“Uno de los datos más firmemente establecidos por el psicoanálisis es que el universo de todos y cada uno es afectivo. “Donde está tu tesoro, ahí está tu corazón” (Mt. 6:21). Cada uno se interesa por el mundo que está cubierto por su pasión, recorrido por su energía vital.Leemos los periódicos. En seguida, seleccionamos las noticias: los eventos que conciernen nuestra propia existencia se vuelven esenciales. Los demás pasan inmediatamente a un segundo plano, y aunque nos esforcemos por sentirlos, no podemos lograrlo sin artificios. Una mujer que tiene un hijo en África del norte en este momento y que lo sabe comprometido en un combate, está allá: vive allá porque su corazón se encuentra allá. Al contrario, los que no tienen a nadie allá pueden quizá simpatizar profundamente pero no pueden sentirlo hasta el fondo de sí mismos, justamente porque allá no está su tesoro, allá no está su corazón.En el fondo, nuestro universo es de pasión. Nuestro universo es aquél donde nuestra energía vital puede derramarse espontáneamente y por eso no hay otra realidad para nosotros sino la que enciende nuestra pasión. Y si algunos hombres emergen, si hay santos, es en la medida en que su pasión que es pasión que sube, es pasión generosa y pasión universal. Y justamente, el dato fundamental del cristianismo es que Dios mismo es pasión, pasión devorante, pasión infinita. Todas nuestras pasiones son sólo un eco débil comparado con esa pasión formidable, con el fuego devorante que es Dios.San Francisco es sin duda el hombre que más se acercó a Dios y que más profundamente comprendió que Dios era pasión al comprender que Dios era la pobreza. Dios es la pobreza, Dios no tiene nada. ¿Qué quiere decir eso? Quiere decir que en Dios la vida es única y exclusivamente comunión, don, impulso hacia el otro.Cuando nosotros decimos yo – y lo decimos con frecuencia – cuando decimos yo, ese yo es posesión, es límite, frontera, rechazo y anexión. Y nos cuesta mucho no decir yo. Es raro finalmente que el amor propio no sea lo más fuerte en la gente que pretende amar más y que es capaz de magníficas pasiones. Hay pocos amores que resistan a las heridas del amor propio, justamente, justamente porque en nosotros, espontáneamente, el yo es posesión. El yo es anexión y apropiación, y no impulso, don y generosidad.En Dios es exactamente lo contrario. En Dios, toda la vida es sólo surgimiento; cada persona está enraizada en la divinidad, se apropia toda la sustancia de la divinidad dándola y para darla, de modo que en Dios, literalmente, Yo es Otro, el Padre en el Hijo, el Hijo en el Padre, el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo y el Espíritu Santo en el Padre y el Hijo en una eterna circulación en que absolutamente todo es dado. Dios es el que todo lo pierde, todo lo pierde, se pierde eternamente, cada persona la una en la otra.Y así Dios aparece justamente como una formidable e infinita pasión en que todo es verdadero altruismo, en que todo es únicamente mirada hacia el otro, comunión de todo el ser con el otro, sin repliegue, sin reserva, sin retorno hacia sí mismo. Eso nos parece increíble, porque en nosotros el retorno a sí mismo es tan habitual, tan fatal, que no imaginamos una vida que sea toda, única y eternamente, de manera siempre nueva, impulso hacia el otro.Francisco lo entendió, Francisco lo vivió. Por eso, Francisco mismo entró en esa inmensa pasión que lo impulsaba sin cesar hacia el martirio. Quería dar, darlo todo, dar su vida por Dios, a Dios en los demás con los cuales se sentía aparentado en Dios; pues evidentemente, si Dios es la pasión eterna, la pasión infinita, el fuego devorante, es imposible conocerlo, encontrarlo, amarlo sin llenarse uno mismo de esa pasión, sin ser llevado por ese impulso, sin llenarse de ese altruismo infinito, sin comprender que uno está emparentado con los demás, con parentesco infinito y eterno, por estar conectado con ellos en el mismo circuito de la eterna comunicación.Un parentesco divino, un parentesco infinito, un parentesco que suscita pasión sin reserva, eso es justamente lo que funda el apostolado de los santos, el apostolado, es decir, el deseo invencible de hacer circular la vida divina, de revelar ese parentesco que hace de todos los hombres una sola persona en Jesucristo.Y eso es precisamente la Iglesia, es la humanidad impulsada por una misma pasión, recorrida por una misma vida en la cual circula una misma sangre que es la sangre de Dios.No se entiende nada de la Iglesia si no se ve que la Iglesia tiene sus raíces en el altruismo divino, en la pobreza esencial que brilla en el corazón de la divinidad. Es imposible que los hombres no se reconozcan si están verdaderamente aparentados en Dios, si llevan verdaderamente la sangre de Jesucristo, si son miembros unos de otros, como dice tan magníficamente san Pablo a los Efesios: “Somos miembros los unos de los otros” (Ef. 4:25). No tenemos sino una vida y somos responsables de una misma Presencia, y debemos dar testimonio de una misma luz comunicando un mismo amor.Se trata pues de alimentar en nosotros la pasión divina, de tomar conciencia del parentesco que nos une, infinitamente más real aún que el de la carne y la sangre: ser parientes unos de otros por la Presencia y la vida divinas.Ustedes se acuerdan de esa admirable mujer que quería sacrificar uno de sus riñones para salvar a su hijo mortalmente amenazado. Para ella, ese gesto era evidente, gesto de madre que vive en su hijo, que no vacila porque la vida de su hijo es su propia vida, porque la vida de su hijo es más preciosa que la suya propia. Pues ése es el gesto normal del ser que ha entrado en la intimidad de Dios. Sabe que los demás ya no son los demás, que ya no son exteriores a uno, sino que ya no hacen con uno sino una sola vida, y que toda la pasión de la madre por su hijo, es lo que debe gobernar las relaciones de cada uno con los demás, porque la caridad no es una forma de amor vaga y general que se pierde en lo abstracto.La caridad es el fuego devorante que reconoce en cada uno la misma Presencia, la misma vida, el mismo rostro confiado a nuestro amor; porque la vida divina, la luz de la eterna pobreza, la circulación de la sangre de Jesucristo, todo ese inmenso tesoro que es el objeto de la pasión de los santos, es un tesoro siempre amenazado, un tesoro sobre el cual hay que velar porque justamente no puede revelarse, no puede brillar, no puede dar toda su luz sino en la medida en que cada uno de nosotros lo vive, en que cada uno de nosotros se eclipsa en él para dejarlo transparentar. Era lo que decía san Nicolás de Flue a los habitantes de Berna: “Es necesario que tengan en el corazón la pasión de Dios“.Y ése es el mensaje de hoy. La unidad de los cristianos se realizará invenciblemente pero únicamente por este camino: si encontramos la pasión de Dios, si comprendemos que Dios no es una abstracción, un principio, una fórmula, y que Dios es el amor ardiente que se comunica eternamente y suscita en nosotros un poder de generosidad que impulsa a los apóstoles y a los mártires, que enciende el corazón de san Francisco y le hace adivinar el secreto maravilloso del eterno amor. Dios es pobre, Dios no tiene nada, Dios lo da todo. Dios es la pasión en un grado infinito en que toda mirada hacia sí mismo es imposible porque todo el ser es únicamente mirada hacia el otro.Escuchemos este mensaje, tratemos de entrar cada vez más en la pobreza divina, a fin de conocer cada vez mejor el parentesco divino que nos une unos con otros. “Invicem membra“, miembros los unos de los otros, debiendo formar un solo cuerpo, el cuerpo místico de Jesucristo, debiendo devenir una sola persona para realizar la humanidad espiritual, la humanidad libre, la humanidad que crea con Dios un universo digno de Él y digno de nosotros.Pero desde luego, todo eso lo podemos realizar sólo en el recogimiento, volviendo constantemente a la fuente, escuchando en lo más profundo de nosotros el secreto que no cesa de expresarse, el secreto de la eterna ternura y de la eterna pasión que nos abre unos a otros, que nos hace sentir los unos en los otros toda la grandeza divina, todo el precio de la sangre de Jesucristo derramada por cada uno de nosotros y que revela en cada uno una grandeza infinita y hace de cada uno la revelación indispensable de la Presencia y la bondad de Dios.Claro que si estamos enraizados en la pasión divina, los demás lo sentirán. Habrá en nosotros una acogida, una fraternidad tales que ellos se sentirán en casa con nosotros. Reconocerán su hogar, su patria. Reconocerán el objeto de todos sus deseos. Sentirán latir en nuestro corazón el corazón de Dios. Y entonces será la Iglesia, la Iglesia que no es institución, que no es gobierno ni obligación, la Iglesia que es el cuerpo vivo de Jesucristo, la Iglesia que es Jesucristo mismo reuniéndonos en la unidad de su persona para componer el rostro maravilloso en que cada uno de nosotros aporta uno de los rasgos que le han sido confiados, uno de los rasgos de la eterna divinidad, en que cada uno de nosotros aporta a los demás el secreto inagotable y siempre nuevo que renueva nuestra pasión y nos hace expresar a Dios del único modo como se lo puede expresar, de manera fecunda y creativa, según el programa del Jueves Santo que contiene todo, que dice todo, y que salvará todo si lo realizamos:”Ubi caritas et amor, Deus ibi est” Donde hay amor y ternura, ahí está Dios”.