5º Domingo de Cuaresma (A)
Juan 11,1-45
SÍ QUIERO MORIR YO
José Antonio Pagola
Jesús nunca oculta su cariño hacia tres hermanos que viven en Betania. Seguramente son los que le acogen en su casa siempre que sube a Jerusalén. Un día, Jesús recibe un recado: «Nuestro hermano Lázaro, tu amigo, está enfermo». Al poco tiempo Jesús se encamina hacia la pequeña aldea.
Cuando se presenta, Lázaro ha muerto ya. Al verlo llegar, María, la hermana más joven, se echa a llorar. Nadie la puede consolar. Al ver llorar a su amiga y también a los judíos que la acompañan, Jesús no puede contenerse. También él «se echa a llorar» junto a ellos. La gente comenta: «¡Cómo lo quería!».
Jesús no llora solo por la muerte de un amigo muy querido. Se le rompe el alma al sentir la impotencia de todos ante la muerte. Todos llevamos en lo más íntimo de nuestro ser un deseo insaciable de vivir. ¿Por qué hemos de morir? ¿Por qué la vida no es más dichosa, más larga, más segura, más vida?
El hombre de hoy, como el de todas las épocas, lleva clavada en su corazón la pregunta más inquietante y más difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Es inútil tratar de engañarnos. ¿Qué podemos hacer ante la muerte? ¿Rebelarnos? ¿Deprimirnos?
Sin duda, la reacción más generalizada es olvidarnos y «seguir tirando». Pero, ¿no está el ser humano llamado a vivir su vida y a vivirse a sí mismo con lucidez y responsabilidad? ¿Solo hacia nuestro final nos hemos de acercar de forma inconsciente e irresponsable, sin tomar postura alguna?
Ante el misterio último de la muerte no es posible apelar a dogmas científicos ni religiosos. No nos pueden guiar más allá de esta vida. Más honrada parece la postura del escultor Eduardo Chillida, al que en cierta ocasión le escuché decir: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Los cristianos no sabemos de la otra vida más que los demás. También nosotros nos hemos de acercar con humildad al hecho oscuro de nuestra muerte. Pero lo hacemos con una confianza radical en la bondad del Misterio de Dios que vislumbramos en Jesús. Ese Jesús al que, sin haberlo visto, amamos y al que, sin verlo aún, damos nuestra confianza.
Esta confianza no puede ser entendida desde fuera. Solo puede ser vivida por quien ha respondido, con fe sencilla, a las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees tú esto?». Recientemente, Hans Küng, el teólogo católico más crítico del siglo XX, cercano ya a su final, ha dicho que, para él, morirse es «descansar en el misterio de la misericordia de Dios». Así quiero morir yo.
José Antonio Pagola
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Vivir en la luz de hijos de Dios
1. Lecturas de la Misa del día Ezequiel 37, 12-14 : al modo como Jesús salió del sepulcro, el pueblo saldrá de su exilio “Dice el Señor : yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío… Y cuando abra vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis…”
Carta de San Pablo a los Romanos 8, 8-11 : el Espíritu de Jesús habita en los fieles. “Los que están sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Vosotros no estáis en la carne sino en el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo..”
Evangelio según San Juan 11, 1-45 : narración de la resurrección de Lázaro. “Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: esta enfermedad no acabará en la muerte sino que será para gloria de Dios…. Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo… Lázaro ha muerto… Tu hermano, Marta, resucitará… Lázaro, ven afuera..”
2. Cristo “agua viva”, “luz del mundo”, “resurrección y vida”.
2.1. El contexto litúrgico-teológico de estos domingos de Cuaresma no ha ido llevando desde el pecado al arrepentimiento; de éste a la amistad y gracia ; de ésta a Cristo: agua viva y luz del mundo. Y hoy nos presenta al mismo Cristo como resurrección y vida. El panorama no puede ser más positivo y consolador.
2.2. En ese ámbito de “resurrección y vida”, que anticipa en cierta forma la victoria del Señor que celebraremos en la Pascua, ocupa el primer plano de la escena litúrgica y bíblica la narración de la resurrección de Lázaro, por Jesús, su amigo. Pero no hay que despreciar otras insinuaciones bellísimas, como son la infusión de espíritu nuevo que Ezequiel anuncia y la vida en el Espíritu que predica Pablo a sus fieles de Roma. Tenemos, de ese modo, tres reflexiones sobre el cambio de mentalidad y vida que se debe operar en nuestras conciencias cristianas.
3. Infusión de espíritu nuevo en el hombre
3.1. La Sagrada Escritura es revelación amorosa de Dios al hombre para que éste conozca su voluntad creadora y re-creadora o salvífica. Por eso la Palabra es siempre mensaje de vida, de luz, de amistad, aunque a veces parezca que reviste otras tonalidades en el lenguaje.
3.2. Las manifestaciones de la Palabra en el profeta Ezequiel tienen, a su vez, toda la fuerza imaginativa de su poder creador literario: él ve cómo los huesos, vivificados, se yerguen y se reestructuran; cómo los corazones ingratos son bloques de piedra que, vivificados, se hacen blandos como la carne… Hoy nos lleva a contemplar al “pueblo elegido” como a cadáveres que, saliendo del sepulcro de la ingratitud o pecado, reciben del Señor el “espíritu de vida”…
3.3. Si nosotros queremos prolongar la imagen del profeta, podemos decir: así como Jesucristo, muerto por nuestros pecados, salió triunfante del sepulcro para vivir por siempre y darnos vida a quienes nos sepultemos con él, así el pueblo de Israel fue convocado por Yavé para que, cerrando el sepulcro del exilio y del pecado, volviera a la tierra de promisión y gracia.
3.4. Después de considerar esas imágenes impresionantes, sólo resta a cada cual preguntarse: ¿de qué sepulcro de pecado (injusticia, odio, egoísmo, opresión..) tengo que salir para encontrar a los hombres y a Cristo?
4. La vida según el Espíritu
4.1. En Pablo se prolonga la reflexión de Ezequiel, pero bajo otra imagen: la de quien vive según la carne (pecado) o según el Espíritu (gracia, amistad).
4.2. Vivir según la carne es estar sometidos a cualquier tipo de desorden moral en el modo de afrontar el sentido de la existencia: poniendo a los demás al servicio de uno mismo, llamando justicia al propio parecer o interés, asumiendo papeles o actitudes que destruyen la autonomía de los otros, convirtiendo en objeto de placer a quien merece respeto sumo, almacenando en graneros el pan que reclaman los hambrientos… Ese es el punto de partida del que es necesario huir para no verse cada cual víctima de sus miserias y generador de miserias para los demás.
4.3. En cambio, vivir según el Espíritu equivale a la búsqueda de orden moral en todas las dimensiones de la existencia: vivir en manos de Dios y alargando la mano al hermano, asumir su pequeñez de criatura y sentir la presencia del Creador, celebrar y agradecer la existencia con su dones y saber administrarla como don del Señor, trabajar cada día para ganar honradamente el pan y no malgastarlo mientras otros carecen de él …
4.4. Quien vive según el Espíritu, en el espíritu de las bienaventuranzas, es el mejor preparado para confiar en el Señor que nos promete “vivificar nuestros cuerpos mortales, al final de la vida, por el mismo Espíritu”, pues éste ya “habita” en quien le ama y se deja amar.
5. Vida, muerte y resurrección en Cristo
5.1. ¿En quién podemos poner nuestra confianza y esperanza para que ese mensaje de “vida eterna” que se nos ofrece en la “vida según el Espíritu” se haga realidad? Para los creyentes, la esperanza es Cristo, y la confianza hay que ponerla en él. ¿La ponemos realmente?
5.2. Veamos un ejemplo de confianza y de vida en esperanza: cómo era la confianza y esperanza de la familia de Lázaro en el Señor:
– Eran amigos: “Lázaro, tu amigo, está enfermo”. Entre Jesús, Lázaro, Marta y María, hay amistad sincera, comunicación de vida íntima, vida según el Espíritu. También nosotros hemos de vivir en amistad. Jesús responde a la amistad: vamos a verle…, ha muerto.
– ¡Si hubieras estado aquí! : Marta cree en el poder de Jesús, y estima que su presencia ante el dolor y la muerte hubiera destruido ambas cosas. Esto es un canto a la fuerza del amor, a la amistad sincera que es más fuerte que la muerte… Pero Marta no ve más allá de sus propios ojos… Jesús siempre está presente en el Espíritu: cuando quiere, para sanar; habitualmente para enseñarnos a sobrellevar el dolor.
– Fe y vida : La mirada de fe se prolonga más allá del hoy caduco y doloroso. El conjunto de las obras de amor adquiere su plenitud en la eternidad de vida nueva. Por eso dice Jesús: Tu hermano resucitará . En ese punto está conforme y confiada Marta: Sí, acepto, ese es el destino final … Nadie muere del todo…
– Autorrevelación de Jesús : Jesús ha esperado hasta este momento para decidirse a comunicar a Marta el mismo mensaje salvífico que ya le había manifestado a la Samaritana: “yo soy la resurrección…”. Pero ahora lo hace de forma esplendorosa: Marta, Marta, tengo algo muy grande que revelarte : “Yo soy la resurrección y a la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?… Si, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios..”
6. Conclusión Salir del sepulcro, regresar del exilio, dejarse guiar por el Espíritu, creer que Jesús es el Mesías, Salvador, Redentor…, es vivir en la luz de hijos de Dios.
DOMINICOS
Convento de San Gregorio
Valladolid
FE EN LA VIDA DESPUÉS DE LA VIDA
José Luis Sicre
Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.
En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).
Cinco facetas de Jesús
El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.
¿Un mal amigo?
El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.
Un amigo decidido y arriesgado.
Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Y habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».
Jesús y Marta: el teólogo
Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rarezas? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.
Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo?
La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.
Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».
Su respuesta sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta esconde un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».
Jesús y María: el amigo profundamente humano
Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.
Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.
Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios
Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».
Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).
El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.
Nota sobre la fe en la resurrección
La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.
Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»
Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).
Primera lectura
Culmina la síntesis de la Historia de la salvación, recordada por las primeras lecturas durante los domingos de Cuaresma. En este caso existe estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.
Reflexión final
Nos queda poco para celebrar la Semana Santa. Recordar el sufrimiento y la muerte de Jesús es relativamente fácil. Aceptar que resucitó, y que en él tenemos la resurrección y la vida, es más difícil, un regalo que debemos pedir a Dios.
Misioneros de la vida
Romeo Ballan, MCCJ
La vida es el tema común de las lecturas de este V domingo de Cuaresma: la vida que vence los sepulcros, como lo profetiza Ezequiel (I lectura); la vida que se nos da por medio del Espíritu que habita en nosotros, como insiste San Pablo (II lectura); la vida nueva que es Jesús mismo (Evangelio): “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Hay un ‘crescendo’ temático hacia la Pascua; aumentan los signos: agua, luz, vida… Con sabia pedagogía, la Iglesia acompaña a los cristianos hacia la Pascua, instruyéndolos con catequesis bautismales, adecuadas para los catecúmenos que se preparan a recibir el Bautismo, y para los fieles bautizados que renovarán las promesas bautismales. En el III domingo de Cuaresma el símbolo era el agua, en el diálogo entre Jesús y la Samaritana; el domingo pasado el tema central era la luz, en la sanación del ciego de nacimiento; hoy el signo es la vida, con la resurrección de Lázaro. Los tres signos van acompañados de insistentes afirmaciones de Jesús sobre su identidad y su misión, con palabras que hacen referencia a la autodefinición de Dios a Moisés en el Éxodo: “Yo-Soy” (Ex 3,14). Jesús hace suya esta definición divina afirmando: Yo soy el Mesías, Yo soy la luz del mundo, Yo soy la vida.
En estos tres domingos son múltiples las referencias al sacramento del Bautismo, tanto en las lecturas bíblicas como en otros textos litúrgicos (antífonas, oraciones, prefacio…). En las jóvenes Iglesias misioneras, aunque no solo en ellas, la noche de Pascua asume una solemnidad particular con los sacramentos de la iniciación cristiana que se administran a numerosos catecúmenos, adultos y jóvenes. Se trata de fiestas que llenan el corazón y la vida de los misioneros, de los pastores de las Iglesias locales y de las comunidades cristianas.
La resurrección de Lázaro se encuentra en la mitad del Evangelio de Juan (en el capítulo 11 de 21); pero es, sobre todo, el centro temático: se trata, quizás, de la mayor manifestación de Jesús como “verdadero Dios y verdadero hombre”.
– Es verdadero hombre, lleno de fuertes sentimientos: es amigo de Lázaro y de las hermanas de Betania, se turba, se conmueve profundamente, se echa a llorar, ora intensamente al Padre, grita con voz potente… Con sus lágrimas Jesús justifica las nuestras en la muerte de los seres queridos. La fe no es incompatible con las lágrimas; todos lloran, incluido Jesús… Este Evangelio no prohíbe las lágrimas, las enjuga; no quita el dolor, sino que lo consuela y lo comparte; no elimina la muerte, pero delante de la muerte canta la vida.
– Y es verdadero Dios, del que manifiesta el amor y el poder devolviendo la vida al amigo muerto, para que la gente crea que Él ha sido enviado por el Padre (v. 42). Así, este espectacular milagro pone de manifiesto tres valores que van juntos: amor, fe y vida. Porque “la vida es vida tan solo allí donde hay amor” (Gandhi). Las hermanas Marta y María hacen hincapié en la amistad: “Señor, aquel que tú amas está enfermo”. Jesús va a Betania atraído justamente por la amistad con esa familia. Él va y lleva la solución también para el mal extremo que es la muerte: “Yo soy la resurrección y la vida” (v. 25). Jesús dice soy, no solo seré. Ahora, no en un vago futuro.
En su realidad divino-humana, Jesús realiza su misión como cercanía, haciéndose, como el samaritano, próximo al que sufre (cfr. Lc 10,34), aportando soluciones a los problemas. Pero al Salvador que se acerca es necesario salirle al encuentro, como las hermanas Marta y María (v. 20.29), con corazón abierto. Solamente en este encuentro se realiza la salvación. Porque solo “del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” (Salmo responsorial). También en esta ocasión se dan reacciones opuestas. Por una parte, las súplicas confiadas de las hermanas que logran el milagro extraordinario del retorno a la vida de Lázaro y muchos judíos creen en Jesús (v. 45); por otra, no obstante la evidencia del signo, los enemigos de Jesús se cierran cada vez más, se concitan para darle muerte (Jn 11,46-53) y deciden matar también a Lázaro (Jn 12,10).
Jesús no ha venido para darnos una vida raquítica, empobrecida, mediocre, subdesarrollada… sino para que tengamos vida en abundancia (cfr. Jn 10,10). ¡En la vida presente y futura! El proyecto primigenio y permanente de Dios es la vida: “La gloria de Dios es el hombre viviente”, es decir, que el hombre viva (S. Ireneo). “No estamos sobre la tierra para guardar un museo, sino para cultivar un jardín lleno de flores y de vida” (S. Juan XXIII). “El primer desafío es el desafío de la vida. La vida es el primer don que Dios nos ha hecho y la primera riqueza que el hombre puede gozar. Y el Estado tiene precisamente como tarea primordial la tutela y la promoción de la vida humana” (S. Juan Pablo II).
La Iglesia anuncia el Evangelio de la Vida. En un mundo duramente marcado por muertes injustas, precoces e inocentes, cada cristiano – y más aún el misionero – está llamado a hacer una firme y definitiva apuesta por la vida: acogerla, promoverla, defenderla, anunciarla, detectar hasta los pequeños signos de su presencia, proteger sus brotes, llevarla a plenitud… Los grandes temas de la Cuaresma (agua, luz, vida…) son dones para vivirlos, compartirlos y comunicarlos. ¡Estamos todos llamados a ser misioneros de la vida!
Cuán densas eran las tinieblas de la tumba
Fernando Armellini
Introducción
“Cuando los dioses formaron la humanidad, dieron a ésta la muerte y ellos se quedaron con la vida”. Son las palabras que en la célebre epopeya mesopotámica la tabernera Siduri dirige a Gilgames quien está desesperadamente buscando el árbol de la vida. Desconsolado, el héroe comprende que debe resignarse: morir es partir hacia el “País sin retorno”. Para los hebreos también las tinieblas, el silencio y el olvido envuelven la morada de los muertos. Es difícil encontrar en el Antiguo Testamento referencias a la inmortalidad del alma y a la resurrección de los muertos y los pocos textos que existen han sido escritos a partir del segundo siglo a.C.
Job afirmaba: “Un árbol tiene esperanza: aunque lo corten, vuelve a brotar y no deja de echar retoños. Pero el varón muere y queda inmóvil. Falta el agua de los lagos, los ríos se secan y aridecen, así el hombre se acuesta y no se levanta; pasará el cielo y él no despertará ni se levantará de su sueño” (Job 14,7-12). Esta angustia se reflejaba en la elegía (lamentación) del salmista: “Me concediste unos palmos de vida, mis días son como nada ante ti: El hombre no dura más que un soplo; es como una sombra que pasa. ¡Aparta de mí tu mirada, y me alegraré antes de que me vaya y ya no exista!” (Sal 39,6-7.14). Así expresaban su desconcierto, angustia y desorientación frente a la caducidad de la vida, las personas más iluminadas de la antigüedad. La Biblia ha conservado el recuerdo de su desorientación y de sus inquietudes para que sepamos cuán densas eran las tinieblas de la tumba antes que en el mundo resplandeciera la luz de la Pascua.
Primera Lectura: Ezequiel 37,12-14
Esto dice el Señor: 37,12:Yo mismo voy a abrir sus sepulcros, los voy a sacar de sus sepulcros, pueblo mío, y los voy a llevar a la tierra de Israel. 37,13: Sabrán que yo soy el Señor cuando abra sus sepulcros, cuando los saque de sus sepulcros, pueblo mío. 37,14: Infundiré mi espíritu en ustedes para que revivan, los estableceré en su tierra y sabrán que yo, el Señor, lo digo y lo hago –oráculo del Señor. – Palabra de Dios.
Entre los israelitas deportados a Babilonia en el 597 a.C. hay también un sacerdote, Ezequiel, destinado a convertirse en el profeta del exilio. “El año duodécimo de nuestra deportación, el día cinco del mes décimo”, llega sin aliento un fugitivo de Jerusalén y le dice: la ciudad ha caído (Ez 33,21). Cuatro meses antes los soldados de Nabucodonosor la habían conquistado e incendiado, capturando un nuevo grupo de prisioneros más numeroso que el anterior, destinado a engrosar las filas de los cautivos que ya se encontraban en Mesopotamia. Ezequiel desarrolla su actividad de profeta entre estos deportados quienes, derrotados y deprimidos, van repitiendo: “Nuestros huesos están secos, nuestra esperanza se ha desvanecido; estamos perdidos” (Ez 37,11). Se sienten como cadáveres sin vida, peor aún, como esqueletos resecos, corroídos, desgastados por los muchos años transcurridos en la tumba del exilio.
¿Ha terminado todo? ¿Se han desvanecido a causa de los pecados del pueblo las bendiciones hechas a Abraham? Nadie podrá ya devolver la vida a Israel, reducido a una inmensa extensión de huesos áridos, esparcidos en la llanura y en los valles del País de los dos ríos (cf Ez 37,1-3). Es en este contexto histórico donde Ezequiel anuncia el prodigio inaudito que el Señor esta a punto de cumplir: Dios devolverá la vida a aquellos huesos disecados, resucitará los israelitas a una nueva vida, abrirá los sepulcros en que fueron enterrados, les hará salir de sus tumbas y los reconducirá a su tierra (vv.12-13).
Esta profecía no se refería a la resurrección de los muertos tal y como hoy la entendemos nosotros, sino al regreso de los deportados a la patria. No obstante, en siglos sucesivos, la profecía fue objeto de estudio y reflexión por parte de los rabinos, adquiriendo grande importancia y dando origen a la creencia de que, a la llegada del Mesías, todos los justos regresarían a la vida para participar en la alegría del nuevo Reino. Donde penetra el espíritu del Señor, allí llega la vida. Sucedió al principio del mundo cuando Dios, después de haber plasmado al hombre del polvo de la tierra, sopló en su nariz un halito de vida y el hombre se convirtió en un ser viviente (Gen 2,7).
Este Espíritu de vida sigue también hoy interviniendo en toda situación de muerte: odios y rencores atávicos entre los pueblos, incomprensiones y disgustos familiares, divisiones en la comunidad. Nada es irrecuperable para el espíritu del Señor. Él puede recomponer y dar vida incluso a huesos resecos.
Segunda Lectura: Romanos 8,8-11
Hermanos : 8,8: y los que se dejan arrastrar por ellos no pueden agradar a Dios. 8,9: Pero ustedes no están animados por los bajos instintos, sino por el Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece. 8,10: Pero si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo muera por el pecado, el espíritu vivirá por la justicia. 8,11: Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de la muerte habita en ustedes, el que resucitó a Cristo de la muerte dará vida a sus cuerpos mortales, por el Espíritu suyo que habita en ustedes. – Palabra de Dios
Todas las personas mueren. La vida biológica que tienen en común con los animales no dura para siempre. También Jesús, siendo hombre como nosotros ha muerto, tenía que morir. Pero ha resucitado. ¿Cómo ha sucedido esto? ¿Qué le ha hecho resucitar?
Pablo responde a la pregunta en la lectura de hoy: Jesús tenía en plenitud el espíritu de Dios, es decir, tenía en sí la vida de Dios que no puede morir.
La vida del hombre tiene un principio y tiene un fin, la de Dios no, él no ha nacido ni muere. Jesús tenía en sí esta vida divina y cuando un día su vida material concluyó, el espíritu de Dios lo resucitó y lo introdujo en la gloria del Padre.
Pablo continúa: también nosotros hemos recibido en el bautismo su mismo Espíritu, su misma vida, ya no podemos morir. Terminará nuestra vida aquí en el mundo, pero no será el fin de todo. El Espíritu que resucitó y que habita en nosotros dará vida eterna a nuestros cuerpos mortales.
Evangelio: Juan 11,1-45
11,1: Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, el pueblo de María y su hermana Marta. 11,2: María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había secado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. 11,3: Las hermanas le enviaron un mensaje: Señor, tu amigo está enfermo. 11,4: Al oírlo, Jesús comentó: Esta enfermedad no ha de terminar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. 11,5: Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro. 11,6: Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estadía dos días en el lugar. 11,7: Después dice a los discípulos: Vamos a volver a Judea. 11,8: Le dicen los discípulos:—Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? 11,9: Jesús les contestó: —¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; 11,10: quien camina de noche tropieza, porque no tiene luz. 11,11: Dicho esto, añadió: Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. 11,12: Contestaron los discípulos: Señor, si está dormido, se sanará. 11,13: Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. 11,14: Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto. 11,15: Y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Vayamos a verlo. 11,16: Tomás, que significa mellizo, dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros a morir con él. 11,17: Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. 11,18: Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. 11,19: Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. 11,20: Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. 11,21: Marta dijo a Jesús: Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. 11,22: Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. 11,23: Le dice Jesús: Tu hermano resucitará. 11,24: Le dice Marta: Sé que resucitará en la resurrección del último día. 11,25: Jesús le contestó: Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; 11,26: y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? 11,27: Le contestó: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo. 11,28: Dicho esto, se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo: El Maestro está aquí y te llama. 11,29: Al oírlo, se levantó rápidamente y se dirigió hacia él. 11,30: Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. 11,31: Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. 11,32: Cuando María llegó a donde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo: Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. 11,33: Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro 11,34: y dijo muy conmovido: ¿Dónde lo han puesto? Le dicen: Ven, Señor, y lo verás. 11,35: Jesús se echó a llorar. 11,36: Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! 11,37: Pero algunos decían: El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera? 11,38: Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra adelante. 11,39: Jesús dice: Retiren la piedra. Le dice Marta, la hermana del difunto: Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto. 11,40: Le contesta Jesús:¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? 11,41: Retiraron la piedra. Jesús alzó la vista al cielo y dijo:—Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. 11,42: Yo se que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. 11,43: Dicho esto, gritó con fuerte voz: Lázaro, sal afuera. 11,44: Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo para que pueda caminar. 11,45: Muchos judíos que habían ido a visitar a María y vieron lo que hizo creyeron en él. – Palabra del Señor
El relato de la reanimación de Lázaro es muy largo, sin embargo la parte dedicada al milagro propiamente dicho es brevísima, dos versículos solamente (vv. 43-44); todo lo demás es una serie de diálogos que tienen como objetivo conducir al lector al nivel más profundo del texto, allí donde se puede captar el verdadero significado del signo realizado por Jesús.
He hablado de reanimación de Lázaro y no de resurrección porque una cosa es regresar a este mundo, retomar la vida material todavía marcada por la muerte y otra cosa es dejar esta vida definitivamente como ha sucedido con Jesús en la Pascua, ser introducidos en el mundo de Dios donde la muerte, ningún tipo de muerte tiene acceso. Traer de nuevo hacia aquí es reanimar, llevar hacia allá es resucitar.
Hecha esta observación, acerquémonos al relato. Si la noticia de la muerte de Lázaro hubiera hipotéticamente aparecido en la página de crónica de un periódico, donde la fidelidad a los hechos es de rigor, nos hubieran sorprendido ciertas incongruencias y detalles inverosímiles. En el evangelio de Juan, sin embargo, constituyen indicios y referencias preciosas que nos orientan hacia el mensaje teológico del relato, pues de eso se trata de una página de teología y no de una crónica social. Trataré de enumerarlas.
– En los primeros versículos (vv.1-3) aparece una familia un tanto extraña. No hay padres, no se habla de maridos, de esposas ni de hijos, sino de hermanos y hermanas.
– En el versículo 6 se relata un comportamiento aparentemente inexplicable de Jesús: le anuncian que Lázaro está muy enfermo y, en vez de ir a curarlo inmediatamente, se queda dos días más donde estaba. Parece que lo quiera dejar morir. ¿Por qué no interviene?
– Poco después, hace una declaración desconcertante: “Lázaro ha muerto. Y me alegro…de no haber estado allí” (v.15). ¿Cómo puede alegrarse de no haber impedido la muerte del amigo?
– Otra dificultad: en aquel tiempo no había teléfonos; ¿cómo ha sabido Marta que Jesús estaba llegando (v.17)? Y mientras ella va a llamar a María (v.28) ¿qué hace Jesús parado en el camino? ¿por qué espera a que María salga de Betania y venga hacia él? Nosotros no nos hubiéramos comportado de este modo: nos hubiéramos dirigido inmediatamente a la casa del difunto y dado el pésame a la familia.
– En los versículos 25-26 encontramos una frase de Jesús un tanto difícil de interpretar: “Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí, no morirá para siempre”. Cómo puede prometer que su discípulo no morirá nunca cuando los cristianos mueren como todos? ¿Qué intenta decir?
– En el v. 35 se dice que Jesús lloró por la muerte de su amigo, ¿cómo se explica este comportamiento si él ya sabe que lo va a resucitar? ¿Está fingiendo?
– Finalmente, la familia de Betania desaparece sin dejar rastro alguno en el evangelio de Juan y no aparece más en todo el Nuevo Testamento. ¿Qué pasó con estas tres personas tan cercanas a Jesús?
Resulta también extraño que un milagro tan clamoroso no se mencione en los otros evangelios. Todos estos detalles prueban sin lugar a dudas que Juan ha querido ofrecer a sus lectores no el frio relato de un acontecimiento, sino una densa página de teología narrativa. Con ocasión de una curación que había suscitado una gran impresión porque el enfermo había muerto, el evangelista ha tocado el tema central del mensaje cristiano: Jesús, el Resucitado, es el Señor de la vida.
Comencemos por el significado que Juan intenta atribuir a la familia de Betania, compuesta solamente de hermanos y hermanas. Representa a la comunidad cristiana donde no hay ni superiores ni inferiores sino solamente hermanos y hermanas. Un intenso lazo afectivo unen estas personas a Jesús. El evangelio acentúa con insistencia la amistad del Maestro con Lázaro (vv. 3.5.11.36). Es el símbolo de la profunda unión de Jesús con cada uno de sus discípulos: “Ya no le llamo sirvientes –dirá durante la última cena– sino amigos” (Jn 15,15).
En esta comunidad sucede un hecho que desconcierta, que confronta a los demás con un enigma insoluble: la muerte de un hermano. ¿Qué respuesta puede dar Jesús al discípulo que le pregunta por el sentido de este hecho trágico? Quien quiere bien a un amigo no lo deja morir. Si Jesús era amigo de Lázaro y amigo nuestro ¿por qué no impide la muerte?
Al igual que María y Marta tampoco nosotros comprendemos por qué “deja pasar dos días”. Como signo de afecto al amigo, hubiéramos esperado de él una intervención inmediata. La queja velada que le dirigen las dos hermanas podría ser también la nuestra: “Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no hubiera muerto” (vv. 21.32).
La muerte de una persona querida, nuestra muerte, pone la fe a dura prueba, hace surgir la duda de que él “no esté aquí”, de que no nos acompañe con su amor. Dejando morir a Lázaro, Jesús responde a estos interrogantes: no es su intención impedir la muerte biológica, no quiere intervenir en curso natural de la vida. No ha venido para convertir en eterna esta forma de vida, sino para introducirnos en aquella que no tiene fin. La vida en este mundo está destinada a terminarse, y es bueno que así sea.
En esta perspectiva tendríamos que reconsiderar la validez de la relación personal que tantos cristianos han instaurado con Cristo y con la religión. Cuando ésta se reduce a urgentes requerimientos de intervenciones prodigiosas, desemboca inevitablemente en crisis de fe y en la duda de que él “no esté aquí” donde desearíamos que estuviese, donde tenemos más necesidad de él: en el dolor, en la enfermedad, en las desgracias.
El diálogo con los discípulos (vv. 7-16) sirve al evangelista para poner de manifiesto nuestras incertidumbres y nuestros miedos frente a la muerte. Es la reacción natural del hombre ante el temor de que la muerte señale el fin de todo.
Se trata del miedo más sutil del discípulo. Quien teme a la muerte no puede vivir como cristiano. Ser discípulos significa aceptar de perder la vida, de darla por amor, y de morir como el grano de trigo que, caído en tierra, produce mucho fruto (cf. Jn 12,24-28).
En las palabras de Jesús, la muerte es presentada en su justa perspectiva. El Maestro manifiesta su satisfacción por no haber impedido que su amigo Lázaro haya muerto (v.15) pues para él la muerte no es un acontecimiento destructivo, irreparable sino que marca el inicio de una condición infinitamente mejor que la precedente.
Llegamos así a la parte central del pasaje, el diálogo con Marta (vv. 17-27).
Hace ya cuatro días que Lázaro está en el sepulcro. En tiempos de Jesús se creía que la persona no estaba realmente muerta durante los primeros tres días. Solamente al cuarto día la vida abandonaba al muerto en forma definitiva. Juan no quiere informarnos de la fecha exacta del fallecimiento de Lázaro, solo dice que estaba muerto y basta. Es la premisa necesaria a la pregunta que quiere responder: ¿Qué puede hacer Jesús por quien está real y definitivamente muerto?
En el diálogo que sigue, Jesús lleva a Marta a comprender qué sentido tiene la muerte de un discípulo (de un hermano de la comunidad cristiana). “Si hubieras estado aquí” constituye la declaración de derrota del hombre frente a un acontecimiento que lo supera; la muerte se ríe de los esfuerzos del hombre para negarla, evitarla, enmascararla. La muerte induce a sospechar la ausencia de Dios. Si Dios existe, ¿por qué la muerte?
Marta pertenece al grupo que, a diferencia de los saduceos, creen en la resurrección de los muertos. Está convencida de que, al final del mundo, su hermano Lázaro regresará a la vida juntamente con todos los justos y tomará parte en el reino de Dios.
Este modo de entender la resurrección (semejante quizás a como la entienden hoy muchos cristianos) no consuela a nadie. No tiene sentido. Una tal resurrección al final del mundo está demasiado lejos. ¿Por qué nos haría morir para traernos de nuevo a la vida? ¿Por qué hacernos esperar tanto? ¿Cómo puede el alma existir sin el cuerpo? En resumidas cuentas, una resurrección así es poco creíble. Si una persona muere, Dios ciertamente puede recrearla, pero en ese caso, crearía una clonación, no la misma persona, que es irrepetible.
El cristiano no cree en una muerte y después en una resurrección que tendría lugar al final del mundo. Cree que el hombre redimido no muere.
Tratemos de entender este mensaje nuevo y extraordinario que Jesús anuncia a Marta. Él declara: “Quien cree en mí no muere”. ¿Qué significa? ¿Cómo puede no morir una persona a la que vemos expirar y después convertirse en un cadáver? Para explicarlo, es necesario recurrir a comparaciones.
Toda nuestra existencia está caracterizada por salidas y entradas: salimos de la nada y entramos en el vientre de nuestra madre. Concluida la gestación, salimos para entrar en este mundo caracterizado por tantos signos de muerte. Son formas de muerte la soledad, el abandono, la lejanía, la traición, la ignorancia, la enfermedad, el dolor. Nuestra vida nunca está completa aquí, está siempre sometida a límites. No puede ser éste el mundo definitivo, nuestro último destino. Para vivir en plenitud y sin muerte, tenemos que salir de aquí.
Supongamos que en el vientre de la madre se encuentren dos gemelos que pueden ver, entender y hablarse durante los nueve meses de la gestación. Ellos conocen solamente su pequeño mundo y no se imaginan cómo es la vida afuera. No saben que las personas se casan, trabajan, viajan; no tienen idea de que existan animales, plantas, flores, playas. Conocen solamente la forma de vida en la que se ven sumergidos.
Pasados nueve meses, los gemelos nacen por turno. Aquel que ha permanecido, aun por breve tiempo, en el vientre de la madre antes de que le llegue también el tiempo de nacer, ciertamente pensaría: “Mi hermano ha muerto, no existe más, ha desaparecido, me ha dejado…” y llora. Pero el hermano no ha muerto. Solamente ha dejado una vida estrecha, breve, limitada y ha entrado en otra forma de vida.
El discípulo, explica Jesús a Marta, no experimenta de hecho la muerte, sino que nace a otra nueva forma de vida, entra en el mundo de Dios, entra a formar parte de una existencia que no está sometida a límites ni a ninguna clase de muerte, como acontece aquí en la tierra. Es una vida sin fin. No podemos decir más porque, si tratáramos de describirla, no haríamos otra cosa que proyectar formas e imágenes de esta vida. “Ningún ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana concibió lo que Dios preparó para los que lo aman” (1Cor 2,9).
En la perspectiva cristiana, por tanto, la vida de este mundo es una gestación, y quien muere no se ve afectado por la muerte sino mas bien quien se queda aquí un poco más de tiempo.
A este punto, quizás hayamos comprendido la razón por la que Jesús se alegra de no haber impedido la muerte de Lázaro. Él ve la muerte desde la óptica de Dios: como el momento más importante y gozoso del hombre. Justamente los primeros cristianos llamaban “el día del nacimiento” aquel que para otros hombres es el día funesto de diluirse en la nada.
Es célebre la sentencia de Lao-Tse: “Lo que para la larva es el fin del mundo, para el resto del mundo es una mariposa”. La larva no muere, desaparece como larva pero continúa a vivir como mariposa. He aquí, pues, otra imagen que nos ayuda a entender la victoria de Cristo sobre la muerte.
Después de haber escuchado las palabras de Jesús, Marta pronuncia una importante profesión de fe: “Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo” (v. 27).
No nos detenemos en el diálogo de Jesús con Marta porque no añade nada más a lo ya dicho. Caigamos en la cuenta solamente de que Jesús no entra en Betania, donde los judíos siguen todavía consolando a las hermanas. Jesús no ha venido para dar el pésame por los que han muerto, sino para darles la vida y quiere que también María salga de la casa donde todos están llorando. El llanto de María, sin embargo, estremece y conmueve a Jesús, mostrando cuán profundamente sienta también él, como todo hombre, el drama de la muerte.
Es importante la última escena (vv. 34-42).
Se abre con el llanto de Jesús. El cristiano no se puede llamar tal, si no cree que la muerte no es otra cosa que un nacimiento; pero no es insensible, no se puede no derramar lágrimas cuando un amigo lo deja y se va. Sabe que no está muerto, que es feliz y que vive con Dios, pero está triste porque, por un tiempo, permanecerá separado de él.
Existen, sin embargo, dos clases de llanto: uno es el incontenible y desesperado de quien está convencido de que con la muerte todo se termina. El otro es el de Jesús quien, ante la tumba, no puede contener las lágrimas. Estas dos formas de llanto vienen expresadas en el texto griego con dos verbos distintos. Para el llanto de Marta, María y los judíos, viene usado el término klaiein (v. 33) que indica el llanto acompañado de gestos de desesperación; el llanto de Jesús, por el contrario, viene indicado por el término edákrusen, que significa: “las lágrimas comenzaron a fluir de sus ojos” (v. 35). Solamente este llanto sereno y digno es cristiano.
Al llanto sigue una orden: “¡Retiren la piedra!” Es una orden dirigida a la comunidad y a todos aquellos que todavía piensan que el mundo de los difuntos está separado y no tiene ya comunicación con el mundo de los vivos. Quien cree en el Resucitado sabe que todos están vivos, aunque estén participando en dos formas de vida diferentes. Todas las barreras han sido abatidas, todas las piedras han sido retiradas en día de Pascua, ahora se pasa de un mondo al otro sin morir.
La oración que Jesús dirige al Padre (vv. 41-42) no es la petición de un milagro, sino de una luz para la gente que le rodea. Pide que todos puedan comprender el significado profundo del signo que está a punto de realizar, y que lleguen a creer en él, Señor de la vida.
El grito: “¡Lázaro, sal afuera!”, es el cumplimiento de su profecía: “Les aseguro que se acerca la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán”. Todos aquellos que están en los sepulcros oirán su voz y saldrán. (Jn 5,25-29). De hecho, “el muerto” con todas las señales que caracterizan su condición, “los pies y las manos sujetados con vendas y el rostro envuelto en un sudario” (v.44), sale. “El muerto”, dice el texto. Sí, porque es con el muerto, con quien es y permanece definitivamente muerto (en el sepulcro desde hacía cuatro días) con quien Jesús muestra su poder vivificador: no restituyéndole al aquí terreno (ésta sería una victoria efímera, no definitiva sobre la muerte) sino llevándoselo consigo a la gloria de Dios.
“¡Desátenlo para que pueda caminar!” (v. 44), ordena finalmente. La invitación se dirige a los hermanos de la comunidad que lloran por la pérdida de una persona querida. Dejen que “el muerto” viva feliz en su nueva condición. El vidente del Apocalipsis lo describe con imágenes sugestivas: “Les enjugará las lágrimas de los ojos, ya no habrá muerte ni pena ni llanto ni dolor. Todo lo antiguo ha pasado” (Ap 21,4).
Hay muchas maneras de intentar retener al difunto: visitas obsesivas al cementerio (que es lo mismo que buscar entre los muertos al que vive), el apego morboso a efectos personales, el recurso al “médium” para establecer contactos…Es doloroso que un amigo nos deje, pero es egoísmo quererlo retener, sería como impedir que un niño nazca. “Desátenlo para que pueda caminar”…repite hoy Jesús con dulzura a cada uno de sus discípulos que no se resignan a la desaparición de un hermano o de una hermana.