Formación Permanente – Español 2022
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¡Ama y lo que quieres, hazlo!
Maurice Zundel

En Lausana, en 1955.

Si seguimos un partido en que 10 mil personas tienen su atención orientada en la misma dirección, haciendo los mismos gestos, lanzando los mismos gritos, uno se pregunta si realmente cada uno de esos seres fusionados en la misma pasión tiene un secreto único. ¿Tiene realmente cada uno un rostro? ¿Es cada uno verdaderamente único? ¿Es cada uno irremplazable?

Uno podría dudar si no pensara que a cada uno de ellos lo esperan en su casa. Y si lo esperan en la casa, es que tiene rostro, es que es único, es también que es irremplazable. Lo esperan, pero si lo esperan en su casa, es que la casa no está hecha sólo de muros, necesarios para albergarnos, e irremediablemente necesarios. Sí, eso es, pero no es suficiente: los muros, sí, pero los muros son una tumba si no hay corazón, si no hay una presencia, si no hay un rostro, si no hay alguien.

Finalmente la casa es ese corazón. Es el corazón de la madre que espera al muchacho que regresa del partido, apasionado, y lo espera como a su hijo, lo espera dentro de sí misma como parte esencial de su propia vida, y así es como ese joven adquiere un rostro distinto, un rostro único, que su madre descubre y que sólo percibe a la luz de su ternura.

La casa es alguien. La casa es alguien que ama y alguien a quien amar y no hay casa cuando no hay nadie. Ya no hay casa cuando ya no hay rostro. Ya no hay casa cuando ya no hay corazón, y la ley de la casa es el amor.

Cuando una mujer es infiel puede permanecer en su casa. Puede realizar todos los trabajos. Puede poner más cuidado todavía, si posible, en el arreglo de las cosas, en la preparación de las comidas. No falta nada. Es irreprochable. Y sin embargo, todo falta porque ella dejó de estar. Todo falta porque su corazón está lejos. Todo falta porque ella alejó su rostro del rostro de su marido que la sigue buscando, que no le pide que sea una sirvienta que prepara las comidas, sino, ante todo, que sea un corazón para acoger el suyo.

Por eso las obligaciones del hogar ya no son obligaciones sino actos de amor. En un hogar armonioso (afortunadamente a veces los encontramos), en un hogar armonioso, y los hay, encanta ver que cada gesto es un gesto de amor. Mil detalles hogareños, la disposición de un armario, un ramo de flores en la mesa, un mantel bordado, cualquier detalle, la más pequeña actividad tiene la dimensión del amor, es su revelación, lo alimenta y lo renueva. Eso es lo que constituye el valor de la vida conyugal. Es que ya no hay nada material, quiero decir que todo lo material pierde su peso, pierde sus fronteras, se despoja de sus límites, se abre como un sacramento en que se intercambian las personas.

Es lo mismo, y con mayor razón, en nuestras relaciones con Dios. Entre Dios y nosotros no hay obligaciones. Entre Dios y nosotros hay amor. Dios es nuestro hogar. Dios es el corazón del hogar. Por eso siempre nos están esperando y siempre nos acogen. Y es necesario repetírnoslo porque toda nuestra educación nos lleva a considerar a Dios como rival, como alguien que manda, como alguien que exige, como alguien que castiga, como alguien que molesta la espontaneidad de nuestro ser: “¡Cuánto más cómodo sería si no existiera! ¡Pero desgraciadamente existe! ¡Entonces hay que recordarlo de vez en cuando, recordar que hay mandamientos, pagar las deudas de vez en cuando, liquidar las faltas, recomenzar la subida difícil e inútil hacia el deber aburridor que limita la vida y apaga la alegría!

Esa es la peor de todas las tentaciones, la representación pagana y monstruosa de un Dios rival, de un Dios emboscado, de un Dios que nos vigila, de un Dios que sigue nuestros pasos, de un Dios que recuerda y anota todas las fallas y que sabrá recordarlas el día llegado. ¡Exige finalmente demasiado! Y cuando ya no podemos soportar el peso de sus exigencias, pasamos al otro extremo de la idolatría: “En el fondo, es una buena persona, Dios no pide tanto… ¡Dios comprende, Dios es inteligente y no se va a encarnizar contra seres tan débiles como nosotros!

Dos visiones igualmente absurdas, porque Dios no es ese ser exterior, no es ese dueño, no es ese muñeco. Es el corazón del hogar, el corazón de nuestro corazón. Él es la vida de nuestra vida.

¿Por qué, si no, estaría Jesús de rodillas lavando los pies? ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué espera, qué está buscando? ¿Qué es lo que pide a sus discípulos que están cerrados, encerrados en sus ambiciones estrechas, en sus celos mezquinos y que acaban de disputarse hace un instante para saber quién va a ocupar el primer puesto?

¿Porqué está de rodillas? ¿Qué es lo que les pide? ¿Qué espera de ellos sino su corazón, justamente, que despierten por fin, que descubran que es su intimidad lo que Dios quiere?

¿En qué sueña? En comunión, en intercambio, en matrimonio dirá San Pablo: “Los desposé con un esposo único, para presentarlos a Cristo como virgen pura (2 Co. 11:2). Exactamente como en el matrimonio, es la misma ley, que es nuestra liberación suprema: el amor, nada más que el amor… No nos conmueve, y por eso está de rodillas delante de nosotros. Sólo nos alcanza con su amor. No puede ser dueño de nosotros.

¿Cómo podría ser dueño, Él, que nada tiene? ¿Cómo podría poseer, Él, que da todo? Y, está de rodillas justamente porque lo único en que puede alcanzarnos es en el amor, porque nuestro amor es la única realidad que puede llegar a Él.

Está pues muy claro que entre Dios y nosotros no se trata sino de consentimiento, de entrega, de confianza, de apertura, de ofrenda de todo nuestro ser: cuerpo, espíritu, acciones, exactamente como en un hogar armonioso, los esposos son totalmente el uno para el otro, y el uno por el otro, no por obligación sino porque intercambiaron su yo y que en adelante no pueden vivir sino el uno en la intimidad del otro.

No hay moral sino mística. No hay moral porque se trata de una vida de unión que está más allá de la moral, que cumple todo, claro está, que hace todo, pero lo hace de otra manera, lo hace de arriba, lo hace libremente, lo hace como se recibe la Eucaristía, lo hace como comulgando con el amor, lo hace como intercambiando el corazón con el corazón de un ser amado. Y esta moral, o mejor, esta mística que es todo el Evangelio, esta mística es la suprema revelación de Dios.

Dios es el ser. Es el ser, el ser infinito. Justamente porque es el amor sin límites, porque es sólo amor, y que en Él no hay sino el amor.

Porque existir es salir de sí mismo. Es de notar que finalmente la palabra existir y la palabra éxtasis tienen la misma raíz y el mismo sentido. Uno sólo existe saliendo de sí mismo. Uno sólo existe yendo hacia los demás. Uno sólo existe en la intimidad del ser amado. Uno sólo existe dándose.

Y es porque Dios es totalmente don, y nada más que eterna comunicación de sí mismo en el seno de la Trinidad, por eso existe en plenitud. No importa pues que nuestra conducta desborde en ambición, en avaricia o sensualidad: eso no es lo primero que constituye el mal.

La fuente del mal, la única fuente del mal está en apegarnos a nosotros mismos, en rehusarnos, en no entrar en el juego del amor. Es no confiar en la inmensa ternura de Dios. Es quedarse fuera de la casa donde siempre nos esperan y siempre nos acogen.

Cuando dejamos el hogar donde tiene su fuente eterna nuestra vida, podemos recaer una vez más en nosotros mismos y, según la inclinación del temperamento, un día seremos ambiciosos, al siguiente, vanidosos, el tercer día, avarientos, el cuarto, sensuales, poco importa… Todo eso es ad libitum, todo eso resulta, como por el peso mismo de la materia, de la primera ruptura de nuestro corazón con el de Dios. En esta ausencia nuestra se encuentra el abismo de todas las tinieblas.

¿Y qué espera Dios de nosotros? Pues solamente lo indispensable para el contacto creador y redentor, el contacto que ilumina y colma: sólo nuestra presencia, nuestro consentimiento y nuestro amor. Y desde la mañana hasta la tarde y de la tarde a la mañana, en cada gesto, en cada acto, en cada latido de nuestro corazón, podemos renovar el don, confirmar el consentimiento, profundizar la comunión, descubrir cada vez más la luz y la belleza que es nuestro hogar interior, que es la espera eterna del corazón de Dios.

Cuando salimos de ahí, es la idolatría. Entonces todo se falsifica. Dios mismo se convierte en abominable caricatura y ya no podemos llegar a nosotros mismos: el cuerpo se nos escapa, como una cosa, como un objeto abandonado a las solicitaciones más ciegas; la mente se descompone en la oscuridad de sus juegos y de sus curiosidades malsanas.

Los contactos con los demás se distancian y se rompen pues ya no estamos en el circuito de luz y de amor en que el ser se afirma en la plenitud de su ofrenda, en que el ser existe como éxtasis, como impulso hacia el otro, como don que responde al don eterno que es Dios.

Es pues esencial que conservemos siempre la imagen adorable de la casa en que el rostro de la madre, el don de la madre, no cesa de ofrecerse a los que ella espera. Porque Dios es infinitamente más madre que todas las madres y la casa es Él. Y el corazón de la casa es Él; y el silencio del amor es Él. Y cuando Él llama en el fondo de nuestro corazón, cuando nos pide que consintamos, es para que lleguemos a ser lo que es Él.

En Él no hay terrenos prohibidos que no podamos penetrar. Por parte de Él no hay tabúes que nos impidan penetrar en su territorio, justamente porque toda la creación, todo el universo es la revelación del secreto que es Él, del secreto de su amor, y que estamos invitados a explorar de parte a parte, a alimentarnos de él, para descubrir por doquiera, aun detrás del guijarro que pisamos, la Presencia de la ternura que no cesa de llamarnos hasta en el arrodillarse para lavar los pies.

Por eso San Agustín resume toda la moral en esa pequeña frase adorable: “¡Ama, y lo que quieres, hazlo!“… “¡Ama, y lo que quieres, hazlo!“… “Dirige et, quod vis, fac”.

Recordémosla para que no envenenemos los debates de nuestra conciencia con imágenes atroces y monstruosas de un Dios rival, sino al contrario, para hacer del primer movimiento de la mente y del corazón un acto de confianza y de entrega al Señor: “Tú deseas, más que yo mismo, mi felicidad, Tú deseas, más que yo mismo, mis amistades, Tú deseas más que yo mismo mis ternuras, Tú deseas, más que yo mismo, mi juventud y mi belleza, Tú deseas más que yo mismo mi poder creador y mi fecundidad. Tú deseas llevar todo al infinito porque para Ti no hay sino una dimensión del ser, la tuya“.

Esa plenitud de amor es la que hace que toda realidad sea eterna, maravillosamente preciosa, como los muros de la casa que tienen alma, no por ser de piedra, sino porque en ellos hay un rostro, una presencia, porque ahí está el corazón de la madre. No podemos dejar el amor. Aunque lo quisiéramos, no podemos escaparnos de la ternura de Dios. ¿Y por qué querer escaparnos, si en ese amor es donde respira nuestra libertad?

Porque al fin ser libre, es ser libre de sí mismo, es despegar de las fronteras y de los límites, es tomar el impulso, hacer de todo su ser una ofrenda y una oblación.

Y lo vamos a hacer alegremente esta mañana, en unión con el Cordero que se ofrece con nosotros, por nosotros y en nosotros. Vamos a hacerlo.

Hagamos este acto de entrega: “Señor, no tengo miedo de ti; Señor, yo creo en ti. Señor, Tú eres el corazón, Tú eres sólo corazón. Tú eres el corazón de la madre. Tú eres la maternidad eterna. Tú eres la casa. Tú eres… Tú eres el corazón…

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