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Carlo M. Martini
HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS
Meditaciones sobre Job

Tercera meditación
EL EXAMEN DE CONCIENCIA DE JOB

El riesgo teológico de la lectura del Libro de Job me parece bien expresado en una cita que encontré en un artículo del filósofo Emanuele Severino, titulado: El riesgo de la fe en el “irónico Sócrates”.

Escribe así:

“Al rey Midas, que quería saber qué era lo mejor y más deseable para el hombre, el Sileno”—que representa la tradición de la sabiduría dionisíaca—”después de haber callado un largo tiempo, respondió finalmente riendo: «Estirpe miserable y efímera, hijo del azar y de la pena, por qué me obligas a decirte lo que para ti es ventajosísimo no conocer? Lo mejor es absolutamente inalcanzable para ti: no haber nacido, no existir, ser nada. Pero lo segundo mejor para ti es morir lo más pronto posible (es decir, volver lo más pronto posible a la nada)»” (cfr. “Corriere della Sera”, 21-8-1989).

Podremos expresar el problema teológico de Job de la siguiente forma: ¿Cuál es la diferencia entre estas palabras y las del capítulo 3 de Job?

Advertimos una cierta asonancia de lenguaje, quizás los vocablos sean idénticos, pero sin embargo la diversidad es abismal, porque el hombre del texto bíblico no es ni un escéptico ni un desilusionado de la vida.

Nosotros hemos sido llamados, pues, a entrar en el abismo del verdadero y misterioso conocimiento de Dios, del Dios indecible. Y tenemos miedo. Probablemente, si el Libro de Job fuera confiado hoy a una comisión doctrinal o teológica para decidir si incluirlo o no en el canon, se llegaría a su exclusión ante el temor de crear malestar e incomodidades.

El hecho, sin embargo, de que esté en el canon como palabra de Dios nos invita a aceptar la fatiga de su lectura, pidiendo al Señor que nos dé el espíritu de oración, de humildad, de adoración, para no permitir que nos enredemos en los términos puramente racionales del conocimiento. A un amor sin fin corresponden misterios sin fin, y nosotros queremos recorrer, superando una primera impresión de malestar, los caminos difíciles de la Palabra sin saber de antemano dónde nos va a conducir.

“Concédenos, Señor, un verdadero, nuevo y más profundo conocimiento de ti. Incluso a través de palabras que no comprendamos, haz que podamos intuir con el afecto del corazón tu misterio que está más allá de toda comprensión humana. Haz que el ejercicio de la paciencia de la mente, el recorrido espinoso de la inteligencia, sea el signo de una verdad que no es alcanzable simplemente con los cánones de la razón humana, sino que está más allá de todo, y precisamente por eso, es la luz sin límite, misterio inaccesible y conjunto nutritivo para la existencia del hombre, para sus dramas y sus aparentes absurdos.

Concédenos conocerte, conocernos a nosotros mismos, conocer los sufrimientos de la humanidad, conocer las dificultades entre las que se debaten tantos corazones, y volver a una siempre nueva y más verdadera experiencia de ti.”

El último monólogo de Job

Saltando los capítulos intermedios, dado que no nos resulta posible releer el Libro por entero, reflexionaremos sobre los capítulos 29, 30 y 31, porque constituyen el último gran monólogo de Job.

Después de aquel capítulo 3, se presentan tres escenas en las que hablan los tres amigos y Job cada vez les va respondiendo. Sigue después un intermedio misterioso, una especie de resplandor de fuego desde lo alto, que es el himno de la sabiduría (cap. 28). A continuación el monólogo toma la última palabra antes del diálogo con Dios.

Por su valor sintético, de resumen, conclusivo de estos tres capítulos, me parece útil proponer una lectura en dos tiempos, a saber lectio y meditatio.

El examen de conciencia de Job nos ayudará a prepararnos a nuestro examen de conciencia para la jornada penitencial de mañana.

Me sirvo sobre todo de las explicaciones que Gianfranco Ravasi da sobre estos tres capítulos en su comentario a Job (cfr. Ravasi, Job, Borla 1979). Es, de hecho, una explicación que secciona con cuidado el texto según sus divisiones internas, ofreciendo así una primera clave para su lectura.

El capítulo 29 se titula: Canto del pasado y de la nostalgia; todos los verbos están en tiempo pasado, Job recuerda situaciones y ambientes ya vividos.

El capítulo 30 se titula: Canto del presente y del horror, y comienza con la palabra “ahora”.

El capítulo 31 se titula: Canto del futuro y de la inocencia. Mirando su vida pasada, Job hace una confesión de inocencia, muy detallada, a partir de una serie de criterios morales éticos, que examina uno por uno; concluye desafiando a Dios a aducir sus propias razones contra él.

1. Capítulo 29, Canto del pasado y de la nostalgia

“Job continuó pronunciando su discurso y dijo:
¡Quién me hiciera volver a los meses de antaño,
aquellos días en que Dios me guardaba,
cuando hacía brillar su lámpara sobre mi cabeza,
y yo a su luz por las tinieblas caminaba;
cómo era yo en los días de mi otoño,
cuando vallaba Dios mi tienda,
cuando Sadday estaba aún conmigo,
y en torno mío mis muchachos,
cuando mis pies se bañaban en manteca,
y regatos de aceite manaba la roca!” (vv. 1-6).

En esta primera estrofa Job se describe como quien vivía la alegría de un amigo de Dios. Lo sentía presente en su oración, en la vida cotidiana con sus momentos difíciles, apreciaba la continua proximidad.

“Si yo salía a la puerta que domina la ciudad
y mi asiento en la plaza colocaba,
se retiraban los jóvenes al verme,
y los viejos se levantaban y quedaban en pie.
Los notables cortaban sus palabras
y ponían la mano en su boca.
La voz de los jefes se ahogaba,
su lengua se pegaba al paladar.
Oído que lo oía me llamaba feliz,
ojo que lo veía se hacía mi testigo” (vv. 7-11).

Una segunda estrofa en la que Job no se define a sí mismo únicamente en relación íntima con el misterio de Dios, sino también en relación con la gente de su pueblo.

“Pues yo libraba al pobre que clamaba,
y al huérfano que no tenía valedor.
La bendición del moribundo subía hacia mí,
el corazón de la viuda yo alegraba.
Me había puesto la justicia, y ella me revestía,
como manto y turbante, mi equidad.
Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies.
Era el padre de los pobres,
la causa del desconocido examinaba.
Quebraba los colmillos del inicuo,
de entre sus dientes arrancaba su presa” (vv. 12-17).

Job era el hombre justo, que se ocupaba activamente de los pobres, y por ello quien lo veía daba testimonio. De la apología de sí mismo, centrada únicamente en su persona, pasa gradualmente a considerar el aspecto social; el sufrimiento le ha abierto los ojos para comprender la necesidad de una relación con los más abandonados, los desheredados.

“Y me decía: «Anciano moriré,
tras días numerosos, igual que la palmera.
Mi raíz está franca a las aguas,
el rocío se posa de noche en mi ramaje.
Mi gloria será siempre nueva en mí,
y en mi mano mi arco renovará su fuerza»” (vv. 18-20).

He aquí el sueño de su vejez: Job estaba seguro de que habría dado frutos como una juventud perenne.

“Me escuchaban ellos con expectación,
callaban para oir mi consejo.
Después de hablar yo, no replicaban,
y sobre ellos mi palabra caía gota a gota.
Me esperaban lo mismo que a la lluvia,
abrían su boca como a lluvia tardía.
Si yo les sonreía, no querían creerlo,
y la luz de mi rostro no dejaban perderse.
Les indicaba el camino y me ponía al frente,
me asentaba como un rey en medio de su tropa,
y por doquier les guiaba a mi gusto” (vv. 21-25).

En estos últimos versos, casi como haciendo un salto hacia atrás, Job recuerda su compromiso más específicamente político, la fuerza de su presencia en la sociedad.

El capítulo 29 es, por tanto, un canto nostálgico en el que se evoca el bien vivido, la condición pacífica, serena, llena de gratificaciones de todo tipo.

Job era justo, bueno, amaba a los pobres, pero también se le recompensaba, era reverenciado, escuchado, estimado: toda una situación que ahora se cuestiona conforme al nuevo curso de su historia.

2. Capitulo 30, el canto del presente y del horror

Estecanto del presente y del horror,Ravasi lo divide en siete breves secciones, que describen una tras otra el comportamiento de un hombre que desciende cada vez más a lo profundo: humillado, despreciado, atacado, aterrorizado, hostigado por Dios, que llora y sufre.

Job humillado:

“Mas ahora ríanse de mí
los que son más jóvenes que yo,
a cuyos padres no juzgaba yo dignos
de mezclar con los perros de mi grey.
Aun la fuerza de sus manos ¿para qué me servía?;
había decaído todo su vigor,
agotado por el hambre y la penuria.
Roían las raíces de la estepa,
los abrojos del desierto desolado.
Recogían armuelle por los matorrales,
eran su pan raíces de retama.
De entre los hombres estaban expulsados,
tras ellos se gritaba como tras un ladrón.
Moraban en las escarpas de los torrentes,
en las grietas del suelo y de las rocas.
Entre los matorrales rebuznaban,
se apretaban bajo los espinos.
Hijos de abyección, sí, ralea sin nombre,
echados a golpes del país” (vv. 1-8

Job despreciado:

“¡Y ahora soy yo la copla de ellos,
el blanco de sus chismes!
Horrorizados de mí, se quedan a distancia,
y sin reparo a la cara me escupen” (vv. 9-10).

Job atacado:

“El que ha soltado su cuerda me maltrata,
y el que ha tirado de su rostro el freno.
La ralea se alza a mi derecha,
me lanzan piedras como proyectiles,
abren hacia mí sus siniestros caminos.
Para perderme han destruido mi sendero,
atacan y nada les detiene;
como por ancha brecha irrumpen,
se han escurrido bajo los escombros” (vv. 11-14).

Dios es el sujeto real, si bien anónimo—”él”-, de la batalla abierta contra un hombre humillado y despreciado.

Job aterrorizado:

“Los terrores se vuelven contra mí,
como el viento mi dignidad arrastran;
como una nube ha pasado mi salud.
Y ahora en mí se derrama mi alma,
me atenazan días de aflicción.
De noche traspasa el mal mis huesos,
y no duermen mis llagas.
Con gran fuerza agarra él mi vestido,
me aferra como el cuello de mi túnica.
Me ha tirado en el fango,
soy como el polvo y la ceniza” (vv. 15- l 9).

Y, por si no fuera suficiente, hostigado por Dios:

“Grito hacia ti y tú no me respondes,
me presento y no me haces caso.
Te has vuelto cruel para conmigo,
tu mano vigorosa en mí se ceba.
Me llevas a caballo sobre el viento,
me zarandeas con la tempestad.
Pues bien sé que a la muerte me conduces,
al lugar de cita de todo ser viviente” (vv. 20-23).

Por eso Job es un hombre que llora:

“Y sin embargo, ¿he vuelto yo la mano contra el pobre,
cuando en su angustia justicia reclamaba?
¿No he llorado por el que vive en estrechez?
¿no se ha apiadado mi alma del mendigo?
Yo esperaba la dicha, y llegó la desgracia,
aguardaba la luz, y llegó la oscuridad.
Me hierven las entrañas sin descanso,
se me han presentado días de aflicción” (vv. 24-27

Abandonado, vive en la oscuridad más total y es un hombre infeliz que sufre:

“Sin haber sol, ando renegrido,
me he levantado en la asamblea, sólo para gritar.
Me he hecho hermano de chacales
y compañero de avestruces.
Mi piel se ha ennegrecido sobre mí,
mis huesos se han quemado por la fiebre.
¡Mi cítara sólo ha servido para el duelo,
mi flauta para la voz de plañidores!” (vv. 28-31).

Después de haber descrito su propia terrible situación actual, este hombre se yergue, de un brinco, en un himno de altivez, el canto del futuro y de la inocencia.

Capítulo 31, Canto del futuro y de la inocencia

“Había hecho yo un pacto con mis ojos,
y no miraba a ninguna doncella.
Y ¿cuál es el reparto que hace Dios desde arriba,
cuál la suerte que manda Sadday desde la altura?
¿No es acaso desgracia para el injusto,
tribulación para los que obran iniquidad?
¿No ve él mis caminos, no cuenta todos mis pasos?
¿He caminado junto a la mentira?
¿he apretado mi paso hacia la falsedad?
¡Péseme él en balanza de justicia,
conozca Dios mi integridad!
Si mis pasos del camino se extraviaron,
si tras mis ojos fue mi corazón,
si a mis manos se adhiere alguna mancha,
¡coma otro lo que yo sembré,
y sean arrancados mis retoños!
Si mi corazón fue seducido por mujer,
si he fisgado a la puerta de mi prójimo,
¡muela para otro mi mujer,
y otros se encorven sobre ella!
Pues sería ello una impudicia,
un crimen a justicia sujeto;
sería un fuego que devora hasta la Perdición
y que consumiría toda mi cosecha” (vv. 1-12).
 

El tono ha cambiado completamente y ha asumido el lenguaje de una confesión moral y social. Job se declara inocente de los pecados contra la impudicia, la falsedad y el adulterio. Ravasi recuerda, a este propósito, algunos paralelos de la antigüedad semítica, cuando se pensaba que el muerto, al presentarse ante los dioses, hacía una confesión de inocencia.

Interesante, entre otros, es un formulario extraído del Libro de los Muertos egipcio:

“No he cometido culpas contra los hombres,
no he maltratado los bueyes.
No he blasfemado contra Dios.
No he golpeado al miserable.
No he causado enfermedades.
No he hecho padecer hambre.
No he matado.
No he robado las hogazas a los Espíritus.
No he cometido pederastia.
No he cometido actos impuros.
No he falsificado la medida en los campos….”

Estas invocaciones rituales las gritaba el muerto sentado en la barca que le transportaba al otro lado del río: si eran verdaderas no era quemado, pero si eran falsas se convertía en pasto de las llamas.

Las palabras de Job, sin embargo, tienen un aspecto no precisamente ritual y judicial sino, como ya hemos señalado, moral. Pasa, pues, a la declaración de inocencia con respecto al esclavo que ha tratado siempre con justicia.

“Si he menospreciado el derecho de mi siervo
o de mi sierva, en sus litigios conmigo,
¿qué podré hacer cuando Dios se levante?
cuando él investigue, ¿qué responderé?
¿No los hizo él, igual que a mí, en el vientre?
¿no nos formó en el seno uno mismo?” (vv. 13-15).

Después se defiende de la acusación que le lanza Eliafaz, afirmando que ha sido caritativo con los pobres:

“¿Me he negado al deseo de los débiles?
¿dejé desfallecer los ojos de la viuda?
¿Comí solo mi pedazo de pan,
sin compartirlo con el huérfano?
¡Siendo así que desde mi infancia
me crió él como un padre,
me ha guiado desde el seno materno.
¿He visto a un miserable sin vestido,
a algún pobre desnudo,
sin que en lo íntimo de su ser me bendijera,
y del vellón de mis corderos se haya calentado?
Si he alzado mi mano contra un huérfano,
por sentirme respaldado en la Puerta,
¡mi espalda se separe de mi nuca,
y mi brazo del hombro se desgaje!
Pues el terror de Dios caería sobre mí,
y ante su majestad no podría resistir” (vv. 16-23).

En cuanto a la acusación de haber abusado de las riquezas y de haber sido idólatra, declara:

“¿He hecho del oro mi confianza,
o dije al oro fino: «Tú, mi seguridad»?
¿Me he complacido en la abundancia de mis bienes,
en que mi mano había ganado mucho?
¿Acaso, al ver el sol, cómo brillaba,
y la luna que marchaba radiante,
mi corazón, en secreto, se dejó seducir
para enviarles un beso con la mano?
También hubiera sido una falta criminal
por haber renegado del Dios de lo alto” (vv. 24-28).

Job se defiende también de la acusación de odio y de la de haber violado la hospitalidad:

“¿Del infortunio de mi enemigo me alegré,
me gocé de que el mal le alcanzara?
¡Yo que no permitía a mi lengua pecar
reclamando su vida con una maldición!
¿No decían las gentes de mi tienda:
«Hay alguien que no se haya hartado con su carne?»
El forastero no pernoctaba a la intemperie,
tenía abierta mi puerta al caminante” (vv. 29-32).

Finalmente, se defiende de la acusación de hipocresía y de explotación:

“¿He disimulado mis culpas a los hombres,
ocultando en mi seno mi pecado,
porque temiera el rumor público,
o el desprecio de las gentes me asustara,
hasta quedar callado sin atreverme a salir a mi puerta?
Si mi tierra grita contra mí,
y sus surcos lloran con ella,
si he comido sus frutos sin haberlos pagado,
si he hecho suspirar a sus obreros,
¡en vez de trigo broten en ella espinas,
y en lugar de cebada hierba hedionda!” (vv. 33-34.38-40).

Un largo examen de conciencia social, que Job hace encontrándose justo en todos los diversos momentos de la existencia humana. Los versículos 35-37 constituyen como un desafío final a Dios. En efecto, si Dios es justo no puede callar, sino que debe avalar la confesión:

“¡Oh! ¿quién hará que Dios me escuche?
Esta es mi última palabra: ¡respóndame Sadday!
El libelo que haya escrito mi adversario
¿no voy a llevarlo sobre mis espaldas?
¿no me lo ceñiré igual que una diadema?
Del número de mis pasos voy a rendirle cuentas,
como un príncipe me llegaré hasta él.”

Así acaba este larguísimo y amplio monólogo de Job, poéticamente rico y lleno de imágenes. Y nosotros debemos releerlo atentamente para intentar entrar en el misterio del hombre y en el misterio de Dios, que allí se expresan.

Guía para la meditación

Sugiero tres reflexiones que puedan ayudarnos en la meditación y en la búsqueda personal.

La primera es que un hombre así nunca ha existido. Se trata claramente de una proyección teórica, de un caso límite, de la proyección de un Adán paradisíaco que todo lo hace siempre a la perfección.

Por qué, pues, debemos intentar comprender a este hipotético personaje que llama a juicio a todo el mundo, proclamando que nunca ha hecho mal a nadie, que no ha tenido el menor momento de defaillance?

Nos convenceremos de que, aunque hubiera existido un hombre como Job, no hubiera escapado a la prueba dramática expresada en el capítulo 30.

La prueba está encerrada en la relación Dios-hombre, que estando basada en el amor gratuito, y no simplemente sobre la justicia conmutativa, comporta asimismo la prueba.

Sin embargo sí hay uno que puede afirmar: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Ha existido y es Jesús. Él no se ha sustraído a la prueba del amor gratuito hacia nosotros, lo que significa que el tema de la prueba no está simplemente ligado a la culpa, a la purificación, a la salida de la situación ideal. Más bien está ligado a la verdad de las relaciones libres entre el hombre y Dios, a la gratuidad absoluta de estas relaciones, que viene a la luz en el momento en que cesan las gratificaciones.

El autor del Libro de Job busca un aspecto del misterio de Dios que dé a la prueba un sentido que no sea simplemente el de una purificación del pecado.

Este aspecto lo contemplamos en el Crucificado.

Nuestra condición es, por supuesto, bien distinta de la condición del justo Job, y podemos recorrer los caminos del capítulo 29 y después del 31, examinándonos de la siguiente forma: ¿Cómo nos situamos respecto a los ambientes y a las relaciones de nuestra existencia, con respecto a los deberes éticos? ¿cuáles son los pecados que hemos cometido, cuáles los de omisión?

De estos pecados queremos acusarnos, no solamente para escapar de la pena, sino para instaurar con Dios una relación basada en la justicia, en la búsqueda de aquel dolor perfecto que nace del amor, siguiendo cuanto nos indica, al menos como un intento misterioso, el camino de Job. Acusar nuestras culpas por puro amor, para que Dios sea bendito, alabado y santificado, para entrar con él en una relación de alianza.

Hemos sido llamados a la verdad y a la libertad de nuestra relación con Dios, a vivir establemente la amistad con él: Os he llamado amigos, no siervos… Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, por amor y no sólo por fidelidad a vasotros mismos y a vuestros propósitos.

Las páginas dramáticas de Job nos hacen entrever esta profunda búsqueda en el corazón humano que desea una relación con Dios que esté más allá de la mera obediencia, de la mera justicia, una relación en la que se juegue la libertad de cada uno para darse, concederse, dedicarse con desinterés y pureza.

“Concédenos, Señor, la capacidad de comprender en los difíciles pasajes de este libro bíblico tu ansia de hacernos como tú, el ansia de volvernos similares al Hijo, de introducirnos en una relación de tipo trinitario, en aquel misterio de amor y de autodonación que constituye tu más íntima esencia.

María, madre de Jesús y madre nuestra, haz que podamos también nosotros pregustar una chispa del profundfsimo misterio de Dios. “