Iglesia-vacia


¿Por qué no reconocer un signo de lo que puede suceder si no reformamos nuestras comunidades?”

  • “¿Y si Dios – el Dios de Jesucristo, quiero decir – quisiera decirnos algo con el absurdo lenguaje de las iglesias vacías?”
  • “Hemos recibido señales de alarma desde el Concilio Vaticano II en adelante, especialmente en Europa y gran parte de Occidente”
  • “Hemos atribuido tercamente el vaciamiento a causas externas, especialmente al fenómeno de la secularización”
  • “Los problemas de nuestras comunidades no son tanto la falta de vocaciones o la escasez de sacerdotes como una nueva forma de ser Iglesia, donde el ministerio de los laicos, las mujeres y las familias se reconoce como constitutivo de la propia Iglesia”

23.05.2020 | Mario Menin, misionero
https://www.religiondigital.org

(viandanti.org).- El año pasado, antes de Pascua, presenciamos el incendio de la catedral de Notre-Dame en París. Este año, participamos en vivo en la Pascua de las iglesias vacías. ¡Miles de iglesias vacías! ¿Qué hacer? Se discute a todos los niveles. Los obispos italianos incluso han levantado su voz ante el gobierno para reabrirlos a las celebraciones con el pueblo. ¿Por qué este frenesí por reabrir? ¿Para volver a la normalidad? ¿Qué, después de esta pandemia? ¿No sería mejor, primero, leer este vaciamiento como una señal que nos llega desde más lejos y más alto que el coronavirus? ¿Y si Dios – el Dios de Jesucristo, quiero decir – quisiera decirnos algo con el absurdo lenguaje de las iglesias vacías?

Es ciertamente embarazoso aceptar el vaciamiento de nuestros espacios y tiempos sagrados como una advertencia profética. Deberíamos tener ojos más penetrantes, como los de los profetas bíblicos, que vieron más allá de los temores del pueblo, los anhelos de los reyes y el formalismo de los sacerdotes. Debemos entrar en un proceso de discernimiento espiritual, al que nuestras comunidades cristianas no están acostumbradas, lamentablemente, ni siquiera las de vida consagrada, a menudo prisioneras de emociones y visiones religiosas que tienen poco en común con la escucha contemplativa y desarmante de la palabra de Dios.

Un signo premonitorio

¿Por qué no reconocer entonces en las iglesias vacías un signo de lo que puede suceder en un futuro no muy lejano, si no reformamos – más evangélicamente – nuestras comunidades? ¿Y por qué tomarla con el coronavirus, que sólo ha puesto de relieve – de una manera ciertamente desafortunada – el vaciado que ya está en marcha? Sin embargo, hemos recibido señales de alarma desde el Concilio Vaticano II en adelante, especialmente en Europa y gran parte de Occidente, donde muchas iglesias, monasterios y seminarios han sido vaciados o cerrados. Los desairamos como si no estuvieran dirigidos a nosotros y a nuestras comunidades.

En cambio, hemos atribuido tercamente el vaciamiento a causas externas, especialmente al fenómeno de la secularización -en sus diversas dimensiones y etapas- sin darnos cuenta, como afirmó recientemente el Papa Francisco, de que “ya no estamos en un régimen de cristiandad…”. Tal vez este tiempo de iglesias vacías pueda ayudarnos a sacar el vacío escondido en nuestras comunidades, la nostalgia litúrgica tridentina, que hace más problemático para la Iglesia volver a conectarse con la sociedad actual y compensar el retraso de “doscientos años” denunciado por el Card. Martini.

Ha llegado el momento de reflexionar

Tal vez también nosotros, los institutos misioneros, hemos estado demasiado preocupados -incluso nosotros, institutos misioneros- por convertir el mundo y poco por convertirnos nosotros mismos, poniendo el Evangelio de Jesucristo de nuevo en el centro: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si luego se pierde o se arruina a sí mismo?”. Deberíamos aceptar la actual abstinencia de servicios religiosos y actividades pastorales como un kairós, una oportunidad para un discernimiento más radical, ante Dios y con su Palabra.

Ha llegado el momento de reflexionar sobre cómo continuar el camino de la reforma, constantemente indicado por el Papa Francisco, con gestos y palabras inequívocas. Tal vez deberíamos dar más crédito a las palabras del Evangelio: “Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, yo estoy entre ellos”. Nos enseñan que los problemas de nuestras comunidades no son tanto la falta de vocaciones o la escasez de sacerdotes como una nueva forma de ser Iglesia, donde el ministerio de los laicos, las mujeres y las familias se reconoce como constitutivo de la propia Iglesia. Por esta razón deberíamos tomar más en serio, también en Italia, las propuestas del Sínodo Panamazónico. ¿No es ese fantasmagórico silencio que ha envuelto las liturgias solitarias de estos dos últimos meses gritando el nuevo rostro -sinodal- de la Iglesia? ¿Para quién suena la campana en tiempos de iglesias vacías?