6º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 5,17-37


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Primera Lectura – Eclesiástico 15,16-21:
SI quieres, guardarás los mandamientos
y permanecerás fiel a su voluntad.

Salmo 118
R./ Dichoso el que camina en la voluntad del Señor

Segunda Lectura – Primera carta a los Corintios 2,6-10:
Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo n

Evangelio según san Mateo 5,17-37
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas:
no he venido a abolir, sino a dar plenitud.


No a la guerra entre nosotros
José Antonio Pagola

Los judíos hablaban con orgullo de la Ley de Moisés. Según la tradición, Dios mismo la había regalado a su pueblo. Era lo mejor que habían recibido de él. En esa Ley se encierra la voluntad del único Dios verdadero. Ahí pueden encontrar todo lo que necesitan para ser fieles a Dios.
También para Jesús la Ley es importante, pero ya no ocupa el lugar central. Él vive y comunica otra experiencia: está llegando el reino de Dios; el Padre está buscando abrirse camino entre nosotros para hacer un mundo más humano. No basta quedarnos con cumplir la Ley de Moisés. Es necesario abrirnos al Padre y colaborar con él en hacer una vida más justa y fraterna.
Por eso, según Jesús, no basta cumplir la ley que ordena “No matarás”. Es necesario, además, arrancar de nuestra vida la agresividad, el desprecio al otro, los insultos o las venganzas. Aquel que no mata, cumple la ley, pero si no se libera de la violencia, en su corazón no reina todavía ese Dios que busca construir con nosotros una vida más humana.
Según algunos observadores, se está extendiendo en la sociedad actual un lenguaje que refleja el crecimiento de la agresividad. Cada vez son más frecuentes los insultos ofensivos proferidos solo para humillar, despreciar y herir. Palabras nacidas del rechazo, el resentimiento, el odio o la venganza.
Por otra parte, las conversaciones están a menudo tejidas de palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño. Palabras nacidas casi siempre de la irritación, la mezquindad o la bajeza.
No es este un hecho que se da solo en la convivencia social. Es también un grave problema en la Iglesia actual. El Papa Francisco sufre al ver divisiones, conflictos y enfrentamientos de “cristianos en guerra contra otros cristianos”. Es un estado de cosas tan contrario al Evangelio que ha sentido la necesidad de dirigirnos una llamada urgente: “No a la guerra entre nosotros”.
Así habla el Papa: “Me duele comprobar cómo en algunas comunidades cristianas, y aún entre personas consagradas, consentimos diversas formas de odios, calumnias, difamaciones, venganzas, celos, deseos de imponer las propias ideas a costa de cualquier cosa, y hasta persecuciones que parecen una implacable caza de brujas. ¿A quién vamos a evangelizar con esos comportamientos?”. El Papa quiere trabajar por una Iglesia en la que “todos puedan admirar cómo os cuidáis unos a otros, cómo os dais aliento mutuamente y cómo os acompañáis”.

José Antonio Pagola
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Pero yo os digo

“Pero yo os digo”… Seguramente algunos de los que escuchaban a Jesús en el monte se escandalizaron al oírle. La Ley, para el pueblo judío, era algo intocable. Es verdad que Jesús predica que no ha venido a abolirla (“¡menos mal!”, pensarían muchos…), pero sí expresa con claridad que desea darle “cumplimiento”, mayor plenitud, mayor significado.

Quienes seguían a Jesús se encontraban ante el dilema de cómo armonizar sus palabras y obras con la Ley. En Jesús hallaban un modo diferente de actuar. Sus acciones y su predicación eran muy distintas a las que, hasta ahora, habían visto y escuchado. En su modo de hablar y de proceder no encontraban la rigidez de la norma, sino la libertad del amor. Eso les atraía. Pero a ellos se les había enseñado una forma concreta de interpretar una Ley que había sido sellada en piedra y que tenía un peso en sus vidas nada fácil de aligerar.

No es algo tan lejano. Hoy podemos sentirnos igualmente identificados con quienes habían perdido el sentido, la capacidad de interpretar la Ley de Dios, es decir, su voluntad. La búsqueda de la voluntad de Dios debe llevarnos no al cumplimiento a rajatabla de unas normas o preceptos, sino a lo más hondo de nuestro ser, a la esencia de lo que somos, a vivir lo que estamos llamado a vivir, a nuestra vocación como seres humanos.

La voluntad de Dios no es nada que se añada a lo que somos, no nos viene de fuera. Está en lo más profundo de nuestro ser. Y ojalá se nos educara siempre para poder atender a ella, escucharla, conocerla… Lo que sucede es que es más fácil dictar unas normas y relajar nuestra conciencia pensando que así “cumplimos con Dios” porque, cuando vamos a lo más hondo, a nuestra llamada más íntima, nos damos cuenta que Dios nos quiere como a hijas e hijos y, por tanto, nos hace hermanos, nos lleva a salir de nosotros mismos, nos pone al servicio de la paz y de la justicia, del cuidado de la Creación, de la atención a quienes más lo necesitan… Nos conduce a buscar la igualdad, a denunciar la exclusión, a alimentar nuestra humanidad… Y todo esto, en lo grande y en lo pequeño, comenzando por el día a día, por las relaciones cotidianas, por aquello que está en nuestra mano y que a veces, por dejación, no realizamos.

Jesús nos dice: “si no sois mejores que los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos”. Estos hombres eran cumplidores y responsables y, por eso, se creían modelos referenciales ante los demás. Cumplían la ley con escrúpulo pero superficialmente. Sin embargo, la relación con Dios nunca nos deja en la superficie de la realidad, tranquilos y cómodos. La relación con Dios nos lleva siempre más allá, más adentro, más abajo. Por eso dice Jesús: “si cuando vas a presentar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene queja contra ti, deja allí tu ofrenda y vete a reconciliarte con tu hermano”. Para un Dios Padre-Madre, el mayor signo de amor hacia él, es que nosotros nos amemos como hermanos. Si ignoramos a quien está a nuestro lado (no importa los kilómetros de distancia que nos separen) nuestra relación con Dios no está funcionando… aunque queramos pensar que sí.

“Pero yo os digo”… Jesús explica y ayudar a comprender, nos ayuda a ir más a fondo. “No es cuestión de cambiar la Ley”, nos dice, “es cuestión de poner adecuadamente el foco en su sitio. La ley no está por encima del ser humano. La ley se hace para que le sirva en la vida, para que ayude a crecer, para fomentar unas relaciones interpersonales enriquecedoras, para el bien común… Esta es la voluntad de Dios, de mi Padre: que el ser humano viva y viva en plenitud”.

El evangelio de hoy es de una actualidad escandalosa. Estamos construyendo un mundo en el que imperan leyes deshumanizadoras, leyes que no buscan dar plenitud a la vida de las personas, leyes que fomentan la desigualdad, los muros y las fronteras.
Pero somos muchos las y los cristianos a los que hoy se nos da la oportunidad de profundizar en estas palabras de Jesús. Si de verdad nos tomamos el pulso sobre cómo buscamos y vivimos la voluntad de Dios, algo cambiará en nuestro mundo. Ante nosotros está la muerte y la vida, ¿qué escogeremos? (cf. Eclo 15,17) Que el Espíritu, la Ruah Santa, que todo lo penetra (1Cor 2,10), nos ilumine en la elección.

Inma Eibe, ccv
https://www.feadulta.com


La narración del evangelista Mateo, que habla de monte y da el tono del discurso, presenta a Jesús como legislador, un nuevo Moisés que traza el camino para el pueblo de la nueva alianza. El mensaje de Jesús es unitario y hay que entenderlo en su doble dimensión: de continuidad y de novedad. Jesús dice claramente que no ha venido para abolir la Ley o los Profetas, “sino a dar pleno cumplimiento” (v. 17). Así sabemos que las expresiones “se les dijo” – “pero yo les digo” (v. 21.22) no indican una sustitución o una contraposición de preceptos, sino una continuidad en crecimiento. Jesús no quiere rehacer un código de leyes, sino curarnos en el corazón para vivir de manera nueva la vida moral. Jesús ama, interpreta y vive la Ley, pero su relación con ella no es de tipo legalista, sino vital; no se conforma con un cumplimiento minimalista, exterior o ritual, sino que va al mismo corazón de la Ley, subraya su verdadero mensaje, pone en evidencia su valor más alto y lo expresa en su conducta y en su enseñanza. Esto quiere decir “dar pleno cumplimiento” a la Ley.

Por tanto, Jesús invita a sus discípulos a ir más allá, a superar la conducta de los escribas y de los fariseos (cfr. v. 20). Por ejemplo, el respeto hacia otra persona conllevará una relación global, que no se conforma con el límite extremo expresado en el “no matarás”: será preciso evitar también todo tipo de herida a la dignidad del otro. Cualquier tipo de opresión o explotación del otro es contrario a su dignidad de persona y de hijo de Dios. Enfadarse o insultar a un hermano con las palabras estúpido, loco y semejantes (v. 21.22) son transgresiones de la Ley, porque manifiestan desprecio del otro, cortan la posibilidad de un intercambio y de un encuentro fraterno. San Juan lo dice drásticamente: “El que no ama a su hermano es un homicida” (1Jn 3,15). El que no ama, mata; el asesinato exterior del otro no es sino una consecuencia de haberlo ya eliminado dentro de nosotros.

El mismo criterio de valor superior vale también para el adulterio en su globalidad (v. 27.28). Por tanto, mirar a una mujer (o a un hombre) con una actitud predatoria y con ojos de posesión es faltar a la reciprocidad, significa no considerar a la otra/otro como sujeto con el cual entrar en relación, sino como objeto del cual disponer.

Todo el sermón de Jesús, sobre el monte y en otros lugares, no favorece ciertamente formas religiosas de tipo legalista y ritual; Él nos invita ante todo a curar nuestro corazón; el culto que Él promueve va en la línea del “espíritu y verdad” (cfr. Jn 4,23): un culto que libera interiormente a las personas, las hace crecer en la gratuidad, ayuda a ser adultos y responsables. Porque “la plenitud de la Ley es el amor” (Rom 13,10). Observar y enseñar a los demás la custodia amorosa de la Ley es la gozosa tarea de los auténticos misioneros del Evangelio de Jesús (v. 19). Las Bienaventuranzas no son solo un estilo o un método, sino sobre todo el contenido esencial (cfr. Rmi 91), el corazón del anuncio misionero de la Iglesia.


Introducción

Los hebreos llaman Ley a los primeros cinco libros de la Biblia. Una manera sorprendente de nombrar una colección que, aun cuando contiene normas, preceptos y mandatos, no es un código de Derecho como lo entendemos hoy.

La Biblia es un relato apasionado, una historia de amor entre Israel y su Dios. Comienza con la Creación del mundo y continúa con la llamada a Abrahán, la historia de los patriarcas, la esclavitud en Egipto y el Éxodo. Una Ley bastante original. A decir verdad, el término leyno traduce exactamente el término Torah, que se deriva de la raíz iarah e indica “el acto de lanzar una flecha”, de mostrar la dirección. También nosotros nos guiamos en las carreteras por “las flechas” de las señales de tráfico.

La Torah indica el camino que conduce a la vida no dictando una normativa fría, rígida, impersonal, sino contando lo que le ha sucedido a un pueblo, Israel, la Esposa a veces fiel y la mayoría de las veces infiel a su Señor. En sus alegrías y desventuras, en sus éxitos y fracasos, en sus fiestas y sus lutos, toda persona ve reflejada en el relato bíblico la propia historia: los peligros a evitar y las decisiones sabias a tomar.

La Torah revelada a Moisés en el Sinaí no era, sin embargo, la palabra definitiva de Dios. Sobre el monte de las bienaventuranzas Jesús ha reconocido su validez. Pero, considerándola solamente como una etapa transitoria, ha indicado una nueva meta, un horizonte más lejano e ilimitado: la perfección del Padre que está en los cielos.

Quien no practica la nueva justicia, inmensamente superior a la de los escribas y fariseos, se para a mitad de camino y no entra en el reino de Dios.

• Para interiorizar el mensaje, repetiremos:
“Indícame, Señor, el camino de la vida. Lo seguiré hasta el fin”.

Primera lectura: Eclesiástico 15,15-20

15Si quieres, puedes observar los mandamientos y cumplir fielmente lo que le agrada. 16Él puso ante ti el fuego y el agua: hacia lo que quieras extenderás tu mano. 17Ante los hombres están la vida y la muerte: a cada uno se le dará lo que prefiera. 18Porque grande es la sabiduría del Señor; Él es fuerte y poderoso y ve todas las cosas. 19Sus ojos están fijos en aquellos que lo temen y Él conoce todas las obras del hombre. 20A nadie le ordenó ser impío ni dio a nadie autorización para pecar.

“Observa quién es inteligente y madruga para visitarlo; que tus pies desgasten el umbral de su puerta” (Ecl 6,36). Esta frase podría haber sido escrita a la entrada de la escuela que, a finales del siglo III o comienzos del II a.C., Ben Sirá (el Sirácide) había abierto en Jerusalén. A los jóvenes discípulos que seguían sus lecciones, y que por otra parte se sentían atraídos por las propuestas seductoras del mundo helenístico y fascinados por los cantos de sirena del mundo pagano, Él les indicaba el camino de la vida. Enseñaba la Torah, la sabiduría de Dios.

Ben Sirá era también un poeta. La Toráh era para él “como un cedro del Líbano, como un ciprés sobre el monte del Hebrón, como una planta de Engadí… deliciosa como las rosas de Jericó” … Saboreaba su perfume “como de canela y lavanda, como mirra exquisita” … Veía la sabiduría brotar de sus enunciados “como el Jordán durante la cosecha” (Eclo 24,13-24).

Fascinado por la belleza de la ley de Dios, trasmitía su pasión a sus alumnos. Les explicaba que delante de cada hombre están la vida y la muerte, el fuego y el agua; y que cada uno debe elegir; es libre y responsable de sus propias acciones; puede construir o arruinar su propia existencia. Si toma decisiones insensatas, la culpa es suya y no de Dios que ha hecho bien todas las cosas.

El ser humano no está obligado a pecar. Él puede dominar sus propios instintos (cf. Eclo 21,11), puede controlar sus deseos y pasiones (cf. Eclo 20,30). Si comete el mal, se desvía del sendero trazado por la Torah y atrae sobre sí desventuras y desgracias (cf. Eclo 40,10). Si, por el contrario, sigue los caminos indicados por el Señor, tendrá vida y bendiciones.

Así se expresaba Ben Sirá, el viejo sabio, deseoso de orientar a sus hijos y discípulos hacia el camino trazado por la Ley de Dios. 

Segunda Lectura: 1 Corintios 2,6-10

A los maduros en la fe les proponemos una sabiduría: no sabiduría de este mundo o de los jefes de este mundo, que son derribados. 7Proponemos la sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, la que Él preparó desde antiguo para nuestra gloria. 8Ningún príncipe de este mundo la conoció, porque de haberla conocido, no habrían crucificado al Señor de la gloria. 9Pero, como está escrito: “Ningún ojo vio, ni oído oyó, ni mente humana concibió, lo que Dios preparó para quienes lo aman”. 10A nosotros nos lo ha revelado Dios por medio del Espíritu; porque el Espíritu lo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios.

Había en Corinto quien, soberbio y para hacerse notar, predicaba el Evangelio haciendo alarde de sabiduría, recurriendo a sutiles razonamientos imitando los discursos de los filósofos.

Pablo enjuicia severamente a estas personas: quien se comporta así, afirma, no se ha enterado todavía de que, desde el punto de vista humano, la propuesta de la fe es una locura; es una invitación a hacerse discípulos de un ajusticiado. Solo los “locos” pueden arriesgar la vida aceptando su propuesta y solo quien es “todavía más loco” puede decidirse a convertirse en su mensajero y fervoroso defensor. Nada de irracional en la fe cristiana, ¡entendámonos!, nada que repugne a la razón, pero indudablemente la propuesta de dar la vida por la fe va contra el sentido común.

Existe sin embargo –continúa Pablo– una “sabiduría” cristiana, no “de este mundo” naturalmente sino del mundo de Dios; una sabiduría que solo puede ser entendida por “los perfectos”, es decir, por los “cristianos adultos” (v. 6). El Apóstol, que acaba de afirmar que se presentó a los corintios “en debilidad y con mucho temor y estremecimiento”, privado de la sabiduría que abundaba en los discursos persuasivos de los filósofos (cf. 1 Cor 2,3-4), se sitúa a sí mismo entre los sabios que, por medio del Espíritu Santo, recibieron una especial revelación de los misterios de Dios (v. 10).

¿De qué se trata? De aquella “sabiduría divina, misteriosa, que ha permanecido escondida, que ninguno de los jefes de este mundo ha podido conocer” (vv. 7-8), de aquella que, en otras palabras, es llamada simplemente “misterio”, “secreto callado durante siglos yrevelado hoy” (Rom 16,25-26), “misterio escondido durante siglos” (Col 1,26). Es parte del designio divino de Salvación universal, proyecto conocido por Dios desde toda la eternidad. Ninguno podía imaginar las maravillas que Dios estaba preparando.

Ahora que se está realizando, el “misterio” puede ser contemplado en su progresivo develarse y Pedro afirma que en el cielo los mismos ángeles tienen su mirada fija sobre el mundo para no perderse nada y gozar de cuanto Dios está haciendo (cf. 1 Pe 1,12). El autor de la carta a los efesios expresa lo mismo con otras palabras. Los ángeles, dice, descubren el misterio de Dios observando lo que acontece en la Iglesia: “Para que las fuerzas y poderes celestiales conocieran por medio de la Iglesia la sabiduría de Dios en todas sus formas” (Ef 3,10).

Lo que Dios está haciendo sobrepasa los deseos y esperanzas de los hombres. Adaptando un versículo del libro de Isaías (cf. Is 64,3), Pablo describe así la sorpresa que espera a aquellos que han tenido la fortuna de poder escrutar este misterio: “Ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana concibió lo que Dios tiene preparado para los que lo aman” (v. 9).

Evangelio: Mateo 5,17-37

17No piensen que he venido a abolir la ley o los profetas. No vine para abolir, sino para cumplir. 18Les aseguro que mientras duren el cielo y la tierra, ni una «i» ni una coma de la ley dejará de realizarse. 19Por tanto, quien quebrante el más mínimo de estos mandamientos y enseñe a otros a hacerlo será considerado el más pequeño en el reino de los cielos. Pero quien lo cumpla y lo enseñe será considerado grande en el reino de los cielos. 20Porque les digo que si el modo de obrar de ustedes no supera al de los letrados y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos. 21Ustedes han oído que se dijo a los antiguos: «No matarás». El homicida responderá ante el tribunal. 22Pues yo les digo que todo el que se enoje contra su hermano responderá ante el tribunal. Quien llame a su hermano imbécil responderá ante el Consejo. Quien lo llame renegado incurrirá en la pena del infierno de fuego. 23Si mientras llevas tu ofrenda al altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, 24deja la ofrenda delante del altar, ve primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a llevar tu ofrenda. 25Con quien tienes pleito busca rápidamente un acuerdo, mientras vas de camino con él. Si no, te entregará al juez, el juez al comisario y te meterán en la cárcel. 26Te aseguro que no saldrás hasta haber pagado el último centavo. 27Ustedes han oído que se dijo: «No cometerás adulterio». 28Pues yo les digo que quien mira a una mujer deseándola ya ha cometido adulterio con ella en su corazón. 29Si tu ojo derecho te lleva a pecar, sácatelo y tíralo lejos de ti. Más te vale perder una parte de tu cuerpo que ser arrojado entero al infierno. 30Y si tu mano derecha te lleva a pecar, córtatela y tírala lejos de ti. Más te vale perder una parte de tu cuerpo que terminar entero en el infierno. 31Se dijo: «Quien repudie a su mujer que le dé acta de divorcio». 32Pero yo les digo que quien repudia a su mujer –salvo en caso de concubinato– la induce a adulterio, y quien se casa con una divorciada comete adulterio. 33Ustedes, también, han oído que se dijo a los antiguos: «No jurarás en falso y cumplirás tus juramentos al Señor». 34Pero yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es trono de Dios; 35ni por la tierra, que es tarima de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del gran Rey; 36ni jures tampoco por tu cabeza, pues no puedes convertir en blanco o negro uno solo de tus cabellos. 37Que la palabra de ustedes sea sí, sí; no, no. Lo que se añada luego procede del Maligno.

“Dichosos nosotros, Israel, porque conocemos lo que agrada al Señor” (Bar 4,4). Así expresaba Baruc el orgullo de su pueblo y la gratitud al Señor que había indicado a Israel “el camino de la sabiduría” (Bar 3,27) en la Torah, en el “libro de los decretos de Dios” (Bar 4,1).

Siendo obra de Dios, la Torah no puede ser desmentida ni contradicha. “La Escritura no puede fallar”, ha declarado Jesús (Jn 10,35), porque Dios no puede repensar lo ya pensado ni renegar nada de cuanto ha dicho en el pasado ni aportar correcciones. El camino trazado por Dios en el Antiguo Testamente tiene validez perenne.

En la primera frase del evangelio de hoy, Jesús confirma esta verdad: “No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas. No vine para abolir sino para cumplir” (v. 17). Es como si Jesús sintiese la necesidad de clarificar su posición para evitar que alguien infirieraque Él, con sus palabras y su comportamiento, venía a derribar las convicciones, expectativas y esperanza de Israel, basadas en los escritos sagrados.

Jesús se mostraba respetuoso de las leyes e instituciones de su pueblo, pero las interpretaba de manera original; su punto de referencia no era la letra pura y dura del precepto, sino el bien de hombre. Por amor al hombre no dudaba en violar aun el sábado; y esta libertad suscitaba estupor, perplejidad y también irritación en las autoridades religiosas. Sin embargo, más aún que la falta de observancia de las prescripciones de los rabinos, lo que verdaderamente creaba desconcierto era su mensaje, la nueva Torah que, a juicios de sus contrarios, demolía los principios y valores sobre los que se fundaba la institución religiosa y civil de Israel.

Moisés había prometido: “Todos los pueblos de la tierra… te temerán; que el Señor te abra su rico tesoro del cielo… que el Señor te ponga en el primer lugar, no en el último; que siempre estés encima de los demás, nunca debajo” (Dt 28,10-13). ¿Cómo podía Jesús afirmarque estaba en sintonía con el Antiguo Testamento si al mismo tiempo declaraba bienaventurados a los pobres, a los perseguidos, a los oprimidos, y si anunciaba dificultades, sufrimientos y persecuciones para sus seguidores? Su mensaje parecía estar en claro contraste con la Escritura.

Leyendo a los profetas, Israel se había convencido de que el Mesías vendría a inaugurar un reino eterno, glorioso; “para consolar a los afligidos, para cambiar su ceniza en corona”mientras que promulgaría para los enemigos “el día del desquite de nuestro Dios” (Is 61,2-3). En los momentos más dramáticos de su historia, Israel encontraba en estas promesas la razón para seguir creyendo y esperando en un futuro mejor.

¿Es cierto que Jesús tiraba por tierra estas expectativas? He aquí cómo aclara su postura y sus compromisos: las promesas de Dios, explica, se cumplirán todas; ni una sola dejará de cumplirse. Antes de que termine el mundo, todo cuanto está escrito se realizará, pero de manera totalmente inesperada; la sorpresa será tan grande que incluso personas piadosas, devotas y sinceras como el Bautista, correrán el riesgo de ver vacilar la propia fe y de escandalizarse (cf. Mt 11,6).

Es desde esta luz desde la que hay que entender las palabras de Jesús que cierran la primera parte del evangelio de hoy respecto a la observancia de los preceptos, aun de los más pequeños, y de la justicia, superior a la de los escribas y fariseos (vv. 19-20). Los preceptos de la nueva justicia a que hace referencia no son los de la antigua ley sino las bienaventuranzas. Son éstas la nueva propuesta, la nueva justicia que lleva a su cumplimiento y perfección la antigua Ley que los escribas y fariseos, hay que reconocerlo, practicaban de modo ejemplar.  

Como en la práctica de la antigua Ley había quien se contentaba con ser fiel a los preceptos más importantes olvidándose de los otros, así también en la adhesión a la propuesta de las bienaventuranzas los hay quienes las admiran, las aprueban y apoyan a quienes tienenel coraje de practicarlas, pero se contentan con lo mínimo. Está también el que es coherente hasta el fondo, el que toma decisiones decisivas y radicales. A los ojos de Dios –declara Jesús con ironía– los primeros aparecerán como los “mínimos”, mientras que los otros serán tenidospor grande; serán considerados como “rabinos” en el reino de los cielos; serán personas a quienes proponer como modelos para los demás discípulos.  

En la segunda parte del evangelio (vv. 27-30) se ofrecen cuatro ejemplos del “paso hacia adelante” exigido a todos los que quieren entrar en el reino de los cielos. Se trata de cuatro disposiciones que se encuentran en el Antiguo Testamento y que no son invalidadas sino explicadas de modo original. Jesús pone en evidencia todas sus implicaciones: comienza por la Torah de Moisés, que era algo así como el punto culminante alcanzado por la “justicia” de los escribas y fariseos. Pero va más allá: propone la última meta de esta Ley. Los ejemplos aportados son seis, pero el evangelio de hoy presenta solamente cuatro; los otros dos se presentarán el próximo domingo. Todos son introducidos por la misma típica fórmula: “Han oído lo que Dios ha dicho a los antiguos…Ahora yo les digo…”. 

«No matarás» (vv.21-26).

Es el primer caso tomado en consideración. Se trata de una exigencia clara que no admite excepciones y que condena cualquier clase de homicidio (cf. Gén 9,5-6). El hombre no tiene poder sobre la vida de sus semejantes, aunque ese semejante sea un criminal (cg. Gn 4,15). La vida humana es sagrada e intocable desde el momento que aparece hasta que se apaganaturalmente. Esto estaba ya claro en la Torah antigua; sin embargo, para entrar en el reino de los cielos es necesario saber que el no matar implica mucho más. Existen otros modos sutiles, sofisticados, camuflados, de matar.  

Si existieran rayos X capaces de revelar el cementerio que llevamos oculto en nuestros corazones, nos llenaríamos de espanto. Entre los que hemos ‘matado’ encontraríamos a aquellos a los que hemos jurado no dirigir nunca la palabra, aquellos a quienes hemos negado el perdón, a quienes seguimos echándoles en cara los errores cometidos, a los que hemos quitado el buen nombre con la maledicencia o calumnia, a quienes hemos privado del amor y de la alegría de vivir…  

Jesús enseña que el mandamiento que ordena no matar lleva consigo muchas implicaciones que van más allá de la agresión física. Quien usa palabras ofensivas o se deja llevar por la ira, quien alimenta sentimientos de odio, ha matado ya a su hermano (v. 22).  

El homicidio parte siempre del corazón. No se puede odiar a una persona y sentirse en paz consigo mismo. No se llega a matar sin un proceso previo de auto-convencimiento de que nuestra posible víctima no es persona humana, no merece vivir y, por tanto, deber ser eliminada. Este trabajo de auto-convencimiento se lleva a cabo a través de la repetición constante, como un estribillo despiadado, de frases como: “Es un estúpido”, “es un loco”, “es un sin Dios”. Así se llega a acallar los remordimientos y pronunciar la sentencia final: merece “la hoguera”.

Este corazón cruel e injusto –enseña Jesús– es el que tiene que ser desarmado. A lademonización del adversario, Jesús contrapone su juicio: es un hermano. Tres veces repiteesta palabra (vv. 22-24) como un antídoto para sanar el corazón del veneno del odio, que mantienen vivo y alimentan las palabras maliciosas. Después, afronta la raíz de los conflictos, introduciendo el tema de la reconciliación.  

Resalta, ante todo, el deber y la importancia de ésta (vv. 23-24). Para ello, aprovecha el motivo de alguna práctica religiosa de Israel. Por ejemplo, antes de entrar en el templo para ofrecer sacrificios era necesario someterse a meticulosas purificaciones. Jesús declara que no es el cuerpo el que tiene necesidad de purificación, sino el corazón: la reconciliación con el hermano substituye todos los ritos purificatorios.

Enseñaban los rabinos que la más importante de las oraciones judías, la Shemá Israel, una vez comenzada, no podía ser interrumpida por ninguna razón, ni en el caso de que una serpiente se estuviera enroscando en la pierna del orante. Jesús afirma que, con el fin de reconciliarse con el hermano, se debe interrumpir no solo la Shemá Israel sino hasta la mismísima ofrenda del sacrificio del templo.  

Es difícil dar en la cultura hebrea con una imagen más eficaz que ésta para llamar la atención sobre la importancia de la reconciliación. Quien la rechaza, quien no la busca por todos los medios, se autoexcluye del “reino de los cielos”.

Los primeros cristianos habían asimilado bien esta lección. El autor de la carta a los efesios recomienda “que la puesta del Sol no los sorprenda enojados” (Ef 4,26). Unos años antes, en la joven comunidad de Antioquía de Siria había sido establecida esta norma: “En el día del Señor, quien está en discordia con su prójimo no se una a ustedes antes de haberse reconciliado, para que vuestro sacrificio no sea contaminado (Didajé 14,1-2). Dos siglos después, un obispo de la misma región exhortaba a sus hermanos en el episcopado con estas palabras: “Pronuncien sus sentencias el lunes con el fin de tener tiempo hasta el sábado para dirimir las disensiones (entre los miembros de sus comunidades) y así poder pacificar el Domingo a los divididos por la discordia” (Didascalia 2, 59, 2).

Después de haber llamado al deber de la reconciliación, Jesús resalta su urgencia (vv. 25-26). No se puede dejar para más tarde. Nunca un cristiano tendría que recurrir a los tribunales para obtener justicia; debería intentar antes ponerse de acuerdo con su hermano. En todo caso, si prefiere recurrir a los tribunales en vez de soportar la injusticia, debe tener presente que, si se presenta ante Dios en desacuerdo con su hermano, Dios no lo reconocerá como hijo. Las imágenes severas de la prisión, de los guardias, de la obligación de pagar hasta el último centavo no hay que entenderlas al pie de la letra. Son imágenes típicas de la cultura semítica y del lenguaje de los rabinos. Son usadas aquí para resaltar, de manera enérgica, la necesidad improrrogable de la reconciliación. Para obtenerla, el discípulo tiene que estar dispuesto a cualquier renuncia.  

«No cometerás adulterio».

Jesús aborda también el problema del adulterio. La letra de la Torah parecía prohibir solamente las malas acciones. Jesús, como suele hacer, va derecho al corazón y presenta las exigencias más profundas de este mandamiento. Hay amistades, sentimientos, relaciones queson ya adúlteras. Pisamos un terreno en el que, con mucha facilidad uno puede ser arrastrado por los instintos y pasiones que pueden provocar serios problemas a uno mismo, a la propia familia y a las de otros. Jesús insiste: frente a estas situaciones es necesario tener el coraje de cortar por lo sano, aunque sea doloroso, antes de que los malos deseos se transformen en adulterios de hecho.

Dos son los miembros del cuerpo que es necesario estar dispuestos a amputar: el ojo derecho y la mano derecha. En este contexto, son el símbolo de aquello que despierta la libido(miradas) y los contactos peligrosos (la mano). Hay que renunciar, antes que perder la vida, a todo aquello que, actualmente, gran parte de la opinión pública considera meras experiencias enriquecedoras, conquistas gratificantes, u ocasiones que no se deben desaprovechar. La parte derecha era considerada como la más noble, la preferida (cf. Sal 137,5). No se trata de mutilaciones materiales sino del fatigoso autocontrol del que también habla Pablo: “entreno mi cuerpo y lo someto, no sea que, después de predicar a los otros, quede yo descalificado”(1 Cor 9,27). 

La Gehena es el valle que delimita al suroeste la ciudad de Jerusalén; era el basurero de la ciudad, el lugar maldito donde se habían sacrificado y quemado niños en honor al dios Moloc; se creía que allí se encontraba la puerta de entrada al mundo de los demonios.  

Quien no sabe imponerse renuncias en el campo de la sexualidad, corre el peligro de arrojar todo el cuerpo (la propia persona) a la Gehena (la basura). No es esto un castigo de Dios sino la consecuencia misma del pecado.

«…yo les digo que quien repudia a su mujer –salvo en caso de concubinato– la induce a adulterio, y quien se casa con una divorciada comete adulterio» (vv. 31-32).

Dios ha querido el matrimonio monógamo e indisoluble. La Biblia lo afirma con claridad desde las primeras páginas: “los dos serán una sola carne” (Gén 2,24). Por la dureza del corazón del hombre, sin embargo, ha entrado también el divorcio en Israel. Contra las costumbres, las tradiciones y las interpretaciones de los rabinos, Jesús devuelve el matrimonio a la pureza de los orígenes y excluye la posibilidad de separar lo que Dios ha establecido que permanezca unido. La cláusula “excepto en caso de concubinato”, que parece dejar una puerta abierta al divorcio, se refiere en realidad a las uniones ilegítimas e irregulares. Ni la infidelidad, ni las incomprensiones ni ninguna otra dificultad matrimonial pueden legitimar un nuevo matrimonio. Cualquier unión de este tipo es definida por Jesús como adulterio, nocomo una mancha que se puede lavar con una buena confesión, sino como una decisión de muerte.  

El discípulo debe estar atento porque la mentalidad corriente, el permisivismo, la banalización de la sexualidad, la disolución de las costumbres pueden fácilmente hacer olvidar las palabras del Maestro, hacer tambalear hasta las convicciones más sólidas e inducira creer que es normal, humano y apreciable lo que, en realidad, es un subterfugio dictado por la “sabiduría de este mundo”.  

No es leal, no se hace ningún servicio a quien se le ocultan las exigencias de la moral cristiana; es desleal quien se muestra complaciente y no da importancia a posibles convivencias que inevitablemente van acompañadas de dolorosos conflictos interiores. Hay que dejar siempre en claro que la moralidad evangélica implica la renuncia, el sacrificio, la cruz y también el heroísmo de la virginidad, como dice Jesús: “hay eunucos que así mismo se hicieron eunucos por el reino de los cielos” (Mt 19,12).

Pero aun cuando las palabras de Jesús son claras, sin embargo, no dan a ningún discípulo la licencia de juzgar, criticar, condenar, humillar y marginar a aquellos que han fracasado en su vida matrimonial. Se trata, en general, de personas que han pasado a través de grandes sufrimientos y vivido situaciones dramáticas. A muchas de esas personas les resulta imposible realizar el proyecto cristiano del matrimonio. La comunidad es llamada a manifestarles la ternura y la compasión del Maestro que no ha apagado la mecha vacilante ni roto la caña quebrada (cf. Is 42,3). 

«No jurarás en falso y cumplirás tus juramentos al Señor» (vv.33-37). 

Durante el exilio de Babilonia los Israelitas habían asimilado de los babilonios, entre otras malas costumbres, la de jurar sin motivo, hasta el punto de no proferir ninguna afirmación sin acompañarla de juramentos e increpaciones. Para evitar pronunciar el nombrede Dios, recurrían a fórmulas menos comprometidas: juraban por el cielo, por el templo, por la tierra, por los padres, por sus mismas cabezas. Un sabio del siglo II a. C. recomendaba: “No te acostumbres a pronunciar juramentos, ni pronuncies a la ligera el Nombre Santo”(Eclo 23,9).  

Jesús se posiciona contra esta desconsiderada costumbre y lo hace con su acostumbrada radicalidad: “No juren en absoluto… Que tu palabra sea sí, sí, no… no. Lo que se añada luego viene del Maligno” (vv. 33-37).

No era tanto la profanación del nombre del Señor lo que le preocupaba. Existen otros elementos que hacen inaceptable el juramento para Jesús. En primer lugar, eso presupone una concepción pagana de Dios, que es imaginado como un vengador pronto a lanzar rayos y centellas contra los mentirosos y perjuros; refleja también el tipo de sociedad en la que vivimos y en la que reinan la desconfianza, la deslealtad, las sospechas mutuas.

En la comunidad de los discípulos de Jesús, el juramento es inconcebible puesto que se trata de una comunidad constituida por personas de “corazón puro” (Mt 5,8) y guiada por el espíritu de la verdad (cf. Jn 14,17; 16,13) que ha desterrado de su vida toda mentira, como recomienda Pablo: “Eliminen la mentira y díganse la verdad unos a otros ya que todos somosmiembros del mismo cuerpo” (Ef 4,25; cf. 1 Pe 2,1).

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