6º Domingo de Pascua (A)
Juan 14,15-21

Lecturas del VI Domingo de Pascua
- Lectura de los Hechos de los apóstoles (8,5-8.14-17):
Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. La ciudad se llenó de alegría. Los apóstoles enviaron a Pedro y a Juan para que recibieran el Espíritu Santo. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo. - Salmo 65
R/. Aclamad al Señor, tierra entera. - Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (3,1.15-18):
Glorificad a Cristo el Señor en vuestros corazones, dispuestos siempre para dar explicación a todo el que os pida una razón de vuestra esperanza, pero con delicadeza y con respeto. - Evangelio según san Juan (14,15-21):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ese me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también lo amaré y me manifestaré a él».
EL ESPÍRITU DE LA VERDAD
José Antonio Pagola
Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ve tristes y abatidos. Pronto no lo tendrán con él. ¿Quién podrá llenar su vacío? Hasta ahora ha sido él quien ha cuidado de ellos, los ha defendido de los escribas y fariseos, ha sostenido su fe débil y vacilante, les ha ido descubriendo la verdad de Dios y los ha iniciado en su proyecto humanizador.
Jesús les habla apasionadamente del Espíritu. No los quiere dejar huérfanos. Él mismo pedirá al Padre que no los abandone, que les dé “otro defensor” para que “esté siempre con ellos”. Jesús lo llama “el Espíritu de la verdad”. ¿Qué se esconde en estas palabras de Jesús?
Este “Espíritu de la verdad” no hay que confundirlo con una doctrina. Esta verdad no hay que buscarla en los libros de los teólogos ni en los documentos de la jerarquía. Es algo mucho más profundo. Jesús dice que “vive con nosotros y está en nosotros”. Es aliento, fuerza, luz, amor… que nos llega del misterio último de Dios. Lo hemos de acoger con corazón sencillo y confiado.
Este “Espíritu de la verdad” no nos convierte en “propietarios” de la verdad. No viene para que impongamos a otros nuestra fe ni para que controlemos su ortodoxia. Viene para no dejarnos huérfanos de Jesús, y nos invita a abrirnos a su verdad, escuchando, acogiendo y viviendo su Evangelio.
Este “Espíritu de la verdad” no nos hace tampoco “guardianes” de la verdad, sino testigos. Nuestro quehacer no es disputar, combatir ni derrotar adversarios, sino vivir la verdad del Evangelio y “amar a Jesús guardando sus mandatos”.
Este “Espíritu de la verdad” está en el interior de cada uno de nosotros defendiéndonos de todo lo que nos puede apartar de Jesús. Nos invita abrirnos con sencillez al misterio de un Dios, Amigo de la vida. Quien busca a este Dios con honradez y verdad no está lejos de él. Jesús dijo en cierta ocasión: “Todo el que es de la verdad, escucha mi voz”. Es cierto.
Este “Espíritu de la verdad” nos invita a vivir en la verdad de Jesús en medio de una sociedad donde con frecuencia a la mentira se le llama estrategia; a la explotación, negocio; a la irresponsabilidad, tolerancia; a la injusticia, orden establecido; a la arbitrariedad, libertad; a la falta de respeto, sinceridad…
¿Qué sentido puede tener la Iglesia de Jesús si dejamos que se pierda en nuestras comunidades el “Espíritu de la verdad”?
¿Quién podrá salvarla del autoengaño, las desviaciones y la mediocridad generalizada?
¿Quién anunciará la Buena Noticia de Jesús en una sociedad tan necesitada de aliento y esperanza?
José Antonio Pagola
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LA VIDA EN NOSOTROS
La dimensión escatológica de este texto es sorprendente. A partir del capítulo 13 nos enfrentamos a un extenso discurso de despedida: El evangelista nos presenta a un Jesús consciente de que va a morir. Los discípulos son como sus hijos; él los ha cuidado y protegido, y no quiere que ahora estén desconsolados. Por eso les dice: “No los dejará huérfanos”. La muerte se acerca, pero Jesús les promete: “Regresaré con ustedes”. Los discípulos sienten miedo a quedarse solos, al abandono. Pero Jesús los consuela y les explica que la muerte no tiene la última palabra y que volverá porque, dice, “yo vivo” y “ustedes vivirán”.
Los verbos “vive”, “está en”, “está con” que aparecen en este evangelio en el capítulo 14 llaman la atención sobre todo porque parecen referirse no solo a los discípulos sino a todo creyente, a cada lector u oyente de esta palabra. ¿Quién o quiénes viven?
La respuesta es pluriforme y vincular. Los que “viven” son el Espíritu consolador en nosotros (v. 17); el Padre y Jesús en quienes amen a Jesús (v. 23) y Jesús y los creyentes mutuamente relacionados “porque yo vivo y ustedes vivirán” (v. 19). Las comunidades de los orígenes comprendían que ser cristiano era dejarse llevar por el Espíritu que consuela, el espíritu del Resucitado. Comprendían que Jesús estaba vivo en ellos, y que ellos vivían un vida nueva en esta dinámica de la vida que no tiene fin.
Este texto no permite interpretaciones morales relacionadas con el cumplimiento de los mandamientos, y, sin embargo, apunta a ellas. La única tarea que deja a los discípulos consiste en amar; y ese amor desencadena la acción de cumplir los mandamientos. Recordemos a Agustín de Hipona en su clásico “Ama y haz lo que quieras”, o a Teresa de Jesús “El amor, cuando es crecido, no puede estar sin obrar”. El amor en el centro y como condición imprescindible y, a partir de allí, la acción.
Los cristianos de las comunidades joánicas pasaban momentos difíciles y sus vidas corrían peligro. Tal vez por ello el evangelista dedica tantos capítulos a los discursos de despedida: para ofrecer sentido a situaciones difíciles, para brindar plenitud de vida incluso ante la muerte. Y para poder encontrar en Jesús una propuesta de una vida con sentido. Un sentido y un estilo de vida en plenitud, que se vuelven más importantes y significativos que la misma muerte.
En conclusión, la vida, para el cuarto evangelista, consiste en esta continuidad propia del amor, de la justicia, de la reciprocidad y de la trascendencia. La vida que ofrece el Jesús joánico es vida en abundancia, vida que no se acaba, vida compartida, vida en comunión, vida en relación, vida propia de la justicia, vida para quien ama y vida para quien cree. Es presente y plenitud de ser.
Paula Depalma
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El Espíritu da vida y gozo e impulsa a la Misión
Romeo Ballan, MCCJ
Un clima de despedida se respira en el largo discurso-conversación-oración de Jesús con sus amigos después de la Ultima Cena (Evangelio): abundan las emociones, recuerdos, preguntas, temores… Pero sobre todo ello prevalece la promesa confortadora del Maestro: “No los dejaré huérfanos: volveré a ustedes” (v. 18); el Padre les dará otro Consolador… para siempre (v. 16). Jesús promete “el Espíritu de la verdad” (Jn 14,17; 16,13); lo presenta como defensor y Paráclito (Jn 16,7-11), como don a quien ora (Lc 11,13), como perdón de los pecados (Jn 20,22-23), como Espíritu que clama en nosotros ¡“Abá, Padre!” (Rom 8,15). En verdad, el Espíritu que Jesús promete a los discípulos es un verdadero “Paráclito” (v. 16): palabra de uso judicial para indicar a una ‘persona llamada para estar al lado’ (v. 17) como ayuda, protector, defensor. Por tanto, una presencia amiga, una compañía íntima y cariñosa.
Él es Espíritu de amor en el seno de la Trinidad y dentro de cada uno de nosotros; es un nuevo principio de vida moral en la observancia de los mandamientos. En efecto, no basta con presentar la ley moral para que esta sea observada. La simple ley es como las señales de tráfico: indican la dirección justa, pero son incapaces de mover el carro; es necesario un motor. Jesús, además de indicarnos la ruta, nos comunica también su fuerza, su Espíritu, para proceder hacia la meta. ¡Por amor! Se observa la ley con un Espíritu diferente: ¡como expresión y signo de amor! En la gratuidad y reciprocidad (v. 21).
El Espíritu anima la misión de los discípulos a todos los pueblos, como se ve en Pentecostés, hasta los confines de la tierra (cfr. Hechos 1,8). Lo mismo se ve también en la fundación de la Iglesia en Samaría (I lectura), que es la segunda comunidad (después de Jerusalén), y le seguirán Antioquía y otras. En los comienzos de la comunidad de Samaría encontramos a un diácono, Felipe (v. 5): llega allí huyendo de la persecución desatada después del asesinato de Esteban, predica a Cristo, lo escuchan con interés, realiza prodigios, bautiza, “y hubo una gran alegría en aquella ciudad” (v. 8). Son estos los primeros signos de una comunidad de fe, la misma que más tarde recibirá la confirmación de los apóstoles Pedro y Juan con el don del Espíritu Santo (v. 17). La fundación de Antioquía tiene un comienzo semejante, impulsado por cristianos que se habían dispersado tras la misma persecución; los apóstoles llegarán posteriormente.
En la historia de la Iglesia misionera abundan hechos parecidos; casi todas las comunidades cristianas empezaron con laicos: un catequista, una familia, algunas religiosas, un grupo de laicos y laicas (la ‘Legión de María’, por ejemplo, y otros). Solo más tarde llegan el sacerdote y el obispo, con los sacramentos de la iniciación cristiana y la organización eclesial. Un caso emblemático es el comienzo de la Iglesia en Corea (s. XVIII): algunos laicos coreanos que regresaron de China, donde habían encontrado la fe cristiana y el bautismo, llevaron consigo libros cristianos y empezaron a anunciar el Evangelio de Jesús. Solo décadas más tarde llegaron a Corea el primer sacerdote desde China y los primeros misioneros desde Francia.
La Iglesia es una comunidad de creyentes en Cristo, cuyos miembros – como los destinatarios de la carta de Pedro (II lectura) – están “siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que les pida razón de la esperanza que está en ustedes” (v. 15). En las páginas de los Hechos se respira la frescura misionera característica de las primeras comunidades cristianas. Una frescura y un ardor que se vuelven contagiosos y que no se pueden ni se deben ocultar. Con toda razón se afirma que “los cristianos son ridículos cuando ocultan lo que los hace interesantes” (Card. J. Daniélou). La Iglesia del Resucitado es una comunidad misionera, portadora de un mensaje de vida, gozo y esperanza para anunciarlo a todos los pueblos, como declara el Concilio: “La a comunidad cristiana está integrada por hombres que, reunidos en Cristo, son guiados por el Espíritu Santo en su peregrinar hacia el reino del Padre y han recibido la buena nueva de la salvación para comunicarla a todos” (GS 1).
SIN EL ESPÍRITU,
EL EVANGELIO NO ES MÁS QUE UNA DOCTRINA
Fernando Armellini
Introducción
Solemos imaginar al Espíritu como algo invisible, intangible, todo lo opuesto a lo material. Este modo de entenderlo, sin embargo, no es bíblico. El Espíritu es muy real, es un soplo, un hálito potente. Dios es Espíritu en cuanto es fuerza arrolladora e incontenible, semejante al viento impetuoso. El sueño del hombre es llegar a ser partícipe de este Espíritu.
Los rabinos enseñaban que existen en el hombre dos inclinaciones: una mala que nace al momento de la concepción y otra nueva que se manifiesta solamente a la edad de trece años. La mala inclinación ejercita su poder desde que el hombre es un embrión, pudiendo dominarlo hasta los setenta e incluso hasta los ochenta años. ¿Cómo resistirla?
Los rabinos ofrecían esta sugerencia: “Dios ha creado la mala inclinación y ha creado la Torah, la Ley, como antídoto. Si los hombres se ocuparan de la Torah no caerían en su poder”. “Si una tentación despreciable les sale al encuentro, arrástrenla junto a la casa donde se estudia la Torah”. “Cuando se ocupan de la Torah, sus malas inclinaciones se someten a su poder y no ustedes al poder del mal”.
Se equivocaban. La Torah es como un código de señales: indica la dirección única pero no mueve el vehículo. Esta tiene necesidad de una fuerza motriz que la lleve a destino.
Jesús no solo ha enseñado “la vía”: ha comunicado su Espíritu, su fuerza, para alcanzar la meta.
Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Crea en nosotros, Señor, un corazón nuevo, infunde en nosotros tu Espíritu santo.”
Primera Lectura: Hechos de los Apóstoles 8,5-8.14-17
5Felipe bajó a una ciudad de Samaría y allí proclamaba al Mesías. 6La multitud escuchaba con atención e íntimamente unida lo que Felipe decía, porque oían y veían las señales que realizaba.7Espíritus inmundos salían de los poseídos dando grandes voces; muchos paralíticos y lisiados se sanaban, 8y la ciudad rebosaba de alegría. 14En Jerusalén los apóstoles se enteraron de que Samaría había aceptado la Palabra de Dios y les enviaron a Pedro y Juan. 15Éstos bajaron y rezaron para que recibieran el Espíritu Santo 16porque todavía no había bajado sobre ninguno de ellos y sólo estaban bautizados en el nombre del Señor Jesús. 17Entonces les impusieron las manos y recibieron el Espíritu Santo.
Durante cinco o seis años después de la muerte de Jesús, la Iglesia no se extendió más allá de la ciudad de Jerusalén. Los apóstoles no habían comprendido que el Evangelio debía ser anunciado en todo el mundo. Esta apertura universal fue provocada por un acontecimiento dramático: la persecución que se desencadenó contra la joven comunidad después de la muerte de Esteban (cf. Hch 8,1-4), persecución que no afectó de inmediato a todos los cristianos sino solamente al grupo de los helenistas de quienes habíamos hablado el pasado domingo. Los hebreo-cristianos y los mismos apóstoles fueron dejados en paz. Los judíos pensaban que conellos todavía se podía razonar; de hecho, se mostraban fieles a la ley de Moisés y a las tradiciones, mientras que los helenistas constituían un peligro para la estructura religiosa judía.
Los cristianos perseguidos huyeron de Jerusalén y se dispersaron por todas las ciudades de Palestina; algunos se refugiaron en casas de familiares o amigos residentes en el extranjero, en Siria y en otras provincias del imperio romano. A donde quiera que llegaban estos prófugos anunciaban a sus hermanos judíos la Buena Noticia de la Resurrección de Cristo. En Antioquía, alguno había comenzado ya a hablar de Jesús a los paganos. Fue el comienzo de una nueva era para la Iglesia, que cesó de estar ligada solamente a Israel y comenzó a abrirse a otros pueblos, a aquellos que no eran descendientes de Abrahán.
La lectura de hoy nos cuenta lo que le ocurrió a Felipe, de quien hemos ya oído hablar el domingo pasado. Era uno de los siete que habían sido elegidos para servir a los pobres; un helenista, por tanto, que para no terminar como Esteban se había dirigido hacia el norte y, llegando a Samaría, había comenzado a predicar el Evangelio y a bautizar a aquellos que se adherían a la fe. El Espíritu acompañaba el trabajo de este primer misionero dando fuerza a sus palabras y confirmando con signos su anuncio. La vida de la gente de aquella ciudad cambió radicalmente y todos se llenaron de alegría (vv. 5-8).
La segunda parte de la lectura (vv. 14-17) pone en escena a los apóstoles Pedro y Juan que van a visitar a los bautizados de Samaría. Esta visita nace de la necesidad de mantener unidas a la Iglesia madre de Jerusalén las nuevas comunidades que comenzaban a surgir. A su llegada, los dos apóstoles impusieron las manos a los nuevos cristianos para comunicarles el Espíritu. Una pregunta surge espontánea: ¿Cómo es posible que los samaritanos bautizados por Felipe no recibieran el Espíritu Santo?
Ciertamente, los samaritanos habían recibido el Espíritu en el momento del bautismo, pero esta presencia divina no había provocado en ellos aquellas extraordinarias manifestaciones exteriores que solían tener lugar en los primeros tiempos de la Iglesia. Recordémoslas: Losbautizados comenzaban a hablar en lenguas diversas, a profetizar, a experimentar éxtasis. Inmediatamente después de haber recibido la imposición de manos por parte de Pedro y Juan, estos fenómenos aparecieron también entre los samaritanos.
Lucas refiere este episodio para hacer comprender que las nuevas comunidades surgen por doquier, espontáneamente, allí donde el Evangelio es anunciado. Pero no deben crecer, desarrollarse y vivir de manera completamente autónoma. Es necesario que establezcan lazos de comunión con la Iglesia universal; solo entonces se manifestará el ellas el Espíritu en toda su plenitud.
Segunda Lectura: 1 Pedro 3,15-18
15Estén siempre dispuestos a defenderse si alguien les pide explicaciones de su esperanza, 16pero háganlo con modestia y respeto, con buena conciencia; de modo que los que hablan mal de su buena conducta cristiana queden avergonzados de sus propias palabras. 17Es mejor sufrir por hacer el bien, si así lo quiere Dios, que por hacer el mal. 18Porque Cristo murió una vez por nuestros pecados, el Justo por los injustos, para llevarlos a ustedes a Dios: sufrió muerte en el cuerpo, resucitó por el Espíritu.
Después de haber tocado el tema de la esclavitud, el predicador cree que sus oyentes tienen necesidad de una palabra iluminadora sobre la dolorosa situación que la comunidad estaba viviendo. La persecución, más o menos violenta, ha estallado como un incendio y continuará con altibajos a lo largo de doscientos cincuenta años. Los nuevos bautizados deben saber que les esperan tiempos difíciles y, por tanto, no deben sorprenderse como si se tratara de algo imprevisto, inesperado, extraño (1 Pe 4,12). “Es cierto que todos los que quieran vivir religiosamente como cristianos sufrirán persecución” (2 Tm 3,12). ¿Cómo se deben comportar los discípulos frente a los que los desprecian y se burlan de su fe?
Ante todo, son invitados a tomar conciencia de que Cristo está cerca, los acompaña, está en sus corazones (v. 15). No es en contra de ellos que se desencadena el odio, sino contra el Señor. Deben estar siempre dispuestos para responder a aquellos que les piden la razón de la esperanza que los anima. De aquí la necesidad de fundar sobre bases sólidas, sobre convicciones profundas,la propia fe. Es frágil, débil, incierta aquella fe que se sostiene sobre emociones pasajeras, devociones intimistas, entusiasmos milagreros. Solo en referencia a la palabra de Dios es la fe sólida, firme, imbatible (cf. Rom 10,17). Quien la posee, no tiene dificultad en dar de ella una justificación y demostrar que conduce a decisiones vitales serias, fiables y sabias.
Pedro indica también cómo responder a los no creyentes. Ya sean interrogados por ciudadanos privados, o bien llamados a responder en los tribunales ante oficiales públicos, los cristianos deben evitar toda palabra ofensiva, poco respetuosa, irreverente. Su lenguaje debe estar siempre inspirado por la “dulzura, el respeto, la recta conciencia” (v. 16). La polémica, la agresividad, la violencia verbal ayudan a prevalecer en una discusión, pero no disponen a las personas a acoger la propuesta evangélica, que es el único objetivo hacia el que el cristiano tiene que mirar (vv. 16-17).
El pasaje concluye recordando el ejemplo de Cristo: también Él ha sufrido por haber practicado la justicia. Sus discípulos no pueden ciertamente esperar un destino diverso (cf. Mt 10,25).
Evangelio: Juan 14,15-21
15Si me aman, cumplirán mis mandamientos; 16y yo pediré al Padre que les envíe otro Defensor que esté siempre con ustedes: 17el Espíritu de la verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes lo conocen, porque él permanece con ustedes y estará en ustedes.18No los dejo huérfanos; volveré a visitarlos. 19Dentro de poco el mundo ya no me verá; ustedes, en cambio, me verán, porque yo vivo y ustedes vivirán. 20Aquel día comprenderán que yo estoy en el Padre y ustedes en mí y yo en ustedes. 21Quien recibe y cumple mis mandamientos, ése sí que me ama. Y el que me ama será amado por mi Padre, y yo lo amaré y me manifestaré a él.
También el evangelio de hoy, como el de la semana pasada, está tomado del primero de los tres discursos de despedida pronunciados por Jesús durante la última Cena. Los discípulos han comprendido que Jesús está a punto de dejarlos; están tristes y se preguntan cómo podrán seguir unidos a él y amarlo si él se va. Jesús promete no dejarlos solos, sin protección y sin guía; dice que rezará al Padre y que éste les enviará otro “Defensor que esté siempre con ustedes” (v. 16). Es la promesa del don de aquel Espíritu que Jesús posee en plenitud (cf. Lc 4,1.14.18) y que será infundido en sus discípulos.
Jesús aclara (vv. 15.17) que el Espíritu solo puede ser acogido por aquellos que están en sintonía con Él, con sus proyectos, con sus obras de amor. El mundo no puede recibirlo. ¿Cuál es este mundo al que no está destinado el Espíritu? ¿Los paganos, los que están lejos, los que no pertenecen al grupo de los discípulos, los miembros de otras religiones?
Jesús entiende por mundo, no las personas, sino aquella parte del corazón del hombre –de todo hombre– en la que reinan las tinieblas, el pecado, la muerte. Allí donde se esconden los odios, las concupiscencias, las pasiones desenfrenadas… allí está presente el mundo con su espíritu,opuesto al Espíritu de Cristo. Lo recuerda Pablo a los corintios, quienes se dejaban guiar por la sabiduría de los hombres: “Nosotros hemos recibido no el espíritu del mundo sino el Espíritu de Dios” (1 Cor 2,12).
El Espíritu recibe dos nombres. Es llamado Consolador (Paráclito) y Espíritu de verdad. Son las dos funciones que él realiza en los creyentes. “Consolador” no es una buena traducción del griego Parákletos, un término tomado del lenguaje forense y que indica a aquel que ha sidollamado para estar junto al acusado. Antiguamente no existía la institución de la abogacía; cada imputado tenía que defenderse a sí mismo buscando testigos que los libraran de las acusaciones. Sucedía a veces que alguno, aun siendo inocente, no podía probar la propia inocencia o que, a pesar de haber cometido el delito, mereciera el perdón. Para personas como estas, todavía existía una última esperanza: que estuviera presente en la asamblea un ciudadano honrado por todos en razón su integridad moral, el cual, poniéndose de pie sin pronunciar palabra, se acercara al lado del acusado. Este gesto equivalía a una absolución. Nadie se atrevía a pedir la condena. Este “defensor” era llamado… “paráclito”, es decir, “aquel que era llamado para estar junto al que se encontraba en dificultad”. El sentido, pues, de este primer título es el de protector, defensor, el que socorre.
Jesús promete a sus discípulos otro paráclito porque ya tienen uno, Él mismo, como explica Juan en su primera carta: “Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2,1). Jesús es paráclito en cuanto abogado nuestro ante el Padre, no porque nos defiende de su ira, provocada por nuestras culpas (el Padre está siempre de nuestra parte como Jesús), sino porque nos protege contra nuestro acusador y adversario: el pecado. El enemigo es el pecado y Jesús sabe cómo confrontarlo, cómo reducirlo a la impotencia.
El segundo paráclito no tiene la función de substituir al primero: desarrolla una nueva misión. De hecho, es enviado junto a Jesús, que “regresa” entre los suyos (v. 18). Jesús no se ha ido, ha cambiado simplemente el modo de su presencia, que no será física; será la presencia del Resucitado. Un modo nuevo de estar al lado de los discípulos infinitamente más real –aunque invisible–, más duradero e ilimitado que su anterior presencia.
El Espíritu es paráclito porque viene en auxilio de los discípulos en su lucha contra el mundo, es decir, contra las fuerzas del mal (cf. Jn 16,7-11). Juan recuerda a los cristianos de su comunidad esta verdad para que, en medio a las dificultades de la vida, no se desanimen, no se desesperen, no pierdan la serenidad ni la paz del corazón ni la alegría. El discípulo cree en la ayuda del Espíritu Santo y no teme, no se abate ni aun cuando tenga que admitir que todavía tiene tantamiseria espiritual, tantas debilidades, tantas malas inclinaciones. Está convencido de la fuerza del Paráclito y tiene la seguridad de no salir derrotado.
El segundo título que señala otra función del Paráclito es: Espíritu de la Verdad. Su acción al servicio de la verdad se explica de diversas maneras. Comencemos por la más simple. Todos sabemos lo que sucede cuando una noticia pasa de boca en boca: está sujeta a deformaciones, se altera hasta tal punto que se hace irreconocible. El mensaje de Jesús está destinado a todos los hombres, debe ser proclamado hasta los confines del mundo. ¿Quién nos asegura que no se corromperá, que no sufrirá interpretaciones desviantes? Humanamente hablando parece imposible que no se corrompa, pero tenemos la certeza de que todos podrán acercarse a la fuente pura del Evangelio porque en la Iglesia, encargada de anunciarlo, está operante la fuerza del Espíritu de la Verdad prometido por Jesús.
Su servicio a la verdad no se limita a esa parte que podemos llamar negativa. Es decir, no impide solamente que se produzcan errores en la transmisión del mensaje de Cristo. El Espíritu realiza otra función, positiva ésta: introduce a los discípulos en la plenitud de la verdad. Hay verdades que Jesús no ha tratado explícitamente o que no ha desarrollado en todos sus detalles, porque los discípulos no estaban aún preparados para entenderlas (cf. Jn 16,12-15). Él sabía que, a lo largo de los siglos, surgirían problemas e interrogantes nuevos. ¿Dónde se encontrarían las respuestas auténticas, conforme a su pensamiento?
También a este nivel Jesús promete la intervención del Espíritu: Él es el encargado de conducir al discípulo al descubrimiento de toda la verdad. No dirá nada nuevo o contrario a la enseñanza de Jesús sino que ayudará a captar hasta el fondo, hasta sus últimas consecuencias, su mensaje. De aquí nace el deber de los cristianos de permanecer abiertos a los impulsos del Espíritu que revela siempre cosas nuevas. Él es, por su naturaleza, el que renueva la faz de la tierra (cf. Sal 104,30).
Constituye un pecado contra el Espíritu (¡y muy grave! Cf. Mt 12,31) oponerse a la renovación orechazar las innovaciones que favorecen la vida de la comunidad, que acercan a Cristo y a los hermanos, que acrecientan la alegría y la paz, que ayudan a orar mejor, que libera los corazones de miedos inútiles. Quien permanece tozudamente agarrado a tradiciones religiosas que se han quedado anticuadas y obsoletas, quien no se empeña diligentemente en el estudio de la palabra de Dios, quien no acepta la renovación de ritos, fórmulas, gestos litúrgicos, quien da respuestas viejas a problemas nuevos, quien no acoge con alegría los descubrimientos de la exégesis bíblica, todos esos van contra el Espíritu de la verdad.
El término verdad tiene para el evangelista Juan un significado todavía más profundo: indica a Dios mismo que se manifiesta en Jesús. Él es la verdad (cf. Jn 14,6), porque en Él se verifica la total revelación de Dios. Rechazarlo, tomar una decisión de vida contraria a la suya, es pertenecer al mundo de la mentira. Satanás, el enemigo de la verdad, es el “padre de la mentira” (cf. Jn 8,44), representa a todo aquello que nos aleja de Cristo. El Espíritu actúa de modo opuesto: nos introduce en la “verdad”, ejerce su acción en lo íntimo de cada hombre y hace queéste elija libremente a Cristo, que acepte su propuesta. El Espíritu es como un viento que eleva hacia lo alto y conduce los hombres a la Salvación de manera irresistible.
Es difícil imaginar que el impulso del Espíritu Santo no logre introducir a todo hombre en la verdad. ¿Por qué poner en duda, por muy tenue que la duda sea, de que este impulso divino hacia la vida sea más fuerte que el mundo, todavía presente en cada uno de nosotros?