SOBRE EL LÍMITE
Carta pastoral 2025
de
DOMENICO POMPILI
Obispo de Verona

2. El límite como umbral
2.1 Límite y frontera
La distinción entre límite y frontera es decisiva y no debe darse por supuesta. La tradición filosófica nos ha enseñado a reconocer esta diferencia crucial. Pensemos por un momento en la diferencia entre un muro y una orilla. El muro dice «hasta aquí». Es una condición en la que no se logra ver más allá y todo parece dividirse en un aquí y un más allá de la historia. Es la experiencia de toda vida exiliada: en la vivencia del duelo, del abandono, de la enfermedad, de los tantos «no» de la vida, se tiene la impresión de chocar contra barreras infranqueables.
La orilla del mar cuenta, en cambio, una historia completamente distinta. No es ni agua ni tierra, sino el lugar donde el agua y la tierra se encuentran. Es un umbral que divide, pero también une un espacio; que separa, pero también permite el encuentro. Aquí podemos detenernos, cruzar, volver atrás. Es la línea de un horizonte vivo que respira y que habla de un ir y venir sin solución de continuidad. Como se lee en el Evangelio de Marcos, Jesús es aquel que no permanece inmóvil ni siquiera en el umbral y nos invita a hacer lo mismo: «Pasemos a la otra orilla» (Mc 4,35).
Esta imagen de la orilla como umbral viviente adquiere un significado particular si pensamos en nuestra relación con Dios. Somos como niños que en la playa juegan distraídamente con los granos de arena, sin darse cuenta de que se encuentran «a la orilla del mar infinito del misterio» (según la imagen atribuida a Karl Rahner). Cada momento de nuestra historia, por más contingente o aparentemente insignificante que sea, puede convertirse en un lugar donde lo infinito se hace presente. El límite ya no es un muro que excluye, sino un umbral que acoge y permite el paso, transformando nuestro mundo. Esta imagen no pierde su dimensión relacional: el límite es algo que se vuelve umbral en cuanto se refiere a lo que sucede entre nosotros, y no solo dentro de nosotros.
El descubrimiento del límite como umbral abre, por tanto, una cuestión fundamental: ¿cómo atravesar las puertas que se abren ante nosotros? ¿Cómo no temer que sean demasiado estrechas para nuestra humanidad? Emily Dickinson nos ofrece una respuesta que es al mismo tiempo poética y sapiencial:
«No sabiendo cuándo podrá llegar el alba,
dejo abierta toda puerta
que tenga alas como un pájaro
o olas, como la playa».
(Emily Dickinson, 1884)
2.2 El umbral amenazado: entre violencia y atención
La transformación del límite en umbral no es espontánea: hace falta un trabajo atento para que ocurra de manera fecunda y no precaria. En estos días en los que las noticias nos llegan cargadas de violencia —guerras que estallan, manos que gotean sangre, ciudades que arden, rostros que se cierran en el odio— parecemos testigos de un mundo a la deriva después de haber naufragado.
La violencia nace siempre cuando el límite es rechazado y se pretende vivir en lo ilimitado, mientras el ego domina el mundo como si le perteneciera. No es un resultado casual. La violencia es ilimitada por naturaleza. Se expande como un incendio en tiempo de sequía, desborda los diques como un río crecido, humilla, devasta y mata cualquier vida que encuentre ante sí. No conoce medida. No tiene frenos eficaces en el mundo ordinario, ni dentro de la psique humana ni fuera de nosotros. Al contrario, tiende a recargarse recogiendo toda la rabia del mundo.
La violencia, dicho sea de paso, nunca surge de la nada. Nace de un yo que se cree omnipotente y que niega los límites de la realidad. Al hacerlo, entra en el reino de lo imaginario, de lo irreal, del sueño, y se permite aniquilar las alteridades que encuentra. Es la misma dinámica que vemos en quien, en su propia casa, pretende que todo gire en torno a sus estados de ánimo; en el profesional que no soporta las críticas porque afectan a su imagen perfecta; en el padre o la madre que vive a los hijos como una prolongación narcisista de sí mismo.
El antídoto contra esta violencia ilimitada no es una fuerza contraria de contención, no es un dique que oponemos a la furia. Es algo infinito que está en nosotros y que produce un desplazamiento milagroso: la atención. La atención es como el regreso a la orilla, el reconocimiento de que existe un umbral que debe ser respetado entre nosotros y el mundo, entre nosotros y el otro.
La atención disuelve la dinámica violenta. Es como una inversión de marcha del alma y de la historia. Es una forma de oración que no pide nada para sí misma: no pretende cambiar el mundo según sus propios deseos, sino hacerse presente a la realidad tal como es, con sus heridas y sus preguntas, con sus necesidades y sus contradicciones. Es la mirada que sabe detenerse en el umbral, que no pretende poseer sino que sabe contemplar.
Esta mirada acoge la simple presencia de las cosas, porque las ama en su alteridad irreductible y acepta su resistencia y su misterio; reconoce al otro en su rostro auténtico y el propio dolor en su verdad, sin necesidad de alterar su naturaleza. Es el arte de permanecer en el umbral sin violentarlo.
Esta sabiduría tiene profundas consecuencias para la manera en que educamos y nos educamos. Vivimos en un mundo que tiene miedo del límite porque lo confunde con la muerte y con la desesperación. Pero el límite es vida. Es la forma que permite al ser existir y elaborar el dolor. Sin límite no hay belleza, no hay reconocimiento, no hay amor posible.
La atención nos enseña además que la oración más alta no es la que pide milagros, sino la que aprende a ver los milagros que ya existen: el hecho de que exista algo en lugar de nada, que una flor brote de la tierra, que un niño sonría, que sea posible perdonar y comenzar de nuevo. La atención es la forma de amor más radical porque ama sin dominar, mira sin juzgar, recibe y da sin exigir.
Esto es lo que más necesitamos hoy: volver a aprender el arte de la atención. No la atención frenética de la pantalla que todo lo consume y todo lo olvida, sino la atención contemplativa que sabe detenerse, que sabe esperar, que sabe reconocer en el límite no a un enemigo que hay que derribar, sino a un maestro al que honrar. En el fragmento del mundo a menudo se esconde el universo.
2.3 La disolución: cuando el yo se convierte en morada
«El agua la enseña la sed», escribía Emily Dickinson. Esto significa que en la situación del límite aprendemos a reconocer no solo nuestras necesidades, sino también la calidad de nuestro desear. Cuando nos encontramos en el límite de nuestras posibilidades, surge una pregunta decisiva: ¿somos seres que exigen satisfacción a cualquier precio, o copas capaces de acoger con gratitud el bien recibido?
Quizás también nosotros, en algún momento de la vida, hemos cultivado la ilusión de ser autosuficientes. Es humano: crecemos pensando que si nos esforzamos lo suficiente, si somos lo bastante buenos, podremos controlar todo lo que nos ocurre. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a vivir como si el mundo tuviera que adaptarse a nuestras necesidades. Poco a poco transformamos las relaciones en instrumentos para nuestro bienestar, rechazando la idea de depender de alguien o de algo. El resultado es paradójico: construimos la forma de dependencia más amarga que existe.
La vida pronto desenmascara la ilusión e interviene a su manera, devolviéndonos al límite. El esfuerzo es inevitable, pero a menudo concede la oportunidad de madurar en el plano espiritual. A veces los límites también nos curan: un fracaso puede abrir caminos formativos inesperados, una enfermedad puede reconducirnos a lo esencial, una crisis relacional puede reequilibrar nuestra vida afectiva. Son todas invitaciones de la vida a cambiar de paso para ir más lejos, más allá de nosotros mismos.
El proceso de disolución del ego no ocurre de una sola vez. Está hecho de pequeñas muertes cotidianas: renunciar a controlar el estado de ánimo de quienes viven con nosotros, aceptar que esta generación tenga un camino distinto al de la anterior, reconocer que nuestra opinión no siempre es la más importante en las mesas de trabajo. Cada vez que dejamos ir un fragmento de nuestra omnipotencia imaginaria, se abre un nuevo espacio para acoger la vida tal como es y no como quisiéramos que fuera.
Es aquí, en las cavidades que la vida nos ofrece para suspender el ritmo de los días, donde ocurre el milagro de la disolución: el yo rígido se ablanda hasta volverse receptivo. Como la arcilla en las manos del alfarero, que debe ser blanda para tomar forma. Entonces una persona anciana que acepta dejarse ayudar descubre la ternura de quienes cuidan de ella. Una figura de autoridad que reconoce su propio error sin sentirse disminuida expresa una humanidad auténtica. Quien vive en la enfermedad y se encuentra a merced del dolor puede descubrir que sus palabras pueden ser terapéuticas para otros.
El agua que simbólicamente evoca esta transformación es la del deseo. Como leemos en el Salmo 104, Dios pone un límite a las aguas: no lo pasarán ni volverán a cubrir la tierra. Aquí el límite aparece una vez más como custodia de la vida: no como impedimento, sino como condición para que cada cosa pueda existir en el espacio y en el tiempo posibles.
El yo que ha conocido sus propios confines, por tanto, no es un yo disminuido, sino un yo finalmente libre para ser él mismo sin preocuparse por convertirse en todo.
Disuelto en sus pretensiones de omnipotencia, el sujeto puede renacer como un espacio hospitalario. Ya no la fortaleza que se defiende del mundo, sino la casa que acoge la vida. Es la transformación que vemos en quienes han atravesado grandes dolores sin endurecer el corazón: personas a las que otros buscan para encontrar refugio, no porque tengan todas las respuestas, sino porque saben permanecer en las preguntas. Su presencia no pesa, libera. Su compañía no juzga, acompaña.
Esta disolución del yo en espacio hospitalario es el fruto más maduro de la sabiduría del límite. No es renuncia a la propia identidad, sino descubrimiento de la más verdadera: una identidad relacional que existe en el dar y recibir, en ser cuidado y cuidar. El yo ha aprendido que la vida no es una posesión que defender sino un don que compartir, no un derecho que reclamar sino una gracia que celebrar.
2.4 El límite de la desgracia y la puerta del cielo
«Hay un límite para todo», decimos a menudo. ¿También para el dolor y para su capacidad de ser soportado? Entonces vienen a la mente las madres y los padres que han perdido un hijo o una hija, y que por ello se encuentran en un desierto sin nombre. Un dolor que no tiene estaciones ni consuelos. Aquí la puerta entre el antes y el después es una puerta del infierno. En el corazón queda para siempre una huella vacía dejada por miradas, risas, gestos y pasos ligeros que ya no volverán.
En esta catedral del silencio, el lenguaje aprende a usar el condicional: «habría sido, habría hecho, habríamos visto…». La experiencia es durísima, pero también reveladora de un hecho que tendemos a no captar: el amor no tiene fronteras, va más allá, trasciende las ausencias, se desliza en las pausas de la historia. Entonces se descubre que la puerta del infierno estaba precedida por otra puerta: aquella que se atraviesa cuando se trae a alguien al mundo, cuando se ama a alguien, cuando se comparte una pasión con otras personas.
No es ciertamente un consuelo. Pero quizá sea un camino para comprender qué significa vivir en el umbral incluso cuando todo se derrumba. Cuando el dolor supera cierto límite, puede hablarse de desgracia, dice Simone Weil.
La desgracia es el sufrimiento que ha marcado el alma y la ha vuelto esclava para siempre. Ocurre cuando un acontecimiento se apodera de una vida, la arranca de raíz y la golpea en todas sus dimensiones. En ese momento incluso Dios parece ausente. No se sale de esa situación sino continuando amando en vano, en el vacío, a través del vacío que se ha abierto ante nuestros pasos.
Pienso en una mujer llamada Giovanna que, en la noche del terremoto de Amatrice (24 de agosto de 2016), en unos pocos segundos perdió a su padre, a su madre, a su hijo, a su hija y a su esposo.
La desgracia es el verdadero enigma de la vida. Es inútil buscar respuestas o justificaciones. Si las encontramos, ciertamente no son las verdaderas. Simplemente dejamos de reconocernos y también dejamos de luchar. Nos sentimos malditos y nada más. El mundo no puede alcanzarnos de ningún modo. Esa vibración inaudible se ofrece con una frecuencia que nadie recoge. La desesperación se consume en sí misma y se convierte en angustia. Frente a este mutismo impenetrable es necesario detenerse: el ser humano experimenta toda su impotencia.
Pero hay otra impotencia, más sutil y cotidiana. Es la amarga experiencia de padres, amigos, pastores y terapeutas que chocan contra una barrera invisible cuando intentan ayudar a alguien que, día tras día, se cierra y se aleja. Entonces se descubre que todo nuestro amor, toda nuestra dedicación y toda nuestra competencia no bastan.
También esta forma de límite puede convertirse en maestra: nos recuerda que no somos nosotros los «salvadores». Nuestra tarea es ofrecer presencia y custodiar el espacio del encuentro, habitando una suspensión que no pretende forzar los tiempos ni las condiciones de las biografías.
En cualquier caso, nunca deberíamos dejarnos aniquilar por el desaliento ni por nuestra imposibilidad de aliviar el dolor —propio y ajeno— que nos arroja a los pies de la cruz. Si en esas condiciones seguimos siendo capaces de amar, en la vida herida se abre una especie de paso infinitamente pequeño pero extremadamente precioso: por esa grieta en la historia Dios logra pasar y alcanzar su creación.
No es una bendición del mal, ni el fruto de una cultura sádica o masoquista (de la que, para decir verdad, el cristianismo no siempre se ha mantenido alejado). Es, más bien, la buena noticia de la salvación.
En ese umbral no se permanece inmóvil. Hay un tiempo de entrada, hecho de silencio, de oración, de sentimiento. Hay un tiempo de salida, hacia los hermanos y hermanas, pero también hacia toda la creación. Así podemos convertirnos, a nuestra vez, en puertas abiertas para quienes llamen y pidan permiso para entrar en nuestro espacio y en nuestro tiempo de vida.
Este movimiento de entrada y salida es el ritmo mismo de la vida espiritual madura: ninguna alienación y ninguna aniquilación, solo la respiración profunda de quien ha aprendido que todo límite puede convertirse en umbral, toda herida puede abrirse a la curación, toda puerta cerrada puede revelar otra puerta abierta. La vida nunca deja de enseñarnos el arte del atravesamiento, el arte de transformar cada frontera en un lugar de encuentro, cada final en un nuevo comienzo.