SOBRE EL LÍMITE
Carta pastoral 2025
de
DOMENICO POMPILI
Obispo de Verona

Siempre me fue querido este solitario monte,
y esta cerca, que de tanta parte
del último horizonte excluye la mirada.
Pero sentado y contemplando, interminables
espacios más allá de ella, y sobrehumanos
silencios, y profundísima quietud
yo en el pensamiento me los figuro; donde por poco
el corazón no se estremece. Y como el viento
oigo susurrar entre estas plantas, aquel
silencio infinito a esta voz
voy comparando: y me viene a la mente lo eterno,
y las estaciones muertas, y la presente
y viva, y su sonido. Así, en esta
inmensidad se anega mi pensamiento:
y naufragar me es dulce en este mar.
Giacomo Leopardi
Desde las colinas de Recanati, en una tarde de verano de 1819, un joven prodigioso, Giacomo Leopardi, se interrogaba sobre este misterio. ¿Cómo puede un obstáculo convertirse en apertura? ¿Cómo puede lo que limita hacerse infinito? ¿Cómo puede una barrera abrir la mirada a la trascendencia? El poeta nos sugiere una respuesta, sentado en recogimiento ante una cerca. Esa cerca le impide ver más allá, pero no es un muro mortificante. Es un umbral: el punto exacto donde lo real se abre a lo posible. Donde el ojo se detiene, la imaginación emprende el vuelo hacia «interminables espacios».
Cada uno de nosotros tiene sus propias “cercas”: las dependencias que nos condicionan, los miedos que nos paralizan, las heridas que nos definen, los fracasos que nos aíslan, las crisis que nos limitan, las enfermedades que nos frenan, el envejecimiento que nos debilita. Pero si Leopardi tiene razón, esos mismos obstáculos pueden transformarse de muros en puertas, de barreras en umbrales.
El hecho de que el límite sea atravesable no implica huir del presente. «Siempre me fue querido», dice el poeta, son precisamente «este yermo collado» y «esta cerca»: estos, en su concreción singular, en su unicidad irrepetible. Solo que, en ese atravesamiento, aparece algo más. El mundo suspendido se vuelve de repente intenso. Al bordear el abismo del infinito, el corazón vacila, pero cuando el viento se deja oír entre las frondas de los árboles, nace una contemplación más profunda. Ese murmullo de la naturaleza lleva consigo la eternidad misma. Es entonces cuando acontece el milagro del «dulce naufragar»: no la pérdida de sí que asusta, sino el abandono confiado a algo más grande.
El «dulce naufragar» leopardiano es un antídoto poderoso contra la cultura del rendimiento. En una sociedad que lo mide todo en términos de eficiencia y resultados, aprender el arte del naufragio se convierte en una competencia de supervivencia espiritual. No se trata de renunciar a los objetivos, sino de descubrir que el fracaso puede ser una forma de vida más profunda y más libre de lo inesencial.
En una cultura que promete todo de inmediato y que exige eficiencia a cualquier precio, este discurso no es nada fácil. Por eso, hoy vivir y no censurar el límite es una obra casi revolucionaria. Quizá nuestro problema no sea que tengamos demasiados límites, sino que ya no sabemos reconocer aquellos que nos hacen bien. Hemos confundido la libertad con el campo totalmente abierto, olvidando lo que también enseña el arte: quien pinta necesita un lienzo, quien compone necesita escalas musicales, quien escribe poesía necesita el ritmo de las palabras, quien danza necesita una coreografía. El descubrimiento leopardiano, por tanto, conlleva profundas implicaciones en el plano existencial.
Esta inquietud puede servirnos de brújula. Caminemos hacia un dulce naufragio en la inmensidad, en busca de una relación armónica —o al menos no dominante— con todas las cosas.
El límite, nuestra finitud, no es condena, sino vocación: solo aceptando ser limitados podemos abrirnos al infinito que nos habita y que es plenamente compatible con la carne humana. Esta verdad encuentra una expresión particular en la historia de un hombre que tuvo que aprender a habitar sus propios límites a través de un camino largo y tortuoso: el patriarca Jacob.
Primera parte
LA EXPERIENCIA DEL LÍMITE
1. El límite como origen
1.1 La historia de Jacob: el hermano como primer límite
La historia del patriarca Jacob se desarrolla ininterrumpidamente entre el capítulo 25 y el capítulo 50 del Génesis. Como cualquiera de nosotros, Jacob viene al mundo en extrema vulnerabilidad; se forma en el cuerpo de una madre de la que depende para sobrevivir; no ha elegido el lugar, el tiempo ni el contexto de su estar en el mundo. Pero hay más: se forma en el seno materno junto con su hermano gemelo, Esaú.
El embarazo de Rebeca se presenta complicado: dentro de ella, los dos niños chocan continuamente. Es como si ya en su vientre se estuviera librando una batalla por el espacio, por la primacía, por la misma existencia de dos pueblos que serán enemigos eternos. ¿Por qué todo esto? Rebeca va a preguntárselo directamente a Dios y recibe a cambio una profecía que la hace pasar inmediatamente de lo que sucede dentro de ella a la historia de su pueblo. Dos niños formados simultáneamente en el seno de una misma madre llegarán a ser Israel y Edom, dos naciones de relaciones complicadas, que se dispersarán y tendrán un destino imprevisible: el mayor servirá al menor. Este Dios, como sabemos, no teme trastocar lo evidente y a menudo se vincula a las figuras más débiles para abrir una historia nueva.
Esaú no es simplemente «el otro». Es el gemelo, aquel que comparte el mismo espacio vital, el mismo tiempo de formación, el mismo origen. Es la primera alteridad que Jacob encuentra, incluso antes de venir a la luz. Esaú representa todo aquello que Jacob no es: el primogénito, el heredero natural, el que goza de la preferencia paterna, el destinado a un papel de poder en la comunidad. Pero representa también todo aquello que Jacob podría llegar a ser, si aceptara habitar la relación en lugar de padecerla: un hombre capaz de fraternidad. El hermano —o la hermana— es el espejo en el que se refleja nuestra inadecuación, pero también la promesa de una plenitud posible a través del encuentro. Cuando rechazamos este límite fecundo y lo reducimos a barrera estéril, se vuelve difícil florecer como sujetos libres.
En el momento del parto, Jacob viene al mundo agarrando el talón de Esaú, como si quisiera controlarlo, como si ya estuviera dominado por el deseo de disfrutar de una bendición que no le corresponde por haber nacido en segundo lugar. Con la ayuda de su madre y aprovechándose de la ceguera de su padre, realiza su sueño: suplanta a su hermano y recibe la bendición reservada al primogénito. Así pierde su primera cita con la fraternidad. En lugar de reconocer en Esaú al compañero de un camino compartido, lo percibe como un competidor, un obstáculo para su derecho a existir plenamente. El hermano se convierte en el primer límite-barrera de su vida: no una presencia que completa, sino una frontera que le impide una imagen serena de sí mismo.
1.2 El límite como coartada universal y el precio del engaño
¿No nos resulta familiar? ¿Cuántas veces también nosotros vemos en el otro —hermano, hermana, colega, pariente, amigo, directivo, amante— a un rival con quien competir, una vida feliz que envidiar, un impedimento para convertirnos en lo que quisiéramos ser? Es tan fácil transformar a quien está a nuestro lado de don en problema, de presencia que enriquece en obstáculo que limita y entorpece nuestro deseo.
Es en este punto cuando el límite se transforma en algo aún más peligroso: se convierte en coartada. Jacob no soporta la idea de ser el segundo, de tener que esperar, de no tener acceso inmediato a todo lo que desea. La presencia del hermano mayor se convierte en la justificación perfecta para cualquier estrategia de dominación: «No podía hacer otra cosa que usar el engaño», parece decir. O bien: «La astucia era el único camino posible. Todos hacen lo mismo cuando se trata de sobrevivir».
La coartada del límite transforma la necesidad en virtud, la competencia en sabiduría, el engaño en legítima defensa. Si el mundo está dividido entre vencedores y vencidos, si las bendiciones son escasas y hay que apropiarse de ellas antes que los demás, entonces cualquier medio se vuelve lícito. Es la lógica perversa de una trama de conflictos y sospechas que reduce la existencia a un juego de suma cero donde el bien del otro coincide automáticamente con mi mal. Esta lógica de la coartada atraviesa los siglos y sigue seduciendo nuestras conciencias contemporáneas. ¿Cuántas veces también nosotros transformamos nuestros límites en justificaciones de comportamientos que, en el fondo, sabemos que son inadecuados e injustos? «Yo soy así», «No tuve oportunidades», «La sociedad me obliga», «Si no lo hago yo, lo hará otro»: son variaciones modernas del engaño de Jacob. El límite se convierte en la excusa perfecta para no asumir la responsabilidad del propio crecimiento y para no reconocer en el otro a un posible aliado en el camino de humanización. Jacob elige el engaño como salida, convencido de que puede resolverlo todo con astucia.
1.3 Exilio
La realidad, sin embargo, se revela mucho más compleja. La bendición obtenida de manera incorrecta se transforma en maldición. Esaú comienza a planear su venganza y Jacob, en peligro de muerte, debe huir. Por consejo de su madre, se refugia en Jarán, donde su tío Labán. Vivirá veinte años como exiliado, paralizado por el miedo y el sentimiento de culpa, con una bendición convertida en inútil, válida solo como recordatorio del mal cometido y de sus consecuencias. Nunca volverá a ver a su madre. El engaño que debía garantizarle un futuro le ha hecho perder lo que tenía más querido: el hogar, la familia, la paz.
El exilio de Jacob en Jarán representa el momento en que el propio tiempo se convierte en un límite insuperable. Ya no es el tiempo fecundo del crecimiento o del proyecto, sino el tiempo suspendido de la espera sin esperanza. Ya no es el tiempo de alimentar raíces para abrir el mañana, sino el de un presente estéril, aplastado entre el miedo y el arrepentimiento. En el exilio, Jacob experimenta la precariedad de quien ya no tiene un lugar en el mundo. Le falta todo: vínculos transparentes, la tierra de sus padres, la fuerza de una bendición serena, la presencia materna, la certeza de una identidad. Se ha convertido en el hombre sin morada fija, por dentro y por fuera. Es el caminante que arrastra el peso de decisiones que le impedirán para siempre regresar a la inocencia.
Por una razón u otra, también nosotros sabemos lo que se siente cuando el límite se vuelve dureza. Si hemos experimentado enfermedades que interrumpen los proyectos, duelos que vacían el sabor de los días, crisis que disuelven toda confianza o la depresión que vuelve gris cualquier horizonte, sabemos lo que significa sentirse suspendido entre un pasado que no puede repararse y un futuro que no logra encontrar acogida en los sueños que orientan el camino. Ante la muerte nos sentimos especialmente impotentes, y por eso nuestra cultura la elimina de todos los modos posibles. La muerte es el final de nuestro tiempo, de nuestras relaciones, de nuestras posibilidades. Cuando golpea a alguien que amamos, es para nosotros el fin de un mundo, el fin de ese mundo en el que estábamos juntos. La muerte puede convertirse en el muro contra el que se estrella nuestro propio deseo de vivir, nuestra voluntad de estar presentes y de resistir al dolor, a la injusticia, al sinsentido.
En estos tiempos difíciles, incluso la oración puede volverse imposible: faltan las palabras y el aliento, y cada día se presenta como un desierto donde nada puede crecer. Es el tiempo en que incluso Dios parece lejano, ausente, indiferente a nuestros gritos de ayuda y a nuestras prácticas comunitarias de consuelo. En este desierto espiritual, el poeta Rainer Maria Rilke nos ofrece una perspectiva liberadora:
«Sé paciente con todo lo que está sin resolver en tu corazón y… trata de amar las preguntas mismas, que son como habitaciones cerradas con llave y como libros escritos en una lengua extranjera. No busques ahora las respuestas que no pueden serte dadas, porque no podrías vivirlas. Y de lo que se trata es de vivirlo todo. Vive ahora las preguntas. Quizá entonces, poco a poco, sin advertirlo, vivirás algún día lejano la respuesta» (Cartas a un joven poeta, 1929).
Es la invitación a no huir de la condición de quien aún está en camino, de quien no tiene todas las respuestas, de quien debe aprender a convivir con lo inacabado.
1.4 La sospecha originaria
Hay un aspecto todavía más sutil y peligroso en esta experiencia del límite como obstáculo: la sospecha que nace en el corazón. Es lo que sucede a Adán y Eva cuando su deseo encuentra el límite de Dios: «De todo árbol del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás» (Gn 2,16-17). El mandato divino, sin embargo, no tenía como finalidad debilitarlos, sino custodiar su propio deseo: el límite es la condición necesaria para alcanzar mucho más de lo que está inmediatamente al alcance de la mano. Una palabra perversa, que se desliza con astucia, excita el deseo humano suscitando una verdadera sospecha sobre la bondad divina. Dios, según la serpiente, dio una prohibición para no tener que compartir el poder con sus criaturas: comer aquel fruto significaba abrir los ojos y hacerse fuerte como el propio Creador.
El límite al deseo es percibido, por tanto, como un muro que bloquea el devenir, cuando en realidad era una forma de custodiar el camino. Así se pervierten todos los vínculos. La sospecha respecto a Dios se derrama en nuestras relaciones, volviéndolas injustas: sucede entre mujer y hombre, que se acusan mutuamente y caen en la lógica de la dominación; sucede entre hermanos, donde el conflicto deja espacio al homicidio; sucede con toda la creación, puesta en riesgo por nuestra pretensión de control absoluto. Es una historia que acontece y vuelve a acontecer infinitas veces también hoy.
Jesús vendrá a iluminar esta escena de sospecha. Dios es aquel que se ve en él: una presencia solidaria, con palabras y gestos que sanan, liberan, despiertan, regeneran. En su finitud hay hospitalidad para todas las criaturas del mundo. El límite experimentado en la carne —al que Dios mismo se deja reconducir— no es una estrategia para tiranizar el mundo, sino la brújula que orienta el deseo hacia la libertad auténtica.
Cuando prevalece la sospecha, no hay verdadera libertad. Se responde de manera lineal, uno se coloca siempre y solo de frente, y los pensamientos se concentran en la preocupación por defenderse del mal y del enemigo. Ninguna creatividad, ningún impulso, ninguna confianza en las buenas transformaciones y en las buenas compañías.
Y, sin embargo, precisamente en este tiempo vacío y aparentemente estéril, puede suceder algo inesperado. Es lo que Jacob descubrirá: el límite puede transformarse de muro en puerta, de fin en principio, de maldición en bendición.