Año A – Cuaresma – 1º domingo
Mateo 4,1-11: «Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo»

1. De las cenizas al fuego de Pascua

Con el Miércoles de Ceniza hemos comenzado un tiempo especial y precioso para nuestra vida. Vuelve cada año y puede parecer una simple repetición, como el sucederse de las estaciones. En realidad, cada Cuaresma es distinta, porque nunca nos encuentra iguales al año anterior y trae consigo una gracia nueva para cada uno de nosotros.

El término «Cuaresma» proviene del latín quadragesima, es decir, «cuadragésimo», e indica los cuarenta días que preceden a la Pascua. El número cuarenta, en la Biblia, está cargado de significado: recuerda los cuarenta años de Israel en el desierto, los cuarenta días de camino del profeta Elías hacia el Sinaí, los cuarenta días concedidos a Nínive para convertirse y, sobre todo, los cuarenta días de Jesús en el desierto, entre su bautismo y el inicio de su misión.

Este camino nos conduce hacia la Pascua, centro y corazón de nuestra fe. Es un recorrido que parte de las cenizas —signo de la fragilidad y de las ilusiones apagadas— y se dirige hacia el fuego de la Vigilia y la luz del alba pascual, promesa de vida nueva. Bajo las cenizas puede seguir ardiendo el fuego: es el Espíritu del Resucitado quien lo reaviva y lo transforma en esperanza.

Los cuarenta días se cuentan desde el Miércoles de Ceniza hasta el Domingo de Ramos, que abre la Semana Santa. Existe un vínculo simbólico entre estos dos momentos: las cenizas se obtienen de los ramos de olivo o de palma del año anterior. Según nuestra forma de contar serían treinta y nueve días, pero en la tradición bíblica se incluyen el primero y el último día. Otra manera de calcular excluye los domingos —siempre memoria de la Pascua— y prolonga así el camino hasta el Domingo de Pascua, enlazándolo con los cincuenta días del tiempo pascual.

2. El monte altísimo de las tentaciones

Hoy somos conducidos por el Espíritu al desierto con Jesús para ser tentados por el diablo. La experiencia de la tentación la hemos vivido muchas veces, pero esta vez será diferente. No estaremos solos ante la serpiente ancestral, «la más astuta», que nos despojó de nuestro esplendor de hijos. Esta vez estaremos detrás «del más fuerte», que «le aplastará la cabeza».

Cada día pedimos al Padre que «no nos dejes caer en la tentación», pero esta vez quizá no nos conceda lo que pedimos. Este tiempo de Cuaresma será un tiempo de prueba. El Padre quiere que combatamos junto a su Hijo, para aprender de Él cómo desenmascarar a la serpiente, cómo esquivar sus maniobras mortales y cómo vencerla.

Este ciclo de pruebas concluirá en un monte, el primero de los siete en el Evangelio de Mateo. El diablo nos llevará con Jesús a «un monte muy alto y nos mostrará todos los reinos del mundo y su gloria». Este monte no nos es desconocido, ni tampoco estos reinos del mundo y su gloria. Muchas veces nos han deslumbrado con su atractivo seductor. Este monte se contrapone al séptimo monte que cierra el Evangelio de Mateo, el monte de la misión, donde Jesús dice: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra», y sus discípulos lo adoran antes de bajar a evangelizar el mundo (Mt 28,16-20).

3. Las tres tentaciones cardinales

Son tres las tentaciones a las que nosotros, como Jesús, somos sometidos. Son el compendio o la raíz de todas las tentaciones de la vida humana. Por eso diría que son las tres tentaciones cardinales, ejes de toda tentación, y que se oponen, de algún modo, a las tres virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. ¿Cuáles son estas tres tentaciones, madres de todas las demás? Las definiría con tres P: Pan, Prestigio y Poder.

La primera es la tentación del PAN. Se refiere a la satisfacción de nuestras necesidades primarias y a nuestra relación con los bienes de la tierra. Una relación desordenada con los bienes daña nuestra FE en el Padre, de quien el creyente espera confiadamente el pan de cada día. La Iglesia nos propone el ejercicio cuaresmal del AYUNO (¡de aquel bien que más nos tienta!) para sanar nuestra relación con las COSAS.

La segunda es la búsqueda del PRESTIGIO. Es la tentación que infla nuestro ego, que nos impulsa a hacernos un nombre y nos impide santificar el nombre de Dios. Se trata de una relación enfermiza con nosotros mismos, que compromete la virtud de la ESPERANZA. En efecto, la persona tiende a poner la confianza en sí misma. La Iglesia nos propone el ejercicio de la ORACIÓN y la familiaridad con la Palabra de Dios para corregir esta relación malsana con NOSOTROS MISMOS.

La tercera es el PODER. Es la tentación más peligrosa, porque nos lleva a poner a los demás a nuestro servicio. No se busca el Reino de Dios y su voluntad, sino construir nuestro propio reino y someter a los demás a nuestra voluntad. Se opone a la virtud de la CARIDAD. Es la tentación que nos enfrenta a Dios, que es amor y servicio.

Podemos pensar que esta tentación no nos afecta. En realidad, no es fácil desenmascararla. Es tanto más insidiosa cuanto más sutil. Puede presentarse con muchos rostros. Enumero siete: el poder del cargo o del servicio que ejercemos; de nuestro saber y competencia; del estatus económico; del atractivo sobre los demás; la manipulación de los afectos; el uso de los medios de comunicación; e incluso el poder religioso que manipula las conciencias… Todos, de un modo u otro, somos tentados por este Dragón de siete cabezas (Apocalipsis 12,3). Descubrir nuestro tipo de abuso de poder es de vital importancia. La Iglesia nos propone el ejercicio concreto de la caridad y del servicio para combatir esta tentación.

4. La cuarta tentación y su secreto

Las tentaciones pueden reducirse a tres, pero cada uno de nosotros tiene una tentación dominante particular, donde se manifiesta nuestra vulnerabilidad. Es una brecha en nuestras defensas, un pasaje secreto conocido por el Enemigo. Por ahí logra infiltrarse fácilmente en el corazón. Conocer esta cuarta tentación es de importancia capital para recuperar la libertad.

A menudo esa fragilidad esconde un secreto que se nos escapa. Detrás puede ocultarse una energía, como una fuente subterránea impetuosa. No reconocida o no acogida, es reprimida y desviada hacia otro lado. Detrás de ese instinto o tendencia, que intentamos en vano contener, probablemente hay una potencialidad. Se trata de un recurso que espera ser identificado y orientado adecuadamente, para aportar una nueva vitalidad a nuestra vida humana y espiritual.

Para concluir, recordemos que la Cuaresma es un tiempo de despertar para el cristiano. No solo espiritual, sino de toda la existencia. Es nuestra primavera. La vida estalla con la Pascua, pero la Cuaresma constituye su despertar: un lento renacer antes de la floración. ¡Que nuestro compromiso cuaresmal anuncie la llegada de la «bella estación»!

P. Manuel João Pereira Correia, mccj



P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra