2º Domingo
Cuaresma (A)
Mateo 17,1-9


1 Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. 2 Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. 3 De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él. 4 Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres carpas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. 5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. 6 Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. 7 Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! 8 Cuando levantaron la vista, solo vieron a Jesús.
9 Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos .


El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente la «transfiguración de Jesús», lo ocupa una voz que viene de una extraña «nube luminosa», símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios, que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta.
La voz dice estas palabras: «Este es mi Hijo, en quien me complazco. Escuchadlo». Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés o Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro «resplandeciente como el sol».
Pero la voz añade algo más: «Escuchadlo». En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los «diez mandamientos» de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: «Escuchad a Jesús». La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.
Al oír esto, los discípulos caen por los suelos «aterrados de miedo». Están sobrecogidos por aquella experiencia tan cercana de Dios, pero también asustados por lo que han oído: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios?
Entonces Jesús «se acerca, los toca y les dice: “Levantaos. No tengáis miedo”». Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Siempre que escuchamos a Jesús en el silencio de nuestro ser, sus primeras palabras nos dicen: «Levántate, no tengas miedo».
Muchas personas solo conocen a Jesús de oídas. Su nombre les resulta tal vez familiar, pero lo que saben de él no va más allá de algunos recuerdos e impresiones de la infancia. Incluso, aunque se llamen cristianos, viven sin escuchar en su interior a Jesús. Y sin esa experiencia no es posible conocer su paz inconfundible ni su fuerza para alentar y sostener nuestra vida.
Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia escucha siempre algo como esto:
«No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón».
En el libro del Apocalipsis se puede leer así: «Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa». Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Podemos abrirle la puerta o rechazarlo. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


En el tiempo de Cuaresma, la liturgia del segundo domingo nos acerca cada año al relato de la Transfiguración de Jesús. Después de acompañarle en el desierto (el primer domingo), somos llevados a una montaña alta de la mano de Jesús.

Del desierto al monte. Conocemos la simbología de estos dos espacios. El desierto es el lugar de la soledad y el silencio, de la sequía, del ardor y la sed, del calor y la ausencia de caminos claros por los que avanzar. Pero, como bien sabemos, es también (y por ello mismo) el lugar del encuentro con el Dios de la Vida, con Aquel que está enamorado de nosotros (cf. Os 2,14). El monte es el lugar por excelencia de la comunicación de Dios. En el monte Dios se revela, se muestra, se comunica. En todas las tradiciones religiosas es el ámbito de lo divino.

El relato ante el que nos encontramos está muy elaborado y en él se presenta una teofanía descrita con la estructura y los elementos que hallamos en el Antiguo Testamento. Los primeros cristianos, tras la experiencia pascual, construyen un relato para expresarnos la presencia divina en Jesús con los elementos que para ellos eran conocidos y comprensibles.

Si lo que nos relatan lo hubieran experimentado los discípulos con anterioridad a la muerte de Jesús, seguramente se hubieran enfrentado al final de su vida de otra manera. Pero, como bien sabemos, la confirmación de quién era realmente Jesús les llega a los discípulos sólo tras la experiencia pascual. Es entonces cuando son capaces de entender y acoger que el Jesús Resucitado con el que se encontraron tras la experiencia en Jerusalén es el mismo que caminó con anterioridad junto a ellos por los caminos de Palestina, el mismo que murió en una cruz. Y es entonces cuando pueden elaborar este texto, tan cargado de simbolismo y expresividad.

En muchas cosas nos recuerda al del Bautismo (Mt 3,17). La voz de Dios expresa prácticamente lo mismo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto”. Sin embargo, hay una novedad: el imperativo “escuchadle”.

Pedro, Santiago y Juan suben junto a Jesús al monte como lo hicieron Aarón, Nadab y Abiú y 70 ancianos acompañando a Moisés (Ex 24,1). Moisés y Elías, representantes de la Ley y los profetas, son mostrados en diálogo con Jesús. Pero Jesús y su Evangelio trascienden todo lo vivido anteriormente. Por eso, aunque Pedro propone levantar una tienda igual para cada uno, es Dios mismo quien le interrumpe (“Todavía estaba hablando…”) para que todo quede resituado.

Es a él, a Jesús, a su Hijo amado, a quien hay que escuchar. En griego, “akouete autou” significa escuchadle a él solo. Dios se hace presente como lo ha hecho a lo largo de toda la historia pero ahora, en Jesús, lo lleva a cabo de un modo nuevo. Por eso hay que escucharlo. Y escuchar al Hijo predilecto es conformarse con él, transformarse en él y vivir como él, entregando la vida hasta el final por amor.

El espanto con el que los discípulos caen de bruces en el suelo es el propio de las teofanías. La presencia de lo divino asusta al ser humano porque éste se hace consciente de quién es él y quién es Dios. Pero el miedo que este relato nos describe podemos entenderlo también como aquel que brota en el creyente ante esta conciencia. ¿Cómo puede Dios mismo manifestarse ante mí? ¿Y cómo puede ser que se manifieste en Jesús, cuyo camino pasa por la cruz y la muerte?

No debemos olvidar el contexto en el que Mateo introduce este relato. Se incluye inmediatamente después del primer anuncio de la Pasión y de la reacción enardecida de un Pedro que no termina de enterarse bien y a quien Jesús regaña fuertemente. ¿Cómo no temer cuando lo último que Jesús les ha dicho es: “si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con sus cruz y me siga” (Mt 16,24)?

Los discípulos caen aterrados de miedoJesús se acerca y los toca. Como lo hizo siempre en el camino ante quienes sufrían alguna enfermedad o estaban abatidos. Jesús, a quien reconocemos como nuestro Dios y Señor, no se queda en el monte ni en la nube, ni en la luz resplandeciente… Nuestro Dios y Señor se acerca una y otra vez a ti, a mí… nos toca y nos habla invitándonos a no tener miedo y a ponernos en pie; invitándonos a volver a los caminos sanando, proclamando la Buena Noticia, liberando.

En este tiempo de Cuaresma, tiempo intenso de oración y de preparación, tiempo de conversión, este relato se nos regala como una invitación a mantener la esperanza y la consciencia de que caminamos hacia la Pascua y Resurrección. Pero no de cualquier modo, lo hacemos de la mano de Jesús, a quien debemos escuchar y quien nos conduce por los caminos invitándonos a vivir como él, quien –si caemos por alguna razón– se acerca siempre, nos levanta y nos dice: “no temas”.

Inma Eibe, ccv
https://www.feadulta.com


En el segundo domingo de Cuaresma tenemos una cita anual fija: la Transfiguración de Jesús sobre el monte Tabor (Evangelio). El hecho ocurre “seis días después” (v. 1) de los encuentros en Cesarea de Felipe (con la profesión de fe de Pedro, la promesa de su primacía, el primer anuncio de la pasión (Mt 16,13-28). Cada uno de estos hechos aporta piezas significativas para la configuración del verdadero rostro de Cristo, hacia el cual la antífona de entrada nos invita a mirar: “Busquen mi rostro. Tu rostro buscaré, Señor; no me escondas tu rostro” (Sal 26,8-9). Una respuesta a tan insistente súplica llega de un alto monte (v. 1), donde Jesús se transfiguró ante tres discípulos escogidos: “Su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (v. 2). La luz no viene de afuera, sino que emana desde dentro de la persona de Jesús. Con razón, Lucas, en el texto paralelo, subraya que Jesús subió al monte “para orar, y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). De la relación con su Padre, Jesús sale transformado interiormente; la plena identificación con el Padre resplandece en el rostro de Jesús (cfr. Jn 4,34; 14,11).

Jesús no busca su auto-glorificación; quiere que sus discípulos descubran mejor su identidad y su misión. Para tal fin, sobre el monte se realiza una manifestación de la Trinidad a través de tres signos: la voz, la luz y la nube. La voz del Padre proclama a Jesús su “Hijo, el amado. Escúchenlo” (v. 5); la luz emana del cuerpo mismo del Hijo Jesús; la nube es símbolo de la presencia del Espíritu. En ese contexto de gloria, que es un adelanto de su Pascua, Jesús habla con Moisés y Elías “de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). Oración y revelación de la Trinidad, pasión y glorificación: ahora los discípulos pueden entender algo más acerca de su Maestro. Podemos acoger una invitación para cada uno de nosotros: busquémonos un tiempo -posiblemente prolongado – para contemplar el rostro de Jesús, hasta poder decir, como Pedro: “Señor, bueno es estarnos aquí” (v. 4).

Nunca la verdadera oración es evasión. Para Jesús la oración era un momento fuerte de identificación con el Padre y de adhesión coherente y confiada a su plan de salvación. Este camino de transformación interior es el mismo para Jesús, para el discípulo y para el apóstol. La oración, vivida como escucha-diálogo de fe y de humilde abandono en Dios, tiene la capacidad de transformar la vida del cristiano y del misionero; es la única experiencia fundante de la misión. La oración alcanza su momento más verdadero cuando desemboca en el servicio al prójimo necesitado. El B. Óscar A. Romero, obispo y mártir en El Salvador (+24.3.1980) era tajante en declarar: “Una religión de misas dominicales, pero de semanas injustas, no le gusta al Señor; una religión llena de oraciones, pero sin denunciar las injusticias, no es cristiana”. En una homilía cuaresmal Benedicto XVI explicó muy bien la dimensión misionera de la oración “La oración es garantía de apertura a los demás. La verdadera oración nunca es egocéntrica; siempre está centrada en los demás. La verdadera oración es el motor del mundo, porque lo tiene abierto a Dios”.

El discípulo-misionero está convencido de que Dios es fiel y lo acompaña en todas las etapas y peripecias de la vida: en los comienzos, en los momentos de Tabor y en los momentos de Getsemaní. Dan testimonio de ello también Abrahán y Pablo. Abrahán se fio de Dios (I lectura) que lo invitaba a salir de su tierra y a dejar sus parientes para ir hacia un país desconocido (v. 1), que Dios le habría mostrado. Igualmente, San Pablo dejó el camino de Damasco para correr la nueva aventura con Jesús. Por tanto, podía exhortar al discípulo Timoteo (II lectura): “Según la fuerza de Dios,toma parte en los duros trabajos del Evangelio” (v. 8).

El Evangelio de Jesús requiere necesariamente un compromiso tenaz por la defensa y la promoción de las personas más débiles, cuya dignidad humana se ve a menudo afeada y desfigurada por tantas formas de violencia, explotación, abandono, hambre, enfermedades, ignorancia. ¡Cualquier afeamiento de la dignidad humana es contrario al proyecto original de Dios, Padre de la Vida! ¡Allí donde hay un rostro humano afeado y desfigurado, es imperiosa y urgente la presencia de la Iglesia y de los misioneros del Evangelio! Jesús, con su rostro hermoso y ‘transfigurado’, no quiere que haya hermanos y hermanas con rostros ‘desfigurados’. La actividad misionera se hace, por tanto, cercanía a las personas que están en el dolor, contacto con las heridas y curación de las llagas – físicas o morales – de los que sufren.


“El Señor te ha elegido –dice Moisés al pueblo de Israel– entre todas las naciones de la tierra como pueblo de su propiedad” (Dt 14,2). “Solo de sus padres se enamoró el Señor, los amó y de su descendencia los escogió a ustedes entre todos los pueblos de la tierra” (Dt 10,15-16). También los cristianos son “estirpe elegida” (1 Pe 2,9). “Nos consta, hermanos queridos de Dios, que ustedes han sido elegidos” (1 Tes 1,4), declara Pablo a los Tesalonicenses. Si el Señor, como afirma Pedro, “no hace diferencia entre las personas” (Hch 10,34) ¿qué sentido tiene hablar de elección?

Las elecciones de Dios no siguen los criterios humanos: no presuponen ningún mérito, surgen de su amor gratuito. Dios se ha unido a Israel no porque fuera el más numeroso de los pueblos –al contrario, era el más pequeño– sino simplemente por amor (cf. Dt 7,5-8). Santiago recuerda el comportamiento de Dios a los cristianos de sus comunidades: ¿”Acaso no escogió Dios a los pobres de este mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino”? (Sant 2,5).

Cuando Dios llama a un hombre, cuando elige a un pueblo, lo hace para confiarle una tarea, una misión, para hacerlo portavoz de sus bendiciones destinadas a todos. Así Abrahán se convertirá en “una bendición para todos los pueblos de la tierra”; Israel, el siervo del Señor, tiene el encargo de “llevar el derecho a las naciones” (Is 42,1); Pablo, es “mi instrumento elegido para difundir mi nombre entre los paganos, reyes e israelitas” (Hch 9,15). Las vocaciones de Dios no confieren ningún privilegio, no ofrecen ningún motivo para sentirse superiores o mejores que los demás, son una llamada de disponibilidad al servicio, a ser mediadores de salvación.
* Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Haznos comprender, Señor, cuán grande y comprometida es la misión a la que nos has llamado”.

Primera Lectura: Génesis 12,1-4

1 El Señor dijo a Abrán:
Sal de tu tierra nativa
y de la casa de tu padre,
a la tierra que te mostraré.
2 Haré de ti un gran pueblo,
te bendeciré, haré famoso tu nombre,
y servirá de bendición.
3 Bendeciré a los que te bendigan,
maldeciré a los que te maldigan.
En tu nombre se bendecirán
todas las familias del mundo.
4 Abrán marchó, como le había dicho el Señor, y con él marchó Lot. Abrán tenía setenta y cinco años cuando salió de Jarán.

Son casi más de dos mil millones de personas las que consideran a Abrahán su padre en la fe. El destino de este personaje –cuya figura histórica es difícil de definir porque se pierde en la noche de los tiempos– es verdaderamente singular: para hebreos, cristianos y musulmanes es el símbolo del creyente, el modelo del hombre fiel a Dios. Su nombre, que significa “el padre ama” o “el padre es exaltado”, evoca quizás el culto al Dios Padre adorado por sus antepasados en Mesopotamia, su tierra de origen.

Habitaba en Ur de los caldeos. “Mi padre era un arameo errante” recordará siempre Israel en su profesión de fe (Dt 26,5). El nombre de sus familiares, el cuadro geográfico, las costumbres, las prácticas jurídicas, el tipo de religión, los relatos de sus emigraciones sugieren colocar cronológicamente a Abrahán hacia la mitad del segundo milenio antes de Cristo. En cierto momento de su vida se produjo un cambio radical: se vio obligado a abandonar su tierra y su familia y ponerse rumbo a un país desconocido. Podemos intentar reconstruir lo que históricamente sucedió.

Mesopotamia, tierra muy fértil al ser bañada por los ríos Tigris y Éufrates era, juntamente con Egipto, la tierra más rica y avanzada del mundo. Allí se desarrollaron las técnicas agrícolas más modernas, existían escuelas superiores, una organización estatal eficiente, leyes muy sabias –baste recordar el famoso código de Hammurabi–, tribunales donde se administraba justicia con equidad. Hubiera sido una tierra feliz si no hubiera estado sometida a frecuentes invasiones por parte tribus semi-nómadas que habitaban al oeste en los márgenes del desierto, o de pueblos venidos del oriente que descendían de los altiplanos. La inseguridad que seguía a estas invasiones provocaba emigraciones forzadas de grupos, clanes, tribus, entre las que seguramente se vio envuelta la familia de Abrahán, hacia los comienzos del segundo milenio a.C.

¿Cómo ha vivido Abrahán este cambio brusco que se produjo en su vida?

El texto bíblico nos ofrece una lectura teológica de los hechos. Abrahán ha sabido discernir la voluntad de Dios en los acontecimientos a que ha tenido que enfrentarse; ha entendido que el Señor le llamaba a una gran misión y ha dado su confiado consentimiento; ha visto en lo que le estaba sucediendo (aunque doloroso, dramático, desestabilizante) un proyecto del Señor y se ha fiado de él, se ha dejado conducir por él.

El pasaje que viene propuesto hoy, ocupa un puesto clave en la historia de la salvación: marca el comienzo de un capítulo nuevo para toda la humanidad.

Después de los primeros once capítulos del Génesis que narran la historia de los orígenes del mundo y del hombre, del pecado, del diluvio y de la torre de Babel, la atención del autor sagrado se centra en un individuo y en su familia, que ocupará el resto del libro. De pronto, sin previo aviso, el Señor se dirige a Abrahán con una orden perentoria: “Sal de tu tierra nativa y de la casa de tu padre y ve a la tierra que te mostraré” (v. 1). Ninguna alusión en el relato bíblico al tiempo, al lugar, a las circunstancias, al estado de ánimo con que el patriarca ha vivido la experiencia de Dios: es una invitación a acoger, en esta vocación, el fatigoso camino espiritual propuesto a todo creyente.

A través del consejo de un amigo verdadero; en una comunicación interior; durante un retiro espiritual mientras se contempla en silencio la caída del sol; en el acontecimiento triste o alegre que desequilibra proyectos y sueños, Dios habla. Invita quizás a abandonar esa rutina que más que vivir nos hace sobrevivir; pide cortar con el pasado, con las costumbres que, aunque no nos honran mucho, al menos nos ofrecen alguna gratificación. Dios no acepta que el hombre se resigne y se adapte a falsos equilibrios; interviene, promete una vida nueva, diversa, auténtica, aunque muy comprometida y acompañada de imprevistos. No hay que extrañarse, por tanto, si de la tierra dejada atrás permanezca por largo tiempo el recuerdo y hasta la añoranza.

Dios no revela a Abrahán hacia dónde lo conduce ni tampoco le indica las etapas difíciles que deberá recorrer porque tendría miedo y ciertamente se desanimaría. Dios se comporta de la misma manera con todo hombre: lo llama a la conversión y solo poco a poco le va indicando los pasos que debe dar. Momento a momento, día a día, lo invita a dar su respuesta, a pronunciar su “sí” al Padre que lo está guiando.

En el centro del pasaje (vv. 2-3) nos encontramos con las promesas de Dios, quien no habla sino de bendiciones desde el principio hasta fin. Cinco veces aparece este término y solo indirectamente se sugiere la maldición. La bendición se extiende a todas las familias de la tierra. Nótese bien, es una bendición sin condiciones, independiente de la respuesta o de la fidelidad del hombre. Dios promete, simplemente, hacer el bien.

En el contexto del libro del Génesis este dato es particularmente significativo por estar colocado después de la narración del pecado del hombre, después de que, en un audaz antropomorfismo, se haya afirmado: “Al ver el Señor que en la tierra crecía la maldad del hombre y que toda su actitud era siempre perversa, se arrepintió de haber creado al hombre en la tierra y le pesó en el corazón” (Gn 6,5-6), y después de que, en Babel, los hombres habían incluso intentado escalar hasta el cielo.

Y esta es la respuesta de Dios al pecado: no la resignación, sino la llamada a Abrahán, la elección de un “elegido” (cf. Neh 9,7), de un siervo fiel a través del cual inaugurar una nueva historia de amor y hacer llegar su bendición a toda la humanidad.

Durante toda la escena Abrahán ha permanecido en silencio, no ha pronunciado una palabra, no ha pedido explicaciones, no ha hecho comentario alguno. Ha escuchado en silencio. El relato concluye con la anotación lacónica: “Abrahán marchó como le había dicho el Señor” (v. 4). Pocas palabras, pero las suficientes para expresar la adhesión completa del patriarca al proyecto de Dios y mostrar su total confianza en él. Es la actitud de escucha, de docilidad, de conversión, de disponibilidad a realizar “salidas” valientes que el Señor espera de todo creyente, especialmente durante la Cuaresma.

Segunda Lectura: 2 Timoteo 1,8b-10

8 No te avergüences de dar testimonio de Dios, ni de mí, su prisionero; al contrario, con la fuerza que Dios te da comparte conmigo los sufrimientos que es necesario padecer por la Buena Noticia. 9 Él nos salvó y llamó, destinándonos a ser santos, no por mérito de nuestras obras, sino por su propia iniciativa y gracia, que se nos concede desde la eternidad en nombre de Cristo Jesús 10 y que se manifiesta ahora por la aparición de nuestro salvador Cristo Jesús; quien ha destruido la muerte e iluminado la vida inmortal por medio de la Buena Noticia.

Timoteo es todavía muy joven cuando decide dedicar su vida al evangelio. Es un hombre bueno, aunque un poco tímido, y goza de la estima de todos. Cuando recibe esta carta es ya, desde hacía algunos años obispo de Éfeso, una de las mayores ciudades del imperio romano. Las cosas no van bien para las comunidades de toda la región: existen dificultades serias; han comenzado las primeras persecuciones; muchos cristianos se tambalean en su fe y comienzan por no acudir a los encuentros comunitarios y vuelven a poner sus ojos y sus intereses en los bienes de este mundo.

En el pasaje de la lectura de hoy, el autor quiere animar a aquellos discípulos duramente probados. Les recuerda que la fidelidad a Cristo lleva consigo riesgos notables y muchos sufrimientos. Dios no suele conducir a los hombres por caminos cómodos. No ha sido fácil la vida de Abrahán ni tampoco lo han sido las de Cristo, Pablo y Timoteo. Tampoco lo será la vida de los cristianos.

En la segunda parte de la lectura (vv. 9-10) viene puesto de relieve el hecho de que la vocación cristiana es completamente gratuita: los hombres no pueden hacer nada para merecerla, es puro don. Esta verdad debe despertar sentimientos de reconocimiento a Dios y una pronta adhesión a su llamada.

Evangelio: Mateo 17,1-9

Este pasaje se interpreta a veces como una breve anticipación de la experiencia del paraíso, concedida por Jesús a un grupo restringido de amigos para prepararlos a soportar la dura prueba de su pasión y muerte.

Es necesario ser muy circunspectos cuando nos acercamos a un texto evangélico porque, lo que a primera vista parece ser la crónica de un acontecimiento se revela, después de un examen más atento, como un texto de teología redactado según los cánones del lenguaje bíblico. El relato de la transfiguración de Jesús, referido casi idénticamente por Marcos, Mateo y Lucas, es un ejemplo.

Hoy nos viene propuesta la versión de Mateo. Comienza con una nota aparentemente irrelevante: “Seis días después”. ¿Después de qué? No viene dicho, pero probablemente se refiere al debate sobre la identidad de Jesús que tuvo lugar en la región de Cesárea de Felipe (cf. Mt 16,13-20). Uno se pregunta por qué Jesús tomó consigo solamente tres discípulos y por qué subió a un monte.

Comencemos por este último detalle. Es curioso, sobre todo en el evangelio de san Mateo, que cuando Jesús quiere decir algo verdaderamente importante sube a un monte: la última tentación tiene lugar en un monte (cf. Mt 4,8); las bienaventuranzas son proclamadas en un monte (cf. Mt 5,1); es en un monte donde se realiza la multiplicación de los panes (cf. Mt 15,29) y, al final del evangelio, cuando los discípulos se encuentran con el Resucitado y son enviados al mundo entero, están “en el monte que les había indicado Jesús” (Mt 28,16).

Basta recorrer las páginas del Antiguo Testamento para comprender tanta insistencia. El monte, en la Biblia como también en la mayoría de los pueblos antiguos, era el lugar del encuentro con Dios: fue en el Sinaí donde Moisés tuvo la manifestación de Dios y recibió la revelación que después transmitió a su pueblo, y fue en la cima del Oreb donde Elías tuvo el encuentro con el Señor. Es más: en Éxodo 24 leemos que Moisés subió “después de seis días” al monte, acompañado de Aarón, Nadab y Abihu (cf. Ex 24,1.9), y fue envuelto por una nube. En el monte, incluso su rostro se transfiguró por el esplendor de la gloria divina (cf. Ex 30,34). A la luz de estos textos queda claro el objetivo del evangelista: intenta presentar a Jesús como el nuevo Moisés, como el que entrega al nuevo pueblo, representado por los tres discípulos, la nueva ley; Jesús es la revelación definitiva de Dios.

El rostro resplandeciente y la ropa blanca como la luz (v.2). Estos son también motivos recurrentes en la Biblia. “Te revistes de belleza y esplendor. Te vistes de luz como de un manto” (Sal 104,1-2). Son imágenes con que viene afirmada la presencia de Dios en la persona de Jesús. Idéntico es el significado de la nube luminosa que envuelve a todos con su sombra (v. 5). En el libro del Éxodo se habla de una nube luminosa que protegía al pueblo de Israel en el desierto (cf. Ex 13,21), signo de la presencia de Dios que acompañaba a su pueblo en el camino. Cuando Moisés recibió la ley, el monte quedó envuelto en una nube (cf. Ex 24,15-16) y él descendió con el rostro resplandeciente (Ex 39,29-35). Nube y rostro resplandeciente son, por tanto, el reflejo de la presencia de Dios.

Sirviéndose de estas imágenes Mateo afirma que Pedro, Santiago y Juan, en un momento particularmente significativo de sus vidas, han sido introducidos en el mundo de Dios y han gozado de una iluminación que les ha hecho comprender la verdadera identidad del Maestro y la meta de su camino: no había de ser el mesías glorioso que ellos esperaban, sino un mesías que, después de un duro conflicto con el poder religioso, sería hostigado, perseguido y matado. Se han dado cuenta también de que sus destinos personales no serían diferentes del destino del Maestro.

La voz del cielo (v. 5). Es una expresión literaria utilizada frecuentemente por los rabinos cuando, para concluir una larga discusión sobre un tema, querían presentar el pensamiento de Dios.

El argumento del capítulo precedente (cf. Mt 16) había versado sobre la identidad de Jesús. El mismo Maestro había abierto el debate con la pregunta: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?” (Mt 16,13). Después de exponer las distintas opiniones, los apóstoles, por boca de Pedro, habían manifestado su convicción: él era el esperado mesías. La voz del cielo declara ahora el parecer de Dios: “Jesús es el predilecto”, el siervo fiel en el que se complace el Señor (cf. Is 42,1).

Ya en el momento de su bautismo fue oída esta “voz” pronunciando las mismas palabras: Este es mi Hijo predilecto” (Mt 3,17); ahora, se añade la exhortación: “¡Escúchenle!”. Escúchenle aun cuando parezca que propone caminos demasiado comprometidos, estrechos y escabrosos, elecciones paradójicas y humanamente absurdas.

En la Biblia, el verbo “escuchar” no significa solo “oír” sino que frecuentemente equivale a “obedecer” (cf. Ex 6,12; Mt 18,15-16). La recomendación que el Padre dirige a Pedro, Santiago y Juan y, a través de ellos, a todos los discípulos, es de “poner en práctica” lo que Jesús enseña. Es una invitación a orientar la vida de acuerdo con las propuestas de las bienaventuranzas.

¿Quiénes son Moisés y Elías? El primero es quien ha dado la ley a su pueblo; el otro era considerado como el primero de los profetas. Estos dos personajes representaban las sagradas Escrituras para los israelitas. Todos los libros santos de Israel tienen el objetico de dialogar con Jesús, están orientados hacia él. Sin Jesús, el Antiguo Testamento es incomprensible, pero también Jesús permanece en el misterio sin el Antiguo Testamento. En el día de Pascua, para hacer comprender a sus discípulos el significado de su muerte y resurrección, Jesús recurre al Antiguo Testamento: “Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él” (Lc 24,27).

El significado de la imagen de las tres tiendas no es fácil de determinar. Ciertamente hacen referencia al camino del éxodo e indican, quizás, el deseo de Pedro de pararse para perpetuar el gozo experimentado en un momento de intimidad espiritual con el Maestro. Quien construye una tienda intenta fijar su morada en un lugar y no moverse, al menos por un cierto tiempo. Jesús, por el contrario, está siempre de camino: se dirige a una meta y los discípulos deben seguirle.

Nuestra misma experiencia espiritual nos puede ayudar a entenderlo mejor: después de haber dialogado largamente con Dios, no deseamos volver a la rutina de cada día. Los problemas, conflictos sociales, divisiones familiares, los dramas que tenemos que afrontar nos dan miedo; sabemos, sin embargo, que la escucha de la palabra de Dios no lo es todo. No podemos pasar la vida en la iglesia ni en los oasis de retiros espirituales: es necesario salir para servir a los hermanos, para ayudar a quien sufre, para estar cerca de quien tiene necesidad de amor.

Después de haber descubierto en la oración el camino a recorrer, es necesario seguir a Cristo que sube a Jerusalén para dar la vida.

Resumamos el significado de la escena : todo el Antiguo Testamento (Moisés y Elías) cobra su significado en Jesús, pero Pedro no sabe el significado lo que está sucediendo. Aunque proclame de palabra que Jesús es “el Cristo” (cf. Mt 16,16), sigue totalmente convencido de que sea solamente un gran personaje, un hombre del nivel de Moisés y Elías, por esto sugiere que se construyan tres tiendas iguales.

Interviene Dios para corregir esta falsa interpretación de Pedro: Jesús no es solo un gran legislador o un simple profeta sino el “Hijo predilecto” del Padre.

Los tres personajes no pueden ya continuar juntos: Jesús se destaca netamente de los otros dos, es absolutamente superior. Israel había escuchado la voz del Señor a través de Moisés y los profetas. Ahora, esta voz –declara el Padre– llega a los hombres a través de Cristo. Es a él y solo a él a quien los discípulos deben escuchar, por eso el relato hace notar que, cuando los tres discípulos abren los ojos, no ven a otro que Jesús. Moisés y Elías han desaparecido, han cumplido ya su misión, es decir, han presentado el Mesías, el nuevo legislador, el nuevo profeta, al mundo.

Se ha realizado de modo sorprendente la promesa hecha por Moisés al pueblo antes de morir: “El Señor tu Dios te suscitará un profeta como yo, lo hará surgir de entre ustedes, de entre tus hermanos; y es a él a quien escucharán” (Dt 18,15).

http://www.bibleclaret.com