Año A – Pascua – 2.º domingo
Juan 20,19-31: «¡Señor mío y Dios mío!»

Hoy, segundo domingo de Pascua, celebramos… la «Pascua de san Tomás», el apóstol que estaba ausente de la comunidad apostólica el domingo pasado.

El domingo siguiente a la Pascua se llamaba «in albis», porque los neófitos dejaban la vestidura blanca (in albis), que habían llevado después del bautismo en la Vigilia Pascual. Hoy se conoce como Domingo de la Divina Misericordia, título introducido por Juan Pablo II el 30 de abril de 2000, día de la canonización de santa Faustina Kowalska. En los años treinta, esta religiosa polaca tuvo revelaciones en las que Jesús pedía difundir la confianza en la misericordia de Dios y dedicar una fiesta especial precisamente el domingo después de Pascua.

El Evangelio nos propone varios puntos de reflexión, pero detengámonos en la figura de Tomás.

Tomás, nuestro gemelo

Su nombre significa «doble» o «gemelo». Tomás ocupa un lugar destacado entre los apóstoles. Tal vez por eso se le atribuyeron los Hechos de Tomás y el Evangelio de Tomás, textos apócrifos de los siglos II-III, que no pertenecen al canon bíblico, pero son «importantes para el estudio de los orígenes cristianos» (Benedicto XVI, 27.9.2006).

Nos gustaría saber de quién es gemelo Tomás. Algunos estudiosos suponen que podría tratarse de Natanael (Bartolomé). En efecto, esta última profesión de fe en el Evangelio de san Juan, hecha por Tomás, encuentra correspondencia con la primera, hecha por Natanael al inicio de su Evangelio (1,45-51). Además, su carácter y comportamiento presentan algunas semejanzas. Por último, los dos nombres aparecen relativamente cercanos en la lista de los Doce (cf. Mateo 10,3; Hechos 1,13; y también Juan 21,2).

Esta incógnita permite afirmar que Tomás es «gemelo de cada uno de nosotros» (Don Tonino Bello). Tomás nos consuela en nuestras dudas de creyentes. En él nos reflejamos y, a través de sus ojos y de sus manos, también nosotros «vemos» y «tocamos» el cuerpo del Resucitado. Una interpretación que tiene su encanto.

Tomás, un «doble»?

En la Biblia, la pareja de gemelos más famosa es la de Esaú y Jacob (Génesis 25,24-28), eternos antagonistas, expresión de la dicotomía y polaridad de la condición humana. ¿No será que Tomás (el «doble») lleva dentro de sí el antagonismo de esta dualidad?

Tomás es capaz de gestos de gran generosidad y valentía, como cuando afirma: «¡Vayamos también nosotros a morir con él!», después de que Jesús decide ir a Judea para resucitar a Lázaro (Juan 11,16). Pero, en otras ocasiones, se muestra incrédulo y obstinado, como vemos en el pasaje evangélico de hoy, negándose a creer el testimonio de sus compañeros que habían visto al Señor. Tomás, el discípulo generoso, lleva dentro de sí a su «gemelo», incrédulo y terco. Sin embargo, al encontrarse con Cristo resucitado, hace la más alta profesión de fe.

Tomás es imagen de todos nosotros. También nosotros llevamos dentro ese «gemelo», inflexible y firme defensor de sus propias ideas, rebelde y caprichoso en sus actitudes. Estas dos realidades o «criaturas» (el antiguo y el nuevo Adán) conviven mal, en contraste, a veces en abierta lucha, en nuestro corazón. Todos hemos experimentado el sufrimiento de esta división interior.

Ahora bien, Tomás tiene el valor de afrontar esta realidad. Permite que se manifieste su lado oscuro, adverso e incrédulo, y lo lleva a confrontarse con Jesús. Acepta el desafío que le plantea su interioridad rebelde, que pide ver y tocar. Lo lleva a Jesús y, ante la evidencia, sucede el «milagro»: los dos Tomás se convierten en uno y proclaman la misma fe: «¡Señor mío y Dios mío!»

Por desgracia, no es lo que muchas veces sucede con nosotros. Nuestras comunidades cristianas están frecuentemente formadas por los «gemelos buenos» y sumisos, pero también… pasivos y amorfos. El hecho es que no estamos allí, durante el encuentro eucarístico, con toda nuestra persona. La parte enérgica, instintiva, el llamado otro gemelo —aquel que necesitaría ser evangelizado— no comparece en el encuentro con el Señor.

Jesús dijo que venía por los pecadores, pero nuestras iglesias a veces parecen estar frecuentadas más bien por «justos» que… no sienten la necesidad de convertirse. Estamos presentes en la Eucaristía, pero quizá por costumbre, sin una participación verdadera y profunda. Aquel que debería convertirse —nuestra dimensión de incredulidad o de infidelidad, es decir, nuestro gemelo pecador— lo dejamos tranquilamente en casa. Es domingo y él aprovecha para «descansar», confiando el día al «gemelo bueno». El lunes, luego, el gemelo de los instintos y de las pasiones estará en plena forma para retomar el control.

Jesús en busca de Tomás

¡Ojalá Jesús tuviera muchos Tomás! En la celebración dominical, son sobre todo ellos a quienes el Señor viene a buscar. ¡Serán sus gemelos! Dios busca hombres y mujeres reales, que se relacionan con Él tal como son: pecadores que experimentan en su propia carne la tiranía de los instintos. Creyentes que no se avergüenzan de presentarse con esa parte incrédula y resistente a la gracia, sino que vienen a encontrarse con el Médico de la Divina Misericordia y a ser curados. ¡De estos es de quienes Jesús se hace hermano!

El mundo necesita el testimonio de creyentes honestos, capaces de reconocer sus propios errores, dudas y dificultades, y que no ocultan su «duplicidad» detrás de una fachada de respetabilidad farisaica. La evangelización hoy necesita cristianos que sean personas auténticas, y no «de cerviz rígida», que miren de frente la realidad del sufrimiento y que toquen con sus manos las llagas de los crucificados de hoy.

En resumen, Tomás nos invita a reconciliar nuestra duplicidad para vivir auténticamente la Pascua. Esto implica tomar conciencia de la división que a menudo habita en nosotros y, con la ayuda de la gracia, llegar a unificar nuestro corazón de creyentes. Esto exige que, en la Eucaristía dominical, esté verdaderamente presente toda nuestra persona.

Esto es lo que expresa, de forma simbólica, Jesús en el Evangelio apócrifo de Tomás (nn. 22 y 27): «Cuando hagáis que los dos sean uno, cuando lo interior sea como lo exterior y lo exterior como lo interior, y lo alto como lo bajo, y cuando hagáis del varón y de la mujer una sola realidad (…) entonces entraréis en el Reino».

P. Manuel João Pereira Correia, mccj