Formación Permanente – español 4/2022
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El Fuego del Espíritu

Meditación del Cardenal Godfried Danneels

El Espíritu, María y la Iglesia: aquí tenemos la constelación bajo la que estamos invitados a vivir el Evangelio y a llevarlo al mundo, a nuestros contemporáneos.

La evangelización no tiene nada que ver, en efecto, con una campaña publicitaria; no es antes que nada asunto de técnica o de estrategia. Es más bien la larga aventura de un nacimiento, por el que el mundo de los hombres recibe a Dios como Padre y a la Iglesia como madre. Hizo falta la sombra del Espíritu Santo y el «sí» de María para que el Hijo de Dios se hiciera hombre; esta misma doble presencia es la que resulta indispensable para que Cristo haga nacer a los hombres a la dignidad de hijos de Dios. Es eso precisamente lo que se inaugura con el primer Pentecostés. Volvamos, pues, nuestra mirada hacia esta aurora y calentémonos con el «Fuego del Espíritu».

El misterio discreto de la Resurrección de Jesús fue glorificado el día de Pascua: desde entonces está sentado a la derecha del Padre. Y es que la Pascua es la victoria resplandeciente y definitiva de la Vida sobre la muerte, el surgimiento de la luz en medio de las tinieblas. Está rodada la piedra que cerraba la tumba, y ya nada puede retener al Cristo glorioso.

Y, sin embargo, cuán discreta es la resurrección de Jesús! El Resucitado no impone su presencia. Se contenta con aparecer aquí y allá, de manera fugitiva. Ni siquiera disipa enseguida todas las dudas de sus discípulos. Viene y va, deseando la paz y diciendo en cada ocasión: «¡No tengáis miedo!». Sólo una vez permiten que le toquen, y fue para permitir a Tomás que hiciera su bella profesión de fe: «¡Señor mío y Dios mío!». A lo que Jesús añadió: «Dichosos los que crean sin haber visto» (Jn 20,29). Tal es la discreción del Resucitado.

Jesús no se deja coger en la trampa de una intimidad cerrada con los suyos, sino que envía otra vez a sus apóstoles por nuevos caminos: «Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28,10). ¿No es esta Galilea la «Galilea de los gentiles» (Is 8,23), la comarca donde viven juntos por excelencia los judíos y los paganos, gentes de todas procedencia, de todas las religiones? También es el lugar donde los discípulos tienen su familia y ejercen su oficio. Jesús resucitado nos espera allí donde viven los hombres, allí donde se encuentran en su diversidad, allí donde sufren, trabajan, esperan. Allí ha sido enviada también la Iglesia para que resuene el Evangelio y transfigure la vida de cada uno. Así, la evangelización no constituye para la Iglesia una tarea entre otras: constituye, podríamos decir, su misma definición. El Resucitado nos sigue diciendo todavía hoy: «No me retengas» (Jn 20,17), y también: « Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes […] Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20).

La «nueva evangelización»: ¿no se ha hecho nada hasta ahora?

La llamada a una «nueva» evangelización suscita con mucha frecuencia la cuestión: «¿Acaso no se ha hecho nada por el Evangelio hasta ahora? ¿Acaso no merece el nombre de ‘evangelización’ todo el trabajo realizado como Iglesia –y a menudo pagando el precio de grandes sacrificios? ¿Nos habríamos cansado para nada, desde hace siglos?

¡Por supuesto que no! Con todo, la evangelización a la que hoy se nos invita es realmente «nueva». Lo que ha cambiado –y de una manera radical– es nuestra civilización occidental, el terreno donde tenemos que sembrar. Quizás por vez primera en la historia de los hombres, vivimos en un universo en el que Dios apenas parece tener sitio. La fé ha quedado relegada al estrecho ámbito de la vida privada, y son muchos nuestros contemporáneos que creen poder vivir sin Dios. No cabe duda de que nunca habíamos visto hasta ahora una sociedad secularizada hasta este punto. Antaño, la existencia de Dios formaba parte de las evidencias comunes: en consecuencia, era posible partir de este sentido religioso innato para anunciar a Jesucristo. Hoy, la situación ya no es la misma y la proclamación de la fe debe tomar otros caminos. Además, es muy diferente anunciar el Evangelio a personas que creen en Dios sin conocer a Cristo y a personas que han sido cristianas y han dejado de creer.

El terreno donde se echa el buen grano de la Palabra de Dios está erizado, por tanto, de obstáculos nuevos, pero, a pesar de todo, la fuerza germinadora de la semilla no ha disminuido. Hoy como ayer, seguimos viviendo en el tiempo de Pentecostés. El fuego del Espíritu sigue ardiendo, aunque a veces sea bajo la ceniza. Cada época tiene su «nuevo Pentecostés», como decía Juan XXIII al anunciar por vez primera la celebración del Concilio. El Papa pedía entonces a toda la Iglesia que releyera los Hechos de los Apóstoles y se reuniera en el Cenáculo de Jerusalén, «asidua a la oración, reunida con María, la madre de Jesús» (Hch 1,14), para recibir el Espíritu. En efecto, «Sin el Espíritu Santo, Dios está lejos, Cristo se queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad se convierte en dominio, la misión en propaganda, el culto en evocación, y el obrar cristiano en una moral de esclavos. Pero en él, el cosmos se levanta y gime con el parto del Reino, Cristo resucitado está ahí, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia significa la comunión trinitaria, la autoridad es un servicio liberador, la misión un Pentecostés, la liturgia memorial y anticipación, el hacer humano queda deificado» (Texto del metropolita Ignatios de Lattaquié, en Rapport d’Upsal 1968, Conseil oecumenique des Églises, p. 297, Ginebra 1969).

Evangelizar: «una obra de Lo Alto»

La evangelización es objeto, desde hace algunas décadas, de una multitud de discursos, escritos y experimentos. El sembrador habrá aprendido sobre todo a mirar bien su campo, a evaluar con precisión los obstáculos y los elementos favorables, a adaptar sus instrumentos. Este enorme trabajo es, sin duda, de gran utilidad: para dar testimonio de Jesucristo, necesitamos tener, efectivamente, un buen conocimiento del corazón de los hombres a quienes nos dirigimos, de su manera de pensar y de situarse. En consecuencia, era indispensable analizar el terreno y tomar las medidas del campo destinado a las semillas. Hacía falta que estuviéramos atentos a los «signos de los tiempos», y las ciencias humanas nos han proporcionado para ello unos instrumentos de trabajo cada vez mejores. De este modo, nos hemos creado una infraestructura para la evangelización cuya utilidad es y sigue siendo evidente. Sin embargo, todo eso nos ha procurado fatiga y lluvia, que vienen de Lo Alto.

El que siembra para el Reino de Dios lo sabe también: la verdadera fecundidad no puede venir más que de Lo Alto. También aquí es, una vez más, Dios quien hace el terreno fértil y le da a la semilla la fuerza de germinar. La evangelización es, por consiguiente, obra de la «fuerza de Lo Alto», del Espíritu Santo. Los apóstoles recibieron el Espíritu en el Cenáculo; fue él quien le dio a Pedro la fuerza para proclamar el Evangelio el día del primer Pentecostés. El Espíritu fue dado a los que estaban reunidos en el Cenáculo y fueron enviados a predicar, como Pedro. Así pues, aquellos y aquellas que quieran anunciar el Evangelio con fuerza por las calles de Jerusalén deben haber estado, antes, en el Cenáculo con María y haber recibido allí el fuego del Espíritu.

«Todos, unánimes, eran asiduos a la oración»

Cada vez que una comunidad creyente queda paralizada por la angustia, cada vez que está desorientada y desanimada, tiene que retirarse a la pieza de arriba, al Cenáculo, a ese lugar de intimidad donde Dios es reconocido, adorado, suplicado, agradecido. Es ahí donde la Iglesia recupera su unanimidad fundamental, cuando se encuentra reunida sin prisas en una oración ferviente. En unos tiempos en los que cada uno de nosotros tiene la tentación de montarse su propia estrategia, de encender su propio pequeño fuego de leña, tenemos que reunirnos para recibir juntos el Fuego único de Pentecostés, el Espíritu que viene de Dios. Todo lo que la Iglesia emprende en vistas a la evangelización se arraiga en una oración asidua, paciente, perseverante. En una oración suficientemente prolongada, porque no se trata de orar sólo unos instantes antes o después de la acción: es preciso que nos dejemos «trabajar» por la oración. Es toda nuestra vida la que debe sumergirse en un clima de oración de adoración, de abandono y de acción de gracias.

En nuestra comunidades cristianas vivimos una serie de conflictos que intentamos superar, a menudo, a fuerza de discusiones. Con mucha frecuencia, no nos ponemos de acuerdo más que cuando nos vemos obligados a ello por el tiempo, sin llegar a una auténtica unanimidad. Y todo esto nos pesa.

Ignacio de Loyola recomendaba a sus hermanos jesuitas interrumpir la discusión cuando ésta corría el riesgo de hacerse eterna y las oposiciones se hacían cada vez más duras; les decía que se tomaran el tiempo necesario para orar juntos, media jornada o más. En efecto, lo importante no es saber cuál de las dos partes tiene razón, sino reconocer juntos la voluntad de Dios. En nuestra vida agitada y jalonada de conflictos, también nosotros necesitamos paradas de oración. Algunos replicarán, sin duda: «La oración no puede, sin embargo, resolver todos los problemas». Por supuesto que no: el hombre viejo que habita en nosotros nos sumergirá enseguida de nuevo en nuestras antiguas querellas. Con todo, sigue siendo verdad que el «diálogo en la fe» entre hermanos es muy diferente de la discusión de un consejo de administración. Lo que cambia todo es el clima de escucha de lo que el mismo Dios nos quiere decir. La oración es lo que marca toda la diferencia. ¿No valdría, entonces, la pena de arriesgarnos a someternos al método de Ignacio? ¿Aunque sólo fuera una vez?

«Con María, la madre de Jesús»

Cuando la Iglesia –la de ayer o la de hoy– se reúne en el Cenáculo, María está allí. El libro de los Hechos lo subraya: estaban allí, «con María, la madre de Jesús». María estaba allí. En efecto, ¿cómo podría tener un lugar un nacimiento si la madre está ausente? ¿Cómo podría «nacer» Cristo de nuevo en su Iglesia sin María? Ella estaba también en Caná, cuando los discípulos empezaron a creer en él; estaba al pie de la Cruz, en el momento en que nació la Iglesia del corazón traspasado de Jesús, diciéndole; «Mujer, ahí tienes a tu Hijo». En consecuencia, María no podía estar ausente el día de Pentecostés, cuando Pedro y los demás apóstoles, liberados de la angustia que atenazaba, nacieron a su nueva vida de testigos de la fe pascual. Ese día nacieron, por medio de su predicación, más de tres mil «hijos de la Iglesia».

La dimensión mariana de toda evangelización

En el Reino de Dios, toda vida nueva es fruto de un «sí» confiado, de un corazón convertido a la obediencia. ¿Y no es María quien pronunció este «sí» total de la fe? Ella fue la primera en comprometerse por el camino del humilde abandono a la voluntad de Dios, el camino por el que todo hombre llega a la vida nueva. Así pues, todos hemos nacido en cierto modo en María, uno a uno. En el interior de su «sí» es donde acogemos el Evangelio; nuestro testimonio da fruto también en virtud de este «sí».

Desde la perspectiva de la fe, nuestro trabajo no puede reducirse, en efecto, a una simple técnica de propaganda: evangelizar es mucho más un dar a luz, el trabajo de un parto. Es entrar en la maternidad de María, la nueva Eva, que engendra el Cuerpo total de Cristo. Toda evangelización participa, pues, a su manera en el misterio de María.

El «sí» de María no pertenece al pasado. Se prolonga hasta que el cuerpo de Cristo haya alcanzado su plena estatura, hasta que Dios sea «todo en todos». He aquí por qué no hay evangelización sin María. Pero hay aún otras razones por las que la evangelización está ligada a María.

Una evangelización plenamente humana

A veces tenemos la tentación de considerar la evangelización como una especie de campaña de publicidad, de reclutamiento de gente para nuestra Iglesia. El peligro está, por consiguiente, siempre ahí, en presentarnos como los poseedores arrogantes de la verdad, que intentan convencer a los otros de la superioridad de su doctrina, de su moral y de su sabiduría. ¿Cómo no vamos a herir, en esta condiciones, a nuestros hermanos? ¿Cómo no vamos a dejarnos dominar por el afán de tener razón y de triunfar sobre nuestros «adversarios»? ¿Cómo no vamos a dejarnos atrapar así en las trampas de la intolerancia y del fanatismo?

María nos pone en guardia contra esta deriva. Ella nos lo recuerda: Es a Cristo –una persona viva– a quien estamos llamados a llevar al mundo.

Por consiguiente, no estamos llamados a predicar una ideología, a anunciar al Dios de los filósofos, nuestra fe no tiene nada que ver con un vago deísmo. No somos los propagandistas de una idea, de una teoría abstracta o de una sabiduría de vida, sino que anunciamos al Cristo vivo, verdadero Hijo del verdadero Dios y verdadero hijo de los hombres, nacido de una mujer. Ese al que anunciamos es Jesús, nuestro «hermano en humanidad», plenamente hombre entre los hombres, que María trajo al mundo. Es imposible reducir a Jesús a una idea, aunque fuera la idea de Dios. Aquel a quien nosotros predicamos es Dios hecho hombre, Dios humano, hombre-Dios. María nos reconduce siempre al realismo de esta humanidad de Jesús.

La Iglesia no debe evadirse, por tanto, de nuestro mundo, refugiase en espiritualismo etéreo o en una gnosis. «María es también garantía de humanidad en la Iglesia y en el mundo. Es mujer y madre: como todas las madres, posee el sentido de las personas y de sus diversidades. Tiene un sentido afinado de lo concreto, de lo práctico, de la vida. Hay un proverbio árabe que dice: ‘Los hombres ven el bosque, las mujeres ven los árboles y las hojas’. Del mismo modo, María trata personalmente a cada cristiano uno a uno. Ella humaniza el mundo de la técnica y del struggle for life» (Cardenal L.-J. Suenens, Un nuevo Pentecostés).

Evangelizar con humildad

Si otorgamos a María su sitio apropiado en nuestra predicación, evangelizaremos con humildad. Si bien es cierto que María puede expresar sus sentimientos con exuberancia y que su Magníficat incluye palabras bastante duras, su modo de ser y de hablar sigue siendo siempre el de una muchacha humilde de Israel. Lo más frecuente es que evangelice sin decir una palabra, con su sola presencia: da más testimonio por lo que es que por lo que dice. María evangeliza del mismo modo que calienta una buena sartén: difundiendo el calor por irradiación. «María guardaba todas estas cosas en su corazón». Toda su evangelización consiste en esta humilde disponibilidad a la palabra de Dios y a la fuerza del Espíritu: «Haced lo que él os diga». La evangelización de María se realiza no con palabras, sino mediante el abandono a Dios de todo su ser. Como Cristo le decía a Catalina de Siena: «Hazte capacidad y yo me haré huracán».

Es esta profunda humildad de María la que preservará nuestra predicación del orgullo. Ella es la que nos impedirá predicarnos a nosotros mismos en vez de anunciar a Cristo.

Evangelizar con sabiduría y equilibrio

Estamos asistiendo, un poco por todas partes, a la proliferación de sectas y de grupos religiosos de todo tipo. Miles de predicadores van de casa en casa a anunciar «su» verdad, y millones de personas se dejan atrapar por sus peroratas. ¿No será la «nueva evangelización» a la que estamos llamados más que una variante «católica» de este vasto movimiento? ¿No seremos nosotros más que vendedores de un producto entre otros, en el mercado de las ideas y de las religiones?

En materia de evangelización, es cierto que tenemos que aprender muchas cosas de la experiencia de los otros. No todo es rechazable en lo que éstos proponen. Con todo, no podemos retomar como propia cualquier cosa, cualquier manera de proceder.

¿Cómo ver claro en todo esto? ¿Cómo guardar el equilibrio? En el hervidero religioso actual, en medio de la gran tempestad que agita al mundo, son, sin duda, Pedro y los Doce los primeros en velar sobre la barca de la Iglesia, a fin de que conserve el rumbo apropiado. También tenemos a María: gracias a ella la Iglesia evangeliza con equilibrio y sabiduría, porque es ella la que, según lo que decían los Padres, vencerá toda herejía: « La Encarnación, corazón del cristianismo, es un misterio de equilibrio y de armonía entre lo divino y lo humano. María forma parte de este misterio. La invocamos, con razón, como «Trono de la Sabiduría. Ella ayuda a mantener en el cristianismo auténtico la reserva y la discreción con respecto a las intervenciones sobrenaturales del Señor.

María, visitada por el ángel, favorecida por el acercamiento más directo de Dios, conservó todo su equilibrio. Simplemente se limitó a preguntar, indicando el motivo de la cuestión: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34). Nada de exaltación, ninguna huella de iluminismo. Se dirige, apaciblemente, a socorrer a su prima Isabel, y cuando ésta la declara «bienaventurada entre todas las mujeres» (Lc 1,42), profetiza: «todas las generaciones me proclamarán bienaventurada» (incluida la nuestra), pero no se olvida de recordar su pobreza de humilde sierva del Señor (cf. Lc 1,48).

Ésa es la razón por la que María es indispensable en el trabajo de evangelización: ella le da humanidad, humildad, sabiduría y equilibrio. Ésta es la razón por la que su presencia resulta particularmente necesaria en las épocas de gran evangelización, como la nuestra. Cuanto más febriles son los tiempos, más prorrumpen los carismas, más necesidad tenemos de este marco mariano de la obra de evangelización. Cuanto más gime el mundo con los dolores del parto del Reino, más debe llevar la madre de Jesús a la Iglesia como hija suya.