¡También Dios llora!
Año A – Cuaresma – 5º domingo
Juan 11,1-45: “¡Lázaro, sal fuera!”
El Evangelio del quinto (y último) domingo de Cuaresma tiene como protagonista a Lázaro, después de la samaritana y del ciego de nacimiento de los domingos anteriores. Se trata de la tercera catequesis bautismal, centrada en la vida, después de las del agua y la luz.
El pasaje narra la resurrección de Lázaro de Betania, hermano de Marta y María y amigo de Jesús. Es el séptimo “signo” del Evangelio de Juan, el más grande, que marca el paso entre la primera y la segunda parte de su Evangelio. La Pascua está ya cerca y se nos invita a contemplar este signo como anticipación de la muerte y resurrección de Jesús.
Me detengo en un aspecto particular: el llanto de Jesús.
El precio de una amistad
Esta página del Evangelio nos revela la profunda humanidad de Jesús. Hombre como nosotros, tenía amigos y cultivaba la amistad. La casa de Lázaro, Marta y María, en el pueblo de Betania, a las puertas de Jerusalén, era para él —alguien sin domicilio fijo— un oasis de paz y de descanso. Allí se sentía como en su casa, en familia.
“Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Precisamente por eso, cuando Lázaro se enferma, las hermanas mandan a decirle: “Señor, el que tú amas está enfermo”. Sin embargo, Jesús no se apresura. Parte solo dos días después. No va para curar, sino para resucitar: “Lázaro, nuestro amigo, se ha dormido; pero voy a despertarlo”.
Los apóstoles le recuerdan el peligro: en Judea buscan matarlo. Jesús podría haber curado al amigo también a distancia, como hizo con el hijo del funcionario en Cafarnaúm (Juan 4,46-54). Pero la amistad requiere cercanía física. Y así Jesús arriesga su vida por Lázaro. De hecho, esta decisión le será fatal.
El encuentro con Marta primero y luego con María es conmovedor. Ambas, de manera velada y con tristeza, reprochan a Jesús su retraso: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Ante Marta, Jesús logra contener la emoción, pero cuando ve a María llorar, se conmueve profundamente.
Ante la tumba de su amigo, rompe a llorar, con sollozos, de tal modo que los presentes exclaman: “¡Mirad cómo lo amaba!”. Son lágrimas de amor y de dolor, pero no de resignación. En ellas hay también una protesta contra la muerte, esta realidad tan extraña al proyecto de Dios (Sabiduría 2,24). Y enseguida, aún marcado por el llanto, Jesús grita con fuerza: “¡Lázaro, sal fuera!”. El verbo griego usado aquí por Juan (kraugazein) significa gritar y es muy raro, usado muy pocas veces en la Biblia.
Una comunidad de hermanos y hermanas
Pero este relato no habla solo de Jesús y de Lázaro. Habla también de nosotros. Llama la atención que se hable de hermanos y hermanas, no de una familia en sentido estricto. Es como si el Evangelio quisiera ampliar la mirada: esta es la imagen de la comunidad cristiana, donde todos somos hermanos y hermanas.
Lázaro somos cada uno y cada una de nosotros en nuestra fragilidad, especialmente frente al dolor y la muerte. Cuántas veces también nosotros nos hemos sentido como dice el salmista: “Me has puesto en lo más profundo de la fosa, en las tinieblas de los abismos” (Salmo 88,7). El Señor no permanece indiferente ante esta realidad. Comprende también nuestras reacciones de rebeldía y de ira. Son sentimientos que él mismo experimentó.
Marta y María somos también nosotros cuando compartimos el dolor de los demás, cuando lloramos con los que lloran (Romanos 12,15). Hemos invocado al Señor… ¿y qué hace él? Viene y llora con nosotros. He aquí una novedad inconcebible: ¡también Dios llora con nosotros!
Si la Escritura habla de copas que recogen las oraciones de los santos (Apocalipsis 5,8), podemos imaginar que Dios recoge también nuestras lágrimas. Ninguna se pierde: “Recoge mis lágrimas en tu odre; ¿no están todas escritas en tu libro?” (Salmo 56).
En la Biblia, un río de lágrimas
El llanto abunda en la Sagrada Escritura. Un río de lágrimas la recorre. Su fuente brota de los ojos de nuestros primeros padres, Adán y Eva, a menudo representados llorando en las pinturas después de haber sido expulsados del paraíso. Es un torrente que crece y se convierte en un río caudaloso en los Salmos.
Se esperaba que el Mesías secara este río (Isaías 25,8). Sin embargo, Jesús no responde a esta expectativa. Más bien, hace del llanto una bienaventuranza. Él, hombre como nosotros, también llora y alimenta este río (Hebreos 5,7), pero lo orienta hacia el corazón del Padre. “Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor” (Apocalipsis 21,4).
Para concluir
Tal vez Dios se hizo hombre también para poder llorar con nosotros. Como escribe David Maria Turoldo: “Pero tú no tenías lágrimas / a nosotros, en cambio, nos fue dado / llorar. / ¿Será esto lo que te impulsó hacia nosotros?”
Y quizá este Evangelio nos invita a cambiar nuestra manera de pensar a Dios: ya no el Dios de los milagros fáciles, sino un Dios que solloza con nosotros (don Angelo Casati).
“Ya no podemos decir, cuando el dolor nos oprime: ‘Señor, si hubieras estado aquí…’. Porque ahora él está siempre aquí: no tiene que ‘venir’, porque nunca se ha ido y nunca ha dejado de permanecer aquí —como había prometido— ‘todos los días’. Nunca ha dejado de amarnos, está llorando con nosotros, ya ha comenzado a resucitarnos” (mons. Francesco Lambiasi).
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra