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Cuando el “imaginario banal y comercial” –como afirma el papa Francisco– trata de esconder el verdadero significado de la Navidad, es necesario volver sobre el símbolo más presente en el mundo cristiano: el árbol. Como el belén, forma hoy parte del exigente proceso de transmisión de la fe desde la infancia. Y padece, igualmente, de un ‘desafecto simbólico’ que impide comprender el enorme sentido figurado que posee desde su origen, atribuido a san Bonifacio, “apóstol de Alemania”.

Contiene, en sí mismo, el anuncio del niño-Dios que ha de nacer. Es una manifestación de la divinidad, un mensaje de amor, de unión y de esperanza. Un testimonio de Cristo. Su enorme presencia en la Navidad es, sin embargo, relativamente reciente en España, donde cumple 150 años. En Alsacia, entre Alemania y Francia, se hizo muy popular en el siglo XVII, antes de llegar al mundo anglosajón a mediados del siglo XIX.

El árbol de Navidad –podemos afirmar como el escritor norteamericano George E. Starnes– “ya está en todas las casas, con sus luces y sus adornos, y una estrella que nos recuerda la de Belén”. Pero, ¿conocemos su profundo testimonio? ¿Sabemos de su pleno simbolismo?

“Es el único elemento que se puede comparar en términos de popularidad con un Nacimiento —afirma el ensayista y coleccionista Antonio Basanta– y tiene, frente a lo que la gente piensa, una clara raíz religiosa. La incultura que nos rodea por falta de lectura piensa que el árbol de Navidad es un símbolo laico, todo lo contrario, es un símbolo religioso”. Es más aún: es el árbol de la Vida, Jesús mismo, con su mensaje de amor y salvación.

El alemán Eugen Ruge (Sosva, 1954) en ‘En tiempos de luz menguante’ (Anagrama) hace a su protagonista, Kurt, preguntarse: “¿Qué sería de la Navidad sin el árbol?”. La respuesta es innecesaria, porque el árbol de Navidad ha arraigado en la contemporaneidad y, como ya lo describió Hans Christian Andersen, refulge un “radiante esplendor”.

¿Pero qué es del árbol hoy? ¿Y qué fue ayer? ¿De dónde viene? ¿A dónde va? Ocurre, sí, que el “encantador y rutilante” árbol se ha contagiado, más que ningún otro testimonio de la Navidad, de modas que lo desvirtúan y de una fiebre comercial que amenaza no solo su verdadero sentido, sino toda la Navidad.

En esa pequeña joya que es ‘Días de Navidad’ (Lumen), Jeanette Winterson –en esa tradición de historias de fantasmas de Navidad de la que Charles Dickens sigue siendo una gozosa referencia– afirma: “Sé que la Navidad se ha convertido en una fiesta cínica y comercial, pero depende de nosotros, individual y colectivamente, oponernos a eso. La Navidad la celebran en el mundo entero personas de todas las religiones y de ninguna. Es una ocasión para reunirse, para dejar de lado las diferencias”.

Depende de nosotros hacer, también, que seamos capaces de interpretar y compartir el árbol, transformado en un símbolo entre todos los cristianos e, incluso, entre los no creyentes.

El mensaje evangélico que vive en un árbol de Navidad –lo vamos a ir viendo– es un relato alegórico, pero en absoluto está en contradicción con lo que contiene también de objeto, bello y rutilante. El gran escritor suizo Robert Walser (Biel, 1878-Herisau, 1956) lo señala en una de sus obras maestras más sorprendentes, ‘El ayudante’ (1908): “Todo árbol de Navidad es hermoso y nos produce emoción”. Así debe ser.

JUAN CARLOS RODRÍGUEZ
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