Formación Permanente – español 2021

Los pastores de Belén:
viajeros en tránsito

Dolores ALEIXANDRE
Religiosa del Sagrado Corazón
Profesora de Sagrada Escritura

No lo tiene fácil san Lucas en su intento de hacer de los pastores de Belén inspiradores de nuestra respuesta creyente. En el imaginario cristiano, los pastores están asociados a los aspectos más decorativos y tradicionales de la Navidad y corren el peligro de formar un lote único e inseparable junto con el musgo, el corcho, el papel del plata del río, la zambomba, el pavo y el turrón.

Los villancicos los han ido encogiendo a fuerza de diminutivos: casi siempre los evocan como «pastorcillos» («-icos», «-itas», «-uelos», o «-iños», dependiendo de cada autonomía), y no solemos recordarlos más que para poblar los nacimientos y ejercer un papel de «reserva tradicional cristiana» frente a Papá Noel, el sorteo de la lotería y el «especial Navidad» de TV que nos avasallan con su fuerza hipnótica.

Para acercarnos hoy al relato de los pastores, propongo seguir el consejo de John Lennon -«¡Imagine!»-, y pensar en ellos más allá de los diminutivos, el puchero de las gachas, el haz de leña o el corderito sobre los hombros. Porque a lo mejor entonces podemos descubrir que su itinerario de fe es «normativo» para el nuestro, y su experiencia increíblemente parecida a la que vivimos nosotros cada día, aunque las últimas ovejas que hayamos visto sean aquellas manchitas blancas que divisamos fugazmente desde la ventanilla del tren.

Aplicar los sentidos al texto

Un primer esfuerzo para conseguirlo consiste en volver a leer el texto de Lc 2,8-20, dispuestos a superar la engañosa impresión de estar ante algo ya sabido y dejar que nos evoque recuerdos, nos haga preguntas, nos asombre y nos descoloque viejas imágenes y saberes.

Habría que tratar de recorrerlo «en Braille», es decir, renunciando a contentarnos con un contacto visual y recurriendo a otros sentidos: el tacto, que nos invita a acariciarlo como una superficie llena de signos o a «desarmarlo» y «descoserlo» para ver cómo está construido; el oído, que puede permitirnos escuchar resonancias que no sospechábamos, discernir «lo que no se dice» e ir más allá de las palabras; el olfato, que nos hará asombrarnos al reconocer aromas que creíamos propios de los relatos pascuales; el gusto, que nos posibilitará saborear la frescura de su novedad.

«Había unos pastores en la misma comarca que velaban de noche por turnos los rebaños a la intemperie. Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor, y ellos se llenaron de un gran temor. El ángel les dijo: ‘No temáis. Mirad, os doy una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy os ha nacido en la ciudad de David el Salvador, el Mesías, el Señor. Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre. De pronto, se juntó al ángel una multitud del ejército celeste, que alababa a Dios diciendo: ‘¡Gloria a Dios en lo alto, y en la tierra paz a los hombres que él ama!’

Cuando los ángeles se marcharon al cielo, los pastores se dijeron unos a otros: ‘Vayamos a Belén, a ver lo que ha sucedido y nos hecho conocer el Señor’. Fueron aprisa y encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre. Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho del niño. Y todos los que los oían se asombraban de lo que contaban los pastores. Pero María lo conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, tal como se lo habían anunciado» (Lc 2,8-20).

Empezaremos por hacer al texto cuatro preguntas:

A) A la pregunta ¿DÓNDE? podemos responder observando los lugares y los desplazamientos de los personajes:

– el dato inicial, «en la misma comarca», nos sitúa en los alrededores del «allí» de 2,6: «la ciudad de David que se llama Belén»;

– el participio agralountes referido a los pastores evoca un contexto de intemperie, de estar en el campo al raso;

– la indicación de que «el Salvador, el Mesías, el Señor» les ha nacido en la ciudad de David desplaza el foco de atención en dirección a un lugar concreto de Belén: el pesebre donde está acostado el niño;

– el ejército de ángeles que se unen al que les ha dado la noticia son «del cielo», y en su himno ponen en relación «las alturas», lugar de la glorificación de Dios, con «la tierra», lugar de la paz para los hombres, en quienes tiene puesta su complacencia;

– cuando los ángeles se marchan «al cielo», los pastores se intercomunican (elaloun pros allelous) la decisión de dirigirse hacia Belén para ver lo que ha ocurrido y el Señor les ha dado a conocer.

En los otros dos textos del NT en que aparece este verbo (dielthmen), hay un claro sentido de tránsito: se trata de «pasar a la otra orilla» (Mc 4,35; Lc 8,22; cf.4,30);

– la siguiente escena (vv. 17-19) se desarrolla junto al pesebre;

– el último verso alude a un retorno, sin que sepamos el destino; pero el verbo empleado (hyperstreps) aparece con frecuencia en Lucas en relación con situaciones de retorno, y siempre envuelto en alegría: los discípulos al volver de su experiencia apostólica (10,17); los de Emaús cuando regresan a Jerusalén y cuentan su encuentro con el Resucitado (24,33); los Doce después de la ascensión (25,52)…

B) A la pregunta ¿CUÁNDO? nos responden estas indicaciones del texto:

– velaban «de noche» (v. 8): esa palabra es para Lucas el tiempo de la constancia y de la permanencia (2,37); el del trabajo de una pesca estéril (5,5); el de la irrupción de Dios (12,20; 17,34); el de la oración de Jesús nacida de la angustia (21,37);

– «hoy os ha nacido»: el smeron, típico de Lucas, aparecerá en boca de Jesús en la sinagoga de Nazaret: «Hoy, en vuestra presencia, se ha cumplido este pasaje» (4,21); en las controversias de su vida pública: «Hoy y mañana seguiré curando…» (13,32); en su encuentro con Zaqueo: «Hoy tengo que alojarme en tu casa… Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (19,5.9); anunciando la traición de Pedro: «Hoy, antes de que cante el gallo…» (22,34.61); en la promesa a uno de sus compañeros de crucifixión: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43); en labios de la gente, sobrecogida al escucharle: «Hoy hemos visto cosas increíbles» (5,26)… 816

C) Una tercera pregunta, desdoblada en dos, nos ayuda a adentrarnos más en el texto: ¿QUÉ PERSONAJES APARECEN Y QUÉ HACEN?:

– el relato pone en escena a unos personajes «terrenos»: los pastores; José, María y el niño; los que los escuchan; todo el pueblo…; y a otros «celestiales»: el ángel que se les aparece; la multitud del «ejército celeste» que canta a Dios; Dios mismo, cuya gloria se proclama y que, calificado como «el Señor», da a conocer a los pastores el acontecimiento;

– los pastores están caracterizados por seis participios activos: «estando a la intemperie» (agroulontes), «velando» (fylassontes), «yendo aprisa» (speusantes), «viendo» (idntes), «glorificando» (doxazontes), «alabando» (ainontes)

Son sujeto activo de una serie de verbos: «estaban» (san), «se llenaron de gran temor» (efobthsan), «se dijeron» (elaloun), «vayamos» (dielthmen), «veamos» (idmen), «fueron» (Ithon), «encontraron» (aneron), «dieron a conocer» (egnrisan), «se volvieron» (hypestrepsan), «habían oído y visto» (ekousan kai edon).

Aparecen también como receptores de otra serie de acciones, y los pronombres personales insisten en presentarlos como sus claros destinatarios:

– «un ángel del Señor se les presentó» (epest autos); «la gloria del Señor los cercó de claridad» (perielampsen autous); «os doy una buena noticia» (euaggelizomai hymn); «os ha nacido» (etechth hymn); «esto os (servirá) de señal» (touto hymn to smeon); «el Señor nos ha hecho conocer» (egnrisen hmn); «lo que les habían dicho» (tou lalthentos autos); «como se lo habían anunciado» (elalth pros autous).

Los numerosos verbos de comunicación hacen de «banda sonora» que sitúa toda las escenas en clave de intercambio comunicativo: un ángel habla con los pastores y les anuncia una buena noticia; el ejército celestial se le une alabando a Dios con un himno; los pastores hablan entre sí, dan a conocer lo que se les ha dicho sobre el niño, glorifican y alaban a Dios por todo lo que han oído y visto, tal como se les ha dicho…

D) Una última pregunta, ¿QUÉ TRANSFORMACIONES SE DAN EN EL TEXTO?, nos hace caer en la cuenta de que:

– los que velaban en la noche quedan envueltos en el resplandor de la gloria de Dios;

– su «gran temor» (fobon megan) desaparece ante el anuncio de una «gran alegría» (charan megaln);

– la solemnidad y grandeza de los títulos -«Salvador, el Mesías, el Señor»- aparecen veladas en «el niño reclinado en un pesebre»…;

– cuando al final retornan («lógicamente» al lugar donde habían dejado los rebaños…), ya no se menciona la noche ni la intemperie ni la vigilancia: la alabanza lo ha invadido todo;

– los ángeles se han ido, pero los pastores los reemplazan en su tarea y son ellos los que «glorifican y alaban a Dios».

Contemplar a los pastores

El segundo paso será algo que va más allá del estudio, por cálido que hayamos querido hacerlo: acercarnos a los protagonistas del relato y contemplarlos largamente. Posiblemente, después podamos decir de ellos, como hace Lucas discretamente, que son:

  • expertos en noches
  • deslumbrados por un amor excesivo
  • buscadores en la ausencia
  • orientados por una señal
  • portadores de evangelio

– Expertos en noches

NOCHE/SIMBOLO: La noche es para muchos tiempo de descanso y de cesación del trabajo. Su llegada invita a dormir y a relajar tensiones, a abandonarse al sueño y a perder la consciencia.

Otros comienzan con ella su tiempo de vigilia y, a lo largo de las interminables horas en que velan, oran, cuidan, limpian, conducen, guardan o permanecen insomnes, se convierten en la conciencia del mundo.

Las tinieblas nocturnas evocan el caos primordial, pero también entonces la ruah de YHWH hacía su trabajo de planear sobre la superficie de las aguas (Gn 1,2).

Abraham intentaba contar de noche las estrellas y escuchaba una promesa que hablaba a su vida estéril de una descendencia innumerable (Gn 15,5-6). El Señor sacó a su pueblo de Egipto durante la noche. Y desde entonces la Pascua se convirtió en el memorial de Israel, en «noche de guardia para YHWH» y «noche de guardia en honor suyo para todos los hijos de Israel» (Ex 12,42).

Cuando esas horas de guardia se hacen interminables, desaparecen las perspectivas, se mueren los sueños, y el mundo no es más que un abismo oscuro, necesitamos acudir a los «expertos en noches» para que su voz tranquilizadora sosiegue nuestra impaciencia y nos dé ánimos para seguir esperando la llegada del amanecer:

«Vigía, ¿qué queda de la noche? Vigía, ¿qué queda de la noche?’
Responde el vigía:
¡Vendrá la mañana y también la noche. Si queréis preguntar, preguntad, venid otra vez!»
(Is 21,11).

Por eso, en el judaísmo antiguo, los centinelas permanecían en un lugar elevado del Templo para anunciar a los sacerdotes la llegada de la primera luz del día: sólo entonces, en la hora de la escucha por excelencia, podían comenzar los sacrificios y recitarse el Shema (1).

En el descampado de los alrededores de Belén estaban unos pastores. No César, ni Herodes, ni Quirino, ni los escribas. Lucas reserva el verbo estar para una calidad de presencia semejante a la de María, que estaba en el lugar preciso cuando le fue enviado el ángel (cf. Lc 1,28). Pero el término «pastores» no tenía para los oyentes del evangelio ninguna resonancia idílica: evocaba un grupo casi siempre fuera de la ley, al que no se permitía testimoniar en juicios y vivía marginado de los centros vitales de Israel: la Torah, la sinagoga, el culto…

Está empezando a resonar la preferencia de Jesús por la gente del margen, se está anticipando su costumbre de comensalía abierta; los secretos del Reino van a ser revelados, por primera vez, a la gente sencilla (cf. Lc 10,21). En el silencio de esta noche se está balbuciendo la primera bienaventuranza: «dichosos los pobres, los que siguen esperando, los que permanecen velando en medio de la noche: para ellos va a ser el rumor de ángeles, el gozo de la gran noticia y el resplandor de la gloria de Dios».

Se está preparando el otro nacimiento, la otra Pascua: cuando amanezca el Resucitado, su luz vencerá definitivamente los poderes de la noche, y las tinieblas perderán para siempre su pretensión de tener la última palabra.

«Velaban por turnos los rebaños a la intemperie»

CONSUMO/DESEO: frente a la Jerusalén de los instalados y satisfechos, de los somnolientos, sordos, ciegos y mudos, los pastores representan la atención despierta y el deseo expectante. Quizá no padecían, como nosotros hoy, la presión de otros modelos de vida apasionantes (hacer zapping, shopping o surfing…); quizá no se habían enterado aún de que Bill Gates es el verdadero pastor, el que apacienta a sus dóciles ovejas en los verdes prados de la informática…: quizá no tenían configurada la vida por las ofertas «a la carta» y no se debatían entre la elección del yogur con pedacitos de frutas, o más de lo mismo pero con bífidos activos; o entre la crema hidratante con microsomas bioenergéticos de acción reestructurante y la de placenta de visón con aceites nutrientes esenciales…

Hoy casi todo está muy bien montado para distraernos y hacernos olvidar la noche (con un poco de suerte, sólo llegarán a padecerla los que han tenido la mala estrella de estar en los descampados, es decir, unos mil millones de seres humanos), mientras que para otros «ya es de día en El Corte Inglés».

Y así, casi imperceptiblemente, se nos va obstruyendo hasta la memoria de la interioridad y de la compasión, y nos vamos convirtiendo en gente ensimismada e inerte, privada de orientación significativa, enredada en las redes vacías de la intrascendencia.

Por eso, junto a la hoguera donde se calientan del relente de la noche, los pastores parecen estar diciéndonos: «Estad atentos, no perdáis la conciencia de la noche: sólo en ella se revela el inmenso y silencioso trabajo de Dios en el mundo; sólo estando del lado de los que padecen más su intemperie puede sorprenderos la visita del ángel».

Cuando otras formas de ascesis nos parecen caducas, la ascética de la atención revela su poder de mantenernos despejados y alerta. Y cuando la presión de la publicidad nos convence de la importancia de estar en forma, de invertir en el propio yo, es urgente conducir esas recomendaciones en la dirección de adquirir esa «aptitud de mantenerse en un estado psíquico, nervioso y físico tal, que se pueda estar espiritualmente atento al momento presente» (2)

«Cuando el alma no está ardiendo -son palabras de A. Heschel-, ninguna luz de especulación iluminará la oscuridad de la indiferencia» (3).

Cuando estamos atentos -podríamos continuar diciendo nosotros-, la lectura de un periódico, las noticias de un informativo, la monotonía del trabajo diario, un trayecto de metro, una conversación en apariencia banal, pueden convertirse en lugares de revelación, de des-velamiento y de encuentro, porque -ahora son palabras de Levinas- «yo no digo que el otro sea Dios, pero en su rostro escucho la Palabra de Dios. Es en el rostro del otro donde aparece el mandamiento que interrumpe la marcha del mundo» (4).

– Deslumbrados por un amor excesivo

«Un ángel del Señor se les presentó. La gloria del Señor los cercó de resplandor» (Lc 2,9). Como Abraham, Jacob, Gedeón, Elías, Zacarías o María, los pastores reciben la visita del ángel. Ahora son ellos «el pueblo que andaba a oscuras y vio una luz intensa; que vivía en tierra de sombras y le brilló una luz» (Is 9,1).

El Dios que dijo: «Que haya luz», e hizo desaparecer las tinieblas del caos, ha pronunciado ahora su Palabra definitiva. Y esa Palabra, que venía llamando a la puerta de las posadas de Belén y no encontró más que un pesebre. está ahora buscando asilo en el corazón de los pastores: «Hoy os ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor».

Como Juan Bautista, también ellos ven abrirse los cielos (Mt 3,16) y, antes que Jesús en su transfiguración, se encuentran envueltos en el resplandor de la gloria de Dios y en el abrigo cálido de su complacencia (Lc 9,28-29).

Ha sido él quien ha tomado la iniciativa, más allá de cualquier pretensión de merecimiento ni conveniencia:

«Un silencio sereno lo envolvía todo,
y al mediar la noche su carrera,
tu palabra todopoderosa se abalanzó,
como paladín inexorable,
desde el trono real de los cielos…»
(Sab 18,14-15).

Pero, en su descenso, la Palabra tropieza con el miedo, que es una tiniebla resistente y agazapada en el corazón humano, en el que la cercanía de Dios acentúa la conciencia de desvalimiento. Por eso «se llenaron de temor», como Adán y Eva en el jardín, como Moisés ante la zarza y como Elías en el Horeb.

Lo mismo que ellos, también nosotros sentimos la tentación de escondernos, de huir, de quedarnos bloqueados por el temor, de intentar cubrir nuestra desnudez. Por eso buscamos con ansiedad poseer cosas, afectos o saberes que acallen, al menos momentáneamente, unas carencias que nos resultan amenazantes. Y esa necesidad compulsiva de ser aceptados y reconocidos, de proteger nuestro nombre y autoafirmarnos, suele degenerar en una avidez que nos bloquea el amor y nos cierra a la alteridad: andamos tan preocupados por engordar el perímetro de nuestro «yo» que se nos desdibujan los rostros de los otros, y sus vidas no encuentran espacio en nuestro interés.

Pero a los pastores les fue anunciada en aquella noche, que pertenece también a nuestro «hoy», una noticia insólita que venía «de otra orilla» y que convirtió en mediodía su oscuridad y en confianza su miedo:

«’No temáis os doy una buena noticia, una gran alegría’ (…) De pronto, se juntó al ángel una multitud del ejército celeste, que alababa a Dios diciendo: `¡Gloria a Dios, paz a los hombres que él ama!’ (en anthropois eudokias)» (Lc 2,10.14).

GRATUIDAD: «De pronto»: el texto subraya la irrupción del himno de los ángeles como una iluminación súbita, como un cambio cualitativo de conciencia. De pronto, el que andaba titubeando se encuentra con una roca bajo sus pies; al que caminaba aterido se le abren las puertas de un hogar caliente; el que creía no ser significativo para nadie se entera con asombro de que es objeto de una ternura que lo acoge. En aquel descampado de Belén, los pastores y todos nosotros, humanidad extendida por el ancho mundo y dilatada a lo largo de los siglos, recibimos un nombre: somos aquellos en quienes Dios tiene puesto su amor, su complacencia, su alegría, su deseo… Nuestra sed febril de ser aceptados y queridos se sacia en esta noche: a Dios «le parecemos bien» (ese es el significado literal de eudokía), «le caemos en gracia», no porque nos lo hayamos ganado a pulso a base de esfuerzo, cumplimientos y tendencias a la perfección, sino porque «Dios es amor», es decir, que no puede dejar de querernos, como no puede el sol dejar de dar luz y calor, ni las entrañas de una madre dejar de estremecerse ante sus hijos. A nosotros, «en primera instancia», sólo se nos pide dejarnos querer, creer que somos aceptados, movernos como pececitos despreocupados en el ancho mar de ese amor que nos envuelve: «los bienes más preciosos no pueden ser buscados, sino recibidos; no tomados, sino acogidos» (5).

Luego vendrá para los pastores el ponerse en camino hacia Belén, y para nosotros emprender el nuestro, con el latido de quien siente circular por sus venas la vida de Dios y el corazón inundado por su misericordia.

Porque quien se sabe a cobijo en el «bien parecer» de Dios entra en el «hoy» de un nuevo comienzo relacional: las energías que gastábamos en «parecer» y en «caer bien» están ahora liberadas para el servicio; la ansiedad por asegurar nuestro nombre y proteger nuestra fama se transforma en un dinamismo que empuja hacia el cuidado de la vida de otros.

– Buscadores en la ausencia

El relato de los pastores tiene una cesura que lo divide, cerrando una etapa e inaugurando otra: «Cuando los ángeles se marcharon al cielo (apelthon ap’auton)…» (Lc 2,15)

Estamos ante un momento de ruptura, a partir del cual se va a decidir el futuro de la Palabra que han recibido los pastores. Desaparecen la luz, las voces, los himnos y el resplandor de la gloria. Vuelve a ser de noche, y todo invita a sospechar que se había tratado de un sueño, de una ilusión, de un piadoso engaño. Hay que regresar al realismo a ras de suelo del frío, la oscuridad y el cuidado de las ovejas. Ningún ángel los reemplazará si hay que defenderlas de los lobos, ni atenderá a las recién paridas.

AUSENCIA/PRUEBA: La desaparición de los ángeles nos recuerda las parábolas escatológicas: también en ellas el amo se marcha después de confiar sus bienes a sus siervos (Mt 25,14-30); también en ellas hay un juego de ocultamiento (Mt 25,31-46), de lejanía (Lc 19,12) y de noche (Mt 25, 1-11). Los pastores están ahora ante «la prueba de la ausencia». como lo estarán los discípulos después de que el Resucitado desaparezca de su vista (Lc 24,31); o como MarÍa cuando «el ángel dejándola se fue» (Lc 1,38).

El evangelio no oculta las dificultades y peligros de esta situación: algunos servidores del amo ausente comenzaron a comportarse de manera inicua (Mt 24,48); otros escondieron los talentos y se despreocuparon de hacerlos rendir (Mt 25,25); algunas de las muchachas perdieron la tensión de la espera y dejaron apagar sus lámparas (Mt 25,3); otros pretextaron que el Señor no se había dejado ver claramente, que no había «avisado» de que el llanto y los gritos que habían oído eran los suyos (Mt 25,37); los discípulos, queriendo retener en la transfiguración una forma de presencia gratificante (Lc 9,33), o ensimismados después de la ascensión, merecerán un velado reproche por quedarse plantados mirando al cielo (Hch 1,11).

La reacción de los pastores después de la marcha de los ángeles es un modelo de «discernimiento de espíritus»: «se dijeron unos a otros: ‘Vayamos a Belén a ver lo que ha sucedido …» (Lc 2,15). La ausencia no los ha paralizado, Ia experiencia de comunicar con lo divino no los ha dejado ensimismados, la añoranza de lo que han perdido no los bloquea ni los fija en la nostalgia de tiempos mejores: los que habían escuchado en silencio rompen a hablar y expresan una decisión colectiva: «Vayamos…».

Resuena en ese «vayamos» intercambiado entre ellos una cierta conciencia de lo atípico del camino y de sus señales, y por eso necesitan pronunciar en alto su decisión de emprenderlo, escucharla de la boca de otros, sentirse respaldados por un plural que los sostenga en su opción.

Están siendo, sin saberlo, compañeros de todos los que, después de ellos. tomarán decisiones en medio de la incertidumbre: los magos persiguiendo una estrella errante (Mt 2,2), los que opten por seguir a un maestro que no les promete ni un lugar donde reclinar la cabeza (Lc 9,58), las mujeres corriendo con perfumes de madrugada hacia un sepulcro que creen sellado impenetrablemente (Lc 24,1-2)…

Están también «en sintonía» con aquel a quien ahora van a encontrar reclinado en un pesebre y que, un día, decidirá subir a Jerusalén a cualquier precio, incluso el de su propia vida (Lc 18,31).

CONSOLACION/TIEMPO DE ANGELES. También nosotros nos sentimos en sintonía con los pastores: como ellos, hemos vivido «tiempos de ángeles» y nos hemos encontrado introducidos en un orden diferente, atravesado por una brecha de esperanza. Han sido momentos de la vida en que se nos han abierto los cielos, la fe se nos ha hecho casi diáfana, nos hemos sentido imantados por el Evangelio y empujados a tomar decisiones que nos comprometían en la dirección del Reino. Nos reconocemos marcados por esos tiempos de consolación en los que nos parecía estar danzando al ritmo de la gracia, con la facilidad de esos patinadores que se deslizan armónicamente sobre el hielo. Pero, de repente, siempre inesperadamente «se marchan los ángeles» y nos quedamos desconcertados, como patinadores sin música y sin patines, perplejos ante la frialdad del hielo. Las decisiones tomadas nos parecen insensatas e inviables, y la realidad, privada de cualquier nimbo luminoso, se nos pone delante con su terca opacidad.

Por eso necesitamos decirnos y escuchar de otros ese «vayamos» que expresa lo mejor de nosotros mismos y que nos recuerda nuestra determinación más deliberada de seguir adelante por ese camino que, «en tiempo de ángeles», hemos reconocido como nuestro. Necesitamos recordarnos unos a otros que las palabras descabelladas del Evangelio (todo eso de perder para ganar, de recorrer kilómetros gratuitamente al lado de otro, de tomar el yugo de Jesús cuando no podemos ni con la propia mochila…), resulta que a la larga (¡y a veces hasta a la corta!) «funciona».

Necesitamos oír y ver que otros también sueñan, y no se les han muerto la utopía, sino que la van traduciendo modestamente en lo diario y por eso buscan, «con minuciosidad de contable y fantasía de niño» (Alberto Iniesta), pequeños/grandes medios para vivir esa terna de sobriedad-sencillez-solidaridad que configura nuestra praxis cristiana (6): la manía de rastrear información sobre los países y pueblos que no son ya rentables ni como noticia, o de buscar los productos de «comercio justo»; la atención cada vez más despierta hacia ese referente privilegiado que es la vida de los empobrecidos, los de cerca y los de lejos la paciente disciplina por ir teniendo hábitos ecológicos, más exigentes que las antiguas penitencias conventuales…

Necesitamos contar con la posibilidad de comunicarnos desde esos niveles que sostienen nuestro camino creyente, que bastante gélidos son ya muchos de los ambientes en los que nos movemos; y el que piense que no necesita nutrir su fe al lado de aquellos con los que comparte «visiones de ángeles», acabará víctima de una anorexia espiritual irreversible.

Porque tenemos gran facilidad para hablar entre nosotros de lo loco que está el tiempo; del colesterol, que lo tenemos por las nubes; del problema insoluble del aparcamiento; de la tarde que nos ha dado una visita pesadísima; de lo bien que va el Atleti o de las desgracias de Estefanía de Mónaco, pobrecilla… Pero, en cambio, con demasiada frecuencia nos aqueja una extraña «afasia» para lo que nos hace vivir por dentro, con el peligro, tantas veces constatado, de que fácilmente esa «afasia» degenere en «amnesia».

Quizá hoy haga más falta que nunca desplegar toda nuestra creatividad para inventar espacios y tiempos que generen comunicación profunda y nos permitan dejar caer esas máscaras que nos ponemos para jugar a ser «Don Yo-no-necesito-hablar-de-esas-cosas», o «Doña Total,-para-lo-que-sirve. . . »

En la noche de cada creyente ha resonado una palabra que alienta a levantarse, caminar, atravesar la oscuridad, dirigirse, como viajeros en tránsito, hacia una tierra invisible. Hay en ella un dinamismo que moviliza, orienta, atrae, cambia el horizonte, envía en la dirección de una presencia escondida; pero sólo seguirá vibrando si la dejamos encarnarse en las palabras de otros, si mantenemos su memoria en nuestro «aparato conversacional», si aceptamos con humilde pobreza que nos necesitamos unos a otros para aprender a responder a esa Presencia ausente que nos hace vivir.

– Orientados por una señal paradójica

«Esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y reclinado en un pesebre.»

PESEBRE/SEÑAL-PAJICA: La advertencia de los ángeles, dirigida a todos los «buscadores en la ausencia», inaugura un camino en el que tendrán que orientarse, no por evidencias inmediatas, sino por señales. Como Samuel, que supo reconocer en el más pequeño de los hijos de Jesé al ungido del Señor y, por debajo de las apariencias, aprendió a mirar el corazón (cf ISm 16.7); o como Natanael, que tendrá que ir más allá de su idea de que «de Nazaret no puede salir nada bueno» (Jn 2, 46) o como los discípulos, aceptando que las prostitutas y publicanos les precederán en el Reino…

Se está inaugurando un camino pascual en el que «encontrar» tendrá que ir precedido de una conversión de la mirada y del corazón, y en el que habrá que superar el desconcierto y el asombro de que un niño reclinado en un pesebre sea el Señor. Y ese camino desembocará otro día el primero de la semana, en el sepulcro, en el que quien había yacido en él se revelará como el Viviente (¿será sólo coincidencia que el término «reclinado», keimenon. aparezca también en los relatos de Pascua? (cf. Lc 23,53; 24,12; Jn 20,5).

Hay que prepararse para ese día -los pastores y nosotros- «haciendo teología» desde ahora, impidiendo que la evocación de títulos del niño ponga en marcha esa cascada de ideas, convicciones e imágenes sobre lo divino que pueblan nuestra mente y nuestra imaginación, todo ese ejército de nobles atributos que se apresuran a formar parte de su cortejo: un Salvador, Mesías y Señor sólo puede venir acompañado de signos de dignidad, poder, fuerza, magnificencia, esplendor y dominio. Necesitamos reemplazar nuestra polvorienta «summa pseudotheologica» por esa señal ofrecida por los ángeles, y exponernos a que su carga de provocación y de escándalo resquebraje nuestro montaje mental y, como una semilla de fuego, queme desde dentro los leños inertes de nuestras ideas sobre quién es Dios y en qué consisten su santidad, su señorío y su salvación.

Porque si en el AT Dios hacía estallar las ideas desde arriba, ahora lo hace desde abajo. Después de la revelación de lo grandioso y excepcional, el maravillamiento hay que practicarlo también ante lo banal: la hierba del campo que revela una belleza mayor que la de las vestiduras regias de Salomón (Mt 6,29); el niño nacido en un establo, en el que Dios da a conocer el esplendor radiante de su misterio…

Estamos ante el «signo de Jonás» que se convierte en aviso y contraseña para todos los que quieran, a partir de ahora, encontrar al Mesías con su séquito de fracasados, perdedores y excluidos. El niño sobre el pesebre representa el destino mismo de Dios, que se identifica con lo perturbador, Io importuno, lo desagradable y lo inconfortable Desde esta noche, Ios hombres tienen derecho a ser superfluos. Dios se ha hecho hombre en un niño sin palabra, inútil, desarmado, impotente; y seguirá siendo en el futuro alguien sin poder ni posibilidad de imponerse. A los treinta años, las autoridades e instancias competentes le darán la nota de «insuficiente» en el examen de lo que ellos estiman que es la vida. Dios no consigue tener éxito en el mundo del triunfo»(7).

– Portadores de Evangelio

«Fueron aprisa y encontraron…» Como Pedro, Juan y las mujeres en la mañana de Pascua, los pastores corren en medio de la oscuridad y encuentran a Jesús acostado en el pesebre. Los discípulos y discípulas no lo encontrarán: la muerte no habrá sido capaz de retenerlo, y los lienzos y vendas ya no lo envolverán, como los pañales envuelven ahora el cuerpo del niño.

«Al verlo, les contaron… Y se volvieron glorificando y alabando a Dios…» (Lc 2,16-20).

Lucas nos hace participar de la onda expansiva de un evangelio que, de los ángeles, ha pasado a los pastores, está destinado a todo el pueblo, colma de asombro a los que lo oyen, es conservado por María, que lo confronta (simballousa) en su corazón, y se convierte en un himno de alabanza. En Belén está resonando ya algo del anuncio, restallante de júbilo, que difundirá como un relámpago la noticia de la resurrección de Jesús.

Los que habían sido receptores son ahora emisores, comunicadores exultantes de una alegría que no pueden guardar para ellos solos. Son las primicias de lo que será la tarea evangelizadora: la Palabra, partiendo del Señor, llega a los testigos privilegiados que la escuchan y ven, y de ellos pasa a una nueva serie de oyentes. En torno al pesebre de Jesús, los pastores anticipan proféticamente la predicación apostólica de la iglesia primitiva (8).

En medio de un mundo adormecido e indiferente, estos primeros evangelizadores están abriendo una brecha y roturando los caminos que conducen al niño. Como Moisés o Josué, se convierten en «acompañantes de tránsitos», en descubridores de la nueva tierra que mana leche y miel, en conocedores del código de señales que, como en un juego de pistas, conduce hasta ella.

«Cuentan», «glorifican», «alaban»… son expresiones de comunicación explícita del evangelio del que son portadores; y como el mensajero de albricias del Segundo Isaías (cf. Is 52,7), sus pies están también al servicio de la noticia que proclaman: otro verbo de movimiento, «se volvieron», subraya el dinamismo de una Palabra que ha salido de la boca de Dios y no volverá a él vacía (Is 55,10-11).

Es toda la trayectoria de la fe la que queda insinuada: para llegar a Dios hay que pasar por ese niño débil y sin poder y por cada hombre, tan limitado, tan concreto. Porque a partir de ahora este tejido frágil de nuestro destino humano se ha convertido en el destino mismo de Dios.

Hay un desvío, un rodeo inevitable en el camino hacia él: hoy pasa por un pesebre, y mañana pasará por una cruz. Dios, hecho «como uno de tantos» (Flp 2,7), ha quedado expuesto al peligro de no ser reconocido.

Hay que dejarse arrastrar por el movimiento descendente de ese Dios «pasajero», sabiendo que aún no ha llegado la hora del «cara a cara» con él. Y aceptar el escándalo de que haya querido manifestar, en la asombrosa proximidad de un niño, la gloria que proclamaba el ejército del cielo.

Hay que aprender a traducir «lo que cuentan los ángeles» (la Biblia, la teología, la tradición…), no sólo al lenguaje de los sabios y entendidos de Jerusalén, sino al «dialecto de Belén», el que habla «todo el pueblo» al que está destinado.

Hay que tratar de ser «portadores de evangelio», como lo son tantas personas que, sin saberlo, nos están transmitiendo algo del «bien parecer de Dios», de su ternura y su amor gratuito, y que se ponen a nuestro lado como compañeras de travesía y nos recuerdan que no hay pascua sin heridas.

Como los pastores, esas personas nos anuncian que la oscuridad está rasgada por la luz y por la Palabra, que estamos guarecidos por la gracia y convocados por un niño.

Lo encontraremos si nos vamos haciendo, como ellos, soñadores despiertos, visionarios con los pies en el camino, barqueros entre dos orillas, viajeros en tránsito.

DOLORES ALEIXANDRE
SAL-TERRAE 1996, 11. Págs. 813-828

1. Yoma 28a, Talmud Bab.

2. R. VOILLAUME (citado por C. Flipo. «Jonás en Nínive»: Sal Terrae 84/5 [Marzo 1996] p. 236).

3. A. HESCHEL. L’homme n’est pas seul, Paris 1972, p. 72.

4. E. LEVINAS. «Philosophie, justice et amour»: Esprit 83. P. 13.

5. C CHALIER, Sagesse des sens, Paris 1996, p. 29.

6. El cuaderno de Cristianisme i Justicia. ¿No hay nada que hacer? A la escucha del Espíritu, Enero 1996. sugiere muchas ideas prácticas y creativas en este sentido.

7. E. DRENNERMANN, De la naissance des dieux la naissance du Christ, París 1986, p. 78.

8. C. ESCUDERO FREIRE, Devolved el Evangelio a los pobres, Salamanca 1978, p. 325.