Año A – Cuaresma – 3.er domingo
Juan 4,5-42: «Dame de beber»

Después de los dos primeros domingos de nuestro itinerario cuaresmal, que nos han presentado la victoria sobre la tentación y la transfiguración de nuestra vida, los tres próximos domingos nos invitan a meditar sobre tres temas eminentemente bautismales y pascuales: el agua, la luz y la vida.
Nos ayudará el Evangelio según Juan, que en este tercer domingo nos ofrece el largo diálogo entre Jesucristo y la mujer samaritana, en torno a la sed y al agua. Se trata de un diálogo entretejido de simbolismos, de alusiones bíblicas y de sentimientos humanos, que se convierte en un verdadero cortejo de Dios hacia su esposa infiel.

La cita en el pozo

Hoy Jesús también nos da cita a nosotros en el pozo, junto con la mujer samaritana. El pozo era un lugar de encuentro, como todavía ocurre en algunas partes del mundo. La Samaritana, sin embargo, parece evitar los encuentros, ya que va al pozo hacia el mediodía. También a nosotros nos sucede evitar a las personas e incluso a Dios, especialmente cuando no nos sentimos bien con nosotros mismos.

Este pozo era «el pozo de Jacob», cerca de Sicar (Siquem), por lo tanto un lugar ancestral, cargado de símbolos y tradiciones (véase Libro del Génesis 33,18-19). Este pozo todavía existe hoy y tiene más de treinta metros de profundidad. Hay una continuidad, en el tiempo y en el espacio, de necesidades, de deseos y de lugares donde el ser humano busca saciar su sed.

El pozo es una metáfora de nuestra vida de búsqueda continua de un agua capaz de apagar nuestra sed más profunda. El drama es creer que cualquier agua puede saciarnos, que todo bien, todo afecto y todo placer pueden satisfacer nuestro deseo de vida. Pero, por desgracia, todo se revela pasajero y nos remite más allá. Y Aquel que estaba «más allá» ha venido «más acá», para esperarnos en el pozo de nuestros deseos.

Esta mujer samaritana, símbolo de la humanidad sedienta de amor, con cinco maridos a sus espaldas y con un sexto hombre que no era su marido, no podía imaginar que el séptimo esposo, el Mesías, la esperaba aquel día en el pozo para cortejarla con un amor que ella no conocía.
La sed de Dios es la más profunda que existe. Pero también Dios tiene sed de nuestro amor, un deseo que lo hace mendigo. Él quiere darnos a conocer el agua viva: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú le habrías pedido a él y él te habría dado agua viva».

«Dame de beber»

El Evangelio de Juan es el Evangelio de los diálogos. A Jesús le gusta conversar con la gente y dialogar con las personas. Nuestra vida de fe, en el fondo, no es otra cosa que un diálogo ininterrumpido con él. Es un diálogo que dura toda la vida, con momentos hermosos de sintonía, pero también con periodos de desconcierto y de alejamiento. Los tiempos prolongados de enfriamiento en la relación con el Señor corren el riesgo de transformarse en un verdadero distanciamiento. La Cuaresma es el momento oportuno para profundizar este diálogo o para retomarlo.

El diálogo de Jesús con la samaritana es bastante inusual. No tanto porque ocurre en privado, sino porque sucede entre un rabino y una mujer de dudosa reputación, entre un hombre y una mujer, entre un judío y una samaritana. Jesús, como de costumbre, derriba los muros de separación, rompiendo prohibiciones y tabúes. Se presenta sin artificios, como una persona necesitada, cansada y mendiga:
«Dame de beber».

En su humanidad, reconoce que está necesitado. Habrá otra hora «hacia el mediodía» en la que Jesús expresará esta misma necesidad por última vez y como última indigencia, en la cruz:
«Tengo sed» (Jn 19,28-30).

No pasemos demasiado deprisa por esta necesidad física, la más fundamental para la supervivencia humana. Estamos acostumbrados a ver a Jesús como respuesta a nuestras necesidades, sin pensar en las suyas. Y esta es una de las necesidades que él quiso considerar como suya hasta el final de los tiempos: «Tuve sed y me disteis de beber» (Mt 25). Pensemos en las necesidades de Jesús en los sedientos, en quienes hoy se hace presente su sed. A menudo nuestras relaciones se convierten en diálogos de sordos porque partimos de nuestras diferencias e intereses, en lugar de partir de las necesidades fundamentales que nos unen.

¡Corazones, pozos que hay que limpiar!

El diálogo de Jesús gira en torno al agua, pero también al pozo. El pozo simboliza la Torá, es decir, el Pentateuco, la única parte de las Escrituras reconocida por los samaritanos como Palabra de Dios. Jesús está diciendo que esa agua de Moisés no puede saciar para siempre. Solo quien beba del agua viva que Jesús dará no tendrá sed jamás: «El agua que yo le daré se convertirá en él en una fuente de agua que brota para vida eterna».

Por lo tanto, un agua que se convierte en fuente, que fluye sin medida y sin fin. Es lo que Jesús proclamará más tarde: «Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba el que cree en mí. Como dice la Escritura: de su interior brotarán ríos de agua viva» (Jn 7,37-38).

El corazón del creyente se convierte en un pozo de agua viva gracias al Espíritu que nos ha sido dado (cf. Carta a los Romanos 5,5). Gracias a ese mismo Espíritu nos convertimos también en el nuevo templo donde Dios es adorado «en espíritu y en verdad» (cf. Primera Carta a los Corintios 3,16-17).

Sin embargo, nuestros corazones, cuando se descuidan, a veces se secan o se convierten en cisternas agrietadas de agua estancada: «Dos males ha cometido mi pueblo: me han abandonado a mí, fuente de agua viva, y se han cavado cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Libro de Jeremías 2,13).

Así vamos a sacar agua de pozos ajenos, muchas veces contaminados, y descuidamos el agua de nuestro propio pozo. Es hora de hacer como el patriarca Isaac: limpiar y reabrir los pozos que los enemigos, nuestros «filisteos», han taponado (véase Gn 26,15ss).

Hay que cavar en las profundidades del alma para liberar esa «fuente de agua que brota para vida eterna». Tal vez esté escondida bajo la roca. El bastón de Moisés, es decir, la cruz de Jesús, puede partir la roca y hacer brotar el agua (véase Libro del Éxodo 17, primera lectura).

La samaritana se convirtió en la primera «apóstol» de sus conciudadanos. Olvidó su cántaro, símbolo de sus necesidades, y corrió a la ciudad para invitar a todos a venir al Pozo del agua viva.
Sorprende cómo la samaritana presenta su testimonio, despertando curiosidad y estimulando la búsqueda de todos: «Venid a ver… ¿Será este el Cristo?»

Y así el conocimiento, la experiencia y el testimonio se multiplican: «Ya no creemos por lo que tú nos has dicho, sino porque nosotros mismos hemos oído y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo».

En resumen, ¡una misionera experta!
Un hermoso ejemplo para cada uno de nosotros.

P. Manuel João Pereira Correia, mccj



P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra