Jueves Santo: Coena Domini
Juan 13,1-15

Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, Él, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura.
Cuando se acercó a Simón Pedro, este le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?».
Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás».
«No -le dijo Pedro-, ¡tú jamás me lavarás los pies a mí!». Jesús le respondió: «Si yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte».
«Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!».
Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes». (Gv 13,1-15).
La Iglesia primitiva celebraba la fiesta de la Pascua sólo desde la Vigilia Pascual hasta la mañana de Pascua. No fue hasta el siglo IV que esta celebración se extendió gradualmente a lo largo de tres días. El Triduo Pascual se inicia así el Jueves Santo con la Misa “in Coena Domini”, y encuentra su punto culminante en la Vigilia Pascual. Comienza el jueves por la tarde porque, según los judíos, el día empieza ya la noche anterior y, por tanto, litúrgicamente las solemnidades y los domingos se celebran ya con las Vísperas del día anterior; una segunda razón es que en la Última Cena, Jesús anticipa sacramentalmente el don de sí mismo que hará en la Cruz.
Según la ley y las costumbres judías, Jesús celebra con sus discípulos la fiesta de la Pascua en recuerdo de la liberación de Israel de la esclavitud en Egipto. Durante este banquete, Jesús instituyó la Eucaristía, el sacramento de la salvación, y estableció el sacerdocio ministerial. Pero no se limitó a decir palabras, sino que hizo un gesto que revela el sentido verdadero y profundo de lo que acababa de celebrar: el lavatorio de los pies, es decir, el servicio, el amor. Este gesto lo realizaban los esclavos hacia sus amos y sus invitados, para lavarles los pies cubiertos por el polvo de las calles. Jesús nos exhorta con su ejemplo a servir a los demás. Este es, pues, el “código” a través del cual entender y vivir la Última Cena, obedeciendo a las palabras de Jesús: “Haced esto en memoria mía”. No se trata sólo de la repetición de los gestos y palabras de la Última Cena que será la Eucaristía, sino también de “hacer” en el servicio, en el amor mutuo, empezando por los más pequeños. Este es el sentido pleno de la Eucaristía.
El Jueves Santo se convierte así en una escuela de fe y de sabiduría cristiana.
Jueves santo
El jueves santo se encuentra en la encrucijada entre la cuaresma y la pascua. Es el último día de cuaresma, y su misa vespertina da paso al triduo pascual, que es la preparación inmediata para la pascua, al mismo tiempo que comienza ya su celebración.
Domina, pues, en este día el ambiente de preparación. Todo en él se encamina a la pascua. Así ocurrió el primer jueves santo, cuando el Señor envió a Pedro y a Juan para hacer preparativos: “Id y preparad para que comamos la pascua” (Lc 22,8).
Para los fieles es un día de preparación espiritual. En él se reconciliaban con la Iglesia los penitentes públicos de los primeros tiempos. Se les volvía a recibir en plena comunión con la Iglesia, absolviéndolos de sus pecados mediante un rito público y solemne, para que pudiesen volver a celebrar la pascua y recibir la comunión pascual con los demás fieles. Es muy acorde con la tradición el hacer la confesión pascual en este día, si es que no se ha hecho antes.
El jueves santo se celebran dos misas: la llamada misa crismal, que tiene lugar únicamente en las catedrales, y la misa vespertina en la cena del Señor, en las parroquias y casa religiosas. La misa crismal incluye la consagración de los óleos que se usan para el bautismo y otros sacramentos. En esta liturgia resalta el tema del sacerdocio y su institución por parte de Cristo. La misa vespertina conmemora sobre todo la institución de la eucaristía. Ambos temas están íntimamente relacionados entre sí, pero es conveniente distinguirlos con dos celebraciones.
La misa crismal
Como ya dijimos arriba, esta misa se celebra únicamente en las catedrales y tiene lugar por la mañana. El obispo diocesano consagra los óleos y preside como celebrante principal. Es un rito hermoso e impresionante, que además cuenta con un rico contenido catequético.
En esta asamblea del pueblo de Dios tenemos una expresiva manifestación de la Iglesia, porque la diócesis es la Iglesia de Dios en miniatura. En tiempos pasados era posible que un obispo celebrase la eucaristía rodeado por casi todos sus feligreses. Esto es muy difícil en nuestros días, pero sigue siendo lo ideal. Así lo expresa la constitución sobre la liturgia del Vaticano II:
Conviene que todos tengan en gran aprecio la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia se realiza en la manifestación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, particularmente en la misma eucaristía, en una misma oración, junto al único altar donde preside el obispo, rodeado de su presbiterio y ministros (41).
La liturgia de jueves santo en la catedral se aproxima mucho a este ideal. En ella tenemos al obispo, jefe de la Iglesia local, rodeado por sacerdotes de todas las parroquias de su diócesis y representantes de los religiosos. El obispo concelebra con sus sacerdotes como señal de unidad y fraternidad, y es asistido por ellos en la consagración de los óleos. Los diáconos y otros ministros también están presentes y tienen parte activa en la celebración.
Como expresión visible de la Iglesia jerárquica, es una ocasión única; y más si están presentes también en ella un buen número de fieles. La asistencia y participación de los seglares es muy de desear, porque la Iglesia no está completa si no incluye esta parte del pueblo de Dios.
Es altamente significativo que la consagración de los óleos que han de usarse para los sacramentos tenga lugar en el contexto de la eucaristía y en la proximidad de la pascua. Los sacramentos reciben su significación y eficacia del misterio pascual de Cristo, que se renueva en cada celebración eucarística, y con solemnidad especial el día de pascua. Citemos una vez más la constitución sobre la liturgia:
La liturgia de los sacramentos y de los sacramentales hace que, en los fieles bien dispuestos, casi todos los actos de la vida sean santificados por la gracia divina que emana del misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, del cual todos los sacramentos y sacramentales reciben su poder (61).
Todos los sacramentos tienen conexión con pascua; son sacramentos pascuales. Debemos recordarlo cuando asistimos a un bautismo, confirmación u ordenación y se usa el santo crisma; y también cuando se unge a alguien con el crisma de los enfermos.
El tema principal de la misa crismal es el sacerdocio. Al entregar el misterio de la eucaristía a la Iglesia, Cristo instituyó también el sacerdocio. Los textos de la misa presentan un conjunto catequético no solamente acerca del sacerdocio ministerial, sino también relativo al sacerdocio general de los fieles. En la antífona de entrada, la asamblea aclama: “Jesucristo nos ha convertido en un reino, y hecho sacerdotes de Dios, su Padre”. La expresión se repite en la segunda lectura, y de ella se hace eco también el prefacio.
Todo sacerdocio es una participación del sacerdocio único de Cristo. El es nuestro mediador y sumo sacerdote, y su unción viene del Espíritu Santo. Así se desprende de la lectura de Isaías (61,1-3.6.8-9) y del evangelio de Lucas (4,16-21), donde el Señor cita y se aplica a si mismo los textos proféticos: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido”.
Por el sacramento del orden, los hombres comparten de una forma especial el sacerdocio de Cristo. A ellos se les da el poder de perdonar los pecados y de convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, cosa que hacen en su nombre y por su mismo poder. Ellos son, de manera especial, pastores y maestros de la Iglesia, así como administradores de los sacramentos. Todo esto se resume en el prefacio:
Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos al banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu palabra y lo fortalecen con los sacramentos.
No es fácil para el sacerdote vivir a la altura de su vocación y ministerio. Necesita el apoyo y la oración de los demás cristianos. Necesita de vez en cuando “avivar la llama”, el don que ha recibido de Dios (2 Tim 1,6).
Una de las partes más impresionantes de la misa crismal, añadida recientemente, es la renovación del compromiso de servicio sacerdotal. Después del evangelio y la homilía, el obispo invita a sus sacerdotes a renovar su dedicación a Cristo y a la Iglesia. Juntos prometen solemnemente unirse más de cerca a Cristo, ser sus fieles ministros, enseñar y ofrecer el santo sacrificio en su nombre y conducir a otros a él.
En este acto de entrega, el obispo pide para sí las oraciones de todo su pueblo. Necesita sus oraciones. Como el gran obispo san Agustín dijo en una ocasión a sus fieles: “Si por un lado me aterroriza lo que soy para vosotros, por otro me consuela lo que soy con vosotros”1.
Un obispo representa a Cristo en su diócesis de una manera muy real. “El obispo debe ser considerado como el gran sacerdote de su grey, de quien deriva y depende en cierto modo la vida en Cristo de sus fieles” 2.
La bendición de los óleos y la consagración del crisma puede hacerse después de renovar los compromisos o en otro punto más avanzado de la misa. La tradición más antigua coloca la bendición del óleo de los enfermos inmediatamente antes de terminar la plegaria eucarística; la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma tienen un interés especial. Todos los sacerdotes concelebrantes se asocian a la plegaria consecratoria, que es una de las más solemnes de la liturgia. Contiene una auténtica lección sobre la dignidad y poder de los sacramentos, en particular del bautismo.
El triduo pascual comienza con la misa vespertina de la cena del Señor.
Vincent Ryan
Cuaresma-Semana Santa
Paulinas.Madrid-1986.Págs. 80ss.
http://www.mercaba.org
1. Liturgia de las horas IV, 1201, oficio de lecturas para la fiesta de san Jenaro.
2. Constitución sobre la liturgia, 41.
El lavatorio de los pies
Joseph Ratzinger
En esta meditación quisiera interpretar un aspecto de la visión del misterio pascual que hallamos en el Evangelio de Juan. Muchos exegetas actuales se hallan de acuerdo en que el Evangelio de Juan se divide en dos partes:
a) un libro de los signos: c.2-12;
b) un libro de la gloria: c.13-21.
En esta distribución, sin duda, se acentúa con fuerza el misterio de los tres días, el misterio pascual. Los signos anuncian e interpretan anticipadamente la realidad de estos días, cuyo contenido principal se indica con la palabra «gloria».
1. En esta estructura, el capítulo 13 tiene una importancia particular. La primera parte del mismo expone, a través del gesto simbólico del lavatorio de los pies, el significado de la vida y de la muerte de Jesús. En esta visión desaparece la frontera entre la vida y la muerte del Señor, las cuales se presentan como un acto único, en el que Jesús, el Hijo, lava los pies sucios del hombre. El Señor acepta y realiza el servicio del esclavo, lleva a cabo el trabajo más humilde, el más bajo quehacer del mundo, a fin de hacernos dignos de sentarnos a la mesa, de abrirnos a la comunicación entre nosotros y con Dios, para habituarnos al culto, a la familiaridad con Dios.
El lavatorio de los pies representa para Juan aquello que constituye el sentido de la vida entera de Jesús: el levantarse de la mesa, el despojarse de las vestiduras de gloria, el inclinarse hacia nosotros en el misterio del perdón, el servicio de la vida y de la muerte humanas. La vida y la muerte de Jesús no están la una al lado de la otra; únicamente en la muerte de Jesús se manifiesta la sustancia y el verdadero contenido de su vida. Vida y muerte se hacen transparentes y revelan el acto de amor que llega hasta el extremo, un amor infinito, que es el único lavatorio verdadero del hombre, el único lavatorio capaz de prepararle para la comunión con Dios, es decir, capaz de hacerle libre. El contenido del relato del lavatorio de los pies puede, por tanto, resumirse del modo siguiente: compenetrarse, incluso por el camino del sufrimiento, con el acto divino-humano del amor, que por su misma esencia es purificación, es decir, liberación del hombre. Esta visión que nos ofrece San Juan contiene, además, algunos aspectos complementarios:
a) Si las cosas son así, la única condición de la salvación es el «sí» al amor de Dios, que se hace posible en Jesús. Esta afirmación no expresa en modo alguno una idea de apokatástasis general, que caería en el error de hacer de Dios una especie de mago y que destruiría la responsabilidad y la dignidad del hombre. El hombre es capaz de rechazar el amor liberador; el Evangelio nos muestra dos tipos de un rechazo semejante. El primero es el de Judas. Judas representa al hombre que no quiere ser amado, al hombre que piensa sólo en poseer, que vive únicamente para las cosas materiales. Por esta razón, San Pablo dice que la avaricia es idolatría (Col 3,5), y Jesús nos enseña que no es posible servir a dos señores. El servicio de Dios y el de las riquezas se excluyen entre sí; el camello no pasa por el hondón de la aguja (Mc 10,25).
b) Pero hay otro tipo de rechazo de Dios; además del rechazo del materialista, se da también el del hombre religioso, representado aquí por Pedro. Existe el peligro que San Pablo llamó «judaísmo» y que es duramente criticado en las cartas paulinas; consiste este peligro en que el «devoto» no quiera aceptar la realidad, es decir, no quiera aceptar que también él tiene necesidad del perdón, que también sus pies están sucios. El peligro que corre el devoto consiste en pensar que no tiene necesidad alguna de la bondad de Dios, en no aceptar la gracia; es el riesgo a que se halla expuesto el hijo mayor en la parábola del hijo pródigo, el riesgo de los obreros de la primera hora (Mt 20,1-16), el peligro de aquellos que murmuran y sienten envidia porque Dios es bueno. Desde esta perspectiva, ser cristiano significa dejarse lavar los pies o, en otras palabras, creer.
2. Vemos así que, a través de la escena del lavatorio de los pies, el evangelista interpreta no sólo la cristología y la soteriología, sino también la antropología cristiana. Para ilustrar esta afirmación quisiera esbozar ahora tres puntos:
a) Además de la vida y de la muerte de Jesús, esta visión comprende también los sacramentos del bautismo y de la penitencia, que nos sumergen en las aguas del amor de Jesús: la vida y la muerte de Jesús, el bautismo y la penitencia, constituyen juntamente el lavatorio divino, que nos abre el camino de la libertad y nos permite acceder a la mesa de la vida.
b) En esta escena se interpreta también el contenido espiritual del bautismo: el «sí» constante al amor, la fe como acto central de la vida del espíritu. c) De estos dos puntos se desprende una eclesiología y una ética cristianas. Aceptar el lavatorio de los pies significa tomar parte en la acción del Señor, compartirla nosotros mismos, dejarnos identificar con este acto. Aceptar esta tarea quiere decir: continuar el lavatorio, lavar con Cristo los pies sucios del mundo. Jesús dice: «Si yo, pues, os he lavado los pies, siendo vuestro Señor y Maestro, también habéis de lavaros vosotros los pies unos a otros» (13,14). Estas palabras no son una simple aplicación moral del hecho dogmático, sino que pertenecen al centro cristológico mismo. El amor se recibe únicamente amando.
Según el Evangelio de Juan, el amor fraterno se halla entrañado en el amor trinitario. Este es el «mandato nuevo, no en el sentido de un mandamiento exterior, sino como estructura íntima de la esencia cristiana. En este contexto, no carece de interés poner de relieve que San Juan no habla nunca de un amor universal entre todos los hombres, sino únicamente del amor que ha de vivirse en el interior de la comunidad de los hermanos, es decir, de los bautizados. Jn/A-H: No faltan teólogos modernos que critican esta posición de San Juan y hablan de una limitación inaceptable del cristianismo, de una pérdida de universalidad. Es cierto que existe aquí un peligro y que se hace necesario acudir a textos complementarios, como la parábola del samaritano y la del juicio final. A-H/C:Pero, entendido en el contexto de todo el Nuevo Testamento, en su indivisible unidad, Juan expresa una verdad muy importante: el amor en abstracto nunca tendrá fuerza en el mundo si no hunde sus raíces en comunidades concretas, construidas sobre el amor fraterno. La civilización del amor sólo se construye partiendo de pequeñas comunidades fraternas. Hay que empezar por lo concreto y singular para llegar a lo universal. La construcción de espacios de fraternidad no es hoy menos importante que en tiempos de San Juan o de San Benito. Con la fundación de la fraternidad de los monjes, San Benito se nos revela como el verdadero arquitecto de la Europa cristiana; él fue quien construyó los modelos de la nueva ciudad, inspirados en la fraternidad de la fe.
Volviendo al Evangelio, podemos afirmar que el relato del lavatorio de los pies tiene un contenido muy concreto: la estructura sacramental implica la estructura eclesial, la estructura de la fraternidad. Esta estructura significa que los cristianos han de estar siempre dispuestos a hacerse esclavos los unos de los otros, y que únicamente de este modo podrán realizar la revolución cristiana y construir la nueva ciudad.
3. Quisiera añadir a esta meditación dos exégesis de San Agustín a propósito del lavatorio de los pies; con estas interpretaciones, el Obispo de Hipona explica la tensión de su vida entre contemplación y servicio cotidiano.
a) En una primera consideración, san Agustín reflexiona sobre estas palabras del Señor: “Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio» (/Jn/13/10). El Santo se pregunta qué quiere decir: si uno se ha bañado, es decir, bautizado, todo él está limpio; ¿por qué y en qué sentido tiene necesidad de lavarse los pies? ¿Qué puede significar este lavatorio de los pies, siempre necesario después de haberse bañado, después del bautismo? Así responde el Santo Doctor: sin duda, el bautismo nos ha limpiado enteramente, incluso los pies. Estamos «limpios»; pero, mientras vivimos aquí abajo, nuestros pies pisan la tierra de este mundo. «Pues los mismos afectos humanos, sin los cuales no hay vida en esta nuestra condición mortal, son como los pies, con los cuales entramos en contacto con las realidades humanas; y estas realidades nos alcanzan de tal manera, que si dijéramos que estamos libres de pecado nos engañaríamos a nosotros mismos» (AUGUSTINUS, Tract. in Johan, LVI 4; C. Chr. XXXVI 468). Pero el Señor está en presencia de Dios y, en virtud de su intercesión, nos lava los pies día tras día en el momento en que nuestros labios pronuncian la oración: perdona nuestras deudas. Todos los días, cuando rezamos el Padrenuestro, el Señor se inclina hacia nosotros, toma una toalla y nos lava los pies.
b) San Agustín reflexiona inmediatamente después sobre otro texto de la Escritura, tomado del Cantar de los Cantares, en el que encuentra unos versículos -a primera vista enigmáticos, según él- sobre el tema del lavatorio de los pies. En el capítulo 5 del Cantar hallamos la siguiente escena: la esposa se encuentra en el lecho y duerme, pero su corazón vela. De pronto, un rumor la despierta; el amado llama: «¡Abreme, hermana mía!» La esposa se resiste: «Ya me he quitado la túnica. ¿Cómo volver a vestirme? Ya me he lavado los pies. ¿Cómo volver a ensuciarlos?»
Aquí comienza la reflexión del Santo Doctor. El amado que llama a la puerta de la esposa es Cristo, el Señor. La esposa es la Iglesia, son las almas que aman al Señor. Pero -dice San Agustín- ¿cómo pueden ensuciarse los pies si salen al encuentro del Señor, si van a abrirle la puerta? ¿Cómo podría ensuciarnos los pies el camino que conduce a Cristo, el camino que lava nuestros pies? Ante semejante paradoja, San Agustín descubre algo decisivo para su vida de pastor, para resolver el dilema entre su deseo de oración, de silencio, de intimidad con Dios y las exigencias del trabajo administrativo, de las reuniones, de la vida pastoral. El obispo dice: la esposa que se resiste a abrir son los contemplativos que buscan el retiro perfecto, se apartan por completo del mundo y quieren vivir exclusivamente para la belleza de la verdad y de la fe, dejando que el mundo siga su camino. Pero llega Cristo, resuenan sus pasos, despierta al alma, llama a la puerta y dice: «Tu vives entregada a la contemplación, pero me cierras la puerta. Tú buscas la felicidad para unos pocos, mientras fuera crece la iniquidad y el amor de la multitud se enfría…» Llama, pues, el Señor para sacar de su reposo a los santos ociosos y grita: «Aperi mihi, aperi mihi et praedica me!» A decir verdad, cuando abrimos las puertas, cuando acudimos al trabajo apostólico, nos ensuciamos inevitablemente los pies. Pero los ensuciamos por la causa de Cristo, porque aguarda fuera la multitud y no hay otro modo de llegar a ella que metiéndonos en la inmundicia del mundo, en medio de la cual se encuentra (Ibid.. LVII. 2-6 p. 470ss)
Así interpreta San Agustín su propia situación. Después de la conversión quiso fundar un monasterio, abandonar definitivamente el mundo y vivir con sus amigos dedicado por entero a la verdad, a la contemplación. Pero en el 391, cuando fue ordenado sacerdote en contra de sus deseos el Señor vino a desbaratar este reposo, llamó a su puerta y desde entonces no había día que no llamara; no le dejaba en paz: «¡Abreme y predica mi Nombre». Agustín llegaría a comprender que esta llamada que escuchaba a diario era realmente la voz de Jesús, que Jesús le impulsaba a ponerse en contacto con las miserias de la gente (por aquel tiempo, el Santo Obispo hacía también las funciones de Khadi, de juez civil) y que, por paradójico que esto pudiera resultar, era precisamente así como caminaba hacia Jesús, como se acercaba al Señor. «¡Abreme y predica mi Nombre!» Ante la generosa respuesta de San Agustín sobra todo comentario: «Y he aquí que me levanto y abro. ¡Oh Cristo, lava nuestros pies: perdona nuestras deudas, porque nuestro amor no se ha extinguido, porque también nosotros perdonamos a nuestros deudores! Cuando te escuchamos, exultan contigo en el cielo los huesos humillados. Pero cuando te predicamos, pisamos la tierra para abrirte paso; y, por ello, nos conturbamos si somos reprendidos, y si alabados, nos hinchamos de orgullo. Lava nuestros pies, que ya han sido purificados, pero que se han ensuciado al pisar los caminos de la tierra para abrirte la puerta (Ibid.. LVII, 6, p.472).
JOSEPH RATZINGER
EL CAMINO PASCUAL
BAC POPULAR MADRID-1990.Págs. 114-12
JESÚS: PAN PARTIDO QUE SE ENTREGA COMO ALIMENTO
Fernando Armellini
Entre tantos nombres con los que se ha llamado a la Eucaristía, el que mejor exprime el sentido y la riqueza del sacramento es “la fracción del pan”. Los discípulos de Emaús reconocen al Señor “al partir el pan” (Lc 24,35); la Comunidad de Jerusalén participa asiduamente a la catequesis de los apóstoles y a la “fracción del pan”; en Tróade, el primer día de la semana…“nos reuníamos para la fracción del pan” (Hch 20,7).
¿Por qué los primeros cristianos se sentían tan atraídos por esta expresión? ¿Qué recuerdos, qué emociones despertaba en ellos? La comida de los israelitas piadosos comenzaba siempre con una bendición sobre el pan; el cabeza de familia lo tomaba entre las manos, lo partía y lo ofrecíaa los comensales. No podía ser comido antes de ser partido y compartido por todos los presentes.
Desde niño, Jesús ha observado a José cumplir piadosamente todos los días este rito sagrado y, ya de adulto, Él mismo lo ha repetido muchas veces tanto en Nazaret, después de la muerte de su padre, como durante su vida pública cada vez que se sentaba a la mesa.
Pero una tarde, en Jerusalén, le dio al gesto un significado nuevo.
Durante la última Cena tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: “Esto soy yo. ¡Tomen, coman!” Palabras arcanas, enigmáticas, que los discípulos comprenderán solamente después de la Pascua.
Al término de su “jornada” en la tierra, el Maestro había resumido en este gesto toda su historia, toda su vida entregada. No había ofrecido cosa alguna sino así mismo, su propia persona como alimento, como lo había venido haciendo en cada instante de su existencia para saciar el hambre del hombre: hambre de Dios y de su Palabra, hambre del sentido de la vida, hambre de felicidad y de amor.
Conmovido frente a las “ovejas sin pastor”, se había sentado a enseñar muchas vecesrepartiendo a todos el pan de su Palabra (cf. Mc 6,33-34). A quien tenía hambre de perdón, le abría las puertas de la ternura de Dios. Nadie hubiera pensado en Jericó que Zaqueo tuviese hambre. Nadie había sospechado ni intuido su necesidad de compasión y aceptación. Nadie, a excepción de Jesús que vio, escondido entre las hojas de un Sicomoro, a aquel que se avergonzaba de ser visto en público. Entró en su casa y lo sació de amor y de alegría.
En cada “fracción del pan”, Jesús ofrece sobre la mesa eucarística toda su vida bajo el signo del pan y pide ser comido. En el mundo, en cambio, los hombres “se comen los unos a los otros”; luchan para imponerse y subyugar al prójimo. “Se devoran mutuamente” para acaparar los bienes y dominar. En esta competición despiadada por la “comida” vence el más fuerte.
Jesús ha revolucionado este modo inhumano de relacionarse. En vez de “comerse” a los otros, de luchar por la conquista de los reinos de este mundo –como le había sugerido el maligno– se ha convertido, él mismo, en alimento, dando así origen a una nueva humanidad. El gesto de poner sobre la mesa, frente a una persona hambrienta, un pedazo de pan y una copa de vino es una clara invitación no a que mire y contemple, sino a que se siente, coma y beba. Sobre el altar, el pan eucarístico es una propuesta de vida: comerlo significa unirse a Jesús, aceptar convertirse, como él, en pan y ofrecerse como alimento para el que tenga hambre.
“Nosotros no podemos vivir sin la cena del Señor”. “Sí, he participado en la asamblea y he celebrado la cena del Señor con mis hermanos, porque soy cristiano”. Pronunciadas por los mártires de Abitene, en el África proconsular, estas palabras revelan la pasión con que, en losprimeros siglos, los cristianos participaban cada domingo de la fracción del pan. Era para ellos una exigencia irrenunciable pues habían comprendido que era el signo distintivo de los discípulos del Señor Jesús.
Primera Lectura: Éxodo 12,1-8.11-14
1En aquellos días, el Señor dijo a Moisés y a Aarón en Egipto: 2”Este mes será para ustedes el principal, será para ustedes el primer mes del año. 3Digan a toda la asamblea de Israel: «El diez de este mes cada uno se conseguirá un cordero o un cabrito para su familia, uno por casa. 4Si la familia es demasiado pequeña para terminarlo, que se junte con el vecino de casa; el animal se repartirá según el número de comensales y lo que coma cada uno. 5Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. 6Lo guardarán hasta el día catorce del mes, y entonces toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. 7Con algo de la sangre rociarán el marco de la puerta de la casa donde lo coman. 8Esa noche comerán la carne, asada a fuego, acompañada de pan sin fermentar y verduras amargas…. 11Y lo comerán así: ceñidos con el cinturón, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y lo comerán rápidamente, porque es la Pascua del Señor. 12Esa noche atravesaré todo el territorio egipcio dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y daré un justo escarmiento a todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. 13La sangre será la contraseña de ustedes en las casas donde estén: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no los tocará la plaga exterminadora cuando yo pase hiriendo a Egipto. 14Este día será para ustedes memorable; en él celebrarán la fiesta del Señor. Y lo harán de generación en generación como una ley perpetua.»”
Todos los pueblos recuerdan los momentos gloriosos de la propia historia y tienden a fijarlos en ritos que evoquen y, en cierto modo, hagan revivir los acontecimientos del pasado. Ejemplos de estos ritos son los desfiles militares, la salva de cañones, los discursos conmemorativos, la inauguración de monumentos.
El Señor ha pedido a Israel no olvidarse de los prodigios con que ha sido liberado de Egipto: “Guárdate muy bien de olvidar los sucesos que vieron tus ojos, que no se aparten de tu memoria mientras vivas; cuéntaselos a tus hijos y nietos” (Dt 4,9). Israel es un pueblo fiel a su memoria y,cuando proclama la propia fe, no se extiende con razonamientos sino que recuerda y cuenta: “Mi padre era un arameo errante: bajó a Egipto y residió allí con unos pocos hombres… Los egipcios nos maltrataron, nos humillaron y nos impusieron dura esclavitud. Gritamos al Señor… y él nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido” (Dt 26,5-8). “Para no olvidarse” cada año, el día 14 del mes hebreo de Nisán (según el calendario hebreo bíblico), el pueblo judío comienza a celebrar con una cena que llaman Pésaj la liberación de Egipto, es decir, su nacimiento como pueblo.
En la lectura de hoy se señalan los momentos más significativos de esta comida: la selección del cordero, su inmolación, el rociar con sangre el marco de la puerta de las casas y el modo como debe ser cocinado y comido (vv. 1-8). Viene explicada la función de la sangre del cordero –signo que ha liberado a los israelitas de la muerte (vv. 11-13)– y finalmente viene dada la orden: “Este día será para ustedes memorable; en él celebrarán la fiesta del Señor. Y lo harán de generación en generación como una ley perpetua” (v. 14).
Durante la cena pascual, el cabeza de familia explica a los comensales sentados a la mesa el sentido de lo que están realizando, porque –se recuerda en el Haggadah– “en cada generación,cada uno debe considerarse como si hubiera salido de Egipto personalmente, porque el Señor no ha liberado solamente a nuestros padres, sino, junto a ellos, también a nosotros”.
Los israelitas no celebraban, por tanto, un acontecimiento del pasado, sino que festejaban su liberación personal. En Pésaj toman conciencia de su vocación como pueblo: han experimentado la esclavitud, han vivido en tierra extranjera y Dios los ha escogido para anunciar al mundo que Él es el Libertador que no tolera ninguna forma de esclavitud y que ama y protege al forastero y a cualquiera que sea sometido a opresión y humillación (cf. Éx 22,20).
Sin embargo, Israel no extrajo aprendizaje de la experiencia que atravesó. No fue capaz de“abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos”–como recomendaba el profeta (Is 58,6). No repudió toda forma de servidumbre; solomitigó la esclavitud practicada por otros pueblos (cf. Dt 15,12-18). Pensó que la tierra prometida por Dios era aquella que habían logrado arrebatar de los cananeos que la habitaban. No comprendió que la verdadera tierra de la libertad es aquella en la que Cristo ha introducido a todos aquellos que creen en él y se fían de su Palabra. De esta liberación, y del banquete eucarístico con que los cristianos continúan celebrándola, la Pascua de Israel era solo una pálidaimagen (1 Cor 10,6.11).
Segunda lectura: 1 Corintios 11,23-26
23Porque yo recibí del Señor lo que les transmití: Que el Señor Jesús, la noche que era entregado, tomó pan, 24dando gracias lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.” 25De la misma manera, después de cenar, tomó la copa y dijo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que la beban háganlo en memoria mía.” 26Y así, siempre que coman este pan y beban esta copa, proclamarán la muerte del Señor hasta que vuelva.
Un cierto lenguaje devocional e intimista ha contribuido a lo largo de los siglos a tergiversar y, a veces, hasta encubrir el significado auténtico de la Eucaristía.
La fracción del pan no tiene por finalidad capturar a Jesús para tenerlo más cerca, para poder adorarlo sino, sobre todo, para que sea alimento y bebida. El cristiano que se alimenta del pan eucarístico asume ante Dios y ante la comunidad un compromiso solemne: se une a Cristo para formar con él un solo cuerpo y, como la esposa y el esposo, “los dos se hacen una sola carne, de suerte que ya no son dos sino una sola carne” (Mc 10,7-8).
La celebración eucarística lleva consigo un peligro grave: que venga separada de la vida y se reduzca a un rito, a una práctica piadosa en la que se participa por obligación, pero de la que también se puede prescindir.
Sucede por desgracia que la vida se pueda convertir en una desmentida del gesto de partir el pan.Es por esto que todo cristiano debe sentirse interpelado por la severa llamada de atención que Pablo dirige a la comunidad de Corinto y que precede al pasaje que nos viene propuesto en la lectura de hoy: “Hay algo que no alabo: que sus reuniones traen más perjuicio que beneficio. Cuando se reúnen, no comen la cena del Señor” (1 Cor 11,17.20).
¿Qué sucedía en Corinto? Existían discordias y bandos, desmanes sexuales, etc., pero lo que más inquietaba a Pablo era un comportamiento particularmente escandaloso de los corintios: cuando se reunían para la santa cena algunos comían y bebían sin medida mientras que otros no tenían qué llevarse a la boca.
En Corinto –como en todas las comunidades primitivas– la eucaristía no se celebraba en las iglesias (aún no existían) sino en casas particulares que los cristianos ricos ponían a disposición de sus hermanos de fe. La comunidad de Corinto estaba compuesta casi en su totalidad por gente pobre, trabajadores, descargadores del puerto, esclavos. Los ricos, las personas influyentes, los nobles, eran pocos (cf. 1 Cor 1,26), pero se hacían notar por su arrogancia y prepotencia, y no se habían dado cuenta de que estas actitudes son incompatibles con la Eucaristía.
Sucedía, pues, que en el día establecido para la fracción del pan, los cristianos pudientes se solían reunir, ya desde las primeras horas de la tarde, en los triclinios (comedores) de las casas de alguno de ellos; reclinados en confortables divanes, se abandonaban a los placeres de la mesa mientras sus hermanos estaban trabajando. Cuando, rendidos de cansancio, se presentaban éstospara la celebración eucarística, eran recibidos con frialdad y a veces incluso con desdén.
Para mostrar cuán absurdo e incompatible con la fe en Cristo era semejante comportamiento, Pablo recuerda a los corintios el significado de la fracción del pan.
La Eucaristía no es un alimento para ser consumido en solitario: es pan partido y compartido con los hermanos. Los que lo comen se identifican con Cristo; declaran estar dispuestos a hacer propio su gesto de amor y se comprometen a dar también la vida por los hermanos y hermanas, como él ha hecho. Esta decisión no la toman por separado sino unidos en un único cuerpo con la comunidad. Es por tanto inadmisible que, mientras se realiza el rito que indica comunión y total disponibilidad a darse a los demás, se comporten de modo altanero, insolente, y se provoquen divisiones.
Una comunidad que se reúne para la fracción del pan con disposiciones interiores tan indignas“come y bebe su propia condena” (1 Cor 11,28-29); su celebración es una mentira, un monumento a la hipocresía.
Después del gesto sobre el pan –explica San Pablo a los corintios –Jesús tomó también el cáliz diciendo: “Esta copa es la nueva alianza sellada con mi sangre. Cada vez que la beban háganlo en memoria mía” (v. 25).
En la cultura semita, beber del mismo cáliz significaba declararse dispuestos a compartir unamisma suerte hasta la muerte. Jesús invita a beber su cáliz, lo que equivale a pedir al discípulo que haga de su vida, como hizo él, un don total de sí mismo. El riesgo de perder la vida asusta,pero Jesús asegura: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero quien pierda la vida por mi causa la hallará” (Mt 6,25).
Evangelio: Juan 13,1-15
Es sorprendente constatar que el evangelio de Juan no contenga el relato de la institución de la Eucaristía, como lo hacen los otros evangelistas.
Esta “laguna” sorprende todavía más si se tiene en cuenta que el evangelista dedica un capítulo entero al tema del “Pan vivo bajado del cielo” (Jn 6) y que el relato de la última Cena ocupa un cuarto de todo su evangelio (Jn 13–17). ¿Por qué ninguna mención en estos cinco capítulos al hecho más importante de la última Cena? No se trata, evidentemente, de un olvido. La omisión es intencional y, si se considera el episodio que la reemplaza, se comprende también el objetivo que Juan se ha propuesto.
En lugar de la institución de la Eucaristía, él nos presenta el lavatorio de los pies, un hecho que los otros evangelistas ignoran, pero que reviste suma importancia para el autor del cuarto evangelio. Con esta sustitución Juan quería hacer comprender a los cristianos de sus comunidades que “eucaristía y lavatorio de pies” son en cierta manera intercambiables, se completan, se entrelazan, están unidos entre sí, no se puede entender el uno sin el otro y viceversa.
El lavatorio de los pies aclara el significado y es el resultado inmediato de la fracción del pan, pone en evidencia qué significa para el discípulo entrar en comunión con el cuerpo y la sangre de Cristo en la Eucaristía.
La introducción del relato es solemne. Se inicia con la mención del tiempo: estaba aproximándose la Pascua, fiesta que celebra el paso de la esclavitud a la libertad.
Jesús está a punto de realizar su Pascua, su éxodo, su paso de este mundo al Padre; pero antestiene que sumergirse en las aguas profundas y tenebrosas de la Pasión y de la Muerte para trazar el camino e introducir a todos en la tierra de la libertad.
Después de la referencia a la Pascua, viene mencionada la hora, aquel “momento” misterioso al que Juan se ha referido ya varias veces en su evangelio.
La primera mención tiene lugar en Caná cuando Jesús dice a su madre: “todavía no ha llegado mi hora” (Jn 2,4). Seguidamente, en Jerusalén, nos encontramos con dos referencias más: nadie puso las manos sobre Jesús “porque no había llegado su hora” (Jn 7,30; Jn 8,20). Pocos días antes de su Pasión, Jesús anuncia que su hora está a punto de llegar: “Ha llegado la hora de que el Hijo del Hombre sea glorificado…Mi espíritu está agitado. Y ¿qué debo decir?¿Que mi Padre me libre de esta hora? No; que para eso he llegado a ‘esta hora’” (Jn 12,23.27).
Es el momento que tanto ha esperado y que le ofrece la oportunidad, después de haber amado inmensamente a los suyos, de dar la máxima prueba de su amor con el don de la vida.
Después de una referencia a la cena y a Judas –el discípulo que, movido por el maligno,estaba por entregar al Maestro a los sumos sacerdotes–, el relato prosigue en un tono muy solemne: “Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos y que había venido de Dios y a Dios regresaba…”.
¿Por qué este largo giro de palabras? Parece excesiva la alusión a la autoridad de Jesús, a su origen divino, a su destino final para introducir un –aparentemente banal– lavatorio de los pies.
El texto resulta redundante solo si no se cae en la cuenta del significado revolucionario del gesto realizado por Jesús. Para Juan tiene una importancia excepcional: aquel que está a punto de descender al nivel de un esclavo es nada menos que el Señor, el Unigénito, viendo al cual se ve al Padre (cf. Jn 14,9).
Antes y durante las comidas rituales, los israelitas piadosos solían realizar abluciones conagua. Al que presidía la cena, un siervo o el más joven de los comensales le lavaba las manos.Durante la última Cena sucede algo inaudito, que quedará grabado en la memoria del evangelista, nítido e indeleble, hasta en sus más mínimos detalles.
Ante la mirada estupefacta de los discípulos, Jesús se levanta de la mesa, se quita el manto, toma un mandil y se lo ata a la cintura; después, echa agua en un recipiente y se pone a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con el mandil que llevaba puesto. Todo se desarrolla en silencio. Callan los discípulos. La escena a la que están asistiendo es tan sorprendente que se quedan sin palabras. No dan crédito a sus ojos: Jesús se ha quitado el manto –como hacen los esclavos– y no les lava las manos sino los pies; se somete a un gesto tan humillante que un judío reducido a esclavitud tenía que negarse a hacerlo para no deshonrar a su pueblo.
Jesús lo hace: Él, Dios. El estupor de los discípulos es comprensible: han vivido tres años junto a Jesús, lo han reconocido como el Cristo y esperan impacientes que lleve a cumplimiento las Escrituras. Ellos saben que el Mesías “dominará de mar a mar… que sus enemigos morderán el polvo…y que todos los reyes se postrarán ante él y que todos los pueblos lo servirán” (Sal 72,8-11).
La escena que se desarrollaba lentamente ante los ojos de los discípulos aquella noche en el cenáculo, hizo desvanecer todas sus esperanzas de gloria. El Dios que había venido para habitar entre nosotros (cf. Jn 1,14) acababa de poner todas sus cartas sobre la mesa, mostrando así su verdadera identidad. En el gesto del lavatorio de los pies, los discípulos han podido leer claramente quién es Jesús: no el “amo”, sino el “esclavo”. ¡Imposible imaginar una revelación de Dios más sorprendente! Y, sin embargo, este Dios-siervo es el único verdadero; todos los demás son ídolos creados por la mente humana.
Ahora comenzamos a intuir la razón de la importancia que Juan atribuye a este episodio.Lavando los pies a los discípulos, Jesús ha destruido de una vez para siempre la imagen de Diosque los hombres se habían fabricado y se siguen fabricando: un dios potente y soberano, sentado en su trono, que exige adoración, ofrendas, obediencia y actos de sumisión por parte de los súbditos, so pena de represalias y castigos; un Dios dominador que destruye a cuantos osan oponerse a él.
Jesús, por el contrario, nos muestra un rostro de Dios completamente diferente: el de un Dios que se arrodilla delante de su criatura, el hombre, a quien coloca sobre un pedestal, mientras él –elOmnipotente– se prostra para servirlo. Él es el único Dios que nos invita a que creamos en él. ¡O lo aceptamos como es o lo rechazamos!
Ante semejante escena del lavatorio de los pies –una escena que provoca vértigos– se revelan grotescas y patéticas nuestras ansias de besamanos, reverencias, títulos honoríficos yreconocimientos, como mezquino aparece también nuestro afán por escalar posiciones cada vez más altas. Pedro comprende ahora que el Maestro está introduciendo en el mundo un principio que cambiará radicalmente todos los esquemas hasta ahora dictados por el buen sentido e invalidará los criterios de juicio que se ajustan a la lógica de los hombres.
No es posible, dice esta lógica humana, es totalmente inadmisible que los superiores, los más dotados, los que con mérito y esfuerzo han logrado sobresalir y ganarse a pulso una posición de prestigio, deban considerarse siervos de los últimos. Esta quizás fuera también la convicción de Pedro quien, en nombre de los demás, pregunta estupefacto: “¿Señor, tú me vas a lavar los pies?”, para terminar con un rechazo categórico: “¡No me lavarás los pies jamás!”. No acepta que el Maestro realice este gesto.
Jesús no se maravilla de la incapacidad de Pedro para comprender: la lógica del servicio gratuito e incondicional está tan lejos del pensamiento de los hombres como lo está el cielo de la tierra. No le sorprende que para Pedro sea inaceptable; ya en otra ocasión le hizo saber que no pensabasegún Dios sino según los hombres (cf. Mc 8,33).
“Si no te lavo los pies, no tendrás parte conmigo”, le dice. No es una reprimenda y ni siquiera una invitación a aceptar, como norma de la propia vida, el gesto que ha realizado el Maestro. Sería pretender demasiado de un discípulo desconcertado y titubeante.
Jesús no le dice: “Si no aceptas lavar los pies a los hermanos no tienes nada que ver conmigo” sino “Si yo no te lavo los pies”. Es Jesús –no Pedro– quien debe lavar los pies. A Pedro se le pide solamente no impedir a Dios que revele la propia identidad de esclavo del hombre. Si Pedro trata de impedírselo, no obtendrá la salvación.
Recibir la salvación significa dejarse liberar de la convicción de que la única manera de ser hombre es dominar y hacerse servir. Quien rechaza esta propuesta sugerida por el maligno y acepta lo que hace Dios, es decir, ser siervo de todos, está salvado.
La salvación ha llegado al hombre cuando Jesús realizó el descenso cantado en el célebre himno cristológico de la Carta a los Filipenses: “quien, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de ser igual a Dios sino que se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz (Fil 2,5-8).
Concluido el diálogo con Pedro, el relato prosigue con la descripción detallada de los gestos realizados por Jesús: “Se puso el manto, volvió a la mesa y se sentó…”. Todo movimiento viene detallado escrupulosamente por el evangelista para que captemos su simbolismo.
Jesús se había quitado el manto, gesto que indicaba su identidad de esclavo. Eran los esclavos los que vestían ropa ligera para moverse más libremente. Ahora Jesús se pone el manto de nuevo y se sienta. Ambos gestos aluden a la condición de persona libre (los esclavos no llevaban túnicasy permanecían de pie, listos para acudir a las órdenes del dueño).
Después de haber dado la propia vida sirviendo al hombre, Jesús ha entrado en la condición gloriosa del cielo y el Padre lo ha hecho sentar a su derecha. Es de notar un detalle que corre el riesgo de pasar inadvertido: Juan no dice que Jesús se ha quitado el mandil antes de ponerse la túnica de nuevo. El “mandil” no se lo quita, sino que se lo lleva puesto al paraíso. No ha bajado a la tierra para recitar la parte del siervo para volver después al cielo y hacer de patrón. Permanece siempre siervo porque esta es la identidad de Dios.
El “mandil”, símbolo del servicio, es la divisa del cristiano y, como tal, no se la puede quitar,debe llevarla puesta las 24 horas del día. En cualquier momento un hermano puede tener necesidad de él y él tiene que estar siempre dispuesto a correr en su ayuda.
Es por este “mandil”, y no por otros uniformes o divisas, que los cristianos deben ser reconocidos. Unos versículos más adelante, Jesús propone en forma de testamento el punto central de esta propuesta de vida: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a losotros como yo los he amado: ámense así unos a otros. En esto reconocerán todos que son mis discípulos: en que se aman unos a otros” (Jn 13,34-35). Discípulo es aquel que sigue las huellas del maestro.
“Tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5), recomienda Pablo a los Filipenses.Les he dado el ejemplo –dice Jesús– para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes. Él “no ha venido a ser servido sino a servir” (Mc 10,45). También sus discípulos, siguiendo su ejemplo,están llamados a convertirse en siervos.
Ahora podemos retomar el tema de la Eucaristía. El lavatorio de los pies nos ha hecho comprender las implicaciones que lleva consigo el gesto de acercarse al altar para “recibir el pan eucarístico”. Significa aceptar conscientemente el identificarse con Aquel que, durante toda su vida, ha endosado “el mandil”. Comer su cuerpo y beber su sangre quiere decir convertirse en un solo cuerpo con Él.
En la segunda lectura, Pablo recomendaba que, antes de la fracción del pan, cada uno hiciera un examen de conciencia. Y la pregunta, la única pregunta que debemos ponernos y que resume todos los compromisos de la vida cristiana es esta: ¿He llevado siempre el “mandil” o estoy desnudo y, como Pedro en el lago de Tiberías (cf. Jn 21,7), tengo necesidad de vestirme antes desalir al encuentro de Cristo?
“Les aseguro que el sirviente no es más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía.Serán felices si, sabiendo estas cosas, las cumplen” (vv. 16-17). El pasaje que la liturgia de hoy nos propone no incluye estos dos versículos. Nosotros los añadimos porque son la conclusión de todo el relato.
Despojarse, hacerse esclavos, vestir el “mandil”, es un camino que parece tener como meta última el dolor, la humillación y la muerte. Una cierta espiritualidad del pasado ha presentado, de hecho, la adhesión a Jesús como una búsqueda de sufrimiento y de dolor como medio para agradar a Dios. De aquí la conclusión de que la vida cristiana no sea fuente de alegría sino de angustia y miedo.
El hombre busca la felicidad. Es Dios quien le ha puesto en el corazón este deseo incontenible. Es difícil, sin embargo, descubrir el camino para alcanzarla y fácil proponernos objetivos equivocados que solo conducen a la desilusión y a la tristeza.
Se peca cuando buscamos una felicidad ilusoria. El Evangelio es Buena noticia, propone lafelicidad. Contra toda lógica humana, Jesús garantiza a quienes se fían de su propuesta: “¡Seránfelices!”
He aquí la sorpresa: el don de sí mismo es el único camino que lleva a la felicidad. Es la primera de las bienaventuranzas que se encuentra en el evangelio de Juan. La segunda la dirigirá Jesús a Tomás: “¡Felices los que crean sin haber visto!” (Jn 20,29). Dos bienaventuranzas: una para quien practica la caridad, la otra para quien tiene fe.