, llevar en el corazón, no olvidar que nos ama y que estamos llamados a amar. Sin embargo esta facultad única, que el Señor nos ha dado, está hoy más bien debilitada. En el frenesí en el que estamos inmersos, son muchas personas y acontecimientos que parecen como si pasaran por nuestra vida sin dejar rastro. Se pasa página rápidamente, hambrientos de novedad, pero pobres de recuerdos. Así, eliminando los recuerdos y viviendo al instante, se corre el peligro de permanecer en lo superficial, en la moda del momento, sin ir al fondo, sin esa dimensión que nos recuerda quiénes somos y de dónde venimos. Entonces la vida exterior se fragmenta y la interior se vuelve inerte.
En cambio, la solemnidad de hoy nos recuerda que, en la fragmentación de la vida, el Señor sale a nuestro encuentro con una fragilidad amorosa que es la Eucaristía. En el Pan de vida, el Señor nos visita haciéndose alimento humilde que sana con amor nuestra memoria, enferma de frenesí. Porque la Eucaristía es el memorial del amor de Dios. Ahí «se celebra el memorial de su pasión» (Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, Antífona al Magníficat de las II Vísperas), del amor de Dios por nosotros, que es nuestra fuerza, el apoyo para nuestro caminar. Por eso, nos hace tanto bien el memorial eucarístico: no es una memoria abstracta, fría o conceptual, sino la memoria viva y consoladora del amor de Dios. Memoria anamnética y mimética. En la Eucaristía está todo el sabor de las palabras y de los gestos de Jesús, el gusto de su Pascua, la fragancia de su Espíritu. Recibiéndola, se imprime en nuestro corazón la certeza de ser amados por él. Y mientras digo esto, pienso de modo particular en vosotros, niños y niñas, que hace poco habéis recibido la Primera Comunión y que estáis aquí presentes en gran número.
Así la Eucaristía forma en nosotros una memoria agradecida, porque nos reconocemos hijos amados y saciados por el Padre; una memoria libre, porque el amor de Jesús, su perdón, sana las heridas del pasado y nos mitiga el recuerdo de las injusticias sufridas e infligidas; una memoria paciente, porque en medio de la adversidad sabemos que el Espíritu de Jesús permanece en nosotros. La Eucaristía nos anima: incluso en el camino más accidentado no estamos solos, el Señor no se olvida de nosotros y cada vez que vamos a él nos conforta con amor.
La Eucaristía nos recuerda además que no somos individuos, sino un cuerpo. Como el pueblo en el desierto recogía el maná caído del cielo y lo compartía en familia (cf. Ex 16), así Jesús, Pan del cielo, nos convoca para recibirlo, recibirlo juntos y compartirlo entre nosotros. La Eucaristía no es un sacramento «para mí», es el sacramento de muchos que forman un solo cuerpo, el santo pueblo fiel de Dios. Nos lo ha recordado san Pablo: «Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan» (1 Co 10,17). La Eucaristía es el sacramento de la unidad. Quien la recibe se convierte necesariamente en artífice de unidad, porque nace en él, en su «ADN espiritual», la construcción de la unidad. Que este Pan de unidad nos sane de la ambición de estar por encima de los demás, de la voracidad de acaparar para sí mismo, de fomentar discordias y diseminar críticas; que suscite la alegría de amarnos sin rivalidad, envidias y chismorreos calumniadores.
Y ahora, viviendo la Eucaristía, adoremos y agradezcamos al Señor por este don supremo: memoria viva de su amor, que hace de nosotros un solo cuerpo y nos conduce a la unidad.
EL MANÁ Y EL PAN DE VIDA
José Luis Sicre
Esta fiesta comenzó a celebrarse en Bélgica en 1246, y adquirió su mayor difusión pública dos siglos más tarde, en 1447, cuando el Papa Nicolás V recorrió procesionalmente con la Sagrada Forma las calles de Roma. Dos cosas pretende: fomentar la devoción a la Eucaristía y confesar públicamente la presencia real de Jesucristo en el pan y el vino.
Sin embargo, las lecturas del ciclo A conceden más importancia al tema de la vida, con el que es fácil sintonizar en un mundo de guerras y atentados como el que vivimos. El evangelio de hoy comienza y termina con las mismas palabras: «el que coma de este pan vivirá para siempre». Y en medio: «el que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día».
Sobrevivir y vivir eternamente
El 1 de junio de 2009, el vuelo 447 de Air France entre Rio de Janeiro y París desapareció en mitad de la noche con 216 pasajeros y 12 tripulantes. Se salvó un matrimonio, no recuerdo si porque llegó tarde al embarque o por un cambio de última hora. Pero ese matrimonio se hizo famoso porque murió en un accidente de automóvil pocos días después. La supervivencia a un accidente, a un ataque terrorista, a una calamidad, no garantiza vivir eternamente.
Mucha gente acepta la muerte con resignación o fatalismo. Otros se rebelan contra ella, como Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, no me da la gana de morirme». El cuarto evangelio también se rebela contra la muerte. Comienza afirmando que en la Palabra de Dios «había vida». Y ha venido al mundo para que nosotros participemos de esa vida eterna.
Para expresar el contraste entre “supervivencia” y “vida eterna” las lecturas de hoy contrastan el maná con el alimento que nos ofrece Jesús. El Deuteronomio (1ª lectura) habla del maná como de un alimento sorprendente, novedoso, «que no conocías tú ni conocieron tus padres». Pero no se detiene, como hace el libro del Éxodo, en sus cualidades sorprendentes y su carácter milagroso. Es un alimento de pura supervivencia, que no garantiza la inmortalidad. En el evangelio, las palabras de Jesús subrayan este aspecto: el pan que comieron vuestros padres no los libró de la muerte. En cambio, el alimento que da Jesús, su cuerpo y su sangre, sí garantiza la vida eterna: «yo lo resucitaré en el último día». Estas palabras, tomadas del largo discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm, anticipan la resurrección de Lázaro y el destino de todos nosotros.
Inmortalidad y vida eterna
Sin embargo, el alimento que ofrece Jesús no se limita a garantizar la inmortalidad. Tiene también valor para el presente. «El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él». Este es el sentido que tiene a veces el término «vida eterna» en el cuarto evangelio. No es vida de ultratumba, sino vida aquí y ahora, en una dimensión distinta, gracias al contacto íntimo, misterioso, con Jesús.
Unión con Jesús y unión con los hermanos
La idea de que, al comulgar, Jesús habita en nosotros y nosotros en él, corre el peligro de interpretarse de forma muy individualista. La lectura de Pablo a los corintios ayuda a evitar ese error. La comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo no es algo que nos aísla. Al contrario, es precisamente lo que nos une, «porque comemos todos del mismo pan».
José Luis Sicre
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La Eucaristía, alimento para la Misión en el desierto del mundo
Romeo Ballan, MCCJ
En el desierto del mundo (I lectura), Jesucristo en la Eucaristía es el viático, el Pan de vida (Evangelio), para que la Iglesia viva y anuncie la comunión y la fraternidad (II lectura). El lenguaje de Jesús en la sinagoga de Cafarnaún (Evangelio) es realista e insistente: su cuerpo y su sangre no son solamente ‘cosas sagradas’, son Jesús mismo. Él es el Pan de vida, que se ha de acoger y recibir con fe, para vivir en esta vida y en la futura. Nos lo asegura el que tiene palabras de vida eterna (cfr. Jn 6,68).
Tras su liberación de la esclavitud de Egipto, el pueblo tuvo que afrontar el desierto (I lectura) “inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una gota de agua” (v. 15). En el duro camino hacia la libertad, el Señor acompaña al pueblo con sus dones, con su palabra y sus acciones: en especial el regalo del maná y del agua sacada de una roca de pedernal (v. 16). Dones que es necesario recordar y no olvidar (v. 2.14).
Jesús promete un don superior al maná (Evangelio, v. 58). Un don que es preciso descubrir y compartir con otros: “Si tú conocieras el don de Dios”, dijo Jesús a la mujer samaritana (Jn 4,10). La Eucaristía es el don nuevo y definitivo que Jesús confía a la Iglesia peregrina y misionera en el desierto del mundo. Es mucho más que el simple recuerdo de una gran hazaña del pasado: es, hoy, el don del Viviente. “El recuerdo bíblico introduce nuevamente al creyente en la historia de la salvación, actualizando en el hoy los eventos del pasado. Este es el sentido de la palabra memorial que en el Nuevo Testamento se aplica también a la Eucaristía… La Eucaristía es el recuerdo de la muerte y resurrección de Cristo, es la certeza de su continua presencia como alimento del hombre peregrino, en la espera de su venida” (G. Ravasi).
La Eucaristía es fuente y sello de unidad (II lectura): siendo comunión con la sangre y el cuerpo de Cristo, debe llevar a la comunión fraterna entre todos los que comen del mismo pan. De la Eucaristía nace necesariamente un generoso estímulo al encuentro ecuménico y a la actividad misionera, “para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan en un mismo mundo” (Prefacio). La persona y la comunidad que realizan la experiencia viva de Cristo en la Eucaristía se sienten motivadas a compartir con los demás el don recibido en la Palabra y en el Sacramento: la misión nace de la Eucaristía y conduce a ella.
El misionero lleva por el desierto del mundo la única respuesta válida, Cristo, buena noticia de vida para los pueblos. Cristo es siempre buena noticia en el desierto existencial y espiritual de la vida humana. Cristo es acontecimiento de salvación y misterio adorable aun cuando un misionero celebre la Eucaristía en el desierto africano del Sahara, como lo hicieron Daniel Comboni y sus compañeros en el terrible desierto de Korosko, mientras viajaban de Egipto a Jartum (Sudán) en 1857.
En toda su persona (cuerpo, sangre, alma y divinidad) Jesús se hace Pan y nos invita con insistencia a comer de este Pan (Jn 6,51.53.54.56). Comer el Pan que es Cristo significa asumir su proyecto, su misión, el desafío y la alegría del Evangelio. La Eucaristía nos enseña a derribar las barreras que impiden o mortifican el desarrollo de la vida: nos da la fuerza para defender la vida de cada persona, convencidos de que ‘nadie sobra’ en la aldea global de la humanidad; nos da la confianza para vencer la espiral de violencia mediante el diálogo, el perdón y el sacrificio de sí mismos; nos da el valor para romper las cadenas del acaparamiento de los bienes promoviendo por doquier el compartir y la solidaridad.
“Para Jesús elPadre nuestro y elpan nuestrosoninseparables: cada pan que ofrezco a un hambriento lo ofrezco al mismo Jesús… (tuve hambre…y me diste; estaba enfermo… y has venido a visitarme (Mt. 25,39). No podemos decir en la iglesia ‘Padre nuestro’ y pedir ‘danos hoy nuestro pan de cada día’y luego salir y volver a entrar en la cultura de lo mío: mi casa, mi coche, mi dinero, mi ciudad, mi patria… La lógica de la Eucaristía nos pide: entrar en la iglesia, cada domingo, como mendigos de la Palabra y del pan de Cristo y salir para convertirnos, en la vida, en un pedazo de pan partido, para las personas que encontraremos” (R. Vinco, S. Nicolò, Verona).
La aldea global solo puede tener un único banquete global, en el cual todos los pueblos tienen el mismo derecho a participar; del cual nadie debe ser excluido o discriminado, por ninguna razón. Desde siempre, este es, y solamente este, el proyecto del Padre común para toda la familia humana (cfr. Is 25,6-9). Este es el sueño que Él confía a la comunidad de los creyentes para que lo realicen.
Tenemos un Pan para hoy y un alimento para la vida eterna
Fernando Armellini
Introducción
Cuando entramos en un edificio nos damos cuenta inmediatamente para qué usos ha sido habilitado. Un aula escolar está amueblada de modo diferente a la de una enfermería y una discoteca al de una oficina. Del mismo modo es fácil reconocer una iglesia: los altares y el sagrario para guardar la eucaristía, los cuadros y las estatuas de los santos, el bautisterio, los ornamentos sagrados… todo eso permite identificar inmediatamente el lugar destinado a la oración, al culto y a las prácticas devocionales.
No siempre, sin embargo, la estructura arquitectónica y decoración excesiva de algunas de nuestras iglesias sugieren la idea del lugar en que la comunidad es convocada para ser nutrida enla doble mesa de la Palabra y del Pan.
Este mensaje lo capta inmediatamente quien entra en las capillas de los poblados de la selva africana: chozas despojadas de lo innecesario y sin adornos, construidas con paja y fango. Lasrecuerdo con nostalgia: palos que hacen las veces de asientos, dispuestos en círculo para favorecer la unidad de la asamblea y hacer que los participantes se vean la cara y no se den la espalda; el altar en el centro: una mesa, ciertamente la mejor del poblado, pero simple y pobre, y sobre el altar un atril con el leccionario abierto en las lecturas del día. Nada más.
He aquí claramente representados los dos panes o, si queremos, el único pan en sus dos formas, o bien la doble mesa. Los signos son estos: el altar de la Eucaristía, el leccionario de la Palabra. El Concilio Vaticano II lo ha recordado: “La Iglesia no ha dejado nunca de nutrirse del Pan de la vida, tomándolo de la mesa de la palabra de Dios y de la mesa del cuerpo de Cristo y distribuyéndolo entre los fieles” (DV 21).
Primera Lectura: Deuteronomio 8,2-3.14b-16a
Hablo Moisés al pueblo y dijo: 2”Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y conocer tus intenciones, y ver si eres capaz o no de guardar sus preceptos. 3Él te afligió haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná –que tú no conocías ni conocieron tus padres– para enseñarte que el hombre no vive sólo de pan sino de todo lo que sale de la boca de Dios… 14No sea cosa que… te vuelvas engreído y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, 15que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, lleno de serpientes y alacranes, un sequedal sin una gota de agua; que te sacó agua de una roca de pedernal; 16que te alimentó en el desierto con un maná que no conocían tus padres…”
El Deuteronomio se presenta como una colección de discursos pronunciados por Moisés en el monte Nebo antes de morir. En realidad ha sido escrito muchos siglos después, en los años inmediatamente anteriores al fin de la monarquía y a la destrucción de Jerusalén. Se trata de una reflexión sobre los acontecimientos del Éxodo, con la intención de iluminar la situación dramática que Israel estaba viviendo: rodeado de enemigos y próximo a la ruina. ¿Qué hacer en un momento tan difícil?
Como un estribillo, en el libro del Deuteronomio una y otra vez se dirige al pueblo una invitación apremiante: recuerda, no te olvides. Mira tu pasado, considera lo que Dios ha hecho,ten presente los prodigios que ha realizado por ti; haz que permanezcan siempre en tu memoria sus obras de Salvación. “Recuerda que fuiste esclavo en Egipto y que te sacó de allí el Señor, tu Dios, con mano fuerte y brazo extendido” (Dt 5,15). “Acuérdate de los días remotos; considera las épocas pasadas; pregunta a tu padre y te lo contará; a tus ancianos y te lo dirán” (Dt 32,7).
Esta recomendación es repetida con insistencia también en la lectura de hoy. El recuerdo de las graves tribulaciones afrontadas en el desierto y de las intervenciones providenciales de Diostiene como objetivo infundir esperanza y confianza en el momento presente.
La descripción de las dificultades es particularmente viva: el desierto que se extendía frente a los israelitas, era “inmenso y terrible, lleno de serpientes y alacranes, una tierra árida sin una gota de agua” (v. 15). Si hubieran tenido que contar solamente con su fuerza y capacidad, el pueblo hubiera ciertamente perecido. ¿De dónde les vino la Salvación?
La lectura responde: “de todo lo que sale de la boca de Dios” (v. 3).
La expresión nos resulta hoy un poco enigmática, pero era bien conocida en Egipto. Indicaba el poder de la palabra de Dios de crear alimentos completamente nuevos.
El pan era conocido, pero el maná era un alimento misterioso, desconocido e inesperado quehabía aparecido milagrosamente en el desierto. Por eso los israelitas lo habían considerado como un don “salido de la boca del Señor”. Con este alimento sorprendente, Dios quería humillar y poner a prueba a su pueblo (vv. 2-3).
Como le había sido prometido, Israel se había instalado en un país fértil, “tierra de torrentes, de fuentes y aguas profundas, que manan en el monte y en la llanura; tierra de trigo y cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares y de miel” (Dt 8,7-8). Pero, en vez de estar agradecidos y bendecir al Señor, se habían olvidado de Él. Después de haber “construido y habitado casas hermosas”, haber visto “criar sus reses y ovejas, aumentar la plata y el oro y abundar en todo”, se enorgullecieron y despreciaron a su Dios (Dt 8,13-14).
El progreso, la prosperidad, las casas bellas y acogedoras, la vida placentera, reciben en este texto un juicio positivo, pero también se denuncia el peligro de que la riqueza y bienestar, en vez de conducir a Dios, puedan llevar a olvidarlo.
He aquí la razón de la invitación a recordar, a tener presente la experiencia del desierto. Allí el Señor ha educado a su pueblo en la simplicidad; le ha enseñado a contentarse con lo esencial; le ha hecho comprender cuáles son las necesidades básicas y cuáles provienen de la avidez, de la avaricia, del instinto por poseer y acumular. Los deseos desordenados, lo superfluo, el lujo, la vida muelle o disipada alejan de Dios.
“Todo esto –afirma Pablo– se escribió para advertirnos” (1 Cor 10,11). La invitación a recordar, a no olvidar se dirige también a nosotros. Los cuarenta años transcurridos por el pueblo de Israel en el desierto representan, según el simbolismo bíblico, una entera generación y, por tanto, toda una vida, es decir, nuestra vida.
Durante el “éxodo” hacia nuestra “vivienda eterna en el cielo” (2 Cor 5,1), el Señor nos ofrece también a nosotros un alimento completamente nuevo, distinto del que el hombre ha conocido y gustado siempre; un alimento que “sale de la boca del Señor”, venido del cielo como el maná: su Palabra hecha pan.
Segunda lectura: 1 Corintios 10,16-17
Hermanos: 16El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en la sangre de Cristo?Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo de Cristo? 17El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.
Es difícil que en las comunidades cristianas reinen siempre el pleno acuerdo y la perfecta sintonía. Es, por tanto, inevitable que, aun dentro de la unidad de fe, emerjan diferentes puntos de vista, sobre todo cuando se trata de dar interpretaciones teológicas o de tomar decisiones morales. Sucedía también en Corinto donde el problema de la carne sacrificada a los dioses era objeto de caluroso debate.
La comunidad estaba compuesta por paganos convertidos cuyos familiares y amigos seguían ofreciendo sacrificios a los ídolos. El problema que planteaba esta situación era inevitable. ¿Podía un convertido tomar parte en la comida familiar que seguía a la ofrenda y en la cual se consumía la carne ofrecida antes a los dioses? Algunos, ya sea para no romper con la familia o por no caer en la marginación social, asistían regularmente a estas comidas. Otros no.Asimismo, era también objeto de debate si se podía comprar en el mercado la carne de los sacrificios inmolados a los dioses. No solo existían en Corinto opiniones divergentes sobre estos asuntos, sino que se llegaba hasta el extremo de descalificar, ofender, excomulgar, maldecir al que pensaba o actuaba de modo diferente. La polémica había llegado a tal punto que Pablo se vio obligado a intervenir. ¿Cómo convencer a los corintios de mantener la unidad y respetarsemutuamente, aun siendo de opiniones contrastantes?
El Apóstol recurre al argumento más fuerte que tenía a disposición: la celebración de la Eucaristía. Es de este único pan, compartido por los hermanos, de donde nace la exigencia de la unidad de una comunidad. “Uno es el pan y uno es el cuerpo que todos formamos porque todos compartimos el único pan” (v. 17).
La Eucaristía no es un pan que pueda ser comido en solitario, sino un pan destinado a ser partido y compartido con los hermanos de la comunidad y esto presupone que todos se empeñen en ser realmente “una sola alma y un solo corazón” (Hch 4,32).
Nótese bien: es el pan partido el que crea la unidad. Mientras congrega a los hermanos en un solo cuerpo, es también signo de distinción e invitación al respeto y a la valorización de la diversidad.
Más adelante, en la misma carta, Pablo invitará a los corintios a considerar signo de la benevolencia de Dios y don del Espíritu la manifestación en la comunidad de diferentes carismas, ministerios y servicios. La diversidad sirve al bien común y debe conducir a la unidad: “Como el cuerpo, que siendo uno, tiene muchos miembros y los miembros, siendo muchos, forman un solo cuerpo, así también Cristo” (1 Cor 12,4-12).
Evangelio: Juan 6,51-58
Este pasaje constituye la parte conclusiva del Discurso sobre el Pan de Vida pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaúm después de la multiplicación de los panes y de los peces.
El prodigio suscitó tan gran maravilla que desencadenó un entusiasmo incontenible y, a la vez, una peligrosa exaltación colectiva: la gente, visto el signo, decide capturar a Jesús para hacerlo rey (Jn 6,14-15).
¿Por qué estas muchedumbres, estupefactas y admiradas, siguen a Jesús? Se podría responder: porque han comprendido que en Él actúa el poder de Dios y, por eso, creen en Él. En realidad son víctimas de un peligroso equívoco; tienen una fe inmadura: se interesan por Jesús solamente porque lo consideran capaz de satisfacer, mediante milagros, sus necesidades materiales.
La fe madura es algo totalmente distinto. Es aquella del que comprende que Jesús no realiza prodigios para provocar la admiración de las gentes sino para introducirlas en una realidad más profunda. En la curación del ciego de nacimiento, el verdadero creyente intuye que Jesús se presenta como la verdadera luz del mundo; en el agua convertida en vino descubre el don del Espíritu, fuente de alegría; en la reanimación de Lázaro comprende que Jesús es el Señor de la Vida; en el pan distribuido a la gente hambrienta, el creyente ve a Jesús como alimento que sacia.
En Cafarnaúm, por el contrario, la gente no entiende; se detiene en el aspecto exterior y superficial del acontecimiento. Necesita que la ayuden a pasar de la búsqueda del “alimento que perece” al aquel que “dura para la vida eterna” (Jn 6, 27). Una tarea difícil. Pero Jesús lo intenta.
Comienza presentándose como el Pan de Vida que ha bajado del cielo (Jn 6,33-35). Declara que quien le escucha, quien asimila su mensaje, su Evangelio, se nutre de la Palabra de Vida. Quien, por el contrario, se alimenta de otras palabras, aunque aparezcan placenteras y cautivadoras, ingiere veneno de muerte.
Su afirmación es inaudita. Para los judíos, el pan bajado del cielo es el maná (cf. Sal 78,24), y el alimento que nutre es la palabra de Dios (cf. Is 55,1-3). ¿Cómo puede “el hijo de José” arrogarse semejantes prerrogativas?, se preguntan indignados. ¿Quién se cree que es? (cf. Jn 6,42). También la samaritana había reaccionado de una manera semejante: “¿Eres tú más grande que nuestro padre Jacob?” (Jn 4,12).
En vez de mitigar su pretensión, Jesús hace una declaración más sorprendente aún. El pan para ser comido no es solamente su doctrina sino su misma carne. “El pan que yo doy para la vida del mundo es mi carne”, son las palabras con las que comienza el pasaje de hoy (v. 51).
Para comprender bien el significado y no ser inducido a imaginar un acto de canibalismo, hay que precisar que, cuando la Biblia afirma que el hombre no es más que carne (cf. Gén 6,3), no se refiere al hecho de que está revestido de músculos sino a que es débil, frágil, precario, sujeto a la muerte. Por ejemplo, frente a las miserias morales de los israelitas, Dios –declara el Salmista con un audaz antropomorfismo– aplaca su ira y calma su furor porque “recuerda que eran carne, un aliento que se va y no retorna” (Sal 78,39). Cuando Juan, en el prólogo de su evangelio, dice que “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14) se refiere al voluntario descenso del Hijo de Dios al nivel más ínfimo, aceptando los aspectos más caducos de la condición humana.
Comer a este Dios hecho carne significa reconocer que la revelación de Dios ha entrado en nuestro mundo a través del “hijo del carpintero” y que acogerlo es acoger la Sabiduría venida del cielo.
Aun después de esta aclaración, el aspecto escandaloso de la propuesta de Jesús permanece. ¿Cómo se puede “comer su persona”? La reacción escandalizada de sus oyentes es comprensible y justificada: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?” (v. 52). Comprenden que Jesús no se refería solamente a la asimilación espiritual de la revelación de Dios sino a un “comer” real. ¿Qué intenta decir?
Jesús no se preocupa de la incomodidad de sus oyentes y reafirma cuanto ha dicho, añadiendo una exigencia aún más provocadora: es necesario beber también su sangre (vv. 52-56). Muchos textos bíblicos prohíben severamente beber sangre “porque la vida de la carne es la sangre” Lv 17,10-11) y la vida no pertenece al hombre sino a Dios. Se trata por tanto de asimilar su vida.
Es en este punto donde se inserta el discurso de la Eucaristía.
Antes de explicar el significado que, en su discurso, Jesús atribuye a este sacramento,“fuente y ápice de toda la vida cristiana”, quisiera ponerlos en guardia contra algunas interpretaciones reduccionistas e incluso equivocadas, fruto de una cierta catequesis devocional e intimista sin fundamentos bíblicos. Me refiero a la espiritualidad eucarística que hablaba del “divino prisionero”, que exhortaba ir a la Iglesia para “hacer compañía y consolar a Jesús”. La Eucaristía no tiene como objetivo capturar a Jesús para tenerlo más cercano y tener así una oportunidad mayor de convencerlo de que nos conceda favores aprovechando el hecho de que“ha venido a visitarnos”, de que “ha entrado a nuestro corazón”. La Eucaristía ha sido instituida como alimento para ser comido y, aun cuando se expone para la adoración (mejor en el copón donde ha sido consagrada que en la custodia), es para ser consumida como alimento. Solo así mantiene su significado auténtico.
Si partimos de la constatación de que, para llegar a la vida de unión con Cristo, basta la fe en su Palabra, la pregunta es inevitable: ¿Por qué es necesario, entonces, acercarse a recibirlo también en el sacramento? ¿Por qué ha añadido Jesús una exigencia tan difícil de comprender: comer su carne y beber su sangre bajo las especies sacramentales del pan y del vino?
Sabemos que, por falta de sacerdotes, la mayoría de las comunidades cristianas del mundo no se reúnen el domingo alrededor de la mesa del pan eucarístico, sino solamente alrededor de la mesa de la Palabra de Dios, y estamos seguros de que los creyentes reciben abundancia de vida de este único alimento.
Es significativo que, en el v. 54, Jesús diga que quien come su carne y bebe su sangre tiene la vida eterna y en el v. 47 afirme que reciben el mismo fruto quienes creen en la palabra de Dios. ¿Por qué entonces la Eucaristía?
Debemos dejar claro, en primer lugar, que este sacramento –que verdaderamente hace presente al Resucitado– no substituye a la fe en la palabra de Cristo. Acercarse a recibir la comunión no es realizar un rito mágico ni la hostia es una especie de píldora que actúa automáticamente y cura al enfermo aunque está dormido o semiinconsciente.
No es suficiente comulgar muchas veces para recibir la gracia del Señor. Jesús no nos ha dicho que comulguemos muchas veces sino que “comamos su Cuerpo y bebamos su Sangre”.
He aquí la razón por la que, antes de recibir el pan eucarístico, es necesario escuchar y meditar un pasaje del Evangelio. La lectura de la palabra de Dios es requisito imprescindible.
Cuando se firma un contrato, cuando se estipula una alianza, primero se deben conocer y valorar atentamente las cláusulas. Quien acepta convertirse en una sola persona con Cristo en el sacramento, deber ser consciente de la propuesta que se le hace y tomar la decisión firme de aceptarla. Es éste el sentido de la apasionada recomendación de Pablo: “Que cada uno se examine antes de comer el pan y beber la copa para no comer y beber la propia condenación”(1 Cor 11,28-29).
El gesto de extender la mano para recibir el pan consagrado indica la disposición interior para recibir a Cristo y, de este modo, sus pensamientos se conviertan en nuestros pensamientos, sus palabras en las nuestras, sus opciones en nuestras opciones. En la señal de la Eucaristía, su persona es asimilada tal como sucede con el pan.
El cambio, la metamorfosis vendrá muy lentamente… El proceso estará marcado por éxitos y fracasos. Pero la escucha humilde de la palabra de Dios y la comunión con su Cuerpo y con su Sangre cumplirán el milagro.
Un día, el discípulo se alegrará de la trasformación realizada en él por el Espíritu que actúa en el sacramento y llegará a exclamar como San Pablo: “Ya no vivo yo sino que Cristo vive en mí”(Gál 2,20).