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Carlo Maria Martini
HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS
Meditaciones sobre Job.

Sexta meditación
TRES MODOS DE LUCHAR CON DIOS

En nuestro esfuerzo por comprender el enigma de Dios, mejor que intentar conocer algo más su misterio, el misterio de ese Dios altísimo, incognoscible, misericordioso y justo, soberano e impenetrable, tres veces santo, deberíamos recordar que el Libro de Job es parte de la Escritura, y por tanto su mensaje debe asimilarse a la totalidad del mensaje bíblico.

Por eso quisiera proponeros continuar nuestra lectura extendiendo la mirada hacia algunas páginas vétero y neotestamentarias según tres direcciones determinadas. Con términos un tanto pretenciosos se podrían llamar respectivamente dimensiones antropológica, cristológica, trinitaria.

Hemos visto la lucha de Job contra el desorden de la mente; todo su trabajo es una purificación de la multiplicidad de pensamientos, que parecen razonables, justos, lógicos, pero que, al final, no se sostienen por sí mismos. Su último acto es una rendición ante el misterio.

En esta lucha contra el desorden de la mente, Job lucha también con Dios. Como Jacob, en aquella historia misteriosa, ejemplar para todas las formas de lucha con Dios en la historia y en la espiritualidad, también Job quiere ser bendito, justificado, declarado justo, quiere obtener lo que desea.

El tema de la lucha con Dios es inagotable y quizás nosotros no lo afrontemos suficientemente bien; sin embargo, es un gran tema de la mística cristiana que nos interesa y en el que queremos profundizar. Propongo, pues, la reflexión a nivel antropológico, en tres
episodios:

—el capitulo 10 de Job, “La arenga de la criatura contra el Creador”;
—el capitulo 2 de San Juan (vv. 1-12);
—el capitulo 25 de San Mateo (vv. 21-28), con el paralelo de Marcos (7, 24-30).

La arenga de la creatura contra el Creador (Jb 10)

“Job parece introducir una especie de discurso imaginario que pronunciaría ante una hipotética suprema corte de justicia en la que también Dios está presente” (cfr. Ravasi, op. cit., p. 408). El discurso se puede dividir en las siguientes partes:

—vv. 1-2, apertura de la arenga.

“Asco tiene mi alma de mi vida:
derramaré mis quejas sobre mí,
hablaré en la amargura de mi alma.
Diré a Dios: ¡No me condenes,
hazme saber por qué me enjuicias!”

Son palabras de introducción al momento de la lucha cerrada.

– vv. 3-7: la arenga comienza con cinco cuestiones planteadas al adversario. Precedentemente habíamos leído las que Dios hará a Job, pero aquí es Job quien abruma a Dios a base de preguntas retóricas, con la intención de conquistarle.

“¿Acaso te está bien mostrarte duro,
menospreciar la obra de tus manos,
y el plan de los malvados avalar?
¿Tienes tú ojos de carne?
¿Como un hombre ve, ves tú?
¿Son tus días como los días de un hombre?
¿tus años como los días de un mortal?,
¡para que andas rebuscando mi falta,
inquiriendo mi pecado,
aunque sabes muy bien que yo no soy culpable,
y que nadie puede de tus manos librar!”

Se duda de la bondad de Dios: ¿por qué me tratas de forma que no te conviene a ti, y no me tratas benignamente?

—vv. 8-12. Los interrogantes ceden el paso a una perorata conmovedora, precisamente como en una arenga, cuando se invoca la clemencia de la corte:

“Tus manos me han plasmado, me han formado,
¡y luego, en arrebato, me quieres destruir!
Recuerda que me hiciste como se amasa el barro,
y que al polvo me has de devolver.
¿No me vertiste como leche
y me cuajaste como la cuajada?
De piel y de carne me vestiste
y me tejiste de huesos y de nervios.
Luego con la vida me agraciaste
y tu solicitud cuidó mi aliento.”

Aunque no haya ninguna referencia verbal específica, podemos leer en las palabras de Job el misterio de la alianza: tú me has creado, me has hecho tuyo, soy tuyo, no te olvides de tu creatura, quédate junto a mí, no me abandones.

—vv, 13-17: después de la perorata vienen las acusaciones contra Aquel que actúa como enemigo.

“Y algo más todavía guardabas en tu corazón,
sé lo que aún en tu mente quedaba” (v. 13).

La denuncia es gravísima y la Biblia de Jerusalén en nota, muestra una cierta dificultad al explicar este versículo: “Por tanto, esta solicitud de Dios encubría temibles exigencias. El hombre es responsable de todos sus actos ante Dios. La queja de Job es expresión del tormento del hombre caído, que se siente sujeto a una voluntad misteriosa en lugar de abrirse libremente en su propia naturaleza.”
Quizás esta nota va un poco demasiado lejos, pero en todo caso las palabras de Job expresan algo misterioso del hombre frente a una incerteza que quisiera acertar a determinar:

“El vigilarme cuando peco
y no perdonarme ni una falta.
Si soy culpable, ¡desgraciado de mí!
y si soy inocente, no levanto la cabeza,
¡yo saturado de vergüenza, borracho de aflicción!
Y si me levanto, como un león me das caza,
y repites tus proezas a mi costa.
Contra mí tu hostilidad renuevas,
redoblas tu saña contra mí,
sin tregua me asaltan tus tropas de relevo.”

Así es que Dios es visto como una fiera salvaje que no deja en paz a este pobre hombre.

—vv. 18-22: otra vez se pasa de la agresividad a la súplica, que mueve la afectividad del misterio de Dios.

“¿Para qué me sacaste del seno?
Habría yo muerto sin que me viera ningún ojo;
sería como si no hubiera existido,
del vientre se me habría llevado hasta la tumba.
¿No son bien poco los días de mi existencia?
Apártate de mí para gozar de un poco de consuelo,
antes que me vaya, para ya no volver,
a la tierra de tinieblas y de sombra,
tierra de oscuridad y de desorden,
donde la misma claridad es como la calígine.”

En este capítulo Job expresa su preocupación, su incertidumbre, su dolor por no ser escuchado y, como le ocurriría a quien padece un fuerte complejo de inferioridad, se exaspera, lucha para conseguir lo que desea de Aquel que piensa que puede y debe dárselo, con la rabia de quien no está seguro de sí mismo pero exige sus derechos.

Lucha con Dios, pero también, y mucho, consigo mismo, con la desmesura de sus pensamientos, con el sentido de inferioridad que le asalta, con la inseguridad que le corroe interiormente y de la que quisiera librarse con amenazadoras palabras. Pero las personas que más atacan verbalmente suelen ser las más débiles, las más frágiles; son las que se empeñan contra el adversario, siempre con el miedo de no conseguir lo que desean.

La lucha de María con Jesús (Jn 2)

Frente a este modo de luchar con Dios, veamos ahora el modo de luchar de la madre de Jesús, en el episodio de las bodas de Caná.
María piensa que podría conseguir lo que desea, y sin embargo no puede estar absolutamente segura de conseguirlo. Así es que se empeña a fondo para alcanzar de su Hijo cuanto desea.

La lucha se expresa en términos muy sobrios, casi velados, pero no deja de ser una lucha con Dios.

En un primer momento María expone la causa de los esposos, haciéndose su abogado ante Jesús, con unas frases brevísimas y al mismo tiempo muy enérgicas: “Y como faltara vino, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino»” (Jn 2,3).

Son unas palabras afligidas: ¿Cómo es posible que con tu presencia y con la mía, no podamos ayudar a estas personas evitándoles una humillación que quedará como una sombra durante toda su vida, como un signo de desgracia en su matrimonio? Son unas palabras espléndidas, que partiendo de la negación sitúan frente a un hecho que debe repararse.

Sin embargo Jesús parece que deja a María completamente sola. “Le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora»” (v. 4). Sea el que sea el exacto significado de estas palabras, lo cierto es que no son de acogida, de ánimo, sino de distanciamiento.

María se queda sola, como Job, sin ayuda. Pero entonces lleva a cabo un gesto heroico, de confianza, porque no sólo se compromete a sí misma, sino a los otros. En efecto, llama a los sirvientes y les dice: “Haced lo que él os diga” (v. 5). Con un gesto público, la madre fuerza la adhesión de Jesús. Porque su sentimiento no es de inferioridad, de miedo, de debilidad; no tiene por tanto necesidad de exasperación o de engrandecerse, está segura. Con confianza se abandona a sí misma y a los sirvientes al poder de Jesús que, ella no sabe cómo, dará resultado.

Podemos anotar que su abandono continúa hasta el momento decisivo, aunque el pasaje evangélico no lo nombre. Continúa confiándose aunque el Hijo haya hecho un gesto aparentemente contrario a la espera. Lo que se nos cuenta de las seis tinajas de piedra, de dos o tres medidas cada una, que se llenan de agua, parece, en efecto, muy distinto de cuanto uno podía imaginarse. Algo así como si dijéramos: ¡Si no hay vino, qué se le va a hacer, nos conformaremos bebiendo agua! Da la impresión de que Jesús no tome en serio la petición de la madre. Pero todo lo que sucede después, incluyendo la alegría del evangelista mientras proclama que Jesús dio así comienzo a sus milagros en Cana de Galilea (cfr. v. 11), se debe a María, que luchando, pidiendo con insistencia y poniéndose en situación de exigencia, conserva la confianza propia de quien ya ha superado la lucha por la obediencia de la mente.

Quizás nos encontremos, en nuestra lucha con Dios, entre Job y María, y deberemos intentar acercarnos más bien a María, en la medida en que sea posible en nuestro caminar espiritual, pasando a través de aquella obediencia de la mente, que es la actitud fundamental del creyente respecto a Dios.

La lucha de la mujer cananea (Mt 15, 21-28)

Un episodio bellísimo, estrechamente paralelo al pasaje juaneo de las bodas de Caná, es el que nos presenta la lucha de la mujer cananea con Jesús.

Una mujer que es consciente de no pertenecer al pueblo elegido, por tanto sin derechos, y es sabedora de sus escasas posibilidades. Y sin embargo se lanza con todas sus fuerzas para arrebatar a Jesús lo que ella quiere.

“En esto, una mujer cananea, saliendo de aquellos términos, se puso a gritar: «¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada»” (v. 22).
Fijémonos en la fuerza de esta súplica: en la llamada a la raíz tradicional, familiar de Jesús y a la fuerza de las promesas mesiánicas que descansan en él -“Hijo de David”-; pero también en la denominación “Señor”, título que implica la apertura hacia el misterio de la omnipotencia divina; en las palabras que invitan a la compasión—”Piedad de mí”—y en la descripción del sufrimiento que sufre la hija. Están todos los componentes de una súplica afligida, eficaz.

También es preciosa la identificación de la madre con la hija: “Ten piedad de mí”, la que sufre es mi hija, pero yo sufro junto con ella, y por eso soy yo la que te suplica piedad. Sin embargo Jesús no la escucha, no le dirige la más mínima palabra (cfr. v. 23).

La mujer cananea experimenta entonces un fuerte sentimiento de soledad, de rechazo, y entra así en un estado de lucha para obtener lo que desea. Para salir victoriosa de esta lucha intenta conmover, de alguna forma, a los discípulos que al final “acercándose, le rogaron: «Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros»”, que nos molesta, que no nos deja en paz.

“Respondió él” (segunda negativa): “No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (v. 24). Una respuesta aparentemente decisiva, desde el momento en que Jesús define los límites de su misión.

En ese momento la mujer, si hubiese poseído la desobediencia de la mente, que hemos visto en Job, se hubiera puesto a imprecar contra los designios de Dios que no puede salir fuera de los pequeños confines de un pueblo soberbio, replegado sobre sí mismo, incapaz de mirar a los vecinos. Incluso hubiera llegado al insulto y a la agresión.

Sin embargo, se postra ante el Señor diciendo: “¡Socórreme!” (v. 25). La lucha continúa, pero en clave de amor, de afecto, de misericordia, porque la cananea está segura de la misericordia de Jesús, más allá de cuanto las palabras le permitan pensar.
Con su intuición, parece que diga: Yo te conozco y sé que puedes y quieres ayudarme, sé que te comportas así para probarme. Es una mujer que experimenta la prueba y consigue alcanzar la purificación de su fe. Así, la vive con humildad, con decisión, con calma.

Por tercera vez será rechazada, y ahora de una forma durísima: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”(v. 26). Palabras que suenan como un insulto de tipo nacionalista, palabras que suscitarían una rebelión, una ira, una exasperación interior increíble. La lucha entre Dios y el hombre ha llegado a su punto culminante. El hecho es de una elevación mística profundísima y es extraordinario ver cómo la mujer, en la obediencia absoluta de su mente, antes que maldecir o desencadenar su ira contra Jesús, consigue incluso unos momentos de humor, tan libre y confiada se siente: “Sí, Señor, que también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus amos” (v. 27).

La respuesta es de una superioridad incomparable, indicativa de una persona que cree verdaderamente en Jesús, en la misericordia de Dios, en la fuerza universal de la alianza, más allá de las mismas palabras escuchadas. Y así la mujer ganará la lucha.

Y Jesús quiere ser vencido. El misterio de la lucha con Dios está precisamente en el hecho de que el ángel está contento por haber sido vencido por Jacob (cfr. Gn 32,23ss.). Como dice una apología rabínica: Dios está contento por haber sido superado y vencido por sus hijos.

Explota la alegría de Jesús: “Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas” (v. 28). En verdad es grande porque ha comprendido el corazón de Cristo más allá de todo lo que velaba el amor del Señor, precisamente para suscitar esa fe heroica.

Es interesante hacer notar el paralelo de Marcos, quizás aún más iluminador: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija” (Mc 7,29). Así de poderosa es la palabra de la mujer; y la alegría de Jesús es que el milagro apenas es suyo, sino de la fuerza de la fe humana. Él ha vencido porque ha conseguido levantar a la cananea a una calidad de fe inaudita, en la línea de la de Abraham. La mujer ha vencido porque ha hecho que Jesús se manifieste en su verdad divina.

Me pregunto, quizás, qué hubiera sucedido si la cananea, frente al comportamiento de Jesús, hubiera empezado a injuriarle. Ciertamente el Señor no realiza milagros en quien le rechaza, aunque creo que en este caso habría tenido que diferenciar las actitudes.

Si la mujer le hubiese injuriado como Job, es decir con fe y con deseo de buscar a Jesús, pienso que él le habría salido al encuentro igualmente. Pero habríamos perdido a la cananea. Si la Virgen se hubiese molestado, Jesús le habría salido al encuentro aceptando la verdad de su actitud. Pero María hubiera quedado un poco atrás respecto a la profunda paz de la mente que había llegado a alcanzar.

Jesús actúa siempre con amor y con misericordia hacia quien se muestra deseoso de acogerle.

Nuestra capacidad de luchar con Dios

Releyendo personalmente los tres episodios, debemos intentar, ante todo, aceptarlos en contemplación afectiva.

¿Cuál es nuestra capacidad de luchar con Dios? ¿Pertenecemos a aquellos que fácilmente se deprimen, se sienten olvidados, abandonados, quizás sin decírnoslo a nosotros mismos pero con toda claridad en el fondo de nuestra conciencia?

¿O quizás intentamos imitar el ejemplo de María y de la cananea, que desafían a Dios y en la lucha de la existencia actúan con gran fe y aceptan los momentos difíciles, aceptan incluso la oscuridad como el momento álgido del grito, en el que Dios pone a prueba la fe, la gratuidad del don, a fin de que se exprese una plenitud que constituye el culmen de todo el camino humano a partir de Abraham?

Aquí podríamos ver una especie de síntesis de toda la historia de la salvación: el hombre, creado por amor de Dios y llamado a la prueba, no ha sabido aceptar el desafío de la fe, y el pecado fundamental es precisamente el de no confiarse en él, no saberse apoyado en la guía de su palabra. Porque Dios reconstituye la humanidad a través de la vía de la fe, empezando por Abraham. Así la fe se purifica pasando por todas las grandes personalidades del Antiguo Testamento, recibe en Job una particular y enigmática figura ejemplar, y desemboca en la fe de María, en la fe de los santos del Nuevo Testamento, hasta el abandono de Jesús al Padre. Jesús es el hombre del abandono total, pleno, completo, incluso en el momento en que parece que el Padre le deja en la más negra soledad.

Todos los personajes—Abraham, Jacob, Job, María, la mujer cananea—se reencuentran en la persona de Jesús, abandonado por el Padre, abandonándose en el Padre, y constituyen una visión unitaria de la salvación, a la que hemos sido llamados en nuestra lucha cotidiana con el misterio de Dios.