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“Habéis perseverado conmigo en mis pruebas”
Meditaciones sobre el Libro de Job.
Carlo M. Martini

Introducción

Te damos gracias, Padre, porque nos has convocado de tantas partes de nuestra diócesis, y también de otros lugares de Italia, para escuchar tu Palabra, para recibir la gracia de amor y de misericordia de tu Hijo, para ser confortados y consolados interiormente por el Espíritu Santo que es amor y paz.

Te pedimos que en estos días infundas abundantemente a cada uno de nosotros tu Espíritu de amor y de paz. Te doy gracias, especialmente, por las experiencias vividas en Santiago de Compostela con el Papa y con cientos de miles de jóvenes; por la fe y la esperanza que nos hemos comunicado, por los dones que se nos han dado en la contemplación de este futuro de la Iglesia, tan rico de energías, de espíritu de sacrificio, de valor y de alegría. Haz que podamos servir a esta juventud que tanto espera de nosotros.

Estamos ante ti, Padre, conscientes de nuestra pobreza, de nuestro no saber qué decir o qué pensar, pero con la confianza de que toda nuestra suficiencia, toda nuestra capacidad viene de ti, en la gracia del Espíritu santo, en la gracia del ministerio de la Nueva Alianza. Virgen María, madre de Jesús y madre nuestra, guíanos en el camino de estos Ejercicios. Tú que has pasado a través de tantas pruebas, tú, cuya alma ha sido traspasada por una espada, concédenos percibir el sentido de las pruebas que nosotros, la humanidad y la Iglesia, estamos viviendo.

Renovar el espíritu de oración

La finalidad fundamental que se nos propone en un retiro espiritual es la conversión, el pedir a Dios que nos cambie en mejor.

Entre los muchos posibles temas de conversión de nuestra vida, que cada uno podrá encontrar por sí mismo, quisiera subrayar la necesidad de renovar el espíritu de oración. Tenemos una enorme necesidad de renovarlo, porque continuamente la multiplicidad de los asuntos temporales acaba por empobrecerlo.

Me parece importante recuperar ese espíritu de oración, en estos días, en sus tres momentos:

—En el tiempo dedicado a la oración, que puede ser más amplio que de costumbre;

—En los hábitos, que tienden a deshilacharse, y que, en el curso de estos días, podemos redisciplinar;

—En el modo, que debiera caracterizarse por tres comportamientos.

En primer lugar por la devoción, el respeto hacia Dios, que se actúa en las palabras, en los gestos del cuerpo, en la atención, en el silencio; después la sumisión de todo nuestro ser al misterio de Dios, la reverencia amorosa; finalmente el afecto: la oración es un acontecer afectivo. Quizás, por las circunstancias difíciles de la vida, el afecto permanece sólo en el fondo, o incluso en el inconsciente; durante estos días debemos hacerlo emerger para aprender a resistir al indiferentismo que nos rodea. Sin un profundo sentido afectivo de Dios en la oración es casi imposible combatir eficazmente el ateísmo en nuestro ambiente occidental.

Por mi parte intentaré ayudaros en la reconversión al espíritu de oración, sugiriéndoos algunas reflexiones sobre un tema sacado de las palabras de Jesús durante la última cena: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas” (Lc 22, 28)

El tema de los Ejercicios

La afirmación de Jesús es muy hermosa, y si al final de la vida podemos escuchar: “Tú eres uno de aquellos que perseveraron conmigo en mis pruebas”, nuestra alegría será completa. Es interesante observar que estas palabras las pronunció Jesús después de una discusión entre los apóstoles: “Entre ellos hubo también un altercado sobre quién parecía ser el mayor” (Lc 22,24).

Partiendo pues de una disputa que revela las ambiciones, tensiones y pequeñas envidias existentes en el grupo de los apóstoles, Jesús nos enseña que quien quiera ser el mayor debe servir a los demás, e inmediatamente después añade: “Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas”. Jesús no se hace ilusiones. Sabe que los Doce no han alcanzado un santidad excelsa, pero también sabe que puede haber una gran fidelidad incluso allí donde hay defectos, debilidades y mezquindad.

Como introducción a las sucesivas meditaciones, os invito a reflexionar sobre cada uno de los vocablos de la expresión evangélica: las pruebas, la perseverancia en las pruebas, mis pruebas, la perseverancia conmigo.

1. La palabra griega peirasmós es muy frecuente en la Escritura.

Originariamente significa “exploración”, “intento”. Se trata de comprobar lo que uno vale, su fidelidad, su resistencia, su fuerza. A este sentido originario se le añaden después, en la Biblia, otros dos:

a) la tentación, que es un empuje al pecado de parte de cualquier potencia maligna. La vida humana está enjaretada precisamente entre tentaciones;

b) la prueba, a la que se refiere la afirmación de Jesús y que puede venir incluso de parte de Dios. Alude a todas las situaciones de aflicción y dificultad que con frecuencia encontramos en nuestra vida. Forman parte del camino de la Palabra en nosotros, de su entrada en el terreno del corazón humano. Así, en la parábola de la semilla que cae sobre terreno pedregoso leemos que los de “sobre roca son los que, al oir la Palabra, la reciben con alegría; pero éstos no tienen raíz; creen por algún tiempo, pero a la hora de la prueba desisten” (Lc 8,13).

La Palabra, entrando en el corazón humano, queda sujeta a la tentación. El evangelista Mateo especifica algunos de sus modos: “El que fue sembrado en pedregal, es el que oye la Palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la Palabra, sucumbe enseguida.”

Prueba, tentación, tribulación, llámese como se llame, es una situación corriente, ordinaria en la vida del hombre sobre la tierra, especialmente del hombre justo, entendiendo por “justo” aquel que quiere ser fiel a Dios y trata de caminar por sus senderos.

El libro de Job expresa esta realidad en forma poética, particularmente cuando dice: “¿No es una milicia lo que hace el hombre por la tierra?” (7,1). La nota de la Biblia de Jerusalén explica que la “milicia” indica más bien la condición del servicio militar, a la vez lucha y servidumbre. La versión griega traduce el término como “prueba”, refiriéndolo precisamente a la prueba de la existencia humana. La Vulgata, sin embargo, presenta la famosa frase: “militia est vita hominis super terram”, y la expresión se vuelve a tomar en el capítulo XIII del libro I de la Imitación de Cristo: De tentationibus resistendis, es decir, del resistir a las tentaciones. Es un capítulo muy importante que empieza así: “Mientras dure nuestra vida en este mundo no podemos estar exentos de tribulaciones y de tentaciones. Por eso en el libro de Job está escrito: «La vida del hombre sobre la tierra es tentación».”

Y Job continúa:

“¿No son jornadas de mercenario sus jornadas?
Como esclavo que suspira por la sombra,
o como jornalero que espera su salario,
así meses de desencanto son mi herencia,
y mi suerte noches de dolor.
Al acostarme, digo: «¿Cuándo llegará el día?»
Al levantarme: «¿Cuándo será de noche?»
y hasta el crepúsculo estoy ahito de inquietudes.
Mi carne está cubierta de gusanos y de costras terrosas,
mi piel se agrieta y supura.
Mis días han sido más raudos que la lanzadera,
han desaparecido al acabarse el hilo.
Recuerda que mi vida es un soplo” (7,1-7a).

La Biblia de Jerusalén anota: “Job, solidario de la humanidad que sufre, resignado a morir, esboza una oración para pedir a Dios algunos instantes de paz antes de su muerte”. El pasaje veterotestamentario describe la existencia humana como una prueba.

2. Jesús, refiriéndose a esta prueba, dice: “Vosotros sois los que habéis perseverado”.

En griego “habéis perseverado” significa aquellos que no se han marchado. Es una palabra de alabanza: Habéis sufrido tanto que os hubiérais podido marchar, y sin embargo no lo habéis hecho.

Viene a la mente el episodio de Jn 6,67-68: “¿También vosotros queréis marcharos?”, y Pedro le respondió: “Señor, ¿con quién vamos a ir?” Jesús verifica que hasta el último instante los apóstoles permanecieron, perseveraron, no le abandonaron.

El concepto de perseverancia se encuentra con frecuencia en la Escritura con expresiones diversas. Por ejemplo “conservar la palabra” indica la paciencia que perdura y resiste: “Los que en buena tierra, son los que, después de haber oído, conservan la Palabra con corazón bueno y recto, y fructifican con perseverancia” (Lc 8,15). El hombre hace frente a la situación de prueba con la perseverancia, la resistencia, la conservación de la Palabra.

Mientras la prueba tiende a volverse atrás, induce a perder el ánimo, el comportamiento directamente contrario no es necesariamente el de la victoria inmediata, sino el de la resistencia, el permanecer firme, sólido. El evangelista Juan utiliza un verbo muy sencillo: ménein, que indica algo similar. “Si permanecéis en mi—dice Jesús-, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis” (Jn 15,7). El “permanecer en Jesús” es el modo de oponerse a la prueba.

3. “Vosotros habéis perseverado en mis pruebas”, no genéricamente “en las pruebas”.

Esta especificación da un color completamente distinto a la existencia humana.

Nosotros nos preguntamos: ¿Cuáles son las pruebas de Jesús? —En realidad los evangelios nos dan pocas indicaciones sobre este tema, pero son suficientes para comprender que también Jesús fue tentado y probado.

“A continuación, el Espíritu le impulsa al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás”; así Marcos inicia la historia de la vida pública del Señor (Mc 1,12-13). Al colocar este pasaje de la prueba de Jesús al principio de su evangelio está indicando que no ha sido tentado por una vez en su vida, sino que toda su existencia ha sido colocada bajo el signo de esa prueba.

La Carta a los Hebreos nos abre a una ulterior espiral: “Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado” (Hb 4,15). “En todo”, por consiguiente en tantos aspectos concretos de la vida, difíciles, pesados, penosos, incluso repugnantes, por los que Jesús ha pasado y ha participado con los Doce.

Pero la expresión “mis pruebas” no se puede limitar a las circunstancias históricas del Jesús de Nazaret; él habla de sí mismo como Mesías, como aquel que recoge la existencia de todo el pueblo de Dios, como aquel que acompaña a este pueblo en el camino hacia el Padre. Por tanto debemos referirla a las pruebas mesiánicas, del Reino. Los apóstoles se vieron implicados en estas pruebas, cribados, triturados, zarandeados. Muchas de las pruebas de nosotros los creyentes vienen de situaciones concretas de la realidad histórica y social en la que nos reconocemos, es decir, la Iglesia católica con sus problemas, sus fatigas, sus penas y dificultades. Estas son las pruebas de Jesús, cabeza del pueblo mesiánico.

Podemos decir algo más. Desde el momento en que Jesús es Hijo del hombre, él hace suya y vive en sí mismo la prueba de todo hombre y de toda mujer sobre la tierra; el es la cabeza de la humanidad y sus pruebas alcanzan a la multitud inmensa de personas que han poblado, pueblan y poblarán la tierra.

Creciendo en la experiencia de la vida, crecemos en la participación en estas pruebas porque conocemos más la Iglesia, las gentes, extendemos nuestra amistad a un gran número de personas y sufrimos con ellas. Hoy asumimos como cosa nuestra las pruebas del Líbano, porque las siente el Papa, leemos los periódicos, vemos la televisión, conocemos personas de ese país.

Y también son nuestras las pruebas de la China; las pruebas de la paupérrima India; las pruebas de la miseria terrible, del hambre de los pueblos de América Latina y de Africa; son también nuestras las pruebas de Israel, del pueblo hebreo, del pueblo elegido, con todas sus dificultades y con todos sus problemas de diálogo.

Todo esto nos pesa, quizás nos irrita, nos inquieta, porque acecha nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra caridad, nuestra paciencia, nuestra capacidad de soportar, nuestro sentido del límite. Pero son precisamente estas las pruebas que Jesús dice “mías”.

Además, naturalmente, cada uno vive las pruebas de las personas que le han sido confiadas: la gente de la parroquia, los jóvenes, aquellos hacia quienes tenemos deberes pastorales específicos. Cada uno está inmerso de alguna forma en los sufrimientos de su propia gente, de sus propios hermanos, de cuantos amamos.

Son todas las pruebas de Jesús el Mesías, el Hijo del hombre, cabeza del pueblo mesiánico y de la humanidad; de ellas participamos íntimamente y con todo el realismo, no únicamente con la fantasía.

4. “Habéis perseverado conmigo en mis pruebas”

Las pruebas no son simplemente objetivas, como si fueran piedras u ondas que se revuelven contra nosotros. Diciendo “conmigo”, Jesús las carga de un sabor distinto, subraya un aspecto afectivo, personal, muy profundo. Las sufrimos con él, amándole, en intimidad con él. Él nos pide entrar en este camino para identificarlas y comprenderlas mejor; de hecho es importante poder mirarlas cara a cara.

Con frecuencia nos sentimos oprimidos, fatigados, frustrados por alguna cosa. El Señor nos invita a dar un nombre a nuestras dificultades, a enumerarlas y después a comprender cómo afrontarlas junto con él. Porque es sabiduría fundamental del hombre y del cristiano aprovechar la utilidad de las pruebas y así vivir la vida con fidelidad.

Y cuanto más ama uno, cuanto más sirve y se hace disponible, tanto mayores son las pruebas.

Si, por el contrario, nos encerramos en nuestro propio ambiente, si somos misántropos, si no salimos del egoísmo, experimentaremos únicamente la prueba de la frustración personal.

El apóstol Santiago comienza su Carta con la siguiente exhortación: “Considerar como un gran gozo, hermanos míos, el estar rodeados por toda clase de pruebas, sabiendo que la calidad probada de vuestra fe produce la paciencia en el sufrimiento; pero la paciencia ha de ir acompañada de obras perfectas para que seáis perfectos e íntegros sin que dejéis nada que desear” (St 1,2-4). Y más adelante añade: “¡Feliz el hombre que soporta la prueba! Superada la prueba, recibirá la corona de la vida que ha prometido el Señor a los que le aman” (1,12). Esta es la síntesis de la vida humana, que nos ofrece Santiago expresando en sus palabras la gran sabiduría de todo el Nuevo Testamento.

A este respecto se pronuncia también el Apocalipsis, que es por excelencia el texto de los cristianos en la prueba: “Ya que has guardado mi recomendación de ser paciente en el sufrimiento” – por tanto has guardado mi palabra resistiendo – “también yo te guardaré de la hora de la prueba que va a venir sobre el mundo entero para probar a los habitantes de la tierra” (Ap 3,10). Es el concepto de prueba cósmica, universal, que vuelve con frecuencia en nuestro tiempo, sobre todo en ciertas predicciones de carácter apocalíptico. A ella alude quizás la oración que recitamos cotidianamente: “No nos dejes caer en la tentación”, no permitas que caigamos en la gran prueba.

Sin embargo debemos saber cuál es esta prueba global, cósmica, en la que de hecho estamos inmersos y de la que con frecuencia no nos damos cuenta, siendo así que constituye nuestra vida real en su totalidad.

El libro de Job

El tema de los Ejercicios alcanza, pues, un aspecto que caracteriza constantemente la vida, pero que no debe hacerla triste. Diré más: afrontar la prueba es la única garantía de serenidad en la existencia. Vivir la prueba es lo que vuelve singular la alegría del cristiano. Queremos reflexionar durante estos días ante el Jesús que nos dice: Tú eres aquel que desea perseverar conmigo en mis pruebas; yo quiero ayudarte, quiero echarte una mano, quiero invitarte a rezar, a meditar, a mirar cara a cara a tus propias pruebas, a darles un nombre preciso apartándolas de la nebulosa; y después quiero ayudarte a aceptarlas con amor, a abrazarlas como yo he abrazado la cruz.

“Haznos, Señor, partícipes de tu comportamiento valiente, permítenos entrar en tu verdad para poder experimentar la alegría de quien afronta con entusiasmo la vida como prueba.”

Buscando en la Escritura en las páginas que se refieren al tema de la lucha, de la prueba, de la tentación, nos detendremos de modo particular en Job, el libro de la prueba del hombre. (…) Os pido además un nueva lectura al menos de algunos capítulos de la Imitación de Cristo, un texto un tanto olvidado, pero que sin embargo tiene un sentido muy grande de la vida del hombre como lucha. Es rico en sabiduría, equilibrio, serenidad, precisamente porque quien lo escribió, había advertido el carácter de tentación y de experiencia de la existencia humana. Así lo advirtieron los Padres que comentaron el Libro de Job, por ejemplo san Gregorio Magno; este Papa, habiendo vivido toda la vida como prueba, encontraba, efectivamente, un gran aliento en su meditación y explicación.

Dejémonos guiar por estos maestros de la fe y contemplando la palabra de Jesús en el Evangelio de Lucas, pidamos:

“Señor, haz que pueda mirar cara a cara a mis pruebas, darme cuenta de cómo las afronto, ponerme en la posición justa para superar las de mis gentes, con la conciencia de participar en las pruebas de toda la Iglesia, de nuestra Diócesis, de la humanidad en este momento crucial de la historia del mundo.”

Carlo M. Martini. “Habéis perseverado conmigo en mis pruebas”. Meditaciones sobre Job.

“Habéis perseverado conmigo en mis pruebas” es el título de un curso de Ejercicios Espirituales que el cardenal Carlo María Martini, Arzobispo de Milán, dirigió a un grupo de sacerdotes, la mayoría de la diócesis ambrosiana.