Fecundados por el Espíritu Santo
Año A – Pascua – 6.º domingo
Juan 14,15-21: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito”
Nos quedan dos semanas del tiempo de Pascua. El próximo domingo celebraremos la Ascensión del Señor y, el siguiente, Pentecostés. La Palabra de Dios nos invita a dirigir nuestra mirada hacia estos acontecimientos.
Hoy Jesús nos promete el don del Espíritu: “Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito, para que permanezca con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad”. Jesús habla cinco veces del envío del Espíritu en estos discursos de despedida. Cuatro veces lo presenta como el “Paráclito”, un término griego muy rico que indica a alguien llamado a estar a nuestro lado para ayudarnos, un consolador, un abogado defensor… Tres veces lo caracteriza como “Espíritu de la verdad”.
El amor, el “nido” del Espíritu
Jesús vincula el don del Espíritu Santo al amor: “Si me amáis…”. El amor es el “nido” del Espíritu. El apóstol Pablo afirma: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí” (Gálatas 5,22). Todas son características relacionadas con el amor.
El pasaje evangélico de hoy pone de relieve el amor —cinco veces—, pero, sorprendentemente, aquí Jesús habla del amor hacia su persona. El amor, que en el Antiguo Testamento estaba reservado a Dios (Deuteronomio 6,4-9), Jesús ahora lo reclama para sí. El Evangelio de Juan concluye con una triple petición de profesión de amor, donde Pedro representa a cada uno y cada una de nosotros: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?” (Juan 21,17). ¡Qué honor nos hace Dios al pedir nuestra amistad! ¡Dios tiene un corazón enamorado!
Jesús afirma que el amor hacia él se manifiesta en la observancia de sus mandamientos: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. ¿Por qué habla de mandamientos, en plural? Podemos pensar que se refiere, en general, a sus enseñanzas que hemos de custodiar, pero sobre todo a las dos dimensiones inseparables del amor: amar a Dios y a los hermanos.
El amor es el motor de la vida. Decía san Agustín: “Que esté en ti la raíz del amor, pues de esta raíz no puede proceder sino el bien. ¡Ama y haz lo que quieras!”. Y el apóstol Pablo dirá: “El amor de Cristo nos apremia” (2 Corintios 5,14).
“En”, la preposición del amor
Llama la atención la insistencia de Jesús en la profunda comunión creada por este amor: una verdadera inhabitación recíproca. “Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros”. Aunque encontramos otras expresiones —“con vosotros”, “junto a vosotros”, “en vuestra casa”—, la privilegiada es “en vosotros”, “en mí”, “en el Padre”. Esta preposición, en —ἐν, en griego— aparece unas 25 veces en los capítulos 14 y 15, evocando intimidad profunda, inmanencia, inhabitación recíproca.
Nuestro corazón está hecho para ser habitado. Más aún, fecundado. En cada creyente se renueva algo del misterio de María, que “se encontró encinta por obra del Espíritu Santo” (Mateo 1,18). Orígenes de Alejandría, uno de los más grandes teólogos de los primeros siglos y padre de la exégesis bíblica cristiana (185-253), nos ofrece una de las imágenes más eficaces de la vida cristiana: “El cristiano, mientras está en este cuerpo, es semejante a una mujer encinta: lleva dentro de sí el Verbo de Dios” (In Exodum X, 10). Así como la mujer embarazada lleva al hijo en su vientre, pero aún no lo ve cara a cara, así el cristiano lleva a Cristo dentro de sí mediante la gracia, pero todavía “camina en la fe, no en la visión” (2 Corintios 5,7). Las tribulaciones, las dificultades y la misma muerte constituyen los dolores del parto. El cristiano vive en el mundo, entre los hombres, como una mujer grávida de vida nueva. “Y no hace falta que la mujer embarazada haga proclamaciones: es evidente para todos que hay una vida nueva en ella. Como para la mujer embarazada la espera es el periodo más vivo, más feliz, más creativo, así también para nosotros: vivos, creativos, felices; como la embarazada es una y dos al mismo tiempo, vive una vida hecha de dos vidas, así el cristiano es uno y dos”, comenta el P. Ermes Ronchi.
Ponerse en la escuela de los místicos enamorados
Tal vez no hemos interiorizado suficientemente esta realidad sorprendente y maravillosa: somos morada de Dios, habitados por Dios, portadores y portadoras de una vida nueva generada en nosotros por el Espíritu Santo. A menudo pensamos en Dios “con” nosotros, “a nuestro lado”, o a veces lejano o ausente, y olvidamos que Él está “en” nosotros.
Los místicos, en cambio, lo comprendieron muy bien. Traigo el ejemplo de un místico francés del siglo XVII: Lorenzo de la Resurrección (Laurent de la Résurrection), hermano lego en un monasterio de los Carmelitas Descalzos de París. La espiritualidad que vivió y enseñó era muy sencilla: cultivar el sentido de la presencia de Dios, mediante “el ejercicio continuo de esta divina presencia”, en cada instante y en toda circunstancia, trabajando primero como cocinero y después como zapatero en un gran convento con más de un centenar de frailes:
“En el bullicio de mi cocina, donde a veces varias personas me hablan al mismo tiempo de cosas distintas, poseo a Dios tan tranquilamente como si estuviera de rodillas ante el Santísimo Sacramento. No es necesario tener grandes cosas que hacer. Yo doy la vuelta a mi tortilla en la sartén por amor de Dios y, cuando la he hecho, si no me queda nada más, me inclino hasta el suelo y adoro a mi Dios, que me ha concedido la gracia de hacerla; después de lo cual me levanto más feliz que un rey”.
Aunque cojeaba a causa de una herida de guerra, fray Lorenzo —“tosco por naturaleza y delicado por gracia”, según Fénelon— era puntual y preciso en sus tareas, sin dar señales de impaciencia ni de prisa… Pero…
“Si a veces estoy un poco demasiado ausente de esta divina presencia, Dios se hace sentir enseguida en mi alma… con movimientos interiores tan fascinantes y tan deliciosos que me da vergüenza hablar de ellos”.
Da también tú la vuelta a la tortilla cotidiana de tu vida: no siempre será perfecta, pero siempre podrá estar condimentada con amor.
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ELA
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra