Año A – Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor
Mateo 21,1-11 (Bendición de los ramos)
Mateo 26,14–27,66 (Pasión del Señor)

«En este día la Iglesia conmemora a Cristo Señor que entra en Jerusalén para llevar a cumplimiento su misterio pascual», dice una nota litúrgica. Con el Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor comenzamos la Semana Santa, llamada también la Gran Semana.

Este domingo tiene dos caras, es decir, dos partes bien distintas. La primera: el rito de los ramos, seguido de la procesión, caracterizado por la alegría y el entusiasmo. La segunda: la Eucaristía, con la proclamación de la Pasión, marcada por la tristeza, el fracaso y la muerte.

Domingo de Ramos: la burra y su pollino

Meditando sobre el Evangelio de la bendición de los ramos (Mateo 21,1-11), dirigimos nuestra atención a dos protagonistas singulares: la burra y su pollino.

La mesianidad de Cristo exige un cambio profundo de mentalidad. Por eso Jesús retoma una profecía mesiánica olvidada, que presenta a un Mesías humilde y manso, que prefiere el asno al caballo, animal de carga: «He aquí que tu rey viene a ti, humilde, montado en una burra y en un pollino, hijo de animal de carga» (Zacarías 9,9). Jesús es el Mesías que lleva sobre la cruz nuestros pesos: «Él tomó nuestras dolencias y cargó con nuestros sufrimientos» (Isaías 53,4). En consecuencia, también el cristiano está llamado a hacer lo mismo: «Llevad los unos las cargas de los otros: así cumpliréis la ley de Cristo» (Gálatas 6,2). Con una provocación, Silvano Fausti afirma: «Porque toda la ley de Cristo es la ley del asno».

Entonces, el pollino junto a la burra puede representar al discípulo, es decir, a cada uno y cada una de nosotros, llamados a aprender del Maestro.

Comenta al respecto el teólogo Paolo Scquizzato:
«Cuando el cristianismo, la Iglesia, cada uno de nosotros, sabiendo que la única forma de existencia es vivir como el asno, comience a guiñar el ojo al “mundo”, a los reyes y a los poderosos de la tierra, deseando vivir y ser como ellos mediante el poder, la riqueza y el éxito, entonces se producirá una especie de trágica hibridación. Nosotros, hechos para vivir como asnos, nos uniremos al caballo, símbolo desde siempre del poder mundano, y el resultado será encontrarnos como mulos, animales estúpidos pero sobre todo estériles».

Para interiorizar el relato de la Pasión

De la alegría de la entrada mesiánica pasamos ahora al corazón dramático de la Pasión.

Este relato es la parte más antigua de los Evangelios, y podríamos decir que es su columna vertebral. Los cuatro evangelistas siguen el mismo esquema. Sin embargo, cada uno tiene su propia manera de narrarlo, con distintas perspectivas teológicas y catequéticas, y con detalles particulares en su relato. San Mateo subraya el cumplimiento de las Escrituras, especialmente del «Siervo sufriente» del profeta Isaías y del Salmo 21 (22). Jesús, antes de convertirse en Palabra anunciada, escucha y cumple la Escritura (Isaías 50,5).

He aquí tres pistas para reflexionar sobre el relato de la Pasión según san Mateo:

  1. ¡El Señor quiere celebrar la Pascua conmigo!
    «Id a la ciudad, a casa de un tal, y decidle: “El Maestro dice: mi tiempo está cerca; celebraré la Pascua en tu casa con mis discípulos”». Un tal: el anonimato puede hacernos pensar que ese hombre soy yo. El Señor quiere celebrar la Pascua conmigo. No viene solo, sino con los suyos. ¿Qué debo hacer para acogerlo?
  2. ¿Mi papel en este drama?
    Una forma de acercarse a este largo relato puede ser fijar la atención en cada personaje que interviene en este drama (son muchísimos: entre grupos y personas, unos treinta) y preguntarnos en cuáles nos vemos reflejados. Cada uno de nosotros tiene su papel en este drama. Cada persona que interviene interpreta un rol en el que se cumple la Escritura. ¿Qué palabra se cumple en mí?
  3. ¡“Descrucificar” a Dios!
    La Pasión revela el verdadero rostro de Dios. Hemos hecho de Dios un faraón que reina más allá de las estrellas… y del hombre el sujeto, el servidor, el esclavo de ese Dios. Dice Maurice Zundel (1897-1975), uno de los mayores autores místicos del siglo pasado:
    «Existe una distancia infinita entre el relato del Génesis y el de la agonía de Jesús. El jardín del Edén y el jardín de Getsemaní son dos jardines en los que el rostro de Dios aparece bajo una luz extremadamente distinta… En el Génesis, el mal era una desobe­diencia a un mandato emanado de una Autoridad soberana. En el jardín de la agonía, el mal es una herida mortal infligida a Alguien que está desarmado, que no puede defenderse porque es solo Amor… porque es solo Amor, hasta el punto de buscar en sus discípulos una compasión que no encuentra, pues están dormidos» (de una conferencia del 1/11/1967).
    Esta realidad lleva a Maurice Zundel a decir que «ya no se trata de salvar al hombre, sino de salvar a Dios» y de «descrucificarlo», de quitar a Dios de la cruz, como quería hacer san Francisco. ¿Cómo podemos hacerlo? Colaborando para liberar a los crucificados de hoy de la injusticia que los oprime.

Concluyendo…

Entramos en el corazón del año litúrgico. Tras los cuarenta días de preparación, nos disponemos a celebrar el misterio de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Jesús (Triduo Pascual). Un misterio «tremendo» e inefable, tenebroso y luminoso, ante el cual quedamos atónitos e incrédulos: «¿Quién ha creído nuestro anuncio?» (Isaías 53,1). La Iglesia y sus hijos viven esta semana como un «retiro espiritual», en recogimiento y oración, en comunión íntima y profunda con su Señor.

¡Feliz inicio de la Semana Santa, corazón de nuestra fe!

P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ



P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra