¡Cielos rasgados!
Año A – Fiesta del Bautismo del Señor
Mateo 3,13-17: «Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua; y he aquí que se abrieron para él los cielos y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y venir sobre él. Y he aquí una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”».
La fiesta del Bautismo del Señor se sitúa como cumplimiento de las grandes manifestaciones de la Epifanía, formando, junto con la adoración de los Magos y las bodas de Caná (primer milagro de Jesús en el cuarto Evangelio), un verdadero tríptico teológico y litúrgico. Con esta fiesta se cierra el tiempo de Navidad y se abre el camino del Tiempo Litúrgico Ordinario, en el que la vida pública de Jesús se convierte en luz y orientación para la vida cotidiana de los creyentes.
El acontecimiento
El bautismo de Jesús está presente en los cuatro Evangelios, aunque con diferencias de énfasis y de detalle. Mateo, Marcos y Lucas lo narran explícitamente. San Juan lo presenta en forma de testimonio del Bautista. El acontecimiento del bautismo tiene una importancia particular: es el primer acto público de Jesús adulto. Marca un punto de inflexión decisivo en la vida del Señor. Jesús sale de la vida oculta en Nazaret y comienza su ministerio profético. Su bautismo manifiesta de manera decisiva su identidad de Hijo de Dios y su misión mesiánica.
La misión de Jesús comienza con el bautismo y concluye con el envío de los apóstoles a bautizar. Del mismo modo, comienza y termina con la evocación de la Trinidad:
«Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mateo 28,19).
Tres buenas noticias
El bautismo de Jesús nos trae tres “buenas noticias” que llenan de alegría el corazón del creyente que las acoge.
Primera buena noticia: hoy Jesús está con nosotros, en la fila con los pecadores que descienden a las aguas del Jordán. ¿Cómo es posible, él que no tiene pecado?, se pregunta Juan Bautista, y nos lo preguntamos también nosotros. Nos responde san Pablo: «Al que no conoció pecado, Dios lo hizo pecado por nosotros, para que en él llegáramos a ser justicia de Dios» (2 Corintios 5,21).
Dios no nos salva desde lejos: se hace cercano, es Emanuel. Jesús se revela profundamente solidario con sus hermanos y hermanas, hasta el punto de escandalizar a los bienpensantes. Será llamado «amigo de los pecadores» (Mateo 11,19). He aquí la primera buena noticia: el Mesías tiene un título nuevo, que nos honra de manera especial: es el amigo de los pecadores. ¡Es nuestro amigo!
Segunda buena noticia: ¡hoy se abren de par en par los cielos!
«Como se abre una brecha en los muros, una puerta al sol; como se abren los brazos a los amigos, al amado, a los hijos, a los pobres. El cielo se abre para que la vida salga, para que la vida entre. Se abre bajo la urgencia del amor de Dios, bajo el asedio de la vida doliente, y nadie lo volverá a cerrar jamás» (Ermes Ronchi).
Dios rompe el silencio que tanto entristecía a Israel y responde a nuestro clamor: «¡Ojalá rasgaras los cielos y descendieras!» (Isaías 63,19).
¡Hoy se restablece la comunión entre el cielo y la tierra!
Tercera buena noticia: hoy llegamos a ser hijos en el Hijo.
«Y he aquí una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”».
Tres afirmaciones en tres “palabras”: Hijo, Amado, Mi complacencia. Esta es la revelación que encontramos al inicio de los Evangelios sinópticos (cf. Mt 3,17; Mc 1,11; Lc 3,22). A ella se refieren el profeta Isaías en la primera lectura (42,1-7) y el Salmo 2:
«Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy».
La buena noticia es que estas palabras se dirigen también a cada uno de nosotros, en el momento de nuestro bautismo: “¡Tú eres mi hijo/a, el/la amado/a; en ti he puesto mi complacencia!”
Tal vez digamos: “Nunca he escuchado esta Voz y me parece que el cielo permanece cerrado sobre mí”. Esta Voz hoy resuena en el cielo de mi alma y puede ser escuchada por el oído de la fe. Y podemos oírla cada día cuando, al comenzar la jornada, hacemos la señal de la cruz, pensando en nuestro bautismo, en nuestra inmersión «en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Cada día somos sumergidos en la Trinidad y el Padre nos repite esas tres palabras para darnos luz, amor y valentía para afrontar el día.
Un nuevo comienzo
Hoy Jesús inicia su ministerio, con la fuerza de la revelación del Padre y la dulce presencia del Espíritu, como paloma que encuentra en su corazón el nido. También nosotros somos animados a recomenzar, una vez más, retomando la vida cotidiana después de las fiestas navideñas. Estamos invitados a partir de una nueva conciencia y de una confianza renovada en la gracia de nuestro bautismo.
«Los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren sin fatigarse, caminan sin cansarse» (Isaías 40,31).
Concluyo con una cita de una hermosa lectio sobre el bautismo, pronunciada por Benedicto XVI, que os invito a leer: [https://comboni2000.org/2025/01/07/lectio-sobre-el-bautismo/]
«Dios ya no está muy lejos de nosotros, no es una realidad que haya que discutir —si existe o no—, sino que nosotros estamos en Dios y Dios está en nosotros. La prioridad, la centralidad de Dios en nuestra vida es una primera consecuencia del Bautismo. A la pregunta: “¿Existe Dios?”, la respuesta es: “Existe y está con nosotros; esta cercanía de Dios, este estar en Dios mismo, tiene que ver con nuestra vida; Dios no es una estrella lejana, sino el ambiente mismo de mi vida”. Esta sería la primera consecuencia y, por tanto, debería decirnos que nosotros mismos debemos tener en cuenta esta presencia de Dios, vivir realmente en su presencia».
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra