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Carlo M. Martini
HABÉIS PERSEVERADO CONMIGO EN MIS PRUEBAS
Meditaciones sobre Job

Segunda meditación
JOB NO SABE ACEPTARSE

Introducción

Quisiera, a modo de introducción, indicar una dificultad que podría impedirnos sacar el máximo fruto posible de estos Ejercicios, y es el tema del Libro de Job. Por este motivo he dudado durante mucho tiempo si escogerlo o no como texto de referencia para estas reflexiones.

También a mí me exige una larga lucha para conseguir comprender el mensaje; no es únicamente un libro que hable de la prueba del hombre, sino que es una prueba en sí mismo, por las afirmaciones desconcertantes que contiene y que no encontramos en otros lugares de la Sagrada Escritura.

¿Cuáles son, pues, los remedios a esta dificultad?

a) El primero es la lucha con Dios, como Job, sin dejarnos asustar, sino más bien afrontando la lectura del texto, incluso en su estructura que, entre otras cosas, es bastante simple. El problema está en comprender qué quiere decir, con qué orden y de qué manera: ¿se trata únicamente de una confusa poesía, o se encierra también una verdadera tesis?

El hecho de que a esta cuestión no se le haya dado todavía una respuesta resolutiva, nos invita a meditar el mensaje desde todos los puntos de vista: Señor, ¿qué me estás diciendo?, ¿de qué forma lo que estamos leyendo es sugerencia para hablar de Dios, o para callar, en nuestro mundo y sus dramas?, ¿este libro tiene algo que ver con tu misterio y el mío, Señor, con el misterio de la Iglesia, del dolor humano, de los pobres?

Últimamente, a propósito de las polémicas con el mundo hebreo por el Carmelo de Auschwitz, se ha repetido con frecuencia que, después del holocausto, ya no es posible hablar de Dios, que únicamente hay lugar para el silencio. La frase ha penetrado en la carne de muchos teólogos, especialmente alemanes, o en todo caso sensibles a la historia europea de nuestro siglo. Por tanto se nos interroga: ¿Verdaderamente quedamos reducidos al silencio, después de ciertas tragedias? ¿Se puede hablar mientras perduren las tragedias del Líbano o del hambre en los países pobres?

El Libro de Job alcanza las llagas de lo humano y quizás por ello lo rechacemos, siéndonos difícil hablar de Dios y no aceptando una divinidad que sacuda nuestras categorías comunes de lo divino. Es, por tanto, un Libro que exige lucha en la oración, adoración, preguntas y súplicas; es la primera forma para ayudarnos.

b) El segundo remedio, ya sugerido, es transformar la materia de meditación en oración personal afectiva; dejarnos implicar y rezar a partir de nuestra vivencia y de la de quienes amamos, sobre todo de aquellos a quienes vemos sufrir, del sufrimiento de la Iglesia y de la humanidad.

En otras palabras: debemos redescubrir los salmos de lamentaciones. Job, en el fondo, se puede considerar como una introducción a aquella meta del salterio, que recitamos, pero que nos resulta difícil hacer nuestros; precisamente los salmos de las lamentaciones.

Os sugiero, por ejemplo, a fin de transformar en oración la lectura de Job que haremos hoy, que recordéis el Salmo 87, titulado Lamento en la extrema aflicción, el más pesimista de todos. Mientras muchos otros salmos de lamentación terminan con palabras de escucha favorable, de acción de gracias, el último versículo del Salmo 87 reza así: “Has alejado de mí compañeros y amigos, son mi compañía las tinieblas”. ¿Por qué, pues, este salmo es una oración?, ¿cómo puedo rezarlo? El problema de Job es precisamente comprender cómo una situación de angustia puede ser vivida en la fe.

c) Finalmente, es importante no dejarse sorprender por la indisciplina mental. Cada uno, según su propia experiencia adulta de oración, debe establecer los momentos del día: para la oración mental, silenciosa; para la lectura; para la oración vocal, muy útil, en particular el Rosario. Un ritmo de oración adaptado a nuestro momento de búsqueda de Dios, será de gran utilidad para superar la dificultad de la materia del texto bíblico.

Job maldice su día

Reflexionemos sobre el capítulo 3 de Job, preguntándonos en primer lugar, en el momento de la lectio, qué dice, y después, al nivel de la meditatio, cuál es el mensaje para nosotros.

Después de siete días y siete noches durante las cuales sus amigos se sientan junto a él, en tierra, en silencio, “abrió Job la boca y maldijo su día”. El contenido del capítulo es precisamente este: “maldijo su día”.

“Y dijo:
«¡Perezca el día en que nací,
y la noche que dijo: ‘Un varón ha sido concebido’!
El día aquel hágase tinieblas,
no se acuerde de él Dios desde allá arriba,
ni resplandezca sobre él la luz.
Lo manchen tinieblas y sombras,
un nublado se cierna sobre él,
le estremezca un eclipse.
Oh sí, la oscuridad de él se apodere,
no se añada a los días del año,
ni entre en la cuenta de los meses!
Y aquella noche hágase lúgubre,
impenetrable a los clamores de alegría.
Maldíganla los que maldicen el día,
los dispuestos a despertar a Leviatán.
Sean tinieblas las estrellas de su aurora,
la luz espere en vano,
y no vea los párpados del alba.
Porque no me cerró las puertas del vientre donde estaba,
ni ocultó a mis ojos el dolor.

¿Por qué no morí cuando salí del seno,
o no expiré al salir del vientre?
¿Por qué me acogieron dos rodillas?
¿por qué dos pechos para que mamara?
¿Por qué no fui un aborto oculto,
como los niños que no vieron la luz?
Pues ahora estaría acostado y tranquilo,
dormiría un sueño de reposo,
con los reyes y los notables de la tierra,
que se edifican soledades;
o con los príncipes que poseen oro
y llenan de plata sus moradas.
Allí acaba la agitación de los malvados,
allí descansan los exhaustos.
También están tranquilos los cautivos,
sin oir más la voz del capataz.
Chicos y grandes son allí lo mismo,
y el esclavo es libre de su dueño.

¿Para qué dar la luz a un desdichado,
la vida a los que tienen amargada el alma,
a los que ansían la muerte que no llega
y excavan en su búsqueda más que por un tesoro,
a los que se alegran ante el túmulo
y exultan cuando alcanzan la tumba,
a un hombre cuyo camino está cerrado,
y a quien Dios por todas partes cerca?

Como alimento viene mi suspiro,
como el agua se derraman mis lamentos.
Porque si de algo tengo miedo, me acaece,
y me sucede lo que temo.
No hay para mí tranquilidad ni calma, no hay reposo:
turbación es lo que llega»” (Jb 3)

Hemos apuntado el tenor tan extraño de este capítulo; mientras en el capítulo precedente parece que Job no haya pronunciado maldición alguna contra Dios, que haya resistido a la dureza de los acontecimientos, ahora nos damos cuenta que la prueba apenas acaba de comenzar. El acto de sumisión debe entrar en la mente, en el corazón y en el cuerpo de quien lo hace, y esto es muy difícil. Después de siete días de silencio, el volcán que se incubaba en el ánimo de Job irrumpe con fuerza.

Intentemos subdividir el texto en sus cuatro partes.

1. vv. 1-10: el tema es la maldición del día del nacimiento, a cualquier hora que fuese. “Si es día vuélvase tiniebla, si noche sea talmente lúgubre que no entre júbilo alguno en ella”. Job intenta borrar del tiempo aquel día y aquella noche, intenta mandarlos a la oscuridad primitiva de la inexistencia.

El tema no es frecuente en las Escrituras que, en general, son un himno a la vida. Sin embargo existen páginas ilustres que son un paralelo del disgusto de Job. Por ejemplo, en el Libro de Jeremías, donde el profeta exclama:

“¡Maldito el día en que nací!
¡el día que me dio a luz mi madre no sea bendito!
¡Maldito aquel que felicitó a mi padre diciendo:
«Te ha nacido un hijo varón»,
y le llenó de alegría!
Sea el hombre aquel semejante a las ciudades
que destruyó Yahveh sin que le pesara,
y escuche alaridos de mañana
y gritos de ataque al mediodía.
¡Oh, que no me haya hecho morir en el vientre,
y hubiese sido mi madre mi sepultura,
con seno preñado eternamente!
¿Para qué haber salido del seno,
a ver pena y aflicción,
y a consumirse en la vergüenza mis días?” (Jer 20,14-1 8). 

Os invito, sin embargo, a leer el capítulo a partir del versículo 7. Jeremías es un hombre ilustre y extraordinario, dotado de poderes de visión del mundo de Dios, casi únicos en la historia, reservados a poquísimos; y, sin embargo, llega a lamentarse como Job, precisamente porque Job no es una figura singular, sino que expresa los momentos más dramáticos de la experiencia humana.

2. vv. 10-19: el tema no es sólo el del nacimiento aborrecido, sino el de la muerte ansiada. “¿Por qué no morí cuando salí del seno, o no expiré al salir del vientre?” (v. 11).

Podemos pensar en el episodio de Jonás. Desilusionado por la acción de Dios, cayó en la depresión y pidió al Señor que le quitara la vida.

“Se disgustó mucho—porque Dios había renunciado a causar mal alguno a la ciudad de Nínive—y se enojó; y oró a Yahveh diciendo: «¡Ah, Yahveh, ¿no es esto lo que yo decía cuando estaba todavía en mi tierra? Fue por eso por lo que me apresuré a huir a Tarsis. Porque bien sabía yo que tú eres un Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor, que se arrepiente del mal. Ahora, pues, Yahveh, te suplico que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida»” (Jon 4, 1-3). En el momento en que la misericordia de Dios se está revelando, el profeta se siente apeado, casi desautorizado de su profecía, y el despecho, el enojo y la rabia son tan fuertes que llega a desear la muerte.

Nos viene a la mente otra figura extraordinara: Elías. Huye por su incapacidad para vencer a los falsos profetas en el nombre de Yahveh; asustado por las amenazas de la reina Jezabel, “se levantó y se fue para salvar su vida. Llegó a Berseba de Judá y dejó allí a su criado. Él caminó por el desierto una jornada , de camino, y fue a sentarse bajo una retama. Se deseó la muerte y dijo: «¡Basta ya, Yahveh! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!»” (1 Re 19,3-4).

Elías, que vivía en intimidad con el misterio de Dios, llega a la desesperación porque no ha conseguido hacer lo que hubiera deseado.

3. vv. 20-23: la invocación de la maldición del día del nacimiento con el deseo de la muerte viene generalizada por el sin sentido general de la vida:

“¿Para qué dar la luz a un desdichado,
la vida a los que tienen amargada el alma,
a los que ansían la muerte que no llega?”

4. Finalmente, la cuarta parte (vv. 24-26): es un retorno de Job sobre sí mismo para describir de cerca lo que está viviendo.

“Como alimento viene mi suspiro,
como el agua se derraman mis lamentos.
Porque si de algo tengo miedo, me acaece,
y me sucede lo que temo.
No hay para mí tranquilidad ni calma,
no hay reposo: turbación es lo que llega.”

Así se ha expresado eficazmente el grito que nace de los siete días de silencio de Job: aborrece el nacimiento, desea la muerte, declara sin sentido la vida de todos los que sufren y al final vuelve sobre sí mismo para concluir: aquí estoy, inquieto y atormentado.

El grito de Job y la oración de lamentación

Vayamos ahora a la meditación misma del capítulo y preguntémonos: ¿las expresiones de Job son retóricas, son debidas a la exageración típica de los orientales que con frecuencia utilizan la hipérbole? ¿Entonces, cómo se explica que se hallen en las Escrituras que tienen un valor perenne? ¿Existe alguna similitud en nuestra experiencia?

Pienso que cuando, por ejemplo, una persona de forma lúcida se sitúa frente a una enfermedad incurable, no raramente se desata el grito y el lamento. Si por parte de los médicos se considera oportuno decir la verdad directamente al enfermo, la primera reacción es siempre de rebelión dramática: ¿Qué sentido tiene esto, por qué precisamente a mí?

Cada uno de nosotros puede encontrarse, de un momento a otro, en estas condiciones de un mal gravísimo, incurable, y entonces el grito de Job puede ser el nuestro.

O bien, pensemos en la gente que experimenta, en ciertos períodos de la existencia, una serie de desastres y desgracias de todo tipo, que se acumulan unos sobre otros llevando a la desesperación. Es admirable que la Biblia no haya condenado este sentimiento, que no lo haya exorcizado, sino que más bien lo haya retenido como parte del Texto Sagrado inspirado.

Yendo más allá en nuestro discurso, nos parece legítima la siguiente pregunta: ¿Qué sentido tiene la vida miserable de tantos hombres y mujeres, una vida de extrema indigencia, privada de toda perspectiva humana? ¿Qué sentido tienen las multitudes de desheredados, de pobres, de personas que están en el límite de la posibilidad de vida, y para quienes no existe un remedio inmediato? Cuando nos damos cuenta de la inmensidad de esta miseria, del larguísimo tiempo que será necesario para dar a tantas gentes unas condiciones de vida mejores, y al mismo tiempo nos encontramos con la corrupción política nacional e internacional que se opone al desarrollo de los pueblos, no podemos dejar de preguntarnos el sentido de todo esto, y si no hubiera sido mejor que esa gente no hubiera nacido nunca. ¿Y qué decir de los niños que nacen en países subdesarrollados de alto nivel natalicio, ya enfermos, minusválidos, impedidos desde el principio de su nacimiento por falta de los cuidados necesarios?

Lo de Job es, pues, un grito que atraviesa también el mundo de hoy, y la tentación radical de ansiar la muerte nos amenaza a todos, nadie queda excluido; amenaza incluso a aquellos que se alegran porque no han sido alcanzados por miserias terribles, pero que no pueden sustraerse a la realidad de degradación que incumbe a tantos pueblos.

El juicio que damos de este pasaje bíblico se hace entonces más moderado, más comprensivo de la verdad del grito, que expresa el mundo frente a los abandonados de todos los tiempos.

Y no es casual que la Escritura lo haya asumido como oración de lamentación. Es la reflexión que hace Gustavo Gutiérrez, en su comentario al Libro de Job, transformando la opinión de C. Westermann, según el cual el género literario del texto bíblico es la lamentación, la denuncia de la propia miseria ante Dios. “Únicamente esta perspectiva permite comprender correctamente la estructura de la obra. El autor escribe: «En mi investigación parto del simple reconocimiento del hecho de que en el Antiguo Testamento el sufrimiento humano posee un lenguaje propio. No se puede comprender la estructura del Libro de Job si no se ha comprendido ante todo este lenguaje, es decir el lenguaje de la lamentación»” (G. Gutiérrez, op. cit., p. 37, nota 14). Explica después que contrariamente a la aceptación negativa que la lamentación asume en la mentalidad occidental—resignación, retirada sobre uno mismo, incapacidad de ayudarse—, en la perspectiva bíblica la lamentación está profundamente ligada a la oración, es un elemento de súplica, de llamada a Dios. Hace notar que en la joven Iglesia cristiana, esta forma de oración se refleja con frecuencia: basta pensar en las grandes devociones populares de América Latina, del Cristo muerto, donde el llanto expresa también el sufrimiento del pobre (cfr. op. cit., p. 43 nota 7). Hacia el final de su comentario, Gutiérrez cita otro autor contemporáneo, cuyas palabras nos permiten entender ulteriormente el misterio de la oración de lamentación, que puede parecer entonces como una blasfemia: “El milagro del libro está precisamente en el hecho de que Job no da un solo paso para huir hacia un Dios mejor, sino que permanece en el campo de tiro, bajo el tiro de la cólera divina, y es allí donde, sin moverse, en el corazón de la noche, desde el profundo abismo, Job, a quien Dios trata como enemigo, apela no a una instancia superior, no al Dios de sus amigos, sino a ese mismo Dios que le oprime. Job se refugia junto a Aquel que le acusa; confía en el Dios que le ha desilusionado y le ha provocado la desesperación. Job confiesa su esperanza y toma por defensor al Dios que lo ha llevado a juicio, por liberador a Aquel que lo tiene prisionero, por amigo a su enemigo mortal” (R. De Puy, citado por Gutiérrez, op. cit., pp. 155-156 nota 1).

La lamentación es oración que sacude al alma, haciendo salir el pus de las llagas más profundas de nuestra existencia y es, por tanto, capaz incluso de liberarnos interiormente. Porque el camino de Job es de liberación y de purificación, para poder ver el rostro de Dios de nuevo y de nuevo tomar el sentido de la propia dignidad y verdad.

Sugerencias

Para la meditación personal y concreta del capítulo 3 de Job, os sugiero cuatro reflexiones.

1. Es necesario aprender a distinguir, en nuestra vida, la lamentación de la queja. Esta en general es muy común, porque nos quejamos un poco de todo, y cada uno se queja de los otros; es difícil que en ambientes religiosos, sociales y políticos no se oiga hablar mal de los otros. Se ha perdido el verdadero sentido de la lamentación, que consiste en el llorar ante Dios. Así, las fuerzas de resistencia, de irritación, de rabia que se agitan en el ánimo, no encuentran su desahogo natural y justo, se desencadenan sobre los que nos rodea, personas o situaciones, y forman la infelicidad de la vida, de la familia, de la comunidad, de los grupos. Sólo Dios, que es padre, es capaz de soportar incluso las rebeliones y los gritos de sus hijos; es la relación con un Dios tan bueno y fuerte lo que nos permite litigar con él. Él acepta este enfrentamiento, como aceptó el de Elías, el de Jonás, el de Jeremías, el de Job. Es verdad que Jonás será amonestado cuando pida la muerte, pero mientras tanto Dios le ha dejado hablar. Abrir el manantial de la lamentación es la forma más eficaz para cerrar los filones de las quejas que entristecen al mundo, a la sociedad y a la realidad de la Iglesia, y que no tienen salida porque, vividas a nivel puramente humano, no alcanzan el fondo del problema.

Muchas veces, si a quejas estériles, generadoras de nuevas llagas, sustituimos la lamentación profunda en la oración, encontraremos la solución de problemas nuestros y de otros o, al menos, habremos tomado el camino más expresivo y justo para denunciar el sufrimiento y el malestar en la Iglesia.

Confieso haber vivido situaciones en las que frente a la pregunta: ¿dónde encontrar en la Biblia un pasaje que corresponda a lo que siento en estos momentos?, me he visto reflejado leyendo las Lamentaciones de Jeremías y he podido experimentar la paz. Más que una expresión de crítica, en forma de resarcimiento y resentimiento, he dejado que las palabras del profeta, tan dramáticas como son, dulcificaran y tranquilizaran mi corazón.

Quizás los pobres tienen más capacidad de sufrimiento que los ricos, porque no han perdido esta vía profunda e interior, esta sabiduría de la vida. Quien la ha errado, reacciona sólo con rabia; piensa que es señor de todo, y si las cosas no van como él quiere, intenta vengarse en los otros.

2. Una segunda reflexión. Job vive una experiencia que le parece sin sentido y que no acepta:

“Como alimento viene mi suspiro,
como el agua se derraman mis lamentos.
Porque si de algo tengo miedo, me acaece,
y me sucede lo que temo.
No hay para mí tranquilidad ni calma,
no hay reposo: turbación es lo que llega” (3, 24-26).

Su condición, para usar una expresión corriente en nuestros días, es propia de quien está desmotivado, de quien no encuentra razones para resistir a la lucha.

Tal condición nos suena como una campanilla de alarma. Cuando, de hecho, examinándonos en algún momento de incerteza o de fatiga, nos parece que estamos desmotivados, entonces nos asustamos. Y cuando se nos acerca una persona, quizás un joven durante los primeros años de su matrimonio, para confiarnos que se siente desmotivado, nos sobrecoge el temor. Los motivos son dos: primeramente porque nos damos cuenta de que la situación de esa persona podría ser la nuestra. En segundo lugar porque la palabra “desmotivación” parece que no permita apelación, parece justificar la huida: No siento nada, no tengo ganas, ¿qué culpa tengo yo? Job nos sugiere, por el contrario, mirar cara a cara a la “desmotivación” a fin de hacerle perder un poco de su siniestro poder. Nos invita a examinarla con valentía, a no considerarla tan terrible, como si no hubiera nada más que hacer. Nos estimula a preguntarnos qué significa en realidad, tanto más que quien se encuentra desmotivado, objetivamente, no ha cambiado mucho, sino únicamente por el hecho de que no alcanza a comprender la gratuidad.

En el Prólogo de Job, hemos contemplado el desafío de Dios: él considera que el hombre es capaz de obrar por la gratuidad del amor, incluso allí donde casi no existe la gratificación ordinaria. La persona desmotivada, en verdad, debería decir: He llegado al punto en el que puedo, por primera vez en mi vida, comenzar a ser hombre, porque no tengo ninguna de aquellas gratificaciones que tenía antes.

El 98% de nuestras acciones son fruto de un flujo y reflujo de gratificaciones recíprocas que nos sostienen; y es justo que sea así. Pero la prueba de que existe un amor desinteresado y gratuito aparece cuando nos encontramos totalmente desnudos frente a Dios y a su amor crucificado. Este es el desafío propuesto en el Libro de Job, que grita y puede gritar su desmotivación, que grita y puede gritar su deseo de muerte, el sinsentido de la vida, pero que lo hace ante su Dios y ante sus amigos; continúa moviéndose, actuando, buscando.

En la desmotivación su libertad se purifica, aquella libertad de la que podía dudar antes del desafío, si fuese verdaderamente capaz de gratuidad. Gradualmente el hombre Job llega al verdadero Job. Cuando, pues, pensamos que hemos llegado al límite del que ya no podemos movernos, hemos llegado simplemente al punto en el que nuestra libertad está en su momento expresivo más auténtico. Jesús nos ha mostrado la gratuidad de su amor, no sólo en sus milagros, sino en la cruz, para que hubiese correspondencia entre dos gratuidades enfrentadas libremente.

De Job aprendemos que nuestra dignidad de hombres se revela en el amor a Dios incluso si la desmotivación ha alcanzado la violencia expresada en las palabras sobre las que hemos reflexionado. Si descubrimos en nosotros algunas raíces de frustración, si tenemos el temor de que nuestras acciones queden privadas de sentido, y quizás tenemos incluso miedo de reconocerlo, debemos intentar decírselo a Dios por la vía de las lamentaciones.

3. Debemos aceptar ser lo que somos. Hablando de los pobres, por ejemplo, advertimos siempre el tormento de no poder compartir en verdad su situación. Habiendo tenido de hecho, en nuestra existencia, una formación y una cultura determinada, no seremos nunca como la gente pobre, ocurra lo que ocurra.

¿Cómo, pues, comportarnos? ¿Quizás como aquellos que en el 68 se esforzaron en llevar la barba desarreglada, en aparecer sucios para asemejarse de alguna forma a quienes están privados de todas las cosas?

Sería absurdo; debemos dar gracias al Señor por ser lo que somos y preguntarnos qué podemos hacer, aquí y ahora, por el hermano que es distinto de nosotros. Preguntarnos qué podemos recibir de él, quien, a su vez, se hará la misma pregunta. Lo importante es que yo responda a Dios acerca de mí mismo y que ame a los otros cuanto pueda. El querer andar fuera de sí mismo es una pretensión mefistofélica.

Job nos ayuda a desmontar estos castillos en el aire, a ser humildemente capaces de aceptarnos y de aceptar a los hermanos, porque la verdad es que estamos en el mundo para darnos unos a otros recíprocamente. La pretensión de entrar en la piel de todos para tener la solución geométricamente perfecta, se revela, al final, clamorosamente equivocada.

Cuántas veces, pensando por ejemplo en ayudar la pobreza de los pueblos africanos, se yerra totalmente, se llevan a cabo gestos que no son escuchados.

Si, por el contrario, me dedico a escuchar con amor a aquella gente, me daré cuenta que puedo recibir mucho y, sin acabar de comprender del todo su mentalidad, se viven relaciones de intercambio existencial que permiten decir: Señor, he hecho lo que he podido siguiendo a tu Hijo, tú ahora concédeme tu misericordia.

Esta sobriedad de juicio, que naturalmente impone a la mente ciertos sacrificios, es difícil, y se la alcanza con la edad y con la experiencia. Mientras se es joven no se acepta la reducción de la propia capacidad mental de conocer el todo y de conocerse a sí mismo como totalidad, de valorar, a partir de sí mismo, al otro como totalidad.

4. Finalmente, quisiera recordar el título de nuestros Ejercicios: “Vosotros habéis perseverado conmigo en mis pruebas.” Preguntemos a Jesús en el huerto de Getsemaní:

“Señor, ¿has vivido alguna vez momentos en los que todo te parecía extraño, insulso, sin sentido, en los que no tenías ganas de nada y no acertabas a encontrar estímulo alguno? ¿Y cómo los has vivido?”

San Carlos Borromeo nos dice que experimentó la frustración, el sentimiento de inutilidad, de disgusto; y un día, a su primo Federico que le pedía cómo comportarse durante esos momentos, le mostró el librito de los Salmos, que siempre llevaba en el bolsillo. Él recurría a los cantos de las lamentaciones para dar voz a sus sufrimientos y, al mismo tiempo, tomar aliento y fe frente al misterio del Dios vivo. Recemos para que el Señor nos conceda el don de saber acercarnos, también nosotros, a la fuente purificadora y balsámica de las lamentaciones bíblicas.