Biografía del silencio
Breve ensayo sobre meditación
Pablo d’Ors

5. Todo esto, que ha venido muy poco a poco, ha sido acompañado por algunos signos tales como el progresivo amor a la naturaleza, la afición a la montaña, la cada vez más imperiosa necesidad de retirarme algunos días en soledad, la significativa disminución de la lectura —una afición que se había convertido en vicio—, el mayor cuidado de la alimentación, algunas nuevas amistades.

Pero como soy un avezado explorador de mi conciencia, al percibir todos estos cambios, no resistí la tentación de tomar nota de ellos para así asistir, con una conciencia aún mayor, a la transformación de mi biografía, algo de lo que deseo dar cuenta, aunque sucintamente, en este breve ensayo de carácter testimonial. Tengo el convencimiento de que este camino espiritual, que intento explicar en estas páginas, lo he configurado yo. No quiero decir que no me hayan orientado lecturas luminosas ni que no haya recibido consignas pertinentes por parte de algunos maestros de meditación; tampoco que no haya admirado el tesón de otros buscadores en el silencio, a cuyo lado he recorrido algún trecho. Pero, en todo caso, mi impresión es que he sido yo y solo yo quien ha caminado, guiado por mi maestro interior, hasta donde ahora me encuentro.

El mejor síntoma de que hacía mis sentadas cada vez mejor fue para mí que siempre quería hacer más sentadas. Porque cuanto más te sientas a meditar, más te quieres sentar. A veces he llegado incluso a pensar que, para el hombre, lo más natural es precisamente hacer meditación. Cierto que al principio todo me parecía más importante que meditar; pero ha llegado el momento en que sentarme y no hacer otra cosa que estar en contacto conmigo mismo, presente a mi presente, me parece lo más importante de todo. Porque normalmente vivimos dispersos, es decir, fuera de nosotros. La meditación nos concentra, nos devuelve a casa, nos enseña a convivir con nuestro ser. Sin esa convivencia con uno mismo, sin ese estar centrado en lo que realmente somos, veo muy difícil, por no decir imposible, una vida que pueda calificarse de humana y digna.

Aquí no puedo ocultar, sin embargo, que en mi vida hay todavía demasiadas búsquedas, lo que significa que aún hay también demasiada poca aceptación. Porque mucho me temo que cuando buscamos es que solemos rechazar lo que tenemos. Ahora bien, toda búsqueda auténtica acaba por remitirnos adonde estábamos. El dedo que señala termina por darse la vuelta y apuntarnos.