Domingo del ciego de nacimiento:
Preguntas y miradas, un camino hacia la luz
Año A – Cuaresma – 4º domingo
Juan 9,1-41: «¿También nosotros somos ciegos?»
El cuarto domingo de Cuaresma es una segunda catequesis bautismal sobre la LUZ, después de la del domingo pasado sobre el agua. El protagonista es el ciego de nacimiento curado por Jesús, que Juan nos presenta en el capítulo 9 de su Evangelio. Se trata de un texto bellísimo que, desde siempre, se ha leído como una ilustración del bautismo. El ciego de nacimiento representa a cada uno de nosotros, a quien Jesús vuelve a modelar (Génesis 2,7) y envía hacia la piscina de Siloé, símbolo del bautismo.
La vida nace ciega, la humanización es un proceso de iluminación
La vida en la tierra surgió en un estado de ceguera y permaneció así durante millones de años. También el recién nacido se vuelve capaz de ver solo progresivamente. En realidad, se podría decir que la humanización es un proceso lento y fatigoso de iluminación. Y lo mismo sucede con la vida de fe, que se inserta en este proceso y lo lleva a su pleno cumplimiento. Desde la visión de la realidad natural, la fe nos conduce hacia la contemplación de lo invisible, hasta entrar en la plena Luz que es Dios mismo. Sin la apertura de la fe, la visión queda incompleta y corre el riesgo de caer nuevamente en las tinieblas del sinsentido. «En ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz» (Salmo 36,10).
Preguntas y miradas
El relato de la curación del ciego de nacimiento está tejido alrededor de una larga serie de preguntas (dieciséis). Intentaré resumirlas en siete. Preguntas y respuestas nos ponen ante diferentes actitudes y miradas. Este Evangelio también nos invita a hacernos preguntas para tomar conciencia de la calidad de nuestra mirada y ver en qué punto estamos en nuestro camino de iluminación bautismal.
El pasaje comienza diciendo que «Jesús, al pasar, vio…». Jesús es aquel que pasa y ve. Como el samaritano de la parábola: «al pasar junto a él, lo vio y se compadeció» (Lc 10). Y sigue pasando y mirándonos con compasión. Pero nosotros somos ciegos y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta, acostumbrados a pasar sin ver, o a mirar —o ser mirados— con indiferencia o conmiseración.
1. «Rabí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?»
«Jesús, al pasar, vio a un hombre ciego de nacimiento». También los apóstoles lo ven y hacen una pregunta: «¿Quién pecó…?». Esta es la mirada del prejuicio, que culpa incluso antes de intentar comprender la situación del otro.
2. «¿No es este el que estaba sentado pidiendo limosna?»
Sus vecinos y conocidos se preguntan: ¿será realmente él? «Sí, soy yo». ¿Y cómo es que ahora ves? «Fue el hombre llamado Jesús». ¿Y dónde está? «No lo sé». Y todo termina allí. Se trata de una mirada de curiosidad superficial. No busca profundizar en lo que ve, incluso cuando se trata de algo inédito como un milagro.
3. «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?»
Entra entonces en escena la mirada inquisidora de los fariseos, que quieren investigar si la ley ha sido respetada. Un destello de luz parece aparecer: «¿Cómo puede un pecador realizar signos de este tipo?», pero enseguida es sofocado. No les interesa que un ciego haya sido curado, porque no tienen en el corazón el bien de la persona. Les importa poco la grandeza del signo; lo único que les preocupa es que la ley del sábado no haya sido transgredida.
Se interroga al testigo. Su mirada ha entrado en un proceso de iluminación. Cuando le preguntan: «Tú, ¿qué dices de él, ya que te abrió los ojos?», Jesús ya no es solo «un hombre llamado Jesús», sino «¡es un profeta!».
4. «¿Es este vuestro hijo, el que decís que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?»
Los guardianes de la ley no quieren admitir la realidad porque no encaja en su esquema mental. Para ellos, la vida no es autónoma. ¡Incluso la realidad debe someterse a la ley! Interrogan a sus padres que, por miedo, se desvinculan de su hijo: «¡Nosotros no lo sabemos!». La mirada del miedo no es solidaria, sino que abandona al otro a su destino, aunque se trate de un hijo.
5. «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?»
El ciego curado es interrogado nuevamente, en un intento de intimidarlo, de hacerlo caer en contradicción, para salvar la ley y a ellos mismos, su posición de poseedores del poder. Los fariseos exhiben todo su saber: «¡Da gloria a Dios! Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador».
«Nosotros sabemos… nosotros sabemos». Ellos lo saben todo.
El testigo, por su parte, dice: «Una cosa sé: yo era ciego y ahora veo». Ellos insisten: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?». El que ahora ve, cada vez más seguro de sí mismo, se vuelve audaz: «¿Por qué queréis oírlo otra vez? ¿También vosotros queréis haceros sus discípulos?». Entonces estalla la furia de la mirada de la mentira que no admite ser desafiada ni puesta en cuestión: «Naciste totalmente en pecado, ¿y nos quieres enseñar a nosotros?». Y lo expulsan. Las tinieblas se vuelven más densas y se cierran a la luz: «La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron» (Jn 1,5).
6. «¿Crees en el Hijo del Hombre?»
Entonces Jesús lo busca y, al encontrarlo, también le pregunta:
«¿Crees en el Hijo del Hombre?».
Él respondió: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo: «Lo has visto: es el que está hablando contigo».
Él dijo: «¡Creo, Señor!».
Y se postró ante él.
Es la mirada de la fe. ¡El ciego queda plenamente inundado por la Luz!
7. «¿También nosotros somos ciegos?»
El relato termina con una afirmación inquietante de Jesús: «Yo he venido a este mundo para un juicio: para que los que no ven, vean; y los que ven, se vuelvan ciegos».
Sigue una pregunta preocupante que todos deberíamos hacernos: «¿También nosotros somos ciegos?». ¡La primera iluminación es reconocernos ciegos!
«Si fuerais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís: “Vemos”, vuestro pecado permanece».
Hay un pecado «bueno», salvador, que nos abre a la misericordia de Dios. Y hay un pecado «malo» de quien se siente justo, correcto, que nos cierra a la gracia.
Para concluir…
Os invito a releer el texto de la segunda lectura: «Hermanos, antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Vivid como hijos de la luz» (Efesios 5,8-14).
El riesgo de volver a caer en las tinieblas es cotidiano. Tomar conciencia de nuestra ceguera (Apocalipsis 3,17-18) y cuidar la luminosidad de nuestros ojos (Mateo 6,23) es una tarea cuaresmal.
Gritemos también nosotros al Señor, como el ciego de Jericó:
¡Señor, haz que recobre la vista!
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra