3º Domingo
Tiempo Ordinario (A)
Mateo 4,12-23


IIIA




12Al saber que Juan había sido arrestado, Jesús se retiró a Galilea, 13salió de Nazaret y se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en territorio de Zabulón y Neftalí. 14Así se cumplió lo anunciado por el profeta Isaías: 15”Territorio de Zabulón y territorio de Neftalí, camino del mar, al otro lado del Jordán: Galilea de los paganos. 16El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz intensa, a los que habitaban en sombras de muerte les amaneció la luz. 17Desde entonces comenzó Jesús a proclamar: “¡Arrepiéntanse, que está cerca el reino de los cielos!” 18Mientras paseaba junto al lago de Galilea, vio a dos hermanos –Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano– que estaban echando una red al lago, pues eran pescadores. 19Les dijo: “Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres.” 20De inmediato dejaron las redes y lo siguieron. 21Un trecho más adelante vio a otros dos hermanos –Santiago de Zebedeo y Juan, su hermano– en la barca con su padre Zebedeo, arreglando las redes. Los llamó, 22y ellos inmediatamente, dejando la barca y a su padre, losiguieron. 23Jesús recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas, proclamando la Buena Noticia del reino y sanando entre el pueblo toda clase de enfermedades y dolencias.


El Evangelio de este domingo relata los inicios de la vida pública de Jesús en las ciudades y en los poblados de Galilea. Su misión no parte de Jerusalén, es decir, del centro religioso, centro incluso social y político, sino que parte de una zona periférica, una zona despreciada por los judíos más observantes, con motivo de la presencia en esa región de diversas poblaciones extranjeras; por ello el profeta Isaías la indica como «Galilea de los gentiles» (Is 8, 23).

Es una tierra de frontera, una zona de tránsito donde se encuentran personas diversas por raza, cultura y religión. La Galilea se convierte así en el lugar simbólico para la apertura del Evangelio a todos los pueblos. Desde este punto de vista, Galilea se asemeja al mundo de hoy: presencia simultánea de diversas culturas, necesidad de confrontación y necesidad de encuentro. También nosotros estamos inmersos cada día en una «Galilea de los gentiles», y en este tipo de contexto podemos asustarnos y ceder a la tentación de construir recintos para estar más seguros, más protegidos. Pero Jesús nos enseña que la Buena Noticia, que Él trae, no está reservada a una parte de la humanidad, sino que se ha de comunicar a todos. Es un feliz anuncio destinado a quienes lo esperan, pero también a quienes tal vez ya no esperan nada y no tienen ni siquiera la fuerza de buscar y pedir.

Partiendo de Galilea, Jesús nos enseña que nadie está excluído de la salvación de Dios, es más, que Dios prefiere partir de la periferia, de los últimos, para alcanzar a todos. Nos enseña un método, su método, que expresa el contenido, es decir, la misericordia del Padre. «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 20).

Jesús comienza su misión no sólo desde un sitio descentrado, sino también con hombres que se catalogarían, así se puede decir, «de bajo perfil». Para elegir a sus primeros discípulos y futuros apóstoles, no se dirige a las escuelas de los escribas y doctores de la Ley, sino a las personas humildes y a las personas sencillas, que se preparan con diligencia para la venida del reino de Dios. Jesús va a llamarles allí donde trabajan, a orillas del lago: son pescadores. Les llama, y ellos le siguen, inmediatamente. Dejan las redes y van con Él: su vida se convertirá en una aventura extraordinaria y fascinante.

Queridos amigos y amigas, el Señor llama también hoy. El Señor pasa por los caminos de nuestra vida cotidiana. Incluso hoy, en este momento, aquí, el Señor pasa por la plaza. Nos llama a ir con Él, a trabajar con Él por el reino de Dios, en las «Galileas» de nuestros tiempos. Cada uno de vosotros piense: el Señor pasa hoy, el Señor me mira, me está mirando. ¿Qué me dice el Señor? Y si alguno de vosotros percibe que el Señor le dice «sígueme» sea valiente, vaya con el Señor. El Señor jamás decepciona. Escuchad en vuestro corazón si el Señor os llama a seguirle. Dejémonos alcanzar por su mirada, por su voz, y sigámosle. «Para que la alegría del Evangelio llegue hasta los confines de la tierra y ninguna periferia se prive de su luz» (ibid., 288).

Angelus 26/01/2014


Cuando Jesús se entera de que el Bautista ha sido encarcelado, abandona su aldea de Nazaret y marcha a la ribera del lago de Galilea para comenzar su misión. Su primera intervención no tiene nada de espectacular. No realiza un prodigio. Sencillamente, llama a unos pescadores que responden inmediatamente a su voz: “Seguidme”.
Así comienza el movimiento de seguidores de Jesús. Aquí está el germen humilde de lo que un día será su Iglesia. Aquí se nos manifiesta por vez primera la relación que ha de mantenerse siempre viva entre Jesús y quienes creen en él. El cristianismo es, antes que nada, seguimiento a Jesucristo.
Esto significa que la fe cristiana no es sólo adhesión doctrinal, sino conducta y vida marcada por nuestra vinculación a Jesús. Creer en Jesucristo es vivir su estilo de vida, animados por su Espíritu, colaborando en su proyecto del reino de Dios y cargando con su cruz para compartir su resurrección.
Nuestra tentación es siempre querer ser cristianos sin seguir a Jesús, reduciendo nuestra fe a una afirmación dogmática o a un culto a Jesús como Señor e Hijo de Dios. Sin embargo, el criterio para verificar si creemos en Jesús como Hijo encarnado de Dios es comprobar si le seguimos sólo a él.
La adhesión a Jesús no consiste sólo en admirarlo como hombre ni en adorarlo como Dios. Quien lo admira o lo adora, quedándose personalmente fuera, sin descubrir en él la exigencia a seguirle de cerca, no vive la fe cristiana de manera integral. Sólo el que sigue a Jesús se coloca en la verdadera perspectiva para entender y vivir la experiencia cristiana de forma auténtica.
En el cristianismo actual vivimos una situación paradójica. A la Iglesia no sólo pertenecen los que siguen o intentan seguir a Jesús, sino, además, los que no se preocupan en absoluto de caminar tras sus pasos. Basta estar bautizado y no romper la comunión con la institución, para pertenecer oficialmente a la Iglesia de Jesús, aunque jamás se haya propuesto seguirle.
Lo primero que hemos de escuchar de Jesús en esta Iglesia es su llamada a seguirle sin reservas, liberándonos de ataduras, cobardías y desviaciones que nos impiden caminar tras él. Estos tiempos de crisis pueden ser la mejor oportunidad para corregir el cristianismo y mover a la Iglesia en dirección hacia Jesús.
Hemos de aprender a vivir en nuestras comunidades y grupos cristianos de manera dinámica, con los ojos fijos en él, siguiendo sus pasos y colaborando con él en humanizar la vida. Disfrutaremos de nuestra fe de manera nueva.

José Antonio Pagola
http://www.musicaliturgica.com


En los dos domingos anteriores estuvimos junto al río Jordán, recordando el bautismo de Jesús y el testimonio que ofreció de él Juan Bautista. La liturgia da ahora un salto notable. Omite las tentaciones de Jesús (que se leerán el primer domingo de Cuaresma) y nos sitúa en un momento posterior, cuando Herodes, molesto por la predicación de Juan, decide meterlo en la cárcel. Lo que ocurre a continuación lo cuenta el evangelio de Mateo del modo siguiente (Mt 4,12-23). Este pasaje podemos dividirlo en tres partes.

1. La actividad inicial de Jesús

Quien se sienta desconcertado por la presentación inicial de Jesús, poniéndose en la fila de los pecadores para bautizarse, tiene motivos para desconcertarse todavía más al leer los comienzos de su actividad. Dicho en palabras muy rápidas, lo primero que hace es huir; lo segundo, actuar en la región más olvidada; lo tercero, repetir al pie de la letra la predicación de Juan Bautista. Pero todo esto encierra un misterio que Mt nos ayuda a desentrañar.

Momento de actividad

Es una pena que los evangelistas sean tan sobrios, porque el primer dato resulta más profundo de lo que parece a primera vista. Jesús no empieza a actuar hasta que encarcelan a Juan Bautista. Como si ese acontecimiento despertase en él la conciencia de que debe continuar la obra de Juan.

Nosotros estamos acostumbrados a ver a Jesús de manera demasiado divina, como si supiese perfectamente lo que debe hacer en cada instante. Pero es muy probable que Dios Padre le hablase a Jesús igual que nos habla a nosotros, a través de los acontecimientos. Y el gran acontecimiento es la desaparición de Juan Bautista y la necesidad de llenar su vacío.

Pero hay una diferencia muy sutil entre Mc y Mt. Según Mc, en cuanto encarcelan a Juan comienza Jesús a predicar. Según Mt, lo primero que hace Jesús es retirarse a Nazaret. Desde un punto de vista histórico y psicológico parece una interpretación más adecuada, que abre paso también a una visión más humana de Jesús, como si se tomase un tiempo de reflexión y decisión.

Lugar de actividad

La elección del lugar de actividad es sorprendente, más aún que en el caso de Juan Bautista. Juan no predica su mensaje de penitencia en Jerusalén, pero el lugar donde actúa, el desierto, está lleno de reminiscencias simbólicas. Es el lugar donde se espera la manifestación de Dios. Jesús, en cambio, se retira a una región que carece de importancia dentro de la historia judía, incluso conocida con el despreciativo nombre de «Galilea de los paganos». Desde un punto de vista histórico, la elección de Galilea por parte de Jesús tiene sus ventajas y sus riesgos. Ventajas: moverse en una región conocida, y la posibilidad de escapar fácilmente hacia el norte en caso de persecución. Riesgo: proclamar su mensaje en la zona más politizada de Palestina, en un ambiente bastante revolucionario, que se presta a graves conflictos.

Dentro de Galilea, escoge Cafarnaúm, ciudad de pescadores, campesinos y comerciantes, lugar de paso, que le permite el contacto con gran variedad de gente y un fácil acceso a los pueblecitos cercanos.

Sin embargo, Mt ve las cosas de forma distinta que el historiador moderno. La elección de Galilea le recuerda una profecía de Isaías, en la que se habla de las terribles desgracias sufridas por esa región durante la invasión asiria del siglo VIII a.C. y se le anuncia la salvación para el futuro.

Para Mateo, lo esencial es que Jesús no va a dirigirse a la gente importante, a los que pueden cambiar el mundo, sino a «los que habitan en tinieblas», «los que habitaban en tierra y sombra de muerte». La gente más despreciada y olvidada (campesinos y pescadores) será el primer auditorio de Jesús. Para ellos se convierte en una «gran luz».

El mensaje inicial

Mc dice: «Se ha cumplido el plazo, el reinado de Dios está cerca. Arrepentíos y creed la buena noticia». La fuerza recae en la inminencia del reinado de Dios, una buena noticia que exige el arrepentimiento. Estas palabras podían provocar la impresión ‒y de hecho la crearon‒ de que el fin del mundo era inminente. Las primeras comunidades cristianas vivieron casi con angustia esta sensación.

Mt, que escribe hacia los años 70/80, quiere evitar este equívoco y, al mismo tiempo, subrayar la idea del arrepentimiento. Para ello, las dos afirmaciones de Mc las resume en una sola: «arrepentíos, que el reinado de Dios está cerca». Al suprimir las palabras «se ha cumplido el plazo» evita la impresión de que el fin del mundo es inminente.

Por otra parte, aunque este resumen del mensaje coincide con el de Juan Bautista (3,2), no debemos interpretarlo como falta de originalidad por parte de Jesús, sino como un acuerdo básico con la predicación de Juan. Ambos coinciden en lo esencial y esto debe provocar en el lector del evangelio el interés por el tema. De hecho, Mt esta insinuando aquí lo que será el contenido primario del mensaje de Jesús: en qué consiste el Reino de Dios y cómo se puede formar parte de él.

2. Los primeros discípulos

La segunda escena es capital para comprender a Jesús. Desde el primer momento busca unos discípulos que le acompañen y ayuden en su tarea. No es el predicador solitario, ni el individualista que piensa poder hacerlo todo por sí solo.

En este contexto encaja el llamamiento de los cuatro primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. Mateo, siguiendo a Marcos, presenta los hechos de la forma más normal del mundo. «Paseando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos…» Esto provoca extrañeza en el lector. ¿Es posible que cuatro muchachos sigan a Jesús sin conocerlo? Quien ha leído el evangelio de Juan sabe que Jesús los conoció cuando el bautismo.

Pero estos detalles psicológicos e históricos no les interesan a Mt y Mc, que prefieren presentar de forma radical el seguimiento de Jesús. El relato de Mt es casi idéntico al de Mc. Sólo hay una diferencia de detalle, que puede parecer mínima, pero que considero significativa. Mc dice que Santiago y Juan, al ser llamados por Jesús, «dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él». Mt suprime la mención de los jornaleros, con lo cual la escena resulta más dura para el padre y los hijos. Resuena aquí el tema del seguimiento de Jesús, que será esencial en el evangelio.

La frase final, tan breve, puede pasar desapercibida. Pero supone un complemento esencial a lo dicho en el punto 1. Allí, la actividad de Jesús se centra en la enseñanza. Aquí, la enseñanza va acompañada de la acción: recorre, enseña, proclama, cura. Curar enfermedades y dolencias ocupa gran parte del tiempo de Jesús. Hace dos domingos, Pedro resumía todo con las palabras: «pasó haciendo el bien». Pero hay en este resumen algo que generalmente no valoramos: Recorría toda Galilea. Supone esfuerzo, sacrificio, pasar de 38º en el lago a pueblecillos nevados en invierno.Por eso añado un complemento sobre esta región tan importante en la vida de Jesús.

José Luis Sicre
https://www.feadulta.com


El Evangelio de este domingo presenta el comienzo de la vida pública de Jesús con su mensaje de vida y de esperanza. Él es verdaderamente el nuevo comienzo, ha venido a traer la vida nueva y abundante para todos (cfr. Jn 10,10). Él es compañero de viaje, aliado y amigo de cada pueblo y cultura. Él ha venido a dar plenitud y cumplimiento a las más profundas aspiraciones de cada persona y de todos los pueblos. La palabra del Papa Francisco es muy clara sobre este punto.

Desde sus primeras manifestaciones en público (Evangelio), Jesús se presenta como un misionero itinerante: de un poblado a otro, enseña, predica la Buena Nueva del Reino, cura a enfermos, llama a discípulos… (v. 23). No empieza su misión en el templo, ni en otros lugares importantes y religiosos como Jerusalén, sino en zonas periféricas, entre los lejanos, los heterodoxos, los menos religiosos, semi-paganos, los impuros en contacto con los paganos. Así se consideraba a los habitantes de Galilea (v. 15), región en el norte de Palestina. Dejando Nazaret, Jesús se establece en Cafarnaúm, ciudad de frontera, con una aduana para las mercancías de paso por el “camino del mar” (v. 13.15), la ruta imperial que unía Egipto, Palestina, Siria y la región de Mesopotamia. Desde la antigüedad, por tanto, Galilea era una zona de encrucijada de pueblos, sometida al paso de tropas y al control del comercio, con las consiguientes contaminaciones, corrupción y recaídas morales.

El evangelista Mateo ve que la profecía de Isaías (II lectura) se ha cumplido con la presencia de Jesús (Evangelio, v. 14-17), que da inicio a una misión cargado de esperanza (v. 23), sobre la base, sin embargo, de un exigente programa de conversión a Dios y de compromiso por su Reino: “Conviértanse, porque el Reino de los cielos está cerca” (v. 17).

Con esta inicial opción de campo, Jesús muestra que los primeros destinatarios de su Evangelio y del Reino no son los justos, los observantes o los que se consideran tales, sino los lejanos, los excluidos… Este es el comienzo humilde de una misión que tendrá horizontes universales, que será llevada adelante por los discípulos y sus sucesores que están llamados a seguir a Jesús para ser, en cualquier parte del mundo, “pescadores de hombres” (v. 19).

La vocación por el Reino conlleva siempre un éxodo, una salida, a menudo también geográfica, dejar algo y a alguien; alejarse del propio ambiente estrecho, salir del propio egoísmo. Aquí Jesús deja Nazaret (v. 13); Abrahán fue invitado a salir de su tierra y de su familia; así dos grupos de hermanos, llamados por Jesús a seguirle, abandonan redes, barca y padres (v. 20.22). En cada caso, la vocación no es una salida hacia el vacío: es dejar algo para seguir a Alguien; una salida al encuentro con Otro. En el primer lugar están siempre el encuentro y la adhesión a la persona de Jesús.

Esta vocación-misión se arraiga en una conversión (“Conviértanse…”: v. 17), en un cambio de mentalidad, en una orientación nueva hacia Dios y su Reino, del que Jesucristo es la plenitud. La conversión a Cristo conlleva el seguimiento y la misión, estar bien arraigados en Él y bien insertados en los caminos del mundo: “los haré pescadores de hombres” (v. 19).

La propuesta misionera y vocacional de Jesús (Evangelio) es global: se articula en cuatro momentos:

  • 1. mirada a la situación del mundo: pueblos alejados y periféricos, poco religiosos (v. 13-16);
  • 2. invitación a la conversión del corazón hacia Dios y su Reino (v. 17);
  • 3. encuentro y seguimiento de Cristo: “vengan tras de mí…” (v. 19.21);
  • 4. misión en el mundo: “pescadores de hombres” (v. 19), entregados sobre todo a enfermos y otras personas frágiles (v. 23).

La misión pública de Jesús empezó en la Galilea de los gentiles (v. 15) e igualmente (según el evangelista Mateo) Jesús resucitado la concluirá en Galilea (Mt 28,7.10.16), enviando desde allí a los Apóstoles en misión entre todas las naciones (Mt 28,19).


¿CUÁNTO DURARÁ LA NOCHE?
Fernando Armellini

Introducción

“Judas comió el pedazo de pan y salió inmediatamente. Era de noche” (Jn 13,30). Pocas palabras para describir una escena dramática; un hombre, a merced ya de sus proyectos de locura, abandona a Cristo-luz y es devorado por la oscuridad.

La gente teme la oscuridad de la noche y se anima cuando comienzan las primeras luces del alba. Los centinelas escrutan el horizonte esperando la aurora (Sal 130,6). Largas son las noches de quien, ardiendo de fiebre y presa de pesadillas, gira y da vueltas esperando la mañana (cf. Job 7,3-4).

Quien se ha precipitado en las tinieblas del vicio, de la mentira y de la injusticia espera también un rayo de luz que le anuncie el fin de la noche y el comienzo de un nuevo día.

“Centinela, ¿cuánto queda de la noche?”, pregunta el profeta (cf. Is 21,11). ¿Cuánto durarán todavía en el mundo la oscuridad, el mal y el pecado? ¿Cuándo serán “liberados los hombres del poder de las tinieblas?” (Col 1,13).

Pablo invita a la esperanza: “Ya es hora de despertar del sueño: ahora la salvación está más cerca que cuando abrazamos la fe. La noche está avanzada; el día se acerca”(Rom 13,11-12).

El conflicto luz-tinieblas continúa a la espera del día sin fin, cuando “no habrá noche. No les hará falta ni luz de lámpara ni luz del Sol, porque los ilumina el Señor Dios” (Ap22,5).

Primera Lectura: Isaías 8,23b–9,1-3

23En otro tiempo Dios humilló al país de Zabulón y al país de Neftalí; ahora ensalzará el camino del mar, al otro lado del Jordán: la Galilea de los gentiles… 9.1El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierra de sombras y una luz les brilló. 2Acrecentaste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia como gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín. 3Porque la vara del opresor, el yugo de su carga, el bastón de su hombro los quebrantaste como en el día de Madián.

A excepción del primer versículo, ya hemos escuchado esta lectura durante la misa de la noche de Navidad. Para una compresión más completa del pasaje bíblico, véase la explicación dada ese día.

La profecía se sitúa históricamente en el siglo VIII a. C., época de la gran expansión asiria de todo el Medio Oriente. También las tribus de Zabulón y Neftalí, situadas al norte de Israel, se vieron envueltas en estos acontecimientos político-militares: destrucciones, violencias, deportaciones, imposición de pesados tributos fueron las consecuencias de la invasión de los ejércitos venidos de Mesopotamia. Isaías presenta la dramática situación como una humillación permitida por el Señor, como un triunfo de la oscuridad sobre la luz.

En la región de Galilea era como si hubiera regresado el caos que reinaba en la Creación del mundo, cuando “las tinieblas cubrían el abismo” (cf. Gén 1,2). Las fértiles tierras del otro lado del Jordán parecían envueltas en la oscuridad de una noche sin fin. La muerte reinaba por doquier. El pueblo humillado había perdido ya toda esperanza, se había resignado a contemplar la “Vía del mar” (que, pasando por Palestina, unía Egipto con Mesopotamia) invadida por los prepotentes soldados asirios.

En este momento de abatimiento general resuena la voz del profeta anunciando la aurora de un nuevo día: “El pueblo que caminaba a oscuras vio una luz intensa; los que habitaban en el oscuro país de la muerte fueron iluminados” (Is 9,1).

Es la promesa de un cambio total de la situación. Con una mirada de largo alcance, Isaías ve que se retiran los ejércitos asirios responsables del desastre nacional, e Israel recupera una vida de alegría y paz.

La luz a que se refería el profeta era ciertamente un nuevo rey, descendiente de la familia de David, destinado a llevar a cabo la misión de disolver las tinieblas traídas por los invasores extranjeros. Probablemente pensaba en Ezequías, el niño en quien se habían depositado tantas esperanzas.

¿Qué ocurrió históricamente? Nada. Los asirios continuaron ocupando las tierras de Zabulón y de Neftalí por un siglo más y Ezequías, que intentó substraerse a su yugo, «fue encerrado en Jerusalén como pájaro en su jaula», como se lee en la inscripción de Senaquerib encontrada en Nínive.

¿Y ahora qué?, ¿Se equivocó el profeta?

La perspectiva histórica que hoy tenemos es estrecha y limitada: si no vemos realizarse inmediatamente nuestros proyectos, pensamos que Dios se ha olvidado de nosotros. Dios lleva adelante sus proyectos, sí, pero de manera inesperada y de acuerdo con los tiempos que tiene establecidos.

Si los sueños de la gente del tiempo de Isaías se hubieran realizado, los opresores asirios habrían sido substituidos por otros opresores, porque esta es la lógica del mundo: quien pierde es eliminado y quien vence pronto se ve confrontado con otros vencedores.

Dios no toma parte en este conflicto. Mira “desde arriba” atento a la situación. Es que Dios acaricia un proyecto imperecedero que destruye la lógica repetitiva e inconducente de la lucha por el poder. La profecía se realizó, según la lógica de Dios, 750 años después.

Cuando Jesús apareció a las orillas del lago, hacía ya cientos de años que el reino de los asirios había sucumbido. Pero la oscuridad del mundo no había desaparecido. Era la oscuridad del mal, de la violencia, del abuso, de la corrupción, del egoísmo. Esta oscuridad empezó a disiparse –como dirá Mateo en el evangelio de hoy– solo cuando, con el inicio de la vida pública de Jesús, una luz comenzó a brillar en los montes de Galilea.

Segunda Lectura: 1 Corintios 1,10-13.17

10Hermanos, en nombre de nuestro Señor Jesucristo, les ruego que se pongan de acuerdo y que no haya divisiones entre ustedes, sino que vivan en perfecta armonía de pensamiento y sentir. 11Porque me he enterado, hermanos míos, por la familia de Cloe, de que existen discordias entre ustedes. 12Me refiero a lo que anda diciendo cada uno: ‘Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas, yo de Cristo.’ 13¿Está dividido Cristo? ¿Ha sido crucificado Pablo por ustedes o han sido bautizados invocando el nombre de Pablo?… 17Porque Cristo no me envió a bautizar sino a anunciar la Buena Noticia sin elocuencia alguna, para que no pierda su eficacia la cruz de Cristo.

Cuando escribe la primera carta a los corintios, Pablo se encuentra en Éfeso, capital política y religiosa de la provincia romana del Asia y lugar de encuentro entre las culturas de Oriente y de Occidente, sede de maestros y artesanos famosos. Allí se mezclaban marineros, soldados y comerciantes provenientes de todo el mundo.

Un día llegan a esta ciudad, provenientes de Corinto, algunos miembros de la familia de Cloe (v. 11), quienes entregan a Pablo una carta que le envían los cristianos de la comunidad.

Antes de leerla, el Apóstol quiere tener noticias de aquella Iglesia y sus huéspedes, que al principio dudaban si hablar o no, pero terminan por referir a Pablo todo lo que saben sin ocultar nada. La vida de la comunidad en Corinto es de pena: hay discordias escandalosas, han surgido bandos que se declaran partidarios de un apóstol o de otro (algunos se glorían de pertenecer a Pedro, otros a Pablo…). De sus comportamientos morales, mejor no hablar; existen conductas desenfrenadas de las que se avergonzarían hasta los mismos paganos; en las celebraciones eucarísticas, cada grupo se aísla y se desinteresa de los demás; y no hablemos de las envidias, de las críticas, de las murmuraciones… En fin, la gente de Cloe larga el rollo.

Desilusionado y preocupado, Pablo escucha en silencio. Quizás piense por un momento en el fracaso de toda su misión evangelizadora; después, se recupera y decide escribir a los cristianos de Corinto. Así ha nacido la carta que leemos este domingo.

El primer argumento que afronta son las disidencias, los contrastes, el nacimiento de facciones en aquella comunidad… ¿Está dividido Cristo? ¿Ha sido crucificado Pablo por ustedes o han sido bautizados invocando el nombre de Pablo? (v. 13). Son palabras duras que revelan la gravedad de la situación.

Las discordias eran provocadas, entonces como hoy, por los egoísmos, el deseo de dominar, sobresalir e imponerse a los demás. Pablo aclara: Los apóstoles no son señoressino siervos; no son ellos los salvadores. El Salvador es uno solo, Cristo.

La luz del Evangelio –encendida por Pablo– había brillado en Corinto, pero la osscuridad del pecado y las tinieblas de la muerte todavía eran muy densas y se resistían a disiparse.

Evangelio: Mateo 4,12-23

El evangelio de hoy tiene tres partes. Con una cita del profeta Isaías se introduce la actividad de Jesús en Galilea (vv. 12-17); a continuación, sigue el relato de la vocación de los primeros discípulos (vv. 18-22) y, finalmente, la actividad de Jesús queda resumida en una frase (v.23).

Después de concluir la misión del Bautista, Jesús se traslada a Cafarnaún, que se convierte en el centro de su actividad por casi tres años.

Cafarnaún era un pueblo de pescadores y agricultores que se extendía a lo largo de trescientos metros a orillas del lago de Genesaret. No era famoso como la ciudad de Tiberíades –donde residía el tetrarca Herodes Antipas– o como la rica y próspera Magdala, famosa por sus florecientes industrias de salazón del pescado y el tinte. Cafarnaúm gozaba, no obstante, de un cierto prestigio: se encontraba a lo largo de la “Vía del mar” –la célebre carretera imperial que, desde Egipto, pasando por Damasco, conducía a Mesopotamia– y señalaba el confín entre Galilea y el Golán, territorio que pertenecía a Filipo (otro hijo de Herodes el Grande). Era un lugar de frontera, con una aduana donde se pagaba un impuestopor todas las mercancías.

Mateo no se limita a anotar el cambio de residencia de Jesús; acompaña la cita con una referencia a la Escritura. Para comprender el significado, hay que tener en cuenta que Galilea estaba habitada por israelitas considerados por todos como casi-paganos o medio-paganos, por haber nacido del cruce de varios pueblos. Los judíos de Jerusalén los despreciaban porque los tenían por poco instruidos, desconocedores de la Ley, de costumbres corrompidas y poco observantes de las disposiciones rabínicas. Tampoco se fiaban de ellos por sus tendencias subversivas en el campo político (fueron los galileos los que iniciaron el movimiento zelota, responsable de sanguinarias revueltas contra el imperio romano).

En esta región situada en la periferia de la tierra santa, en esta “Galilea de los paganos” (v. 15), Jesús inicia su misión. Y con esta elección indica quiénes son los primeros destinatarios de su luz: no son los judíos puros sino los excluidos, los alejados.

Admirado ante la fe del centurión –jefe del destacamento de soldados apostados en Cafarnaún– un día Jesús exclamará: “En verdad les aseguro que no he encontrado en todo Israel una fe tan grande. Ahora les digo: Vendrán muchos del Oriente y del Occidente para sentarse a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el Reino de los cielos mientras los que debían entrar en él serán echados a las tinieblas de afuera” (Mt 8,10-11). También les hará notar a los sumos sacerdotes y a los ancianos el sorprendente cambio: “En el camino al Reino de los Cielos, los publicanos y las prostitutas entrarán antes que ustedes” (Mt 21,31).

El cambio de residencia –un hecho bastante banal en sí mismo– ha sido leído por Mateo, en su significado teológico, como el cumplimiento de la profecía de Isaías: “La gente que vivía en la oscuridad ha visto una luz muy grande; una luz ha brillado para los que viven en sombras de muerte” (v. 16). Con el inicio de la actividad pública de Jesús, ha brillado entre los montes de Galilea la aurora de un nuevo día, ha surgido la luz de la que hablaba el profeta.

El último versículo de esta primera parte presenta la proclamación de Jesús: “Conviértanse, porque el Reino de Dios está cerca” (v. 17).

Convertirse no significa “hacerse un poco mejor, rezar mejor, hacer alguna obra buena extra”, sino “cambiar radicalmente de modo de pensar y de actuar”. Quienes han estado cultivando proyectos de muerte deben abrirse a decisiones de vida; quienes se han movido en tinieblas, deben dirigirse hacia la luz. Solo quien está dispuesto a llevar a cabo este cambio puede entrar en el reino de los cielos (no en el paraíso sino en la nueva condición de quien ha escogido jugarse la vida según la palabra de Cristo).

En la segunda parte del pasaje se cuenta la vocación de los primeros cuatro discípulos. No se trata del relato de la llamada a los primeros apóstoles (los cuatro evangelistas narran el hecho de manera bastante diferente el uno del otro) sino de una catequesis que quiere hacer comprender lo que significa para el discípulo decir sí a Cristo que invita a seguirlo. Es un ejemplo, una ilustración de lo que quiere decir convertirse.

Hay que señalar la insistencia de verbos de movimiento. Jesús no se detiene ni un instante: “Caminaba junto al mar.… Yendo más allá… Recorría toda la Galilea” (vv. 18.21.23).

Quien ha sido llamado debe comprender que no se le concederá ningún reposo; que no habrá ninguna parada en el camino. Jesús quiere ser seguido noche y día y por toda la vida;no existen momentos en los que el seguidor será dispensado de los compromisos adquiridos.

La respuesta debe ser pronta y generosa como la de Pedro, Andrés, Juan y Santiago quienes “inmediatamente abandonaron las redes, la barca y al padre, y lo siguieron” (vv. 20.22).

No hay que interpretar mal el ‘abandono’ del propio padre. No significa que quien se convierta en cristiano (o escoja la vida religiosa) debe desinteresarse de sus padres. En el pueblo judío el padre era el símbolo del lazo con los antepasados, del apego a la tradición. Es esta dependencia del pasado la que debe ser rota cuando se convierte en un impedimento para acoger la novedad del Evangelio. La historia, las tradiciones, la cultura de cada pueblo deben ser respetadas y valorizadas, pero sabemos que no todos los usos, costumbres, estilos de vida recibidos en herencia son conciliables con el mensaje de Cristo.

La exigencia de Jesús hace referencia a la elección dramática que los primeros cristianos estaban llamados a hacer: si decidían hacerse cristianos, eran rechazados por la familia, repudiados por los padres, expulsados de la sinagoga y excluidos del propio pueblo.

También hoy hay quienes tienen que enfrentarse con la ineludible elección entre el amor por el ‘padre’ y la elección de Cristo. Basta pensar lo que significa para un musulmán, para un judío, para un pagano, para un budista, la adhesión al cristianismo.

Para todos, no obstante, dejar al padre implica el abandono de todo lo que es incompatible con el Evangelio. A la invitación a seguirlo, Jesús añade la tarea: “Los haré pescadores de hombres” (v. 19).

La imagen está tomada de la actividad desarrollada por los primeros apóstoles. No estaban pescando con cebo sino con red y su trabajo consistía en sacar peces fuera del mar (así se llamada inapropiadamente el lago de Galilea).

En el simbolismo bíblico, el mar es la morada del demonio, de las enfermedades, de todo lo que se opone a la vida. El mar es profundo, oscuro, peligroso, misterioso, terrible. En el mar viven los monstruos y en él, ni los más hábiles marineros se sientes seguros.

Pescar hombres significa sacarlos fuera de la condición de muerte en que se encuentran; quiere decir arrancarlos de las fuerzas del mal que, como aguas impetuosas, los dominan, los arrastran y los sumergen.

El discípulo de Cristo no teme a las olas y las afronta valientemente aun cuando sean borrascosas. No desespera en el afán de salvar a un hermano, aunque se encuentre en situaciones humanamente desesperadas por ser esclavo de la droga, del alcohol, de pasiones desenfrenadas o por tener un carácter irascible, agresivo, intratable… No existe ninguna situación que no pueda ser recuperada por el discípulo de Cristo.

La tercera parte (v. 23) resume con tres verbos lo que Jesús hace en favor de los hombres: enseña y, por tanto, es luz para todo hombre; predica la Buena Noticia, es decir, anuncia a todos una Palabra de esperanza, asegura que el amor de Dios es más fuerte que el mal del hombre, y cura a los enfermos. No se limita a proclamar la Salvación sino que la lleva a cabo con hechos concretos, mostrando a los discípulos lo que están llamados a hacer: deben crear, a través del anuncio del Evangelio, hombres nuevos, una sociedad nueva, un mundo nuevo.

http://www.bibleclaret.org