4º Domingo de Cuaresma (A)
Juan 9,1-41


1Al pasar vio un hombre ciego de nacimiento. 2Los discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quién pecó para que naciera ciego? ¿Él o sus padres?” 3Jesús contestó: “Ni él pecó ni sus padres; ha sucedido así para que se muestre en él la obra de Dios. 4Mientras es de día, tienen que trabajar en las obras del que me envió. Llegará la noche, cuando nadie puede trabajar. 5Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo”. 6Dicho esto, escupió en el suelo, hizo barro con la saliva, se lo puso en los ojos 7y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé, que significa «enviado». Fue, se lavó y al regresar ya veía. 8Los vecinos y los que antes lo habían visto pidiendo limosna comentaban: “¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?” 9Unos decían: “Es él”. Otros decían: “No es, sino que se le parece”. Él respondía: “Soy yo”. 10Así que le preguntaron: “¿Cómo pues se te abrieron los ojos?”11Contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo que fuera a lavarme a la fuente de Siloé. Fui, me lavé y recobré la vista”. 12Le preguntaron: “¿Dónde está él?” Responde: “No sé”. 13Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego.14Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. 15Los fariseos le preguntaron otra vez cómo había recobrado la vista. Les respondió: “Me aplicó barro sobre los ojos, me lavé, y ahora veo”. 16Algunos fariseos le dijeron: “Ese hombre no viene de parte de Dios, porque no observa el sábado”. Otros decían:” ¿Cómo puede un pecador hacer tales milagros?” Y estaban divididos. 17Preguntaron de nuevo al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos?” Contestó: “Que es profeta”. 18Los judíos no terminaban de creer que había sido ciego y había recobrado la vista; así que llamaron a los padres del que había recobrado la vista 19y les preguntaron: “¿Es éste su hijo, el que ustedes dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” 20Contestaron sus padres: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; 21pero cómo es que ahora ve, no lo sabemos; quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él, que es mayor de edad y puede dar razón de sí”. 22Sus padres dijeron esto por temor a los judíos; porque los judíos ya habían decidido que quien lo confesara como Mesías sería expulsado de la sinagoga. 23Por eso dijeron los padres que tenía edad y que le preguntaran a él. 24Llamaron por segunda vez al hombre que había sido ciego y le dijeron: “Da gloria a Dios. A nosotros nos consta que aquel es un pecador”. 25Les contestó:” Si es pecador, no lo sé; de una cosa estoy seguro; que yo era ciego y ahora veo”. 26Le preguntaron de nuevo: “¿Cómo te abrió los ojos?” 27Les contestó: “Ya se lo dije y no me creyeron; ¿para qué quieren oírlo de nuevo? ¿No será que también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” 28Lo insultaron diciendo: “¡Tú serás discípulo de ese hombre!¡Nosotros somos discípulos de Moisés! 29Sabemos que Dios le habló a Moisés; en cuanto a ése, no sabemos de dónde viene”. 30Les respondió: “Eso es lo extraño; que ustedes no saben de dónde viene y a mí me abrió los ojos. 31Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino que escucha al que es piadoso y cumple su voluntad. 32Jamás se oyó contar que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. 33Si ese hombre no viniera de parte de Dios, no podría hacer nada”. 34Le contestaron: “Tú naciste lleno de pecado, ¿y quieres darnos lecciones?” Y lo expulsaron. 35Oyó Jesús que lo habían expulsado y, cuando lo encontró, le dijo: “¿Crees en el Hijo del Hombre?” 36Contestó: “¿Quién es, Señor, para que crea en él?”37Jesús le dijo: “Lo has visto: es el que está hablando contigo”. 38Respondió: “Creo, Señor”. Y se postró ante él. 39Jesús dijo: “He venido a este mundo para un juicio, para que los ciegos vean y los que vean queden ciegos”. 40Algunos fariseos que se encontraban con él preguntaron: “Y nosotros, ¿estamos ciegos?” 41Les respondió Jesús: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero, como dicen que ven, su pecado permanece”


PARA EXCLUÍDOS
José A. Pagola

Es ciego de nacimiento. Ni él ni sus padres tienen culpa alguna, pero su destino quedará marcado para siempre. La gente lo mira como un pecador castigado por Dios. Los discípulos de Jesús le preguntan si el pecado es del ciego o de sus padres.
Jesús lo mira de manera diferente. Desde que lo ha visto, solo piensa en rescatarlo de aquella vida desgraciada de mendigo, despreciado por todos como pecador. Él se siente llamado por Dios a defender, acoger y curar precisamente a los que viven excluidos y humillados.
Después de una curación trabajosa en la que también él ha tenido que colaborar con Jesús, el ciego descubre por vez primera la luz. El encuentro con Jesús ha cambiado su vida. Por fin podrá disfrutar de una vida digna, sin temor a avergonzarse ante nadie.
Se equivoca. Los dirigentes religiosos se sienten obligados a controlar la pureza de la religión. Ellos saben quién no es pecador y quién está en pecado. Ellos decidirán si puede ser aceptado en la comunidad religiosa.
El mendigo curado confiesa abiertamente que ha sido Jesús quien se le ha acercado y lo ha curado, pero los fariseos lo rechazan irritados: “Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador”. El hombre insiste en defender a Jesús: es un profeta, viene de Dios. Los fariseos no lo pueden aguantar: “Empecatado naciste de pies a cabeza y, ¿tú nos vas a dar lecciones a nosotros?”.
El evangelista dice que, “cuando Jesús oyó que lo habían expulsado, fue a encontrarse con él”. El diálogo es breve. Cuando Jesús le pregunta si cree en el Mesías, el expulsado dice: “Y, ¿quién es, Señor, para que crea en él?”. Jesús le responde conmovido: No está lejos de ti. “Lo estás viendo; el que te está hablando, ese es”. El mendigo le dice: “Creo, Señor”.
Así es Jesús. Él viene siempre al encuentro de aquellos que no son acogidos oficialmente por la religión. No abandona a quienes lo buscan y lo aman aunque sean excluidos de las comunidades e instituciones religiosas. Los que no tienen sitio en nuestras iglesias tienen un lugar privilegiado en su corazón.
¿Quién llevará hoy este mensaje de Jesús hasta esos colectivos que, en cualquier momento, escuchan condenas públicas injustas de dirigentes religiosos ciegos; que se acercan a las celebraciones cristianas con temor a ser reconocidos; que no pueden comulgar con paz en nuestras eucaristías; que se ven obligados a vivir su fe en Jesús en el silencio de su corazón, casi de manera secreta y clandestina? Amigos y amigas desconocidos, no lo olvidéis: cuando los cristianos os rechazamos, Jesús os está acogiendo.

José Antonio Pagola
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EL CASO DEL TESTIGO CONDENADO
José Luis Sicre

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y al final lo condenaron como culpable.» De esto podrían haberse quejado los padres del ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a los fariseos. Pero sería erróneo limitarse a la queja de los padres, porque el ciego terminó muy contento.

Una discusión absurda

Todo empezó por una discusión absurda entre los discípulos cuando se cruzaron con el ciego: ¿quién tenía la culpa de su ceguera?, ¿él o sus padres? Si hubieran leído al profeta Ezequiel, sabrían que nadie paga por la culpa de sus padres. Y si supieran que el ciego lo era de nacimiento, no podrían haberlo culpado a él. Jesús zanja rápido el problema: ni él ni sus padres. Su ceguera servirá para poner de manifiesto la acción de Dios y que Jesús es la luz del mundo.

Una forma extraña de curar

En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina de Siloé. Un volteriano podría decir que no cabe más mala idea: le tapa los ojos con barro para que vea menos todavía, y lo manda cuesta abajo; más que curarse podría matarse.

¿Qué pretende enseñarnos el evangelista? No es fácil saberlo. San Ireneo, en el siglo II, fijándose en la primera parte, relacionaba el barro con la creación de Adán: Dios crea al primer hombre y Jesús crea a un cristiano; pero esto no explica el uso de la saliva ni el envío a la piscina de Siloé. San Agustín, fijándose en el final, relacionaba el lavarse en la piscina con el bautismo; tampoco esto explica todos los detalles.

Una cosa al menos queda clara: la obediencia del ciego. No entiende lo que hace Jesús, pero cumple de inmediato la orden que le da. No se comporta como el sirio Naamán, que se rebeló contra la orden de Eliseo de lavarse siete veces en el río Jordán. Como Abrahán, por la fe sale de su mundo conocido para marchar hacia un mundo nuevo.

Un anacronismo intencionado

La antítesis del ciego la representan los fariseos. El evangelista deforma la realidad histórica para acomodarla a la situación de su tiempo. En la época de Jesús los fariseos no podían expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga.

El miedo y la osadía

El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el pánico que sentían muchos judíos piadosos a ser declarados herejes, impidiéndoles hacerse cristianos.rse cristianos.

El hijo, en cambio, se muestra cada vez más osado. Tras la curación se forma de Jesús la misma idea que la samaritana: «es un profeta»; porque el profeta no es sólo el que sabe cosas ocultas, sino también el que realiza prodigios sorprendentes. Ante la acusación de que es un pecador, no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La verdadera visión y la verdadera luz

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la verdadera visión la adquiere en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús y creer en él. Y para ello es preciso que Jesús, luz del mundo, ilumine al ciego poniéndose delante, proyectando una luz intensa, que deslumbra y oculta los demás objetos, para que toda la atención se centre en ella, en Jesús.

No hay peor ciego que quien no quiere ver

Los fariseos representan el polo opuesto. Para ellos, el único enviado de Dios es Moisés. Con respecto a Jesús, a lo sumo podrían considerarlo un israelita piadoso, incluso un buen maestro, si observa estrictamente la Ley de Moisés. Pero está claro que a él no le importa la Ley, ni siquiera un precepto tan santo como el del sábado. Además, nadie sabe de dónde viene. Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso lo consideran un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Ellos tienen la luz, están convencidos de que ven lo correcto. Y este convencimiento, como les dice Jesús al final, hace que permanezcan en su pecado.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento les lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

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El camino hacia la Pascua está marcado por grandes temas catequético-catecumenales-bautismales: la lucha con el tentador, contemplar el rostro de Cristo, los símbolos de agua, luz, vida. En el Evangelio de este domingo es central la figura de Jesús-Luz: Él es el que ve al ciego y va a su encuentro, le unta con barro los ojos, le ordena lavarse en la piscina de Siloé (que significa Enviado). El ciego va, se lava y vuelve con vista (v. 1.6-7). El signo es claro, pero tan solo para el que sabe verlo. Justamente, ese milagro tan patente de Jesús se convierte en signo de contradicción: ante el mismo hecho se producen dos reacciones (la del ciego y la de los fariseos) en direcciones opuestas.

El ciego avanza, gradualmente, hacia el descubrimiento del rostroidentidad de Jesús: de un mero hombre a un profeta, hombre de Dios, Señor… hasta postrarse con fe: “¡Creo, Señor!” (v. 38). Ahora el ciego se ha convertido, está completamente iluminado, en el cuerpo y en el espíritu. Mientras el ciego avanza en el descubrimiento de Jesús, los fariseos, por el contrario, se cierran cada vez más ante la luz, no aceptan el testimonio del ciego sanado, le mandan callarse y lo expulsan (v. 34). La obstinación del corazón lleva a la ceguera interior. Lamentablemente, ¡la fe se puede también rechazar o perder! Tan solo el que acepta que la verdad le cambie la vida, no le tendrá miedo a la luz, al amor, al servicio… Vale, a este respecto, el deseo de S. Agustín, bello, como siempre, también en el texto latino: “Servum te faciat caritas, quia liberum te fecit veritas” (que la caridad te haga servidor, ya que la verdad te ha hecho libre).

Todos nosotros necesitamos de un suplemento de luz. El Principito de Saint-Exupéry nos enseña: “Lo esencial es invisible a los ojos. Se ve bien solo con el corazón”.Las últimas palabras de Johann W. Goethe fueron: “¡Más luz!”. Jesús, con la palabra y el signo, trae la luz nueva que esclarece la realidad del pecado presente en el mundo. El pecado es esa vasta zona oscura, en la que se mueven las personas que no viven a la luz del Evangelio. En esa zona oscura está también la no-comprensión del sentido de la enfermedad, del dolor, de la desgracia, males que a menudo se vinculan, erróneamente, a pecados personales. Emblemática, a este respecto, es la historia de Job, a quien sus visitadores acusan de tener pecados escondidos. Asimismo, los apóstoles son un ejemplo de esa mentalidad: al ver al ciego de nacimiento, preguntan al Maestro: “¿Quién pecó: este o sus padres?” (v. 2). Es el típico planteamiento pre-cristiano del problema del sufrimiento: identificar la causa del dolor o de la enfermedad con el pecado, con el mal de ojo, el maleficio, o cualquier hechizo por parte de otra persona…

Es una mentalidad muy extendida incluso en ámbitos cristianos, típica de personas aún no bien evangelizadas. Pienso en mis años de trabajo misionero en la República Democrática de Congo, donde los problemas y los miedos de los ndoki (palabra en idioma lingala, para decir mal de ojo, brujos…) eran algo cotidiano: muchos cristianos (incluidos algunos catequistas y religiosos) aún no estaban interiormente libres de ello. También en América Latina, en Europa y ahora en Vietnam he visto situaciones parecidas. Se percibe que la vida, sin la luz del Evangelio, es, a menudo, sinónimo de tinieblas, miedos, venganzas, manejos oscuros… que serpentean incluso entre algunos cristianos de todas las latitudes. El corazón humano nunca está del todo convertido. La acción misionera de la Iglesia no se conforma con una evangelización superficial, sino que debe llegar al corazón de las personas y a los valores de las culturas, como enseña muy bien Pablo VI (véase la exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi, 1975, n. 18-20).

Es posible salir de esta mentalidad paganizante tan solo haciendo un camino de conversión permanente, aceptando interiormente y hasta el fondo a Cristo, que ha dicho: “Yo soy la luz del mundo” (v. 5), “la verdad los hará libres” (Jn 8,32). Esta es la clara invitación de San Pablo (II lectura) a caminar como hijos de la luz (v. 8; cfr. Mt 5,14), no tomando parte en las obras estériles y vergonzosas de las tinieblas (v. 11-12), sino mirando a Cristo: “Despierta… y Cristo será tu luz” (v. 14). Cristo es la luz, Él es el Enviado del Padre, la pila en la cual sumergirse con el bautismo. Es conmovedor y significativo el hecho que lo primero que este hombre ciego ve es el rostro de Jesús, aun antes del rostro de su madre. El camino de conversión a Cristo y de misión es posible tan solo si nos abrimos de par en par a Dios en una oración “de corazón a corazón”, como nos enseña el Papa Francisco.

La luz de Cristo ayuda a comprender el sentido de la enfermedad y del dolor, como lo aprendemos del silencioso y paciente testimonio de muchas personas enfermas en el cuerpo, pero interiormente serenas. La fe es una luz nueva que nos permite captar el mensaje de vida presente en el dolor, la oportunidad de purificación y de salvación para sí y para los demás. La fe nos lleva a fiarnos de Dios, el Pastor que nos conduce por rutas seguras (Salmo responsorial). Él tiene caminos y criterios diferentes a los nuestros (I lectura): “El Señor ve el corazón” (v. 7) de las personas, como se ve en la elección de David. Este era el más pequeño, un pastor (cfr. Lc 2,8); sin embargo, Dios hace de él un rey. Los criterios de Dios son sorprendentes: sana al ciego, a un mendigo (v. 8), a un expulsado (v. 34); más tarde también Jesús será rechazado; pero Jesús lo acoge, se le auto-revela, hace de él un creyente, un testigo, un mensajero convencido (v. 30-33). Lo mismo que pasó con la Samaritana (cfr. domingo pasado). Dios nos sorprende: escoge a los últimos para anunciar y hacer crecer su Reino en el mundo.


Introducción

Hay cosas que logramos ver, pero otras se nos escapan. Crecen a ritmo vertiginoso los conocimientos científicos que nos permiten examinar, controlar, cuantificar todo lo que es material. Despiertan nuestra curiosidad y nos apasionan, nos hacen sentir orgullosos hasta el punto de inducir a algunos a creer que exista y sea verdadero solamente lo que puede ser visto con los ojos, contrastado con los sentidos, verificado con los instrumentos del laboratorio. Pero la presunción de tener bajo control toda la realidad deriva de un defecto de visión, de la privación de aquella mirada interior y espiritual que nos permite vislumbrar, barruntar los misterios de Dios, el sentido de la vida y la muerte y el destino último de la historia humana.

​Existe también otra ceguera, la del que cree poseer la luz y saber dar el justo valor a cada cosa: al dinero, al éxito, a la carrera, a la sexualidad, a la salud y a la enfermedad, a la juventud y a la vejez, a la familia, a los hijos… pero que ha sacado sus certezas de la escala de valores de este mundo; las ha deducido –quizás si darse cuenta– de las pulsiones y de emociones del momento, de cálculos interesados, de ideologías y sistemas económicos contaminados por el pecado, de charlas de salón: luces falsas, destellos poco fiables, fuegos fatuos, deslumbramientos engañosos.

​“La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Jn 1,9): Cristo, que ha llegado para disipar nuestras tinieblas, iluminar nuestras noches e introducirnos en la familia de los que son “ciudadanos de la luz y del día” (1 Tes 5,5).

Primera Lectura: 1 Samuel 16,1b.4a.6-7.10-13a

1Yahvé dijo a Samuel: “Llena pues tu cuerno de aceite y parte. Te envío donde Jesé de Belén, porque me escogí un rey entre sus hijos. 4Samuel hizo como le había dicho Yahvé. Cuando llegó a Belén, los ancianos salieron temblando a su encuentro. Le dijeron: “¿Vienes en son de paz?”. 6Cuando entraron, Samuel divisó a Eliab y pensó: “Seguramente ése será el que Yahvé va a consagrar”. 7Pero Yahvé dijo a Samuel: “Olvídate de su apariencia y de su gran altura, lo he descartado. Porque Dios no ve las cosas como los hombres: el hombre se fija en las apariencias, pero Dios ve el corazón”. 10Finalmente Jesé hizo pasar a sus siete hijos ante Samuel, y Samuel dijo a Jesé: “Yahvé no ha elegido a ninguno de estos”. 11Entonces Samuel dijo a Jesé: “¿Esos son todos tus hijos?” Respondió Jesé: “Todavía falta el menor, que cuida el rebaño”. Samuel le dijo: “Mándalo a buscar porque no nos sentaremos a la mesa hasta que no esté aquí”. 12Fueron pues a buscarlo y llegó; era rubio con hermosos ojos y una bella apariencia. Yahvé dijo entonces: “Párate y conságralo; es él”. 13Samuel tomó su cuerno con aceite y lo consagró en medio de sus hermanos. Desde entonces y en adelante el espíritu de Yahvé se apoderó de David.

“Los pensamientos de los mortales son tímidos e inciertas sus reflexiones, porque el cuerpo mortal es un peso para el alma”. Así el autor del Libro de la Sabiduría pone en guardia contra el peligro de fiarse excesiva e ingenuamente de los criterios de juicio del hombre (Sab 9,14). ¿Estará el profeta, aquel a quien el Señor confía sus propios proyectos y revela los propios misterios, inmune contra mezquinos condicionamientos? No, pues sigue siendo un hombre al que también le resulta difícil sintonizar sus propios pensamientos con los de Dios; también el profeta tiene necesidad de purificar su mirada si quiere ver la realidad con los ojos del Señor. Esto es lo que le ha sucedido a Samuel, el hombre de Dios enviado a Belén para consagrar a quien el Señor había escogido como rey.

Corría el año 1020 a.C. y el pueblo de Israel estaba atravesando un momento difícil a causa de los Filisteos que lo oprimían por todas partes. ¿Dónde encontrar en Israel a un hombre valeroso, hábil, inteligente, capaz de contener la arrogancia de enemigos tan potentes? Un día, el Señor hizo saber a Samuel que tenía a ese hombre: un joven de Belén, un hijo de Jesé. El profeta se pone en camino hacia aquella ciudad, busca la casa de Jesé, entra y cuenta lo que el Señor le ha revelado. Jesé rebosa de felicidad porque Dios ha escogido a uno de sus hijos como rey de Israel. Pero ¿cuál de ellos?, se pregunta, pues tiene muchos hijos. Después de un momento de duda, piensa: ciertamente el elegido es Eliab, el primogénito; es alto, valiente, apuesto, no puede ser otro sino él. También Samuel se ve gratamente sorprendido por el aspecto del joven, por su imponente estatura… pero oye en su interior la voz del Señor: ‘¡No, no es él!’

Un poco desilusionado, Jesé presenta al profeta, uno tras otro, a sus siete hijos. Todos apuestos, gallardos, sagaces, pero ninguno de ellos es el elegido. Perplejo y desorientado, Samuel pregunta entonces a Jesé: ¿No tienes más hijos? Sí –responde éste–, queda el pequeño. Parece absurdo que Dios lo escoja para una misión tan importante cuando puede contar con personas mejor dotadas. El profeta (que comienza a ver la realidad con ojos nuevos, los de Dios) responde: “Manda a buscarlo porque el elegido es él”.

¡Extraña e ilógica la elección de Dios! Es difícil entender su comportamiento; no es la primera vez que Dios actúa de manera contraria a nuestros criterios humanos. Ya al comienzo de la Biblia prefirió a Abel sobre Caín. El texto sagrado no explica el motivo (no dice que Abel era bueno y Caín malo). La razón es otra: Hebel (Abel) en hebreo significa “vacío, hueco”, lo que no tiene consistencia y, por tanto, aquel que no cuenta. Abel es hebel, el más débil y pequeño: es decir, tiene todo aquello que atrae la mirada de Dios. Es esta, en la Biblia, la primera manifestación de la preferencia de Dios por lo que no tiene valor.

Después Dios se escogerá a un pueblo. ¿Serán los egipcios, muy religiosos, constructores de pirámides, conocedores de los secretos de la ciencia? ¿Acaso los babilonios, ricos, potentes, versados en todos los campos del saber? No, preferirá a Israel porque… era el más pequeño (cf. Deut 7,7-8). Más tarde, para liberar a su pueblo de los madianitas, llamará a Gedeón que se excusará diciendo: “Perdón, ¿cómo podré yo librar a Israel? Precisamente mi familia es la menor y la más pobre de la tribu de Manasés y yo soy el más pequeño en la casa de mi padre” (Jue 6,15). Jesús se comporta de la misma manera: privilegia a los pequeños, los pecadores, los pobres, los pastores, las personas despreciadas, quieres serán los primeros invitados en el banquete del Reino.

¿Cómo explicar estas predilecciones de Dios? La respuesta se encuentra en la parte central de la lectura de hoy: Él no ve a las personas como las vemos nosotros; nuestra mirada contempla lo externo, no va más allá de la superficie, se detiene en lo efímero. La mirada de Dios penetra el corazón. Incluso Samuel, el hombre de Dios, el profeta del Señor se ha dejado deslumbrar por las apariencias. Es fácil que esto suceda; por eso solemos, inconscientemente, emitir juicios superficiales e injustos sobre ciertas personas. La lectura nos invita a darnos cuenta de ello y, por tanto, a revisar nuestros juicios a luz de los juicios y de la mirada del Señor.

Segunda Lectura: Efesios 5,8-14

Hermanos, 8si en otro tiempo ustedes eran tinieblas, pero ahora son luz en el Señor, pórtense como hijos de la luz, 9con bondad, con justicia y según la verdad, pues ésos son los frutos de la luz. 10Busquen lo que agrada al Señor. 11No tomen parte en las obras de las tinieblas, donde no hay nada que cosechar; al contrario, denúncienlas. 12Sólo decir lo que esa gente hace a escondidas da vergüenza; 13pero al ser denunciado por la luz se vuelve claro, y lo que se ha aclarado llegará incluso a ser luz. 14Por eso se dice: “Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos y la luz de Cristo brillará sobre ti”.

La lucha entre el bien y el mal es representada frecuentemente en la Biblia con la antítesis luz-tinieblas. “¿Puede la luz convivir con las tinieblas?”, pregunta retóricamente Pablo a los Corintios (2 Cor 6,14). El drama humano consiste en que el hombre puede elegir entre las tinieblas (alejamiento de Dios) y la luz (cf. 1 Jn 1,5.7). Para los semitas –que habían asimilado muchos aspectos de las concepciones dualísticas de Persia– el Oriente, desde donde surge el sol, era el símbolo de Dios, mientras que el Occidente indicaba al maligno. En una de sus célebres catequesis bautismales, Cirilo de Jerusalén (IV siglo) recordaba a sus fieles: “Vueltos hacia Occidente, ustedes han extendido las manos y renunciado a Satanás, porque el Occidente es el lugar de la tiniebla densa y el imperio de Satanás está en la oscuridad”.

Las exhortaciones contenidas en la lectura hay que entenderlas en este contexto. A los cristianos se les recuerda que, con el bautismo, han pasado de las tinieblas a la luz; por tanto, se espera de ellos obras de luz, es decir, bondad, justicia y verdad. En cuanto a las obras de las tinieblas –continúa Pablo– son tan vergonzosas que quien las hace se esconde, teme a la luz y busca instintivamente la oscuridad.

El Apóstol sugiere, finalmente, cómo enfrentarse a las obras malvadas: con la denuncia abierta y decidida (v. 13); deben ser condenadas con firmeza; no hay que justificarlas, ni excusarlas ni enmascararlas para hacerlas más aceptables. El simple hecho de llamarlas por su propio nombre y no con circunloquios equívocos, significa ponerlas en evidencia; es como proyectar sobre ellas un rayo de luz que las priva de su más válida protección, las tinieblas. Cuando hay luz, las obras malvadas se encuentran fuera de su ambiente vital. Es un deber de todo cristiano denunciar con coraje lo que es desorden. Hay siempre un peligro al acecho, también para los cristianos: el de caer en las redes de falsos argumentos que nos llevan a llamar “bien al mal y mal al bien” (Is 5,20).

Evangelio: Juan 9,1-41

El relato del ciego de nacimiento viene propuesto en la Cuaresma desde los primeros tiempos de la Iglesia. La razón es fácil de entender: en la historia del ciego de nacimiento todo cristiano puede fácilmente reconocer su propia historia. Antes de encontrar a Cristo era ciego; después, el Maestro le ha dado la vista, lo ha iluminado en el agua de la fuente bautismal. Cuando, después de Constantino, se comenzaron a construir los primeros baptisterios, se les dio el nombre de photisteria: “lugares de la iluminación”.

En el pasaje bíblico de hoy, Juan aprovecha un episodio de la vida de Jesús y lo utiliza para desarrollar el tema central del mensaje cristiano: la salvación recibida en Cristo. Emplea un lenguaje bíblico: la contraposición tinieblas-luz. Las tinieblas siempre han tenido una connotación negativa en la Biblia; son el símbolo del poder oscuro del mal, de la muerte, de la perdición; la luz, por el contrario, representa la orientación hacia Dios, la elección del bien y de la vida. La curación del ciego de nacimiento viene colocada en el contexto de las de la fiesta de las Chozas (cf. Jn 7,2), la más popular de las fiestas judías, hasta el punto de ser llamada simplemente “la fiesta”. Duraba una semana y se caracterizaba por la explosión de alegría popular y las liturgias de la luz y del agua. Sobre la explanada del templo, iluminada cada noche por grandes antorchas, había un pozo del que se sacaba el agua para las abluciones. A este se refería la profecía de Isaías: “Sacarán agua con gozo del manantial de la salvación” (Is 12,3).

En el segundo día de la fiesta se celebraba el rito de la “alegría del pozo” con danzas y canciones. Jesús esperó al “último día, el más solemne de la fiesta” para ponerse de pie y exclamar con gran voz: “Quien tenga sed venga a mí; y beba quien crea en mí” (Jn 7,37-38a). Fue durante esta fiesta de la luz que también dijo: “Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).

Para comprender la densidad del mensaje del evangelio de hoy hay que tener presente este contexto festivo y las referencias a la luz y al agua. El ciego llegará a ver la luz solo después de haberse lavado con el agua del Enviado. Dividiremos el pasaje en siete partes, como si se tratase de 7 escenas de una obra teatral.

La primera escena (vv. 1-5) se abre con un dialogo entre Jesús y sus discípulos cuya intervención es claramente un artificio literario para ofrecer a Jesús la oportunidad de dar la clave de lectura del episodio. Si leemos el pasaje como una mera crónica periodística, no podremos acceder al simbolismo de la curación del ciego de nacimiento y nos perderíamos el mensaje central: Jesús “es la luz del mundo” (vv. 4-5).

La pregunta de los discípulos podría ser también la nuestra: “¿Por qué ha nacido ciego este hombre?” “¿Quién ha pecado, él o sus padres?” (v. 2). En tiempos se Jesús se pensaba que Dios, en su infinita justicia, premiaba a los buenos y castigaba a los malos ya en este mundo, de acuerdo con sus obras. Las desgracias, las enfermedades, los sufrimientos eran considerados como castigos a causa de los pecados.

Esta teología, dictada por la lógica y los criterios humanos, nunca fue fácil de defender. Job se reía de ella: ¿“Por qué siguen vivos los malvados y al envejecer se hacen más ricos? Su descendencia está segura en su compañía y ven crecer a sus retoños… Así consumen su vida dulcemente y bajan al sepulcro serenamente” (Job 21,7-8.13). Y a quien lo objetaba, le respondía: “Dios reserva el castigo para sus hijos”. ¡“Que castigue al malvado para que lo sienta! ¿Qué le importa su casa una vez muerto?” (Job 21,19-21). A pesar de estos irrefutables razonamientos, la “justicia retributiva” era aceptada por todos; para explicar, por ejemplo, el nacimiento de una persona con impedimento físico se llegaba incluso a insinuar que hubiese pecado en el seno materno.

La opinión de Jesús sobre este tema es clara e iluminadora: “Ni el ciego ni sus padres han pecado” (v. 3). Es una blasfemia hablar de castigos de Dios; solo los paganos tienen esta imagen de él. Cuando la Biblia habla de los “castigos de Dios” usa un lenguaje arcaico que no es más nuestro lenguaje; con ello pretende denunciar los efectos desastrosos provocados por los pecados, no ciertamente por Dios. Hoy no se puede usar la metáfora del “castigo de Dios” sin inmediatamente aclarar su significado. Frente al mal, no tiene sentido preguntarse quién es el culpable; lo único que hay que hacer es comprometerse a eliminarlo, como ha hecho Jesús.

“Ha sucedido así, dice Jesús, para que se manifieste en él la obra de Dios” (v. 3). Todos los acontecimientos son ambivalentes. Somos nosotros los que los catalogamos como buenos o malos; en realidad, cada uno de ellos puede ser bueno o malo. Según como los vivamos, se transforman en salvación o certifican una derrota. El ciego no tiene la culpa de haber nacido así. Aquí entra el simbolismo de Juan: la ceguera es la condición en la que el hombre nace.No es suya ni de otros la culpa. Es ciego y no tiene idea de lo que sea la luz; de hecho, ni siquiera le pasa por la cabeza pedir a Jesús que lo cure. Es Jesús quien toma la iniciativa de curarlo y, con su gesto, muestra que la salvación (su luz) es un don completamente gratuito. Donde está él, hay luz, es de día. Su ausencia es noche profunda (v. 5).

En la segunda escena (vv. 6-7) se narra de manera muy sintética la curación del ciego. El método empleado resulta un tanto extraño: el lodo, la saliva… Jesús se adecua a la mentalidad de la gente de su tiempo para quien la saliva era como un concentrado del hálito, del espíritu, de la fuerza de la persona. Este gesto, realizado otras veces por Jesús (cf. Mc 7,33; 8,23), quizás contenga una referencia a la creación del hombre narrada en el libro del Génesis (cf. Gén 2,7). El evangelista querría insinuar la idea que del hálito, del Espíritu de Jesús, nace el hombre nuevo, iluminado.

El ciego no recupera inmediatamente la vista, debe ir a lavarse en el agua de Siloé y Juan hace notar que este nombre significa Enviado. La referencia a Jesús, el enviado del Padre es explícita: es su agua, la prometida a la Samaritana, la que cura la ceguera del mundo.

La tercera escena introduce el primero de los interrogantes dirigidos al ciego (vv. 8-12). Iluminado por Jesús se ha vuelto irreconocible, ha cambiado; tanto es así que sus vecinos de toda la vida se preguntan: “¿Es él o no es él?”. Es la imagen del hombre que, desde el día en que se ha convertido en discípulo, ha sido trasformado hasta el punto de no parecer la misma persona. Antes llevaba una vida corrompida, era intratable, egoísta, ávido, calculador; ahora ya no; ha cambiado su modo de reaccionar a las provocaciones. El agua, que es la palabra de Cristo, le ha abierto los ojos, le ha hecho descubrir el sinsentido de la vida que llevaba. Ha creado un hombre nuevo, iluminado.

El camino del discípulo hacia la luz plena es, sin embargo, largo y fatigoso. El evangelista lo presenta con la imagen del ciego que comienza su recorrido en el momento en que encuentra al hombre Jesús. “Ese hombre que se llama Jesús, dice, hizo barro” y a quien le pregunta, “¿Dónde está?”, responde: “No lo sé”. Confiesa la propia ignorancia, reconoce no saber todavía nada de él. El punto de partida del camino espiritual del discípulo es la toma de conciencia de no conocer a Cristo y de sentir la necesidad de saber más y más.

En la cuarta escena (vv. 13-17) intervienen las autoridades religiosas que someten al ciego a un segundo interrogatorio. No se preocupan de verificar lo sucedido. Han decidido ya que deben condenar a Jesús porque no se adecua a la idea que ellos tienen de un hombre religioso. Arrogándose el derecho de hablar en nombre de Dios, lo clasifican entre los malvados, entre los enemigos del Señor, según las normas y criterios establecidos por ellos mismos.

Esta seguridad de estar en lo cierto y de no tener necesidad de otra luz, el rechazo a cuestionar las propias certezas teológicas los lleva a afirmar con altanería: “Sabemos que este hombre no viene de Dios…” (v. 16). Son ciegos convencidos de que ven. La posición asumida por estos fariseos es una llamada de atención del peligro que corren los que comienzan a conocer a Cristo. Si siguen aferrados a las certezas y convicciones propias, si rechazan obstinadamente todo cambio, permanecerán en las tinieblas. El ciego, consciente de “no saber”, da un paso más. A los fariseos que le preguntan: “Y tu ¿qué dices del que te abrió los ojos?”, él contesta: “Que es un profeta” (v. 17). Antes pensaba que era un simple hombre; ahora ha comprendido que hay algo más en él: es un profeta.

La quinta escena (vv. 18-32) narra un nuevo interrogatorio. Esta vez las autoridades llaman a declarar a los padres del ciego. Detentan el poder y no pueden tolerar que alguien cuestione sus convicciones y prestigio. Quien se atreva a oponerse debe ser eliminado. Son tan poderosos que incluso los padres del ciego tienen miedo de ponerse de parte del hijo.

Es la historia de todo aquel que ha sido iluminado por Cristo: se convierte en un incomprendido, es abandonado, a veces traicionado por las personas más queridas, aquellas de las que podría esperar ánimos y apoyo. Es siempre difícil y arriesgado ponerse de parte de la verdad: el miedo de perder la amistad de la gente que cuenta, o las simpatías de los que ostentan el poder, induce con frecuencia a no intervenir cuando es necesario hacerlo, provocando así reticencias y silencios culpables.

En la sexta escena (vv. 24-34) de nuevo llaman a declarar al ciego. En sus respuestas, en su actitud, se adivinan las características que distinguen a quien ha sido iluminado por Cristo:

• Ante todo, es libre: no se vende a ninguno, dice lo que piensa. “Es un profeta”, afirma refiriéndose a Jesús; y cuando le objetan: “Nosotros sabemos que este hombre es un pecador”, el ciego se permite contestar con ironía: “Si es pecador, no lo sé; de una cosa estoy seguro, de que yo era ciego y ahora veo, e inmediatamente añade en tono desafiante: “Eso es lo extraño, que ustedes no sepan de donde viene…”.

• Es valiente: rechaza toda forma de servilismo, no se deja intimidar por aquellos que, abusando de su poder, insultan, amenazan, recurren a la violencia (vv. 24ss).

• Es sincero: no renuncia a decir la verdad, aunque ésta sea incómoda o desagrade a los de arriba, es decir, a los que están acostumbrados a recibir solamente la aprobación y aplausos de los aduladores.

• Es simple como una paloma, pero también prudente. Las autoridades le tienden una trampa forzándolo a admitir que se ha puesto de parte de “quien no observa el sábado”, pero él se escabulle con habilidad: “Ya se los dije y no me creyeron, ¿para qué quieren oírlo de nuevo?” Y, a continuación, les asesta una estocada irónica: “¿No será que también ustedes quieren hacerse discípulos suyos?” (v. 27).

• Se mantiene constantemente en una actitud de búsqueda: sabe de haber barruntado algo, de haber captado parte de la verdad, pero es consciente de que todavía muchas cosas se le escapan. Las autoridades, por el contrario, creen que todo lo tienen ya claro, están convencidas de saberlo todo: “Este hombre no viene de parte de Dios” (v. 16). “A nosotros nos consta que es un pecador” (v. 24). “Sabemos que Dios habló a Moisés” (v. 29). El ciego, sin embargo, ha reconocido siempre su propio límite: Donde está, “no lo sé” (v. 12); “si es un pecador, no lo sé” (v. 25). Cuando Jesús le pregunte si cree en el Hijo del hombre, le responderá “¿Quién es?”, reconociendo una vez más la propia ignorancia (v. 36).

• Finalmente resiste a las presiones y al miedo. Sufre el acoso de las autoridades, pero no renuncia a la luz recibida. Antes que obrar contra conciencia, prefiere ser expulsado de la institución (v. 34).

En la última escena (vv. 35-41) reaparece Jesús.

Todo se ha desarrollado hasta ahora como si Jesús no existiese. No ha intervenido; ha dejado que el ciego se las arregle solo en medio a las dificultades y los conflictos. El discípulo iluminado no tiene necesidad de la presencia física del Maestro; le basta la fuerza de su luz para mantenerse firme en la fe y tomar decisiones coherentes. Al final, Jesús interviene y pronuncia su sentencia, la única que cuenta cuando se trata de decidir sobre el éxito o fracaso de la vida de un hombre. Al principio había un hombre ciego y muchos presuntamente videntes. Ahora la situación ha cambiado por completo: aquellos que estaban convencidos de ver, en realidad son ciegos incurables; por el contrario, aquel que era consciente de la propia ceguera, ahora ve.

Es interesante notar cómo ha sido llamado Jesús a lo largo de todo el relato: para las autoridades (los supuestos “videntes”) él es “ese tal”, “aquel hombre”, “ese”; los jefes no se dignan ni siquiera a llamarlo por el nombre; tienen ojos, pero no quieren ver quién es él.

El ciego realiza un itinerario de fe que corresponde al de todo discípulo: al principio, Jesús es para él un simple “hombre” (v. 11); después se convierte en un “profeta” (v. 17); seguidamente es “un hombre de Dios” (vv. 32-33); finalmente es “el Señor” (v. 38). Este último título es el más importante, aquel con el que los cristianos proclamaban su fe. Antes de la inmersión en las aguas del photistérion, durante la solemne vigilia de la noche de Pascua, todo catecúmeno declaraba ante la comunidad: “Creo que Jesús es el Señor”. Desde aquel momento era recibido entre los “iluminados”.

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