3º Domingo de Cuaresma (A)
Juan 4,5-42

III Careme (A)

5 En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: 6 allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. 7 Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: Dame de beber. 8 (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida). 9 La Samaritana le dice: ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (porque los judíos no se tratan con los samaritanos). 10 Jesús le contesto: Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. 11 La mujer le dice: Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; 12 ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? 13 Jesús le contesta: El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; 14 pero el que beba del agua que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. 15 La mujer le dice: Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. El le dice: 16 Anda, llama a tu marido y vuelve. 17 La mujer le contesta: No tengo marido. Jesús le dice: Tienes razón, que no tienes marido: 18 has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad. 19 La mujer le dice: Señor, veo que tu eres un profeta. 20 Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: 21 Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. 22 Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adoraran al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. 24 Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. 25 La mujer le dice: Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. 26 Jesús le dice: Soy yo: el que habla contigo.
27 En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?» 28 La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: 29 Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? 30 Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. 31 Mientras tanto sus discípulos le insistían: Maestro, come. El les dijo: 32 Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis 33 Los discípulos comentaban entre ellos: ¿Le habrá traído alguien de comer?: 3 4 Jesús les dijo: Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. 35 ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? 36 Yo os digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. 37 Con todo, tiene razón el proverbio «Uno siembra y otro siega». 38 Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores. 39 En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho.» 40 Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. 41 Todavía creyeron muchos más por su predicación, 42 y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.


La escena es cautivadora. Cansado del camino, Jesús se sienta junto al manantial de Jacob. Pronto llega una mujer a sacar agua. Pertenece a un pueblo semipagano, despreciado por los judíos. Con toda espontaneidad, Jesús inicia el diálogo con ella. No sabe mirar a nadie con desprecio, sino con ternura grande. «Mujer, dame de beber».
La mujer queda sorprendida. ¿Cómo se atreve a entrar en contacto con una samaritana? ¿Cómo se rebaja a hablar con una mujer desconocida? Las palabras de Jesús la sorprenderán todavía más: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda tú misma me pedirías a mí, y yo te daría agua viva».
Son muchas las personas que, a lo largo de estos años, se han ido alejando de Dios sin apenas advertir lo que realmente estaba ocurriendo en su interior. Hoy Dios les resulta un «ser extraño». Todo lo que está relacionado con él les parece vacío y sin sentido: un mundo infantil cada vez más lejano.
Los entiendo. Sé lo que pueden sentir. También yo me he ido alejando poco a poco de aquel «Dios de mi infancia» que despertaba, dentro de mí, miedos, desazón y malestar. Probablemente, sin Jesús nunca me hubiera encontrado con un Dios que hoy es para mí un Misterio de bondad: una presencia amistosa y acogedora en quien puedo confiar siempre.
Nunca me ha atraído la tarea de verificar mi fe con pruebas científicas: creo que es un error tratar el misterio de Dios como si fuera un objeto de laboratorio. Tampoco los dogmas religiosos me han ayudado a encontrarme con Dios. Sencillamente me he dejado conducir por una confianza en Jesús que ha ido creciendo con los años.
No sabría decir exactamente cómo se sostiene hoy mi fe en medio de una crisis religiosa que me sacude también a mí como a todos. Solo diría que Jesús me ha traído a vivir la fe en Dios de manera sencilla desde el fondo de mi ser. Si yo escucho, Dios no se calla. Si yo me abro, él no se encierra. Si yo me confío, él me acoge. Si yo me entrego, él me sostiene. Si yo me hundo, él me levanta.
Creo que la experiencia primera y más importante es encontrarnos a gusto con Dios porque lo percibimos como una «presencia salvadora». Cuando una persona sabe lo que es vivir a gusto con Dios, porque, a pesar de nuestra mediocridad, nuestros errores y egoísmos, él nos acoge tal como somos, y nos impulsa a enfrentarnos a la vida con paz, difícilmente abandonará la fe. Muchas personas están hoy abandonando a Dios antes de haberlo conocido. Si conocieran la experiencia de Dios que Jesús contagia, lo buscarían. Si, acogiendo en su vida a Jesús, conocieran el don de Dios, no lo abandonarían. Se sentirían a gusto con él.

José Antonio Pagola
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Los evangelios de los domingos 3º, 4º y 5º de Cuaresma del ciclo A, tomados de san Juan, presentan a Jesús como fuente de agua viva (Samaritana), luz del mundo (ciego de nacimiento) y vida (resurrección de Lázaro). Tres símbolos de nuestras necesida­des más fuertes (agua, luz, vida) y de cómo Jesús puede llenar­las.

Tres aguadores y tres tipos de agua

Las lecturas del próximo domingo hablan de tres personajes famosos (Jacob, Moisés, Jesús) relacionándolos con el don del agua. En gran parte del mundo, beber un vaso de agua no plantea problemas: basta abrir el grifo o servirse de una jarra. Pero quedan todavía millones de personas que viven la tragedia de la sed y saben el don maravilloso que supone una fuente de agua.

En el evangelio, la samaritana recuerda que el patriarca Jacob les regaló un pozo espléndido, del que se puede seguir sacando agua después de tantos siglos. En la primera lectura, Moisés sacia la sed del pueblo golpeando la roca. De vuelta al evangelio, Jesús promete un manantial que dura eternamente.

Aparentemente, el mismo problema y la misma solución. Pero son tres aguas muy distintas: la de Jacob dura siglos, pero no calma la sed; la de Moisés sacia la sed por poco tiempo, en un momento concreto; la de Jesús sacia una sed muy distinta, brota de él y se transforma en fuente dentro de la samaritana. Este milagro es infinitamente superior al de Moisés: por eso la samaritana, cuando termina de hablar con Jesús, deja el cántaro en el pozo y marcha al pueblo. Ya no necesita esa agua que es preciso recoger cada día, Jesús le ha regalado un manantial interior.

Interpretación histórica y comunitaria

Quizá la intención primaria del relato era explicar cómo se formó la primera comunidad cristiana en Samaria. Aquella región era despreciada por los judíos, que la consideraban corrompida por multitud de cultos paganos. De hecho, en el siglo VIII a.C. los asirios deportaron a numerosos samaritanos y los sustituyeron por cinco pueblos que introdujeron allí a sus dioses (2 Reyes 17,30-31); serían los cinco maridos que tuvo anteriormente la samaritana, y el sexto («el que tienes ahora no es tu marido») sería Zeus, introducido más tarde por los griegos. Sin embargo, mientras los judíos odian y desprecian a los samaritanos, Jesús se presenta en su región y él mismo funda allí la primera comunidad. Los samaritanos terminan aceptándolo y le dan un título típico de ellos, que sólo se usa aquí en el Nuevo Testamento: «el Salvador del mundo». En esa primera comunidad samaritana se cumple lo que dice Jesús a los discípulos: «uno es el que siembra, otro el que siega». Él mismo fue el sembrador, y los misioneros posteriores recogieron el fruto de su actividad. Pero el relato destaca el importante papel desempeñado por una mujer que puso en contacto a sus paisanos con la persona de Jesús.

Interpretación individual

Hay dos detalles que obligan a completar la lectura comunitaria con una lectura más personal. El primero es la curiosa referencia al cántaro de la samaritana. Lo ha traído para buscar agua; al final, después de hablar con Jesús, lo deja en el pozo. No necesita esa agua, Jesús le ha dado una distinta, que se ha convertido dentro de ella en un manantial. El segundo detalle es la relación estrecha entre la promesa de Jesús de dar agua, su invitación posterior, durante la fiesta en Jerusalén: «el que tenga sed, que venga a mí y beba» (Juan 7,37-38), y lo que ocurre en el calvario, cuando lo atraviesan con la lanza, y de su costado brota sangre y agua (Juan 19,34). El tema central no es ahora la fundación de una comunidad, sino la relación estrecha de cualquier creyente con él, de esa persona que tiene su sed material cubierta, aunque sea con el esfuerzo diario de buscarse el agua, pero que siente una sed distinta, una insatisfacción que sólo se llena mediante el contacto directo con Jesús y la fe en él.

Ni agua ni pan

Un último detalle sobre la enorme riqueza simbólica de este episodio. La samaritana se olvida de beber. Jesús se olvida de comer. Aunque los discípulos le animen a hacerlo, él tiene otro alimento, igual que la mujer tiene otra agua. Buen motivo para examinarnos sobre de qué tenemos hambre y de qué tenemos sed.

José Luis Sicre
https://www.feadulta.com


El pasaje del Evangelio de hoy presenta situaciones sencillas, de la vida ordinaria: hace calor, Jesús está cansado del camino, se sienta, tiene sed, busca agua, los discípulos han ido a comprar comida, llega una mujer samaritana al pozo como solía hacerlo cada día; se habla de cántaro, provisiones de alimentos… Son realidades concretas de las que parte la estupenda evangelización de Jesús. Al narrar el encuentro de Jesús con una mujer de Samaria, el evangelista Juan quiere ir más allá de la simple descripción de un hecho cotidiano; él lo enriquece de símbolos, imágenes, referencias bíblicas, que vehiculan un mensaje teológico: la historia de amor de Dios fiel a la alianza esponsal, mientras el pueblo se ha alejado buscando a otros dioses. Es sorprendente: ¡Dios tiene sed! No es la mujer samaritana sino Jesús que dice “Tengo sed”. ¡Es una de las palabras que Jesús dirá también en la cruz!

Jesús involucra y convierte, gradualmente, a la mujer, a la gente del pueblo, a los discípulos. De la búsqueda del agua cotidiana Jesús los lleva “al surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (v. 14); del pozo de Jacob (v. 6) al agua del bautismo y al Espíritu Santo; de los templos sobre los montes a las personas que “adorarán al Padre en espíritu y verdad” (v. 23); de la provisión de comida hasta un alimento que los discípulos no conocen: hacer la voluntad del Padre (v. 31.32.34). Gradualmente Jesús transforma a aquella mujer, etiquetada como hereje y prostituta, en una misionera de las bienaventuranzas; hace de aquella mujer mendiga de agua una mendiga de espíritu, del verdadero Dios. Como buen educador, Jesús no reprocha, no juzga, no castiga a esa pecadora, no la humilla, trata de comprender, le habla sin hacerla enrojecer: le indica salidas diferentes. ¡Una página digna de un buen maestro; una página estupenda de metodología evangelizadora!

El que pide agua para beber (v. 7) es el que después se dará a sí mismo como bebida que quita para siempre la sed de la mujer y de la gente: el Mesías “soy yo: el que habla contigo” (v. 26). ¡Suprema revelación de la identidad de Jesús! Él hace de esa mujer irónica (v. 9), poco seria en su vida sentimental, una misionera entusiasta de la buena noticia del Mesías: “vengan a ver” (v. 29); y hace de muchos samaritanos de ese pueblo unos creyentes que le retienen durante dos días y lo reconocen como el “Salvador del mundo” (v. 42). En efecto, al final de la narración, la mujer, que ahora ha encontrado otra agua, abandona su ánfora (v. 28), tan preciosa hasta ese momento, y corre feliz a anunciar a todos su descubrimiento. Una vez más, del encuentro con Jesús parte la carrera para decírselo a todos.

Los discípulos deben ahora aprender a leer los signos maduros del crecimiento del Reino: “Levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega” (v. 35). Palabras del Maestro, que aluden a la “mies abundante”, en la que faltan obreros; por tanto, es preciso rogar “al dueño de la mies para que envíe obreros para su mies” (Mt 9,37-38). El obrero del Evangelio debe tener ojos y corazón para leer esos signos, porque el Espíritu está trabajando desde antaño, como dice Pablo (II lectura): Cristo ha muerto por nosotros y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo” (v. 5): Él ya está presente y trabajando entre todos los pueblos, aun antes de la llegada de los misioneros (v. 36-38), transforma el corazón de las personas, incluso de las más imprevisibles.

Jesús introduce el tema del don de la fe y del agua viva, diciendo: “Si tú conocieras el don de Dios…” (v. 10), para llegar después a la misión, es decir, a la difusión del don. Jesús mismo es el don supremo del Padre y, en cuanto tal, se auto-propone para toda la familia humana. Un don que hay que descubrir, acoger, guardar, compartir con otros. Este es el alcance misionero del don de la fe en el Señor Jesús, que es un motivo peculiar de acción de gracias y de renovado compromiso misionero. En efecto, la fe estimula a la misión y, a su vez, la misión fortalece la fe.

Hoy como en el pasado (I lectura), el pueblo está cansado, murmura, reclama agua. ¡Tiene derecho a ello! El pueblo estaba “torturado por la sed” (v. 3). Hoy como entonces. Aun antes del agua de la fe y del Espíritu, la humanidad es cada vez más consciente de la importancia del agua material (el H2o) para la vida humana y para el planeta. Basándose en el desequilibrio meteorológico, con la consiguiente irregularidad de lluvias, escasez de recursos hídricos, aumento de la desertización, etc., los expertos en geopolítica prevén que, en las próximas décadas, el tema de las aguas será una causa para mayores conflictos y guerras a nivel mundial.

La falta de agua potable golpea sobre todo a los países más necesitados y provoca trágicas consecuencias para la salud y la vida. Numerosas poblaciones rurales en África y en Asia tienen escaso acceso (menos del 20%) al agua potable; son elevados los porcentajes de mortalidad infantil (por falta de agua potable, uso de aguas contaminadas…). Estos son tan solo algunos de los graves problemas diarios que atañen a la vida y a la actividad de los misioneros en muchas regiones del mundo, donde la gente tiene hambre y sed de Dios, ciertamente; pero también de justicia, pan, agua… Por lo tanto, hay que apoyar y promover programas e iniciativas como estos: “agua para la vida”, “el agua un derecho para todos”, “H2Oro”, “agua bien común”… ¡En nombre del Evangelio!


Introducción

Durante años los israelitas han experimentado la sed en el desierto de Sinaí y visto espejismos; han excavado pozos y soñado en una tierra donde el agua cayera del cielo en forma de lluvia y de rocío, y donde surgieran manantiales cuyas aguas regaran los valles.

Nómadas de un desierto desolador, han asociado estas tierras ásperas y áridas con la muerte, mientras que el agua era para ellos símbolo de la vida, de la belleza, de las bendiciones de Dios; han pensado en el Señor como “aquel que llama a las aguas del mar y las distribuye sobre la tierra” (Am 5,8).

En la Biblia la imagen del agua aparece en contextos muy diversos. El enamorado contempla a la amada como: “¡Fuente de los jardines, manantial de aguas vivas que fluyen del Líbano!” (Ct 4,15). Dios asegura a los deportados un futuro próspero y feliz con promesas relacionadas con el agua: “ha brotado agua en el desierto, arroyos en la estepa, el arenal será un estanque, lo reseco un manantial” (Is 35,6-7; 41,18). Alejarse del Señor significa tomar decisiones de muerte, equivale que quedarse sin agua: “me abandonaron a mí, fuente de agua viva y se cavaron pozos, pozos agrietados que no conservan el agua” (Jer 2,13).

Las palabras apasionadas del profeta que invitan a su pueblo a la conversión: “¡Atención, sedientos, vengan por agua!” (Is 55,1) eran solo el preludio de las pronunciadas por Jesús en la explanada del templo: “Quien tenga sed venga a mí; y beba quien crea en mí” (Jn 7,38). Él es el manantial de agua pura que sacia toda sed.

Primera Lectura: Éxodo 17,3-7

3 En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés: —¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados? 4 Clamó Moisés al Señor y dijo: —¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen. 5 Respondió el Señor a Moisés: —Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel; lleva también en tu mano el cayado con que golpeaste el río y vete, 6 que allí estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de ella agua para que beba el pueblo. Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. 7 Y puso por nombre a aquel lugar Masá y Meribá, por la reyerta de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

Después de la salida de Egipto y cruce del Mar Rojo, el pueblo de Israel, guiado por Moisés, se ha adentrado en el desierto camino de la tierra prometida. Al principio, los israelitas se enfrentaron al viaje con energía y entusiasmo. Seguros de la protección de su Dios, han manifestado su gratitud elevando un cando al Señor que “se ha cubierto de gloria, caballos y jinetes ha arrojado al mar” (Ex 15,1).

Pronto, sin embargo, comenzaron las dificultades: el calor sofocante, el cansancio, las serpientes, el hambre y, sobre todo, la sed. Encontrar agua en el desierto no es fácil, es justamente por falta de agua por lo que se forma el desierto. Allí solo hay arena y piedras, alguna que otra acacia, escasos matorrales, flecos de hierba aquí y allá. Este es un sitio “horrible, que no tiene grano, ni higueras ni viñas, ni granados ni agua para beber” (Nm 20,5).

El pueblo piensa que ha sido conducido al desierto para morir y comienza a dudar de la fidelidad de Dios a sus promesas; llega incluso a sospechar que la liberación de Egipto ha sido una trampa, que Dios, en realidad, lo está conduciendo no a la libertad ni a la vida, sino a la muerte. Discute con él y concluye: es necesario ponerlo a prueba, luchar, tentarlo, forzarlo a que manifieste lo que tiene en mente.

Las últimas palabras de la lectura son una síntesis de esta provocación: “¿Está o no está con nosotros el Señor?” (v. 7). El lugar donde ha ocurrido este episodio ha tomado el nombre de Masá-Meribá, dos palabras que en hebreo significan: tentación-discusión.

A este desafío Dios responde a su manera: no reacciona con amenazas, entiende la fragilidad, las dificultades, las dudas y perplejidades de su pueblo. Sabe que hay momentos en que, de verdad, resulta difícil seguir creyendo y confiando en él. Oídas las protestas del pueblo, invita a Moisés a empuñar el bastón con el que ha golpeado el Nilo y le ordena hacer surgir agua de la roca.

¿Por qué ha querido que este don apareciera como un milagro? Podía haber resuelto el problema de un modo más sencillo y normal, simplemente sugiriendo la dirección hacia el oasis más cercano o indicando el lugar donde excavar un pozo, así también el pueblo habría colaborado a la solución del problema. Ha escogido realizar un gesto prodigioso para mostrar a los israelitas que el agua no era el resultado de sus esfuerzos, de su empeño, de su habilidad: era un don exclusivo de Dios y completamente gratuito.

Los comentarios rabínicos han enriquecido este relato con detalles legendarios. Uno de ellos nos interesa de modo particular: desde aquel día, decían los rabinos, la roca no permaneció fija donde estaba, sino que acompañó al pueblo a lo largo de toda su peregrinación por el desierto, subiendo montes y bajando a los valles, perennemente brotando agua. Este detalle es relevante porque Pablo ha identificado la roca con Cristo (cf. 1 Cor 10,3-4): es él quien no cesa de calmar la sed del pueblo de Dios en su caminar.

La experiencia de Israel que sale de Egipto, se repite en la vida de cada cristiano. Toda conversión es un abandono de la “tierra de la esclavitud” y señala el inicio de un éxodo. Los primeros momentos de la nueva vida pueden trascurrir serenamente, sobre todo si nos ayuda la buena voluntad y entusiasmo y recibimos ayuda de nuestros hermanos en la fe. Después, comienza inevitablemente la añoranza, la nostalgia y, a veces, la desilusión que experimentamos al contacto con la vida de la comunidad cristiana.

Aparecen las dudas, las vacilaciones, los tambaleos y la tentación de cuestionar la elección hecha. Se siente la necesidad de algún signo, exigimos a Dios a que dé pruebas concretas de su fidelidad. No hay que extrañarse que surjan estos momentos difíciles: son la señal de que hemos llegado, como Israel… a Masá-Meribá. También con nosotros el Señor se mostrará paciente. También ofrecerá una señal a nuestra fe débil y tambaleante: el agua prodigiosa que brota de Cristo, su Espíritu, su palabra y su pan.

Segunda Lectura: Romanos 5,1-2.5-8

1 Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. 2 Por él hemos obtenido con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados en la esperanza de la gloria de los Hijos de Dios. 5 La esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. 6 En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; 7 en verdad, apenas habrá quien muera por un justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir; 8 mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros.

En medio a las dificultades y las incertezas de la vida, podemos también pensar que Dios nos haya abandonado y que nuestra esperanza no tenga un fundamento sólido. ¿En qué fundamentar nuestra esperanza? ¿En nuestras buenas obras? Si fuera así, si las bendiciones de Dios dependieran de nuestros méritos, nunca podríamos estar seguros de la salvación, viviríamos en ansiedad y preocupación permanentes, porque somos conscientes de ser frágiles y débiles y cuán fácilmente nos desviamos del camino.

Hoy Pablo nos asegura que la esperanza no tiene su fundamento en nuestras buenas obras, sino en el amor de Dios, un amor que no es débil ni inconstante ni inseguro como el nuestro. Nosotros solo somos capaces de amar a los buenos, a los amigos, a los que nos hacen el bien. Por ellos, llegaríamos en un caso excepcional, hasta sacrificar la vida. Dios es diverso. Él ama a los hombres aunque sean sus enemigos y ha dado prueba de ello. Mientras los hombres rechazaban su amor, lo despreciaban, se mantenían lejos de él, Dios les ha enviado a su hijo (vv. 7-8). Por esto –asegura el Apóstol– nuestra “esperanza no quedará defraudada”, no porque nosotros seamos buenos sino porque Dios es bueno (v. 1-2).

Evangelio: Juan 4,5-42

Juan nunca refiere acontecimientos de la vida de Jesús en su pura materialidad, los relee siempre y los utiliza para componer densas páginas de teología; no es fácil, pues, establecer los hechos tal y como sucedieron. El caso de la Samaritana es ejemplar: el simbolismo que acompaña todo el relato es tan evidente que alguno ha llegado hasta poner en duda la historicidad del hecho y ha pensado que se trata de una creación literaria del evangelista. Nosotros retenemos que haya habido efectivamente un encuentro real de Jesús con una mujer de Samaria, aunque el hecho haya sido redactado después con el lenguaje, las imágenes, las referencias bíblicas con que se ha querido articular un mensaje teológico. En nuestro cometario tendremos presente los dos niveles –el histórico y el teológico– concentrando nuestra atención sobre el segundo.

En la antigüedad, el pozo era el lugar de reunión y de encuentros. Allí se daban cita los pastores que venían a dar de beber a sus ganados, se detenían los comerciantes con sus mercancías a la espera de clientes, venían las mujeres a sacar agua (y también a charlar de sus asuntos) y allí se acercaban los enamorados en busca de una novia. La Biblia narra muchos de estos encuentros junto al pozo (propongo la lectura de: Gen 24,10-25; 26,15-25; 29,1-14; Éx 2,15-21). El encuentro narrado por el evangelio de hoy tiene como protagonistas a Jesús y a una mujer de Samaria. El pozo en cuestión existe todavía, se encuentra a lo largo de la carretera que conduce de Judea a Galilea; tienes tres mil años de antigüedad, es muy profundo (32 metros) y da aún agua buena y fresca, como en tiempos de Jesús. Era el lugar donde todos los caminantes se detenían, descansaban y recuperaban fuerzas.

También Jesús, cansado por el viaje se sienta junto al pozo. Es mediodía, cuando llega una mujer a sacar agua y Jesús le pide de beber. El gesto de extrañeza de esta mujer es comprensible: se ha dado cuenta inmediatamente por el acento que se trata de un galileo, individuos mal vistos por su gente. ¿Cómo se atreve a pedirle de beber, a ella, una samaritana? ¿Por qué viola la norma severa que prohíbe hablar a solas con mujeres desconocidas? Es célebre el episodio acaecido al rabino José, el galileo que en una encrucijada preguntó a una mujer: “¿Cuál es el camino que conduce a Luz?” Reconociéndolo, la mujer contestó: “Has hablado demasiado con una mujer, deberías haber dicho solamente: ¿Luz?”. Dada esta mentalidad, se explica también la extrañeza que han experimentado los discípulos al regreso del pueblo a donde habían ido para comprar comida al ver a Jesús hablando con una samaritana.

La actitud libre del Maestro nos invita a un momento de reflexión, aunque sea al margen de tema que nos ocupa. Jesús exige de sus discípulos la pureza de corazón y de intenciones; en esto es realmente severo: “quien mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio con ella en su corazón” (Mt 5,28), pero se comporta de un modo libre y rechaza todo tipo de discriminación. Después de esta introducción, vayamos a la parte central del pasaje: al diálogo de Jesús con la samaritana (vv. 7-26).

Lo importante es comprender quién es esta mujer. El modo cómo el evangelista la presenta, deja claramente entender su intención de transformarla en un símbolo. Tratemos de identificarla: no tiene nombre, no se dice de dónde venga, el único elemento que la define es ser “samaritana”, lo que equivale a herética, infiel a Dios. ¿Quién podrá ser?

Viene al pozo que en la Biblia, como lo hemos dicho, suele ser lugar de encuentro de los enamorados, quienes después terminan por casarse. Es curioso el hecho de que, para dejar solos a Jesús y la mujer, el evangelista aleje a los discípulos con una excusa tan poco creíble e inverosímil como la de aprovisionarse de comida en el pueblo (v. 8)

¿A quiénes representan, entonces, los dos “enamorados” en el pozo? En el Antiguo Testamento se habla a menudo del pueblo de Israel como la esposa a la que el Señor se ha unido con afecto indefectible (téngase presente que Israel en hebreo es femenino). Estas bodas no han tenido un final feliz. El enamoramiento había comenzado en el desierto donde Dios e Israel habían vivido una experiencia inolvidable. Eran aquellos momentos los que el Señor recordaba con nostalgia cuando, por boca del profeta, decía: “Recuerdo tu cariño de joven, tu amor de novia, cuando me seguías por el desierto” (Jer 2,2). Después comenzaron las infidelidades de la esposa, sus traiciones, sus infatuaciones con otros amantes, sus devaneos con las divinidades de los asirios, de los babilonios, de los persas y también de los romanos, provocando los celos de su esposo.

¿Cuál será la reacción del Señor? ¿El repudio, el divorcio, el castigo? Nada de esto le pasa por la cabeza: “¿Se puede rechazar a la esposa que uno toma siendo joven? dice tu Dios. Por un instante te abandoné, pero con gran cariño te recogeré” (Is, 54,6-7). El Señor optará por otra solución. Aun a costa de humillarse ante la esposa infiel, volverá a cortejarla con el único objetivo es reconquistarla: “Voy a atraerla, la llevaré al desierto, le hablaré al corazón…allí me responderá como en su juventud, como cuando salió de Egipto” (Os 2,16-17). A este punto del relato, la identificación de la samaritana es clara: es la esposa Israel con toda su larga historia de amoríos y adulterios a su espalda; ha tenido tantos “maridos” que quien tiene ahora no es su esposo. Jesús la encuentra en el pozo y quiere reconducirla a su primer, único y verdadero amor, el Señor.

A la luz de este simbolismo esponsalicio, cobran significado los otros detalles de relato aparentemente sin importancia. Ante todo, la nota aclaratoria: Jesús tenía que pasar por Samaria; desde el punto de vista geográfico no era necesario. Jesús se encontraba en el Jordán (cf. Jn 3,22) y hubiera sido más rápido y simple subir a lo largo del rio. “Tenía” no puede referirse sino a la necesidad irresistible del esposo -Dios- que no puede menos que salir al encuentro de la amada.

Estaba cansado por el viaje. Es la única vez que el evangelio habla del cansancio de Jesús, y no ciertamente en referencia a su más o menos resistencia física. El detalle se encuentra aquí para indicar otro viaje mucho más largo, la distancia infinita que el Señor ha debido recorrer para encontrar a la esposa que lo había abandonado: desde las alturas del cielo ha venido a la tierra; movido de una pasión incontenible, infinita, ha descendido hasta el abismo más profundo en busca de la amada. Ninguna distancia, ninguna dificultad, ninguna fatiga lo ha desanimado. El pensamiento vuela espontáneamente al himno de la Carta a los filipenses: “Quien a pesar de su condición divina…se vació de sí y tomó la condición de esclavo haciéndose semejante a los hombres…se humilló…hasta la muerte, una muerte de cruz” (Flp 2,6-8).

Hemos llegado al tema central del diálogo entre Jesús y la samaritana. Los discípulos han ido en busca de un alimento material; la samaritana ha venido a sacar agua de un pozo. Jesús, en cambio, ofrece a todos un alimento y un agua que ellos no conocen (vv. 10.32)

La sed de la samaritana es el símbolo de las necesidades más profundas que atormentan el corazón de la esposa-Israel: la necesidad de paz, de amor, de serenidad, de esperanza, de felicidad, de sinceridad, de coherencia, de Dios. Son estas las necesidades que todo hombre experimenta.

El agua del pozo indica el esfuerzo y la astucia del hombre para aplacar esta “sed” que ninguna cosa material puede satisfacer.

El agua viva que Jesús promete es de otra clase, es el Espíritu de Dios, es aquel amor que llena los corazones. Quien se deja guiar por este Espíritu obtiene la paz y no tiene ya necesidad de cosa alguna. La mujer de Samaria, al comienzo del diálogo, pensaba en el agua material, no sospechaba en absoluto que pudiera existir otra clase de agua. Poco a poco, sin embargo, ha comenzado a captar y después a aceptar la propuesta de Jesús. Su descubrimiento progresivo es cuidadosamente subrayado por el evangelista. Al principio, Jesús es para ella un simple viajero judío (v. 9); después, se convierte en un señor (v. 11); después es un profeta (v. 19); seguidamente es el mesías (vv. 25-26); finalmente, con todo el pueblo, lo proclama Salvador del mundo.

A través del camino espiritual de la mujer de Samaria, Juan quiere presentar a los fieles de su comunidad el recorrido espiritual propuesto a todo cristiano. Antes de encontrar a Cristo, el hombre está preocupado solamente de los aspectos materiales de la vida. Son realidades importantes, aun indispensables, pero no bastan, no pueden constituir el objetivo único y último de la vida. Solo quien encuentra a Cristo, quien descubre que él es el “Salvador del mundo” y acoge el don de su agua, experimenta que toda hambre y toda sed pueden ser saciadas.

La última parte del evangelio (vv. 28-41) presenta la conclusión del camino espiritual de la samaritana y de todo discípulo. ¿Qué hace esta mujer después de haber encontrado a Cristo? Abandona el cántaro (no le sirve porque ha encontrado el “agua viva”) y corre a anunciar a otros su descubrimiento y su felicidad. Es la invitación a ser misioneros, apóstoles, catequistas, a proclamar a todas las gentes la alegría y la paz que prueba quien encuentra al Señor y bebe su agua.

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