4º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 5,1-12
- Primera lectura – Sofonias 2, 3; 3, 12-13:
Yo dejaré en medio de ti, pueblo mío
un puñado de gente pobre y humilde.
- Salmo Responsorial – Salmo 14
- Segunda lectura – 1 Corintios 1, 26-31
Dios ha elegido a los ignorantes de este mundo, para humillar a los sabios; a los débiles del mundo, para avergonzar a los fuertes; a los insignificantes y despreciados del mundo, es decir, a los que no valen nada, para reducir a la nada a los que valen.
Evangelio – Mateo 5, 1-12a
En aquel tiempo, cuando Jesús vio a la muchedumbre, subió al monte y se sentó. Entonces se le acercaron sus discípulos. Enseguida comenzó a enseñarles, hablándoles así:
“Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos los que lloran, porque serán consolados.
Dichosos los sufridos, porque heredarán la tierra.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Dichosos los misericordiosos porque obtendrán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque se les llamará hijos de Dios.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los cielos.
Dichosos serán ustedes cuando los injurien, los persigan y digan cosas falsas de ustedes por causa mía. Alégrense y salten de contento, porque su premio será grande en los cielos”.
UNA IGLESIA MÁS EVANGÉLICA
José Antonio Pagola
Al formular las bienaventuranzas, Mateo, a diferencia de Lucas, se preocupa de trazar los rasgos que han de caracterizar a los seguidores de Jesús. De ahí la importancia que tienen para nosotros en estos tiempos en que la Iglesia ha de ir encontrando su propio estilo de vida en medio de una sociedad secularizada.
No es posible proponer la Buena Noticia de Jesús de cualquier forma. El Evangelio solo se difunde desde actitudes evangélicas. Las bienaventuranzas nos indican el espíritu que ha de inspirar la actuación de la Iglesia mientras peregrina hacia el Padre. Las hemos de escuchar en actitud de conversión personal y comunitaria. Solo así hemos de caminar hacia el futuro.
Dichosa la Iglesia «pobre de espíritu» y de corazón sencillo, que actúa sin prepotencia ni arrogancia, sin riquezas ni esplendor, sostenida por la autoridad humilde de Jesús. De ella es el reino de Dios.
Dichosa la Iglesia que «llora» con los que lloran y sufre al ser despojada de privilegios y poder, pues podrá compartir mejor la suerte de los perdedores y también el destino de Jesús. Un día será consolada por Dios.
Dichosa la Iglesia que renuncia a imponerse por la fuerza, la coacción o el sometimiento, practicando siempre la mansedumbre de su Maestro y Señor. Heredará un día la tierra prometida.
Dichosa la Iglesia que tiene «hambre y sed de justicia» dentro de sí misma y para el mundo entero, pues buscará su propia conversión y trabajará por una vida más justa y digna para todos, empezando por los últimos. Su anhelo será saciado por Dios.
Dichosa la Iglesia compasiva que renuncia al rigorismo y prefiere la misericordia antes que los sacrificios, pues acogerá a los pecadores y no les ocultará la Buena Noticia de Jesús. Ella alcanzará de Dios misericordia.
Dichosa la Iglesia de «corazón limpio» y conducta transparente, que no encubre sus pecados ni promueve el secretismo o la ambigüedad, pues caminará en la verdad de Jesús. Un día verá a Dios.
Dichosa la Iglesia que «trabaja por la paz» y lucha contra las guerras, que aúna los corazones y siembra concordia, pues contagiará la paz de Jesús que el mundo no puede dar. Ella será hija de Dios.
Dichosa la Iglesia que sufre hostilidad y persecución a causa de la justicia sin rehuir el martirio, pues sabrá llorar con las víctimas y conocerá la cruz de Jesús. De ella es el reino de Dios.
La sociedad actual necesita conocer comunidades cristianas marcadas por este espíritu de las bienaventuranzas. Solo una Iglesia evangélica tiene autoridad y credibilidad para mostrar el rostro de Jesús a los hombres y mujeres de hoy.
José Antonio Pagola
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AUDITORIO DE OCHO PUERTAS,
ES FÁCIL COLARSE
José Luis Sicre
El domingo pasado, el evangelio de Mateo nos presentaba a Jesús recorriendo Galilea y anunciado la buena noticia del Reinado de Dios. A partir de hoy, hace que los oyentes se reúnan en un gran auditorio al aire libre, se sienten en torno a Jesús, y escuchen el programa de ese reino de Dios: el “Sermón del monte”.
La selección del auditorio
Jesús no es un político que quiere ganar votos a todo precio, engañando y haciendo promesas que no cumplirá. Desea dejar claro quiénes sintonizarán con su proyecto y quiénes no. Para que no se llamen a engaño. Y eso lo expone, al principio de todo, en las bienaventuranzas.
Las bienaventuranzas proponen valores desconcertantes
Si Jesús dijera: “Dichoso el que tiene buena salud, el que gana lo suficiente para vivir, el que disfruta con su familia…” no habría necesitado justificar esas afirmaciones. Cualquier persona habría estado de acuerdo. Sin embargo, Jesús proclama dichosa a gente que sufre, llora, es perseguida… Por eso, cada bienaventuranza va seguida de una justificación: «porque de ellos es el reino de los cielos», «porque ellos serán consolados», etc. El premio prometido en la primera y última es «el Reino de los cielos». En realidad, todas las otras se refieren también a ese Reino de Dios, sólo que fijándose en determinados aspectos concretos. Este premio no podemos interpretarlo solo como algo de la otra vida. Comienza a realizarse en esta. Dicho en palabras sencillas, todas esas personas son dichosas porque pueden formar parte de la comunidad cristiana (Reino inicial de los cielos) y, más tarde, del Reino definitivo de Dios.
Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos
La mención de los pobres, los que lloran, los sufridos… puede crear una sensación de malestar, como si tuviéramos que pasar por todas esas situaciones para formar parte del reinado de Dios. Las bienaventuranzas se nos convierten en una terrible carrera de obstáculos, donde tras cada valla nos espera la siguiente. Sin embargo, las bienaventuranzas son algo muy distinto.
Las bienaventuranzas, ocho puertas para entrar al Reino de Dios
Antonio Barluzzi, el arquitecto italiano que diseñó la Basílica de las bienaventuranzas en 1939, tuvo la bella idea de una planta octogonal, y en cada lado una gran ventana por la que se puede contemplar el paisaje exterior. Sin embargo, las bienaventuranzas no son ventanas para mirar lo que ocurre fuera, sino puertas abiertas por las que se puede entrar a escuchar y seguir a Jesús.
Encima de cada puerta hay una inscripción con la bienaventuranza correspondiente. A veces el sentido del texto resulta discutible (Jesús habló en arameo, luego se tradujo al griego, y ahora lo retraducimos a nuestras lenguas). Hace falta un guía turístico que nos aclare las dudas, dentro de lo posible.
Al final, el guía te dejará solo delante del edificio. Da una vuelta en torno a él y elige la puerta que más se adecue a tu situación. Quizá encuentres varias. Si no encuentras ninguna, cuélate a escuchar lo que dirá Jesús los próximos días. Seguro que te convence.
José Luis Sicre
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DICHOSO EL QUE ES HUMANO
Y NO DESHUMANIZA A LOS DEMÁS
Fray Marcos
Para entender las bienaventuranzas, debemos recordar lo que dijimos el domingo pasado. Para todo el que no haya tenido esa experiencia interior, las bienaventuranzas son un sarcasmo. Es completamente absurdo decirle al pobre, al que pasa hambre, al que llora, al perseguido, ¡Enhorabuena! Intentar explicarlas racionalmente es una quimera, pues están más allá de la lógica. Es el mensaje más provocativo del evangelio.
Sobre las bienaventuranzas se ha dicho de todo. Para Gandhi eran la quintaesencia del cristianismo. Para Nietsche son una maldición, ya que atentan contra la dignidad del hombre. ¿A qué se debe esta abismal diferencia? Muy sencillo. Uno habla desde la mística (no cristiana). El otro pretende comprenderlas desde la racionalidad: y desde la razón, aunque sea la más preclara de los últimos siglos, es imposible entenderlas.
Sería un verdadero milagro hablar de las bienaventuranzas y no caer, en demagogia barata para arremeter contra los ricos, o en un espiritualismo que las deja completamente descafeinadas. Se trata del texto que mejor expresa la radicalidad del evangelio. La formulación, un tanto arcaica, nos impide descubrir su importancia. En realidad lo que quiere decir Jesús es que seríamos todos mucho más felices si tratáramos de desarrollar lo humano en vez de obsesionarnos con las necesidades materiales.
Mt las coloca en el primer discurso programático de Jesús. No es verosímil que Jesús haya comenzado su predicación con un discurso tan solemne y radical. El escenario del sermón nos indica hasta qué punto lo considera importante. El “monte” está haciendo clara referencia al Sinaí. Jesús, el nuevo Moisés, que promulga la “nueva Ley”. Pero hay una gran diferencia. Las bienaventuranzas no son mandamientos o preceptos. Son simples proclamaciones que invitan a seguir un camino inusitado hacia la plenitud humana.
No tiene importancia que Lc proponga cuatro y Mt nueve. Se podrían proponer cientos, pero bastaría con una, para romper los esquemas de cualquier ser humano. Se trata del ser humano que sufre limitaciones materiales o espirituales por caprichos de la naturaleza o por causa de otro, y que unas veces se manifiestan por el hambre y otras por las lágrimas. La circunstancia concreta de cada uno no es lo esencial. Por eso no tiene mayor importancia explicar cada una de ellas por separado. Todas dicen exactamente lo mismo.
La inmensa mayoría de los exegetas están de acuerdo en que las tres primeras bienaventuranzas de Lc, recogidas también en Mt, son las originales e incluso se puede afirmar con cierta probabilidad que se remontan al mismo Jesús. Parece que Mt las espiritualiza, no sólo porque dice pobre de espíritu, y hambre y sed de justicia, sino porque añade: bienaventurados los pacíficos, los limpios de corazón etc.
La diferencia entre Mt y Lc desaparece si descubrimos qué significaba en la Biblia, “pobres” (anawim). Sin este trasfondo bíblico, no podemos entenderlos. Con su despiadada crítica a la sociedad injusta, los profetas Amos, Isaías, Miqueas, denuncian una situación que clama al cielo. Los poderosos se enriquecen a costa de los pobres. No es una crítica social, sino religiosa. Pertenecen todos al mismo pueblo cuyo único Señor es Dios; pero los ricos, al esclavizar a los demás, no reconocen su soberanía…
Las bienaventuranzas no están hablando de la pobreza voluntaria aceptada por los religiosos a través de un voto. Está hablando de la pobreza impuesta por la injusticia de los poderosos. Los que quisieran salir de su pobreza y no pueden. Serán bienaventurados si descubren que nada les puede impedir ser plenamente humanos.
Otra trampa que debemos evitar al tratar este tema es la de proyectar la felicidad prometida para el más allá. Así se ha interpretado muchas veces en el pasado y aún hoy lo he visto en algunas homilías. No, Jesús está proponiendo una felicidad para el más acá. Aquí, puede todo ser humano encontrar la paz y la armonía interior que es el paso a una verdadera felicidad, que no puede consistir en el tener y consumir más que los demás…
Las bienaventuranzas nos están diciendo que otro mundo es posible. Un mundo que no esté basado en el egoísmo sino en el amor. ¿Puede ser justo que yo esté pensando en vivir cada vez mejor (entiéndase consumir más), mientras millones de personas están muriendo, por no tener un puñado de arroz que llevarse a la boca? Si no quieres ser cómplice de la injusticia, escoge la pobreza, entendida como gastar lo imprescindible. Piensa cada día lo que puedes hacer por los que te necesitan aunque te cueste algo.
Fray Marcos
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Las Bienaventuranzas: corazón del Evangelio y de la Misión
Romeo Ballan, mccj
En la secuencia de epifanías, o progresivas manifestaciones de Jesús (ver domingos anteriores), las Bienaventuranzas son el programa de su misión, la carta magna del pueblo de la nueva Alianza, una especie de constitución del Reino de Dios, valor que hay que buscar por encima de todo (Mt 6,33). Antes de ser un mensaje ético de comportamientos, las Bienaventuranzas son una afirmación teologal de la primacía de Dios, de sus criterios y opciones, a menudo contrarios a los caminos y pensamientos humanos. En realidad, las Bienaventuranzas son una reafirmación del primer mandamiento: “Yo soy el Señor tu Dios: no tendrás otro Dios fuera de mí”. Avidez de riquezas y poder, violencia, soberbia, opresión… son contrarias al programa escogido por Jesús. Él ha decidido que su Reino crezca con personas que optan por la pobreza, la mansedumbre, la pureza de corazón, el trabajo por la paz, la misericordia, la reconciliación, el sufrimiento por el mal y la injusticia… Las Bienaventuranzas reclaman la prioridad del anuncio del Dios viviente, la invitación esencial a fiarse de Dios. Porque “solo Dios basta” (Santa Teresa de Ávila).
Jesús ha vivido las Bienaventuranzas y, tras haberlas vivido, las ha propuesto. Ellas son su autorretrato, trazan su perfil interior de verdadero Dios en carne humana. Antes de ser un programa predicado desde la montaña (v. 1), las Bienaventuranzas son su autobiografía, revelan su identidad íntima, su estilo, sus opciones vitales. Contemplando la vida de Jesús pobre, manso, puro, misericordioso, sediento de amor y de justicia, comprometido por la paz, perseguido y sufriente… es posible reconstruir todo el Sermón de la Montaña, empezando por las Bienaventuranzas.
El autor de la carta a los Hebreos, en su reflexión bíblica y teológica, explica el sentido de las opciones de Cristo: “el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia, y está sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12,2). Por tanto, al discípulo se le invita a correr con paciencia la prueba que se le propone, teniendo “fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe” (ibid.). También Jesús buscaba su felicidad, al igual que cualquier otro ser viviente. Y la ha encontrado optando por las Bienaventuranzas. Este ha sido su camino y, por tanto, debe ser también el nuestro. En el programa de las Bienaventuranzas, Jesús habla de sí mismo, pero, al mismo tiempo, habla de nosotros, describe el estilo de nuestra vida de discípulos. Habla de un cambio radical. Las Bienaventuranzas son, en efecto, un vuelco total de los criterios humanos; ¡un desconcertante marchar a contracorriente! Tomarlas en serio y vivirlas –así como lo hizo Jesús– produce un salto cualitativo en la vida del mundo: ¡una auténtica revolución en el amor!
El profeta Sofonías (I lectura) exhorta a los humildes de la tierra, para que busquen al Señor, la justicia y la moderación (v. 3), porque el Señor presta una atención especial a los pobres y necesitados (salmo). S. Pablo nos lo confirma, escribiendo a los Corintios (II lectura) que Dios ha escogido lo necio del mundo, la gente baja, lo despreciable, lo que no cuenta… de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor (cfr. v. 27-29). La comunidad cristiana de Corinto es un ejemplo de ello: no hay muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos o aristócratas (v. 26). Situaciones como esta se repiten muy a menudo en las jóvenes Iglesias misioneras, sobre todo en el sur del mundo, donde el anuncio del Evangelio y el crecimiento de las comunidades cristianas se llevan a cabo con escasos y frágiles recursos, a menudo en medio de personas sencillas y humildes, casi siempre en situaciones de minoría, incomprensión, hostilidad. En las situaciones de precariedad humana, tan frecuentes en el mundo misionero, se manifiestan con mayor claridad la fuerza del Evangelio y la gratuidad de las Bienaventuranzas. Son un tesoro que es preciso guardar y preferir a otras propuestas mundanas que no hacen sino contaminar el anuncio misionero.
Es conocida la admiración de Gandhi (del cual se cumple el aniversario del asesinato: 30-1-1948) y de otros líderes espirituales no cristianos, por el mensaje de las Bienaventuranzas proclamadas por Jesús. El programa de las Bienaventuranzas exige la conversión interior de los evangelizadores, sin la cual no son posibles ni misión ad gentes, ni actividad pastoral, ni verdadero ecumenismo. Las Bienaventuranzas de Jesús no son solo un estilo o un método, sino el contenido esencial, el corazón del anuncio misionero.
¿QUÉ BUSCA LA PERSONA HUMANA SINO LA ALEGRÍA?
Fernando Armellini
Introducción
¿Quieres ser feliz por unas horas? Emborráchate. ¿Quieres serlo por algunos años? Toma los placeres que la vida te brinda. Lo sugiere el mismo Qohelet: “Anda, come tu pan con alegría y bebe contento tu vino…y no falte el perfume en tu cabeza, disfruta la vida con la mujer que amas todo lo que te dure esta vida fugaz” (Ecl 9,7-9).
Pero, ¿cómo ser feliz siempre?
La alegría no se identifica con el placer que, aunque querido y bendecido por Dios, es efímero, caduco y tantas veces desemboca en tristeza y desilusión. “También entre risas llora el corazón, y la alegría termina en aflicción” (Prov 14,13).
La Biblia garantiza una paradoja: la alegría verdadera y durable nace del empeño, de la renuncia, de la abnegación, del sacrificio y es compañera del dolor. “Ahora me alegro de sufrir por ustedes”, declara Pablo a los Colosenses (Col 1,24). A los cristianos perseguidos, Santiago recomienda: “Hermanos míos, estimen como la mayor felicidad el tener que soportar diversas pruebas” (Sant 1,2) y Pedro reconoce: “Ustedes…se alegran con gozo indecible y glorioso” (1 Pe 1,8).
¿Cuál es el secreto de esta alegría? Lo revela Jesús: “Más vale dar que recibir” (Hch20,35). No es bienaventurado quien acumula y retiene egoístamente los bienes para sí, sino quien, repartiendo, se hace pobre para socorrer al necesitado.
Una propuesta desconcertante. Aceptarla es arriesgado, pero Él es la garantía.
Primera Lectura: Sofonías 2,3; 3,12-13
3Busquen al Señor, los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad; tal vez así encontrarán un refugio el día de la ira del Señor…. 3.12Dejaré en ti un pueblo pobre y humilde, 13un resto de Israel que se acogerá al Señor, que no cometerá crímenes ni dirá mentiras ni tendrá en la boca una lengua embustera. Pastarán y se tenderán sin que nadie los espante.
Hubo un tiempo en el que se pensaba que Dios parecía haberse aliado con los ricos: el bienestar, la fortuna, la abundancia de bienes, la prole numerosa, eran considerados signos de su bendición (cf. Dt 28,1-14). Leyendo el Antiguo Testamento vemos que el ideal del israelita era la riqueza, no la pobreza.
Poco a poco, sin embargo, la mentalidad de Israel cambia, sobre todo a consecuencia de la predicación de los profetas. La riqueza –comenzaron a pensar muchos– más que una bendición de Dios, es a menudo fuente de problemas, abusos, explotación de trabajadores, engaños, hábiles maquinaciones, injusticias. Ya no se considera a los pobres desdichados a causa de su impiedad, sino víctimas en manos de los poderosos. A los desdichados, grita Miqueas con indignación, “les arrancan la piel del cuerpo, la carne de los huesos” (cf.Miq3,2).
Sofonías vive pocos años antes de la destrucción de Jerusalén, en un período de caos social y político. Aunque de procedencia burguesa, el profeta arremete contra los dignatarios de la corte, contra los comerciantes, contra los impíos (cf. Sof 1,8-12) y contra todos aquellos que cometen injusticias. Amenaza con un inminente castigo de Dios y, como última posibilidad de salvación, los invita a la “conversión al Señor”.
En la lectura de hoy, el profeta clarifica qué cosa significa convertirse y dirige una invitación a todos: “Busquen al Señor los humildes que cumplen sus mandatos: busquen la justicia, busquen la humildad” (v. 3). Convertirse significa llegar a ser como los humildes, como los pobres.
Es la primera vez que en la Biblia la palabra ‘pobre’ es utilizada con una connotación nueva: no indica solamente una situación social y económica sino, sobre todo, una actitud religiosa interior. Para Sofonías, pobre es aquel que, no teniendo ninguna seguridad, confía enteramente en Dios y se somete a su voluntad.
En el día del castigo, asegura el profeta, Dios permitirá sobrevivir en el país a “un pueblo humilde (pobre) y sin recursos, un resto de Israel que buscará refugio en el nombre del Señor” (vv. 12-13).
Después de Sofonías, este nuevo significado del término ‘pobre’ tuvo mucha fortuna. La ‘espiritualidad de la pobreza’ gozó de un desarrollo cada vez mayor, dando origen a un gran número de Salmos en los que la palabra ‘pobre’ es utilizada como sinónimo de piadoso, justo, temeroso de Dios. Es en el contexto de este movimiento espiritual donde hay que colocar el mensaje de Jesús.
Segunda Lectura: 1 Corintios 1,26-31
26Miren, hermanos, quiénes han sido llamados: entre ustedes no hay muchos sabios humanamente hablando, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; 27por el contrario, Dios ha elegido a los locos del mundo para humillar a los sabios, Dios ha elegido a los débiles del mundo para humillar a los fuertes, 28Dios ha elegido a gente sin importancia, a los despreciados del mundo y a los que no valen nada, para anular a los que valen algo. 29Y así nadie podrá gloriarse frente a Dios. 30Gracias a Él ustedes son de Cristo Jesús, que se ha convertido para ustedes en sabiduría de Dios y justicia, en consagración y redención. 31Así se cumple lo escrito: «El que se gloría que se gloríe en el Señor».”
Habíamos indicado el domingo pasado cuáles eran los problemas de la comunidad de Corinto: discordias, divisiones, envidias, celos. ¿Cómo había podido caer tan bajo una comunidad inicialmente tan fervorosa? Responde Pablo: Ha sucedido porque entre los cristianos se ha infiltrado el espíritu destructor de la competitividad; cada uno busca dominar a los demás, ser superior, ser ‘rico’.
¿Cómo juzga Dios a quien así se comporta?
La lectura señala sus preferencias: Dios no escoge a los ricos sino a los pobres, a los marginados, a los que nada cuentan. Para probarlo, argumenta Pablo, basta considerar la proveniencia de los miembros de la comunidad de Corinto: no hay nobles, son pocos los ricos, los aristócratas, los eruditos, los dotados de grande cultura. Casi todos son pobres, y algunos viven en la miseria. Es éste un signo de las preferencias de Dios que escoge a los pequeños, muestra predilección por los insignificantes a los ojos del mundo para enriquecerlos con sus dones.
Evangelio: Mateo 5,1-12
El hombre ha experimentado siempre una profunda necesidad de encontrarse con Dios, de interrogarlo, de conocer sus pensamientos, de descubrir sus designios. Pero ¿dónde encontrarlo? ¿Dónde poder tener una cita con Dios? En tiempos antiguos se pensaba que el lugar ideal era la cumbre de los montes, especialmente de aquellos montes considerados como lugares sagrados. Israel también pensaba así. Abrahán, Moisés y Elías han tenido sus experiencias religiosas más fuertes “en el monte”.
Mateo coloca el primer discurso de Jesús en un monte identificado por la devoción cristiana con la colina que domina Cafarnaún. Las religiosas que custodian el lugar lo han transformado en un oasis de paz, de recogimiento, de reflexión, de oración. Paseando bajo los árboles majestuosos, envueltos en el susurro de las hojas movidas por la brisa que desciende de las cumbres nevadas del Líbano, contemplando desde lo alto el lago, tantas veces surcado por la barca de Jesús y sus discípulos, uno se siente naturalmente impulsado a elevar la mirada al cielo y el pensamiento a Dios.
Por más sugestiva que sea esta experiencia, el monte del que habla Mateo no hay que entenderlo en sentido geográfico sino en su significado teológico. Más que un lugar concreto, el “monte” es cualquier lugar o momento en que nos abrimos a la palabra de Dios.
Podemos visualizar la escena: Jesús abandona la llanura. Es como si abandonara la tierra donde se mueven las personas “normales” que siguen la lógica de este mundo, es decir, aquellas que se rigen por la “sabiduría” y la astucia mundana; esa “sensatez” maligna que lleva a razonar así: “la salud lo es todo”; “lo que cuenta es el éxito”; “dichoso aquel que posee una abultada cuenta bancaria”; “feliz quien puede viajar, divertirse, quien no se priva de ningún placer”; “a mí lo que me interesa es el sexo”… ¿Sacrificarse, practicar renuncias en favor de los demás? ¡Ni pensarlo!”
¿Podrá llegar a ser una “persona realizada” quien hace suyas semejantes propuestas de vida? ¿Qué piensa Dios de todo esto?
Para no correr el riesgo de desperdiciar nuestra existencia es necesario también conocer la opinión de Dios. Subamos hoy, pues, con Jesús al monte para escuchar sus propuestas de felicidad, de éxito, de bienaventuranza. Serán propuestas desconcertantes, incluso insensatas para quienes tienen la mente absorbida por las propuestas sugeridas por la “sabiduría” de este mundo. Escuchémoslo y tratemos de comprenderlo.
Bienaventurados los pobres de espíritu.
Es casi imposible enumerar las diversas interpretaciones de esta bienaventuranza. Algunos la han banalizado sosteniendo que se refiere a los miserables, a los pordioseros, a los mendigos. Serían éstas las personas ideales en las que Dios se complace y, por tanto, habría que dejarlas en las condiciones en que viven; es más, todos tendríamos que llegar a ser como ellas. Se trata evidentemente de una interpretación absurda, desviada, contraria a todo el resto del Evangelio. La comunidad cristiana ideal no es aquella en la que todos son indigentes sino aquella en la que “no hay ya ningún pobre” (Hch 4,34).
Otros piensan que los “pobres de espíritu” son aquellos que, aun poseyendo bienes materiales, no están apegados a ellos. Hay quien cree que los pobres son bienaventurados porque dejarán pronto de serlo. Entre tantas posibles interpretaciones, las hipótesis serias, sostenidas por diferentes y óptimos estudiosos, son al menos una docena. ¿Cuál es la justa?
Sabemos lo que significa ser pobre, es decir, no poseer cosa alguna. ¿Sabemos, sin embargo, lo que significa de espíritu? Frente a la riqueza, Jesús nunca ha mostrado actitud de desprecio. Para Él, incluso la “riqueza deshonesta” se convierte en buena cuando es distribuida entre los pobres (cf. Lc 16,9). No obstante, aunque no la haya nunca condenado, Jesús la ha considerado siempre como un obstáculo peligroso para entrar en el reino de los cielos (cf. Mt 19,23). A quien quería seguirlo, le ha pedido la renuncia a todos los bienes: “quien no renuncie a sus bienes no puede ser mi discípulo” (Lc 14,33).
Es, pues, en este contexto de exigencia irrenunciable de dejar todo y de compartir con los pobres lo que se posee, donde hay que leer y entender esta bienaventuranza.
Jesús no exalta la pobreza como tal. Añadiendo lo específico de espíritu, aclara que no todos los pobres son bienaventurados. Deben considerase tales solamente aquellos que, por decisión libre, se despojan de todo. Pobres de espíritu son aquellos que deciden no tener nada para sí mismos y poner todo a disposición de los demás.
Pero, atención: pobre según el Evangelio no es aquel que nada posee, sino quien no retiene nada para sí, que no es lo mismo. Quizás algunos ejemplos nos puedan ayudar a comprenderlo. El propietario de una gran empresa puede ser rico o pobre. Será rico si utiliza todo lo que gana de su actividad empresarial en satisfacer sus caprichos y los de sus familiares. Es pobre (aun poseyendo grandes capitales) si vive de manera digna; no derrocha nada en cosas superfluas; gestiona su riqueza preocupándose por las necesidades de los más débiles; invierte su dinero para crear nuevos puestos de trabajo….
Quien ha alcanzado una posición social de prestigio es rico si se comporta con arrogancia y altivez; humilla a los menos afortunados; piensa solamente en sí mismo. Si, por el contrario, pone su capacidad y sus dotes al servicio de los demás, si está disponible para quien tenga necesidad de su ayuda, es pobre de espíritu.
Aunque sea miserable, una persona puede no ser “pobre de espíritu”. No lo es si se maldice a sí mismo y a los otros; si intenta mejorar su posición social por medio de la violencia, la zancadilla y el engaño; si piensa liberarse en solitario, desinteresándose de los demás; si sueña llegar a ser rico o suplantar a los que ya lo son.
La pobreza voluntaria, la renuncia al uso egoísta de los bienes que se poseen (inteligencia, buen carácter, conocimientos, títulos académicos, posición social, dinero, tiempo libre…) no es asunto de libre opción o consejo reservado solo al algunos convocación de héroes o a quienes quieren ser más perfectos que los demás. Es una exigencia para todo cristiano, pues esto es justamente lo que nos distingue como cristianos.
Hay que tener en cuenta que la promesa que acompaña a esta bienaventuranza no se refiere a un futuro lejano; no asegura la entrada en el paraíso después de la muerte, sino que anuncia una alegría inmediata: de ellos es el reino de los cielos. Desde el momento en que se decide ser y permanecer pobre, se entra “en el reino de los cielos”, en el mundo nuevo inaugurado por Cristo.
Esta bienaventuranza no significa un mensaje de resignación sino de esperanza. No habrá ya ningún necesitado cuando todos se conviertan en “pobres de espíritu”, cuando todos pongan los bienes que han recibido de Dios a disposición y servicio de los hermanos, al igual que lo hace el mismo Dios quien, poseyendo todo, es infinitamente pobre: no retiene nada para sí, es don total, es amor sin límites.
Bienaventurados los que sufren.
El sufrimiento no es cosa buena. Dios no se complace en el dolor de los hombres; no es Él quien envía desventuras y tribulaciones. Definitivamente Dios no quiere que las personas sufran.
Cuando Jesús declara bienaventurados a los “afligidos”, emplea un término bien conocido para quienes están familiarizados con la Biblia. En el libro de Isaías se habla de los “afligidos”, es decir, de aquellos que no tienen casa donde refugiarse ni campos que cultivar porque la heredad de sus padres les ha sido usurpada por extranjeros; los que se ven obligados a ponerse al servicio de propietarios sin escrúpulos; los que tienen que sufrir injusticias, abusos y humillaciones (cf. Is 61,7).
A estas personas con el corazón destrozado, que se sientan en la ceniza y se visten de luto (cf. Is 61,3), el profeta dirige un mensaje de esperanza. Dios está a punto de intervenir, asegura Isaías, de cambiar radicalmente la situación eliminando las causas del luto: “alegrará a los afligidos de Sión; les dará una corona en vez de la ceniza; el aceite de los días alegres en lugar del atuendo de luto y cantos de felicidad en vez de duelo” (Is 61,3).
En la sinagoga de Nazaret Jesús se aplica a sí mismo esta profecía (cf. Lc 4,21). Ha venido a dar cumplimiento a las profecías de Dios. Los “afligidos”, aquellos que experimentan profundo dolor frente a una sociedad todavía dominada por la injusticia, aquellos que se sienten insatisfechos y esperan de Dios la Salvación, serán consolados. La venida del Reino ha comenzado ya a eliminar todas las situaciones causantes del dolor y de las lágrimas.
Bienaventurados los mansos, pacientes y humildes de corazón.
El adjetivo “manso” sugiere la idea de una persona resignada; que no reacciona ante las provocaciones; que acepta pasivamente y sin lamentarse las injusticias. ¿Es, pues, esta persona que huye de todo conflicto (quizás por debilidad de carácter) la que es proclamada bienaventurada? Ciertamente no.
El término ‘manso’ usado por Jesús está tomado del Antiguo Testamento, más específicamente del Salmo 37. En este texto son llamados ‘mansos’ aquellos que han sido privados de sus derechos, de su libertad, de sus bienes. Son pobres porque los poderosos les han arrebatado el campo, la casa, los pocos ahorros que tenían e incluso les han quitado hijos o hijas. Soportan injusticias sin ni siquiera poder protestar. No se resignan, pero rechazan recurrir a la violencia para restablecer la justicia. No se dejan guiar por la ira, no alimentan sentimientos de odio ni de venganza. Confían en Dios y esperan la venida de su reino.
Jesús se ha presentado como el “manso”, el paciente y humilde de corazón (cf. Mt 11,29; 21,5) no en el sentido de “débil, tímido, pusilánime”. Ha vivido conflictos dramáticos, pero los ha afrontado con las disposiciones de corazón que caracterizan a los “mansos”: ha rechazado el recurso a la violencia, ha sido paciente y tolerante, se ha convertido en siervo de todos.
¡Bienaventurados aquellos que, frente a las injusticias, asumen la misma actitud de Jesús! Estos recibirán de Dios la posesión de una tierra nueva; estrenarán una nueva condición en la que florecerán las relaciones humanas pacíficas, en la que ya no existiránmás los abusos ni las violencias que caracterizan a un mundo todavía a merced de las patéticas “bienaventuranzas” de la “llanura”.
Todos conocemos situaciones semejantes a las descritas en el Salmo 37. Sabemos que en este mundo abunda la prepotencia y la injusticia a las que hay que poner fin. Queremos dejar en herencia a nuestros hijos “una tierra” nueva, mejor que la tierra en que vivimos. Por desgracia, el ansia de justicia conduce a veces a cultivar pensamientos y actitudes impropias de los “mansos”. Jesús recuerda a sus discípulos que la herencia de la “tierra” ha sido prometida a los mansos, no a los violentos.
Bienaventurados lo que tienen hambre y sed de justicia.
El hambre y la sed son las necesidades más apremiantes que el hombre experimenta. Con esta ansia incontenible es como los discípulos de Cristo deben buscar “la justicia”. Pero ¿de qué justicia se trata? ¿De la que se administra en nuestros tribunales? ¿Son, por tanto, bienaventurados aquellos que se alegran cuando a un criminal se le impone el merecido castigo?
No es ésta, ciertamente, la justicia de la que debemos estar hambrientos. Muchas veces esta justicia no es otra cosa que retribución, venganza, represalia, crueldad, sadismo, alegría de ver sufrir a quien ha hecho el mal. Jesús está hablando de otra justicia, la de Dios. Dios es justo no porque retribuye según los méritos de cada uno, sino porque con su amor “hace justos” a los malvados. Es justo porque “quiere que todos se salven y lleguen a conocer la verdad” (1 Tim 2,4).
La expresión «Se ha hecho justicia» significa en nuestro lenguaje común que el culpable ha sido castigado, “ajusticiado”. Para Dios, “se ha hecho justicia” quiere decir que un malvado se ha convertido en justo. Su justicia es siempre, sola y únicamente “salvación”, es la recuperación del que hace el mal cometiendo el pecado. Quien experimenta esta hambre y esta sed, “será saciado”. Compartirá la alegría misma de Dios “que no quiere que nadie se pierda” (Jn 6,39), “¿Acaso quiero yo la muerte del malvado –oráculo del Señor– y no que se convierta de su conducta y que viva?” (Ez 18,23).
Bienaventurados los que hacen obras de misericordia.
Esta bienaventuranza “da de lleno” a la contradicción entre la magnanimidad y el deseo de castigar al culpable. Se presenta como una invitación a hacer prevalecer siempre el perdón y la compasión. Es éste ciertamente uno de los aspectos de la “misericordia”. “Sean compasivos como es compasivo el Padre de ustedes. No juzguen y no serán juzgados; no condenen y no serán condenados. Perdonen y serán perdonados” (Lc 6,36-37). Todo esto, sin embargo, no agota la riqueza del término bíblico “misericordia”.
En la Biblia, “misericordia”, más que un sentimiento de piedad, es una acción en favor de quien tiene necesidad de ayuda. El ejemplo más claro es del samaritano, de quien dice el texto griego que ha hecho misericordia a un hombre agredido por los bandidos (cf. Lc 10,37).
Los rabinos del tiempo de Jesús enseñaban que Dios es misericordioso porque hace obras de misericordia, y especificaban: “Dios vistió a los desnudos (cuando cubrió con hojas a Adán y Eva, cf. Gén 3,21); así ustedes deben vestir a los desnudos. Dios visitó a los enfermos: lo hizo con Abrahán cuando sufría a causa de la circuncisión; también cuando visitó a la estéril Sara (cf. Gén 18,1); así deben ustedes visitar a los enfermos. Dios confortó a los que estaban de luto: cuando lo hizo con Isaac después de la muerte de su padre; así ustedes deben consolar a los que están de luto. Dios dio sepultura a los muertos: fue Dios quien dio sepultura a Moisés (cf. Dt 36,6); así ustedes deben dar sepultura a los muertos.
Misericordiosos son los que, como Dios, hacen obras de misericordia; son aquellos que se comprometen a que las personas necesitadas encuentren siempre lo que necesitan. Son bienaventurados porque, en el mundo nuevo, en el Reino ya presente, encontrarán siempre quien les tienda la mano cuando tengan necesidad de ayuda.
Bienaventurados los puros de corazón.
La pureza era una de las características más destacadas de la religiosidad judaica. Cualquier contacto con cultos paganos, con todo aquello que se relacionara con la muerte, debía ser evitado. De esta exigencia de pureza surgieron las prohibiciones, como las minuciosas disposiciones de los rabinos; la vigilancia obsesiva; el esfuerzo continuo de mantenerse alejados de todo aquello percibido como contrario a la santidad de Dios. Puesto que las transgresiones eran inevitables, los judíos se veían obligados a realizar incesantemente ritos de purificación: abluciones, aspersiones, lavados, sacrificios (cf. Mc 7,3-4).
A Jesús no le interesaban estas prácticas exteriores. Su preocupación eran la lealtad y la rectitud. No hay nada de externo al hombre que pueda contaminarlo: “¿No ven que lo que entra por la boca pasa al vientre y después es expulsado fuera del cuerpo? En cambio, lo que sale de la boca brota del corazón; eso sí que contamina al hombre. Porque del corazón salen las malas intenciones, adulterios, fornicación, robos, blasfemia. Esto es lo que hace impuro al hombre y no el comer sin lavarse las manos” (Mt 15,17-20).
Los puros de corazón son bienaventurados porque tienen un comportamiento ético que concuerda con la voluntad de Dios. Son aquellos que tienen el corazón íntegro, sin divisiones, porque son aquellos que no aman simultáneamente a Dios y a los ídolos.
No tiene un corazón puro aquel que sirve a dos patrones, aquel que tiene una conducta que no coincide con la fe que profesa, aquel que ama a Dios pero mantiene en su corazón el rencor hacia el hermano, aquel que no comete acciones malas pero comete adulterio en su corazón (Mt 5,28).
Los puros de corazón son bienaventurados porque a ellos, y solo a ellos, les será concedida una profunda experiencia de Dios.
Bienaventurados aquellos que se comprometen por la paz.
Entre las obras de misericordia más recomendadas por los rabinos del tiempo de Jesús, la más meritoria era poner paz, reconstruir la armonía entre las personas. Toda obra dirigida a restablecer la paz –se decía– atrae sobre el hombre las bendiciones de Dios.
Es bienaventurado ciertamente quien, sin recurrir a la violencia y al uso de las armas, se empeña con todas sus fuerzas en poner fin a las guerras y conflictos; es bienaventurado quien, mediando entre adversarios y personas en conflicto, intenta convencerlos de que dialoguen y lleguen así a la concordia y la paz.
En la Biblia, la palabra ‘paz’ (Shalom) no significa solamente ausencia de guerra. Indica un bienestar total; implica la armonía con Dios, con los demás y con uno mismo; la prosperidad, la justicia, la salud, la alegría.
Los “constructores de paz” son aquellos que se empeñan en hacer que esta vida rebosante de bienes se derrame también sobre excluidos y marginados. A estos constructores de paz se les reserva la más bella de las promesas: Serán considerados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos a causa de la justicia.
Hay sufrimientos, tribulaciones y males que son ajenos a la voluntad humana, que golpean de improviso, sin avisar. Hay otros, sin embargo, que necesariamente acompañan a ciertas decisiones. Jesús no ha engañado a sus discípulos; les ha dicho claramente que quien se pone de parte de la “justicia de Dios” pagará cara su elección. No ha prometido una vida fácil, cómoda, llena de éxitos; no ha asegurado los aplausos y el consenso de los hombres. Ha repetido con insistencia que la adhesión a su persona lleva consigo la persecución: “No está el discípulo por encima del maestro, ni el sirviente por encima de su señor. Si al dueño de casa lo han llamado Belcebú, ¡cuánto más a los miembros de su casa!” (Mt 10,24-25).
El Antiguo Testamento habla frecuentemente de la persecución de los justos. En los Salmos nos encontramos con el justo que pide a Dios: “Sálvame de mis perseguidores y líbrame” (Sal 7,2). “¿Cuándo juzgarás a mis perseguidores? Sin causa me persiguen, socórreme” (Sal 119,84.86). Jeremías fue acosado, calumniado, encerrado en una cisterna.
Hubiéramos deseado encontrar ya en el Antiguo Testamento una bienaventuranza en referencia a los perseguidos y, sin embargo, nada. Estos son elogiados por su firmeza y rectitud; se les promete un futuro y glorioso destino (cf. Sab 2-5), pero nunca fueron proclamados bienaventurados.
En el Antiguo Testamento la persecución es considerada un mal y el hombre que la sufre no puede ser considerado feliz mientras ésta dure. Será bienaventurado solo a partir de la intervención de Dios que ponga fin a sus tribulaciones.
En el Nuevo Testamento, la perspectiva cambia. Quien sufre por su fidelidad al Señor es proclamado bienaventurado en el momento y por el hecho mismo de ser perseguido. La persecución no es un signo de fracaso sino de éxito. Es motivo de alegría en cuanto prueba que la decisión tomada ha sido la justa, es decir, aquella conforme a la “sabiduría de Dios”.
Es inevitable que aquellos que se comprometen a instaurar una sociedad alternativa,basada en la lógica “del monte”, sean perseguidos. Esas personas ponen en crisis las instituciones en que los fuertes prevalecen sobre los débiles, los ricos sobre los pobres, los privilegiados sobre los desfavorecidos, los dueños sobre los siervos. Los opresores saben que la venida del Reino amenaza su posición. Por eso arremeten con violencia contra cualquiera que luche contra la corrupción, la arrogancia, la pobreza, la injusticia, la discriminación.
Jesús ha sugerido cómo comportarse en momentos de persecución: “Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y recen por sus perseguidores” (Mt 5,44). A su vez, Pablo recomienda: “Bendigan a aquellos que los persiguen” (Rom 12,14). La única fuerza capaz de quebrar la espiral de la violencia es aquella del amor y del perdón.