El signo en la piedra!

Etty Hillesum y el libro de la vida ofrecido «a quienes no son capaces de leer directamente».

Etty_Hillesum-291x168Adolescente, frágil, insegura y enferma es Etty Hillesum en las primeras páginas de su Diario, una personalidad que se busca y no se encuentra, obligada a hacer un balance de su realidad existencial y de la realidad histórica que, como un peligro inminente, la arrolla y amenaza con fagocitarla. Esta criatura delicada, que seguirá siéndolo hasta el final de su vida, se convierte en una mujer completa que afronta los momentos oscuros de la sordidez humana nazi. ¿Cómo podía cambiar? ¿Cuál es su itinerario de mujer? ¿Existen en el Diario pistas que permiten percibir este camino, al mismo tiempo iniciático y florido? A mi parecer, sí, existen.

Su encuentro con el quiropráctico Julius Spier da un vuelco a la compresión del Yo de la joven, y le indica una senda transitable que, si se considera con atención, ya estaba sedimentaba en su espíritu, pero no encontraba una salida expresiva: la escritura. Ejercicio y don, completamente femenino, que manifiesta diversos aspectos: catártico, creativo, reflexivo, y de repliegue en la conciencia. Pero siempre y de todos modos, abierta y en crecimiento dialogístico, favoreciendo también el diálogo con el Otro, a quien Etty denomina Dios: no en clave confesional, que le era totalmente extraña, y tampoco en clave ética, sino más bien en clave puramente humana que  toca el fondo común a todos los seres entrados en la existencia histórica.

Un paso catártico es iluminante: «¡Adelante, entonces! Es un momento penoso, casi insuperable. Debo confiar mi espíritu reprimido a una estúpida hoja de papel con renglones. A veces los pensamientos son tan claros y límpidos en mi cabeza, los sentimientos tan profundos, y, sin embargo, no puedo ponerlos por escrito. Debe ser sobre todo la vergüenza. Me siento muy torpe, no tengo la valentía de mostrar las cosas dejando que fluyan libremente fuera de mí. Pero será necesario hacerlo, si quiero orientar mi vida hacia un fin razonable y satisfactorio» (Diario 1941-1942, edición integral al cuidado de Klaas A.D. Smelik, Adelphi 2012, p. 31).

Bloqueo inhibidor, situado en lo más profundo, que precisamente el papel vergueteado de su escritura sabrá deshacer: «Desde un punto de vista intelectual estoy tan alienada, que soy capaz de valorar y expresar cada cosa con fórmulas claras. Cuando se trata de los problemas de la vida, a menudo puedo parecer una persona superior; sin embargo, en lo más hondo de mí, me siento prisionera de una maraña, y no obstante toda mi lucidez de pensamiento, a veces no soy otra cosa que una pobre mujer llena de miedos» (p. 4).

Las páginas que siguen no están escritas bajo la inspiración de un impulso creativo fulgurante, sino que son un destilado de introspección cada vez más fatigosa, confiado a las palabras y al papel. «Debo preocuparme por tenerme en contacto con este cuaderno, es decir, conmigo misma; de lo contrario, podría irme mal, podría perderme en cada momento, también ahora que me siento algo rara, pero quizá solo sea cansancio» (p. 82).

El cuaderno se convierte en una sola cosa con ella que se desarrolla en la historia, y le permite pasar de un estadio al otro de su vida, más maduro, más consciente: construcción y a la vez  calado. Se nota que desde el fondo sube a la superficie cuanto bulle e intenta aflorar. «Todavía no logro escribir. Quiero escribir sobre la realidad que se esconde detrás de mí, pero esto aún está fuera de mi alcance. La única cosa que me interesa verdaderamente es la atmósfera, podría decir “alma”, pero la sustancia sigue escapándoseme (…) si alude directamente a la así llamada alma, entonces cada cosa llega a ser demasiado vaga, demasiado informe» (pp. 127-128).

La trama es profunda, ineludible: historia que se manifiesta en los acontecimientos, en las cosas, y espíritu que pulsa en busca de todo lo que sostiene, el alma entendida como vibración que ramifica todo y a todo da significado. Etty parece estar muy cerca de sus antepasados judíos cuando en la piedra dejaban el signo de un acontecimiento y lo entregaban a la gran cadena de las generaciones. La joven es una escultura de palabras y una escultura de sí misma, experta en el arte de desbastar, rica en sentidos que poco a poco, desmantelándose, ponen en primer plano la obra de arte. «Sin duda alguna debo comenzar lentamente a modelar pequeñas figuras en el gran bloque de granito tosco que llevo dentro de mí. De lo contrario, con el pasar del tiempo, me aplastará. Si no busco y descubro mi forma congenial, acabaré por vagar en la oscuridad y en el caos, es un riesgo que ahora advierto con fuerza» (p. 128).

Paradójicamente quitar, desbastar con un cincel rudo, incidir una herida en la piedra, da vida y conduce a la luz de ese libro de la vida que quiere ofrecer «a quienes no son capaces de leer directamente». Es consciente de saber leer, don que le concedió Dios, pero todavía duda sobre el otro don: «¿Me concederías también el don de escribir?» (p. 790).

Etty está dejando de ser una adolescente y se está convirtiendo en una mujer madura y segura de sí; el sufrimiento hace madurar su pensamiento y su escritura, que es cada vez más transparente, pero, sobre todo, la hace madurar en su equilibrio diario. Comprende que  no hay que escaparle al sufrimiento: «Allí donde se nos impone, no debemos intentar evitarlo. Y se nos impone a cada paso, pero la vida es hermosa». Es un punto de llegada, porque hay una frase intermedia. «Se sufre más jugando a las escondidas con el dolor y maldiciéndolo. Naturalmente, he pensado en todo esto de un modo muy diverso» (p. 281). Comprende la realidad, guiada ahora por un cincel que sabe golpear solo donde tiene que golpear, sin destruir la piedra.

La escultura de la persona adquiere lentamente una forma concreta, no existe solo en la mente. El compromiso es constante, implacable en el análisis, constructivo en la destrucción y la eliminación aparentes. ¿En qué se apoya? «En el último tiempo, muy lentamente, está creciendo en mí una gran confianza, una confianza en verdad grande. Me siento segura en tu mano, Dios mío. Ya no me sucede tan a menudo que me sienta separada de la profunda corriente escondida en mí. Y cuando me siento apasionada y eufórica no es una sensación forzada o insensata, sino que se basa en la certeza de la existencia de esa corriente. Y ya ni siquiera me golpeo continuamente  contra las aristas  vivas de la jornada» (p. 299).

La muchacha que no dominaba pasiones, sentimientos y excentricidades y vivía a rienda suelta, ahora es una mujer que se controla a sí misma y, en consecuencia, controla la historia, a la que da jaque mate venciendo con su debilidad segura la furia devastadora del nazismo y de la Shoah. «Dios, te agradezco la gran fuerza que me das: el centro interior que regula mi vida se está haciendo cada vez más fuerte y fundamental. Las numerosas y constantes impresiones que viene del exterior ahora se acuerdan, de manera maravillosa, unas con otras. El espacio interior logra acoger cada vez más, y las numerosas contradicciones no se sustraen vida unas a otras, y tampoco se obstaculizan recíprocamente. (…) Me atrevo a decir, con cierta convicción: en mi reino interior reina la paz, porque está gobernado por una poderosa autoridad central» (p. 335).

A esta mujer, que se considera una pobre mujer, agravada por los achaques de sus  esfuerzos excesivos al servicio de los demás, no le faltan momentos de desaliento, que supera muy rápidamente gracias a su espiritualidad. La mediocridad parecía rodearla, envolverla y fragmentarla «cuando la luz dentro de ti se ha apagado o, por decirlo de un modo osado: cuando Dios por un momento te ha abandonado». Una situación de miseria humana, de abandono, que golpea y hace sufrir, pero a la que sigue «un inesperado ímpetu interior», y el gesto corpóreo de arrodillarse en la noche profunda, en medio del cuarto, transfigura la realidad. «La mañana gris al despertar ya no era un pedazo de papel, sino que había reconquistado su amplitud habitual» (p. 235). Entonces, «todos los canales bloqueados se abren de nuevo y se derraman en el gran Océano».

En Etty, haciéndola cada vez más madura como mujer, se han unificado dos tensiones que vivían en ella y la hacían sufrir y dudar de sí: «La distinción artificial entre estudio y “vida verdadera”». Ahora se halla armonizada: «Ahora “vivo” en verdad detrás de mi escritorio. El estudio ha llegado a ser una “verdadera” experiencia de vida y ya no es solo algo que se refiere a la mente. En mi escritorio estoy completamente sumergida en la vida, y llevo a la “vida verdadera” la tranquilidad interior y el equilibrio que he conquistado dentro de mí» (p. 336).

Cuando aún la joven se dejaba transportar por las olas de la adolescencia, y el escritorio se convertía en una coartada para no afrontar la realidad, «porque las numerosas impresiones me confundían y me hacían infeliz», la solución era una sola: «Refugiarme en un cuarto silencioso». Momentos de anestesia, de separación irreal, que después repercutían con mayor amargura en toda su persona: cuerpo y espíritu, mente y Yo en relación.

El cincel, penetrando y eliminando fragmentos de piedra, hizo descubrir la novedad de una creación: «Ahora este “cuarto silencioso” dentro de mí, por decirlo así, lo llevo siempre conmigo, y puedo recogerme en él a cada instante, ya sea que me encuentre en un tranvía lleno de gente, ya sea en el medio de la confusión de la ciudad» (p. 233). Desde este lugar puede derramarse toda su compasión de mujer y desplegarse sobre la crueldad y la maldad como don pacífico y sanador.

Cristiana Dobner

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