La Conmemoración de los Difuntos es una solemnidad que tiene un valor profundamente humano y teológico, pues abarca todo el misterio de la existencia humana, desde sus orígenes hasta su fin sobre la tierra e incluso más allá de esta vida temporal. Nuestra fe en Cristo nos asegura que Dios es nuestro Padre bueno que nos ha creado, pero además también tenemos la esperanza de que un día nos llamará a su presencia para “examinarnos sobre el mandamiento de la caridad”. (Cf. CIC n. 1020-1022).

La muerte es sólo una puerta…

En el Nuevo Testamento, san Mateo nos habla del retorno de Cristo en su segunda venida al final de los tiempos (cf. Mt 25, 35-45); pero también en otros pasajes la Palabra de Dios nos asegura la existencia de un encuentro personal con Dios después de la muerte de cada uno, donde se nos preguntará si nuestras obras estuvieron motivadas por la fe, la esperanza y la caridad. La parábola del pobre Lázaro (cf. Lc 16, 22) y la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (cf. Lc 23, 43), así como otros textos del Nuevo Testamento (cf. 2 Co 5,8; Flp 1, 23; Hb 9, 27; 12, 23) nos hablan de la posibilidad de entrar a gozar en el Reino de los cielos o de quedarnos fuera de la fiesta eterna (cf. Mt 25, 46-46).

La conmemoración de hoy nos recuerda esta futura realidad; por eso la Iglesia intercede por nuestras hermanas y hermanos difuntos, rezando por ellos, haciendo sufragios y limosnas, pero sobre todo ofreciendo el mismo sacrificio de Cristo en la Eucaristía, de modo que todos los que aún después de su muerte necesitasen ser purificados de las fragilidades humanas, puedan ser definitivamente admitidos a la visión de Dios.

Cristo venció a la muerte

La muerte física es un hecho natural ineludible. Nuestra propia experiencia directa nos muestra que el ciclo natural de la vida incluye necesariamente la muerte. En la concepción cristiana, este evento natural nos habla de otro tipo de vida sobrenatural donde no existe la muerte. La voluntad de Dios, del Señor de la vida, es que todos sus hijos e hijas participen en abundancia de su propia vida divina (cf. Jn 10,10); vida divina que el género humano perdió como consecuencia del pecado (cf. Rm 5,12). Pero Dios no quiere, de ningún modo, que permanezcamos en esa muerte espiritual ,y por eso Jesús, nuestro Salvador, tomando sobre sí mismo el pecado y la muerte, les ha hecho morir en su misterio pascual (cf. Rm 8,2).

Gracias pues al Amor del Padre y a esa victoria de Jesús (cf. Jn 3,16), la muerte física se ha convertido en un pasaje, en una puerta que nos conduce al encuentro con Dios (cf. Ef 2, 4-7). Nuestro propio temor a la muerte y el dolor que nos sacude cuando muere alguien cercano a nosotros podemos superarlos mediante la fe en la resurrección (1 Tes 4,13). Para nosotros los creyentes, nuestros muertos no están “definitivamente muertos”, sino “sólo difuntos”, es decir, “duermen el sueño de la paz” mientras esperan que sus cuerpos sean transformados por la resurrección (cf 1 Cor 15,14).

Historia y orígenes de la conmemoración

La pietas y el recuerdo de los difuntos se remonta a los albores de la historia de la humanidad. En la plenitud de los tiempos (cf. Ga 4, 4), con el evento de la Resurrección de Jesús (cf. Mt 28, 8-15), la memoria y la piedad hacia ellos se enriqueció radicalmente. Ya los primeros cristianos, como se puede ver fácilmente en las catacumbas, esculpían en las tumbas la figura de Lázaro resucitado, como signo de la esperanza de que su pariente amado también volvería a la vida gracias a Cristo (cf. Jn 11, 38-44).

Pero sólo en el siglo IX aparece la conmemoración litúrgica de los difuntos, herencia de la costumbre monástica ya en boga en el siglo VII de consagrar, dentro de los monasterios, un día entero a la oración por los difuntos. La piadosa práctica, sin embargo, ya estaba presente en el rito bizantino que celebraba a los difuntos el sábado anterior al inicio de la cuaresma o en un período entre finales de enero y el mes de febrero.

Más tarde, en el año 809, el obispo de Tréveris, Amalario Fortunato de Metz, colocaría la memoria litúrgica de los difuntos -que esperan contemplar el rostro del Padre- al día siguiente de la dedicada a los santos, que ya gozan de la vida divina. Finalmente, en el año 998, a disposición del Abad de Cluny, Odilón di Mercoeur, se fijó la solemnidad para el 2 de noviembre incluyendo un período de preparación de nueve días, conocido como la Novena de los Difuntos, que comienza el 24 de octubre.

http://www.vaticannews.va

Noviembre es el mes del Recuerdo. Los cristianos hacemos memoria de Jesucristo, muerto y resucitado, todos los días en la eucaristía.

La memoria completa el puzzle gigantesco del pasado de los hombres. Todas las piezas, ensambladas por la misericordia de Dios, forman el puzzle más glorioso y más pintoresco que conocemos con el título de la Comunión de los Santos.

Cristo murió una vez, nuestros muertos murieron una vez y nosotros los recordamos muchas veces. Por la fe los asociamos a la victoria de Cristo, victoria colectiva de la que participaremos todos. (…)

Hemos proclamado en la lectura del Libro de Job, libro del eterno por qué, una de las afirmaciones más poderosas de toda la Biblia Hebrea: “Yo sé que mi ‘go’el’, mi Redentor vive”.

El goel es el familiar que rescata la propiedad que su hermano ha perdido, que venga la sangre derramada, que redime de la esclavitud, que cumple con la ley del levirsato. El goel es el Redentor.

Job, sin hijos, sin familia no tiene un goel que pueda redimirlo y hasta su mujer le grita: “Maldice a Dios y muere”.

Sus amigos en lugar de ofrecerle consuelo y compasión le echan en cara su pecado. Job hundido y abandonado por todos proclama su fe: “Yo sé que mi go’el, mi Redentor vive”.

Sólo Dios es el gran Redentor, el que nos redime de nuestra esclavitud y de nuestro pecado, paga nuestras deudas y vence a nuestro peor enemigo, la muerte.

Al final de nuestra vida, la muerte en su oscura soledad, nos aterra. No seremos juzgados, seremos salvados, rescatados, por nuestro Redentor que vive por siempre.

“Tu hermano resucitará” dijo Jesús a Marta. Nuestros seres queridos resucitarán porque el que cree no está condenado a morir sino a vivir.

Hoy, hacemos memoria de Jesucristo y hacemos memoria de nuestros difuntos. Hacemos un acto de fe en la presencia de Cristo Resucitado en medio de nosotros.

Hacemos un acto de esperanza en que Cristo rasgará el velo del duelo y del dolor.

Hacemos un acto de amor, nosotros los peregrinos con los que ya han consumado su peregrinación y han llegado al destino final, los brazos de nuestro Redentor.

http://www.feadulta.com

Introducción

​Salimos del seno materno y entramos en este mundo; después de la infancia hacemos nuestro ingreso en la adolescencia; la dejamos por la juventud, la juventud por la edad madura y la vejez. Finalmente, viene el momento de partir de este mundo al que nos hemos aficionado hasta tal punto de considerarlo morada definitiva y no quererlo abandonar más. Sin embargo, en esta tierra nuestra aspiración a la plenitud de la alegría y la vida se ve continuamente frustrada.

​Cuando consideramos con desencanto la realidad, constatamos por doquier signos de muerte –enfermedades, ignorancia, soledad, fragilidad, cansancio, dolor y traiciones– y concluimos: no, no puede ser éste el mundo definitivo, es demasiado reducido y demasiado marcado por el mal. Aflora entonces en nosotros el deseo de mirar más allá del horizonte estrecho en que nos movemos; soñamos incluso ser secuestrados y conducidos hacia otros planetas, donde quizás se está libre de toda forma de muerte.

​En el universo que conocemos, el mundo que anhelamos no existe. Para apagar el deseo infinito que Dios ha puesto en el corazón, es necesario dejar esta tierra y emprender un nuevo éxodo. Se nos pide una última salida, la última –la muerte– y esto nos aterra.

​También los tres discípulos que, en el Monte de la Transfiguración, oyeron a Jesús hablar de su ‘éxodo’ de este mundo al Padre (cf. Lc 9,31) fueron presa del terror: “Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: «¡Levántense, no tengan miedo!»” (Mt 17,6-7).

​A partir del siglo III aparece en las catacumbas la figura del pastor con la oveja al hombro. Es Cristo que toma de la mano y estrecha entre sus brazos al hombre que tiene miedo de atravesar solo el valle oscuro de la muerte. Con el Resucitado, el discípulo abandona sereno esta vida en la seguridad de que el Pastor, a quien ha confiado su vida, lo conducirá “a verdes praderas y fuentes tranquilas” (Sal 23,2) donde encontrará reposo después del largo y fatigoso viaje a través del desierto árido y polvoriento de esta tierra.

​Si la muerte es el momento del encuentro con Cristo y del ingreso en la sala del banquete de bodas, no puede ser un acontecimiento temible. Es espera. La exclamación de Pablo: “Para mí morir es una ganancia. Mi deseo es morir para estar con Cristo” (Fil 1,21.23), debería ser la exclamación favorita de todo creyente.

• Para interiorizar el mensaje, repetiremos:

“Enséñanos, Señor, a contar nuestros días.”

Primera Lectura: Isaías 25,6-9

6El Señor Todopoderoso ofrece a todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos añejados, manjares deliciosos, vinos generosos. 7Arrancará en este monte el velo que cubre a todos los pueblos, el paño que tapa a todas las naciones; 8y aniquilará la muerte para siempre. El Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros y alejará de la tierra entera la humillación de su pueblo –lo ha dicho el Señor–. 9Aquel día se dirá: “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su salvación.”

​Mucho tiempo antes de Cristo, un sabio ya entrado en años, reflexionando sobre la caducidad de la vida, llegaba a la conclusión de que el hombre es como la hierba: “brota y es cortada por la mañana; por la tarde se marchita y se seca” (Sal 90,6).

​Una conclusión amarga y desconsolada la suya. ¿Qué hacer entonces? Si la vida es breve, hay que “disfrutar de los bienes presentes, gozar de las cosas con ansia juvenil; llenarnos del mejor vino y de perfumes. Coronémonos con capullos de rosas antes de que se marchiten; que no quede pradera sin probar nuestra orgía” (Sab 2,6-9). “El único bien del hombre es comer y beber y disfrutar del producto de su trabajo” (Ecl 2,24).

​El sabio salmista no se deja seducir por semejantes propuestas y, frente al acontecimiento ineluctable de la muerte, dirige al Señor la apasionada invocación: “Enséñanos la medida exacta de nuestros días para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 90,12).

​No nos comportamos como personas sabias cuando buscamos por todos los medios posibles alejar el pensamiento de la muerte, cuando llegamos hasta a evitar la palabra misma. Preferimos hablar de partida, desaparición, fallecimiento, traspaso. Y, sin embargo, la muerte es la compañera de nuestra vida. Dolores, desilusiones, traiciones, desgracias, enfermedades significan disminución de vida y nos ponen constantemente ante los ojos la precariedad de nuestra existencia en este mundo. Nos recuerdan lo transitorio de todas las realidades terrenas.

​Hoy la liturgia nos trae a la memoria a todos los fieles difuntos, no para atemorizarnos sino para conducirnos a la sabiduría del corazón, para hacernos descubrir el verdadero sentido de la vida y recordarnos la verdad gozosa sobre la que se funda nuestra fe: la Resurrección.

​Decía Tertuliano, uno de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos: “La esperanza cristiana es la resurrección de los muertos; todo lo que somos lo somos en cuanto creemos en la Resurrección”. Es por tanto la alegría, no el miedo y la angustia, lo que hoy la Palabra de Dios quiere comunicarnos; la alegría de quien ha recibido, desde lo alto, la luz de la Pascua que ilumina todo sepulcro.

​La lectura comienza con una alegre noticia: Dios ha decidido preparar un suntuoso banquete; organizará una espléndida fiesta sobre el Monte Sión. ¿Quiénes serán los invitados?

​Dios es un soberano inigualable por su riqueza y su poder. No convocará solamente a algunos notables, sino que reunirá alrededor de la misma mesa a todos los pueblos de la Tierra sin excluir a ninguno; se alegrarán juntos aquellos que se odiaron, los que practicaron la violencia, quienes lucharon para quitarse mutuamente tierras y bienes.

​Se presenciarán acontecimientos extraordinarios, sucederán hechos inauditos: “El Señor arrancará en este monte el velo”, la costra que cubre los ojos de los hombres (v. 7) y todos podrán contemplarlo, sentado a la mesa junto a ellos; después, Dios “aniquilará la muerte para siempre…y enjugará las lágrimas de todos los ojos…” (v. 8).

​¿Por qué ha sido preparado este suntuoso banquete? Porque Dios, el Señor de la Vida y de la alegría, ha desbaratado a todos los enemigos. Ha derrotado también al último, el más terrible de todos los enemigos, el que más que ningún otro producía espanto: la muerte.

​El profeta no era tan ingenuo como para pensar que un día desaparecería la muerte biológica; anunciaba la desaparición de lo que para el hombre es derrota y muerte: la vida sin ideales y sin sentido, la vergüenza del fracaso y del dolor, el hambre, la enfermedad, lamarginación. Todo aquello que no es vida será eliminado; “lo ha dicho el Señor” (8).

​En ningún otro lugar del Antiguo Testamento se encuentran promesas tan extraordinarias. El banquete será alegrado con música, cantos y danzas.

​La lectura se cierra con la letra de un himno que parece haber sido compuesto para ser recitado en coro por los participantes: “Aquí está nuestro Dios de quien esperábamos que nos salvara: celebremos y festejemos su salvación porque la mano del Señor se posará en este monte” (vv. 9-10).

El profeta aludía a los tiempos mesiánicos, pero no podía imaginarse el alcance de las promesas que, en nombre de Dios, estaba haciendo; no podía barruntar que un día el Señor destruiría la misma muerte para siempre.

​Lo entenderá, sin embargo, Pablo quien, iluminado por los acontecimientos de la Pascua, escribirá a los corintios: “Cuando lo corruptible se revista de incorruptibilidad y lo mortal de inmortalidad, se cumplirá lo escrito: la muerte ha sido vencida definitivamente. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?” (1 Cor 15,54).

​Lo entenderá el vidente del Apocalipsis quien, al irrumpir los nuevos cielos y la nueva tierra, contemplará a Dios en el acto de enjugar las lágrimas de los ojos de cada persona (cf. Ap21,4) como había prometido Isaías.

Segunda Lectura: Romanos 8,14-23

14Todos los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. 15Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos que nos permite llamar a Dios Abbá, Padre. 16El Espíritu atestigua a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. 17Si somos hijos, también somos herederos: herederos de Dios, coherederos con Cristo; si compartimos su pasión, compartiremos su gloria. 18Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros. 19La humanidad aguarda ansiosamente que se revelen los hijos de Dios. 20Ella fue sometida al fracaso, no voluntariamente, sino por imposición de otro; pero esta humanidad tiene la esperanza 21de que será liberada de la esclavitud de la corrupción para obtener la gloriosa libertad de los hijos de Dios. 22Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. 23Y no solo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo.

Pablo, conociendo la historia de su pueblo, recuerda que, conducidos por Moisés, los israelitas han pasado de la esclavitud de Egipto a la tierra prometida. Habiéndose convertido en discípulo de Cristo, el apóstol, ha comprendido que el camino de Israel en el desierto era solamente una pálida imagen del verdadero éxodo, aquel el que introduciría a la humanidad entera en la tierra de la libertad.

Al comienzo de la lectura (v. 14), se presenta al guía encargado de conducir a los hijos de Dios hacia la casa del Padre: el Espíritu.

Moisés ha entregado a Israel la Ley de Dios, el don precioso que señalaba al pueblo el camino de la vida, pero tenía un límite: no comunicaba la fuerza para practicar los preceptos contenidos en la Ley misma. Era como la señalización para el corredor de maratón: le muestra el camino a seguir, pero no lo ayuda, no lo empuja, no lo lleva a la meta.

El Espíritu no es una ley que, desde el exterior, traza el itinerario a recorrer. Es una fuerza que guía e ilumina el corazón; es un impulso interior que no solamente señala la meta, sino que comunica la fuerza para alcanzarla. La meta es la condición de hijos de Dios. Quien se deja introducir por el Espíritu en esta nueva realidad se convierte en una persona libre.

Quien no es guiado por el Espíritu, aunque se considere a sí mismo un hombre libre, es en realidad un siervo de sus propios caprichos, de la manía de poseer, de dominar, de aparentar. No es él quien gestiona la propia vida sino los instintos que se convierten en sus señores.

Liberado por el Espíritu que le ha sido donado, guiado por un corazón nuevo, el cristiano –asegura Pablo– puede dirigirse a Dios llamándolo Padre, o, mejor aun, Abbá (v. 15).

En tiempos de Jesús, la gente se resistía a llamar ‘padre’ a Dios. Este apelativo, empleado en la diaria conversación familiar, era considerado demasiado humilde e irreverente. Sorprende, por tanto, que, en boca de Jesús, se convierta en la definición habitual de Dios.

Pero hay más. Para dirigirse a Dios, Jesús ha introducido una expresión todavía más familiar. Ha enseñado a llamarlo Abbá, palabra que pertenecía al lenguaje infantil y que era usada por los niños hasta la edad de 12 o 13 años, en que era abandonada. Era usada de nuevo por los hijos adultos cuando querían que su padre, ya anciano, experimentara de nuevo la ternura que le habían manifestado durante la infancia.

Adoptando el término Abbá, Jesús ha querido que sus discípulos asimilaran un nuevo modo de concebir a Dios, un modo simple y afectuoso de relacionarse con Él.

Para expresar la intimidad y la confianza presentes en esta palabra, no debemos traducirla por Padre, sino por papá o, mejor aún, por papi, como gritan los niños cuando corren a los brazos de sus padres para hacerse acariciar.

A nosotros papi nos suena poco digno; parece una expresión de familiaridad demasiado desenvuelta como para dirigirla a la divinidad; por eso preferimos Padre, que es más serio. Sin embargo, perdemos la dimensión de la ternura, que es lo que Jesús quería inculcarnos: Dios no es el Señor lejano que mantiene las distancias, que exige respeto y adoración, establece normas y prohibiciones, sino alguien que se mantiene afectuosamente cercano a nosotros. Quien ha descubierto que Dios es Abbá –concluye Pablo– no puede recaer en el miedo: de un Abbá solo se pueden esperar caricias.

Ninguna de las personas queridas que nos han dejado era ajena al pecado. De algunas quizás recordemos errores muy graves, tan graves como para hacernos temer que hayan sido rechazadas por Dios. Quien cultiva aun estos pensamientos insensatos, se olvida de que Dios es Abbá, no un justiciero.

Pablo siente la necesidad de esclarecer la diferencia entre la filiación del unigénito, Cristo, y la nuestra (vv. 16-17).

Lo hace recurriendo a la imagen de la filiación adoptiva, una institución desconocida en Israel, pero muy diseminada en el mundo greco-romano donde quien era adoptado gozaba de los mismos derechos que los hijos naturales, incluida la participación en la herencia familiar.

De igual manera, incluso mucho más –aclara Pablo– es el hombre introducido por Dios en su ‘familia’: le es ofrecida una plena filiación y la misma ‘herencia’, la misma bienaventuranza de la que goza el unigénito del Padre.

La condición de hijos de Dios es maravillosa; sin embargo, como nos recuerda Juan en su Carta: “ya somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando aparezca, seremos semejantes a él y lo veremos como él es” (1 Jn 3,2).

Ahora vivimos en una condición en la que experimentamos tantos sufrimientos… No obstante –como nos recuerda Pablo– “éstos no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros” (v. 18). El sufrimiento nace de la situación de una Creación que ha sido sometida a la caducidad, a la esclavitud y a la corrupción y, por eso, grita su dolor (vv. 12-22).

Ha sido involucrada en un proyecto absurdo, opuesto a aquel para el que salió de las manos de Dios. El hombre la ha adulterado y ahora se enfrenta con espanto a las consecuencias de sus horrores: ve amenazada la fertilidad de la tierra, la salubridad del aire, la potabilidad del agua; constata los daños provocados a las plantas y a los animales; es consciente de haber llenado los fondos marinos de desechos tóxicos y de bombas.

Esta Creación espera ser redimida, reconducida al proyecto de Dios que, al principio, había contemplado con satisfacción todo cuanto había creado, porque todo “era muy bueno” (Gén 1,31).

Pablo nos invita a no caer en la desesperación y a no interpretar el grito de dolor de lo creado como el de un agonizante, sino más bien como el de la parturienta que está para dar a luz a una nueva criatura.

Evangelio: Mateo 25,31-46

31Cuando el Hijo del Hombre llegue con majestad, acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria 32y todas las naciones serán reunidas en su presencia. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. 33Colocará a las ovejas a su derecha y a las cabras a su izquierda. 34Entonces el rey dirá a los de la derecha: “Vengan, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para ustedes desde la Creación del mundo. 35Porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, era emigrante y me recibieron, 36estaba desnudo y me vistieron, estaba enfermo y me visitaron, estaba encarcelado y me vinieron a ver.” 37Los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber, 38emigrante y te recibimos, desnudo y te vestimos? 39¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y fuimos a visitarte?” 40El rey les contestará: “Les aseguro que lo que hayan hecho a uno solo de éstos, mis hermanos menores, me lo hicieron a mí.” 41Después dirá a los de su izquierda: “Apártense de mí, malditos, vayan al fuego eterno preparado para el Diablo y sus ángeles. 42Porque tuve hambre y no me dieron de comer, tuve sed y no me dieron de beber, 43era emigrante y no me recibieron, estaba desnudo y no me vistieron, estaba enfermo y encarcelado y no me visitaron.” 44Ellos replicarán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, emigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos?” 45Él responderá: “Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí.” 46Éstos irán al castigo perpetuo y los justos a la vida eterna.

Un Dios que condena despiadadamente es, para un cristiano, bastante embarazoso. No se entiende cómo las terribles amenazas referidas en los vv. 41-46 puedan ser consideradas como Evangelio, es decir, como “Buena noticia”, como anuncio de Salvación.

Existe una dificultad aún mayor: ¿Cómo poner de acuerdo al Dios severo que aparece en el pasaje de hoy con el Padre de quien habla todo el Evangelio? Él, que “hace salir su sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos”, que exige de sus hijos que no hagan distinciones entre buenos y malos (Mt 5,43-48), ¿cómo puede, a un cierto punto, ordenar una separación que a nosotros nos manda no hacer nunca? Si arroja al fuego eterno a sus enemigos, no puede exigir de nosotros que amemos a nuestros enemigos (cf. Mt 19,10). Jesús, que ha venido a “buscar y salvar lo perdido” (Lc 19,10) y se gloría de ser “amigo de recaudadores de impuestos y pecadores” (Lc 7,34), ¿podrá un día enfrentarse con nosotros?

También la ‘justicia’ de este Dios deja mucho que desear: ¿Podrá el pecado del hombre (criatura frágil, limitada, finita) ser castigado con un castigo infinito, ‘eterno’? No hay proporción alguna entre el castigo y la falta. Si, por otra parte, el hombre permanece libre –como es cierto– por toda la eternidad, ¿por qué los que han obrado mal deberán obstinarse en sus errores? ¿Qué es lo que los hará tan testarudos? ¿Quizás el encuentro con Dios? Estos son algunos de los interrogantes que muchos se plantean frente a este pasaje del evangelio. Son interrogantes serios, pero podrían tener su origen en una interpretación incorrecta del texto.

La duda surge en el momento en que se considera el contexto en que se ubica esta descripción del ‘juicio’. Basta leer lo que sigue. Después de la escena grandiosa en que el Hijo del hombre, por decirlo así, despliega todo su poder, he aquí lo que sucede: “Dentro de dos días se celebra la Pascua –dice Jesús– y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado” (Mt 26,2). Es para quedarse sin palabras: de la celebración del triunfo se pasa a la más innoble de las derrotas. Parecen dos situaciones opuestas, irreconciliables y, sin embargo, se trata de dos momentos gloriosos de una misma victoria, la victoria del Amor. El Cristo que ‘juzga’ es el mismo que se entrega en manos de aquellos a quienes ama y es justamente, en cuanto víctima por amor, que se convierte en juez: Él es el «hombre ideal» según Dios, el hombre auténtico, con el que todos tienen que compararse, ya desde ahora, para ver si están construyendo la vida o están poniendo las bases para un fracaso. Volveremos sobre el argumento. Ahora examinemos el texto.

En Palestina, al atardecer, los pastores suelen separar las ovejas de las cabras. Éstas, más sensibles al frío, son colocadas bajo techo mientras que las ovejas, cubiertas como están de lana, gustan del fresco de la noche y no tienen problemas en pernoctar al descubierto. Jesús se sirve de esta imagen, tomada de la vida de cada día, para trasmitir su mensaje. Para entenderlo, hay que prestar atención, en primer lugar, al género literario. Una lectura precipitada, superficial, quizás también un poco ingenua, del pasaje evangélico corre el riesgo de sacar conclusiones teológicas que, a la luz de un estudio más atento y cuidadoso, pueden aparecer infundadas e incluso desviadas.

El lenguaje es el típico de los predicadores de la época quienes, para conmover a sus oyentes, solían hacer uso de imágenes impresionantes: castigos tremendos, fuego inextinguible, penas eternas. Se decía, por ejemplo: “Mientras la especie humana tiembla, las bestias se alegran, pues les va mejor que a los humanos ya que no tienen que esperar ningún juicio”. Prestemos atención, sin embargo: cuando los rabinos hablaban del “fuego de la Gehena” no se referían al infierno sino al fuego que ardía constantemente en el valle que rodeaba a Jerusalén y que servía como basurero de la ciudad. El adjetivo ‘eterno’ no tenía, pues, las connotaciones filosóficas que tiene hoy sino que era usado popularmente para significar, de manera genérica, un periodo de tiempo ‘largo’, ‘indefinido’.

Este pasaje evangélico es considerado generalmente como una parábola, pero esto no es exacto; pertenece al género literario llamado ‘escena de juicio’, que se encuentra tanto en la Biblia (cf. Dn 7) como en la literatura rabínica. El esquema según el cual viene estructurado, es siempre el mismo: hay una presentación del juez, acompañado de ángeles que hacen las veces de asistentes y de guardias de seguridad; viene después la convocatoria de todas las gentes, la separación por grupos, la pronunciación de la sentencia y, finalmente, los justos son premiados y los impíos castigados.

El objetivo de este género literario –quede bien claro desde el principio– no es el de informar acerca de lo que ocurrirá al final del mundo, sino el de enseñar a cómo comportarse hoy.

Como ejemplo, he aquí una escena de juicio de la literatura rabínica que muestra una impresionante analogía con nuestro texto: “En el mundo futuro se le preguntará a quien es juzgado: ¿cuáles son tus obras? Si responde: «He dado de comer a quien tenía hambre», se le dirá: «Esta es la puerta del Señor; entra a través de ella» (cf. Sal 118,20). Si responde: «He dado de beber al sediento», se le dirá: «Esta es la puerta del Señor; entra a través de ella». Si responde: «He vestido al desnudo», se le dirá: «Esta es la puerta del Señor; entra a través de ella». Lo mismo ocurrirá con quien se ha hecho cargo del huérfano, con quien ha dado limosna, con quien ha realizado obras de amor” (Midrash del Salmo 118,17).

Está claro que, refiriendo este diálogo, los rabinos no pretendían develar las palabras que Dios pronunciará cuando Él venga sino que querían inculcar los valores que sirvieran de sólido fundamento a la vida en este mundo.

Examinemos ahora la estructura del pasaje de Mateo. Es fácil de definir. Comienza con una introducción (vv. 31-33) seguida de dos diálogos (vv. 34-40; 41-46) que se desarrollan de modo idéntico y paralelo: el rey pronuncia la sentencia (de aprobación en un caso y de condena en el otro) y explica la razón. Ambos casos suscitan una objeción que el juez responde respectivamente.

Es fácil también establecer el mensaje que Jesús quiere trasmitir: los años de la vida del hombre constituyen un bien precioso, un tesoro que hay que administrar bien. No puede uno equivocarse porque la vida es una sola: Jesús sugiere cómo hay que vivirla.

Los rabinos decían: “El mundo presente es como una tierra seca; el mundo futuro es como el mar; si un hombre no prepara el alimento sobre la tierra seca, ¿qué comerá sobre el mar? Este mundo es como una tierra cultivada; el mundo futuro como un desierto; si un hombre no prepara la comida sobre la tierra cultivada, ¿qué comerá en el desierto? Hará rechinar sus dientes y morderá su carne; desesperado, desgarrará sus vestidos y se arrancará el cabello”.

Para Jesús, la vida del hombre es más importante que para los rabinos; por eso revela a los discípulos los valores que proporcionarán un seguro fundamento a esta vida humana. ¿Qué valores? No es difícil descubrirlos porque ocupan la mitad del relato y son tan importantes que Jesús los repite cuatro veces, a riesgo de aparecer monótono: Se trata de las seis obras de misericordia.

La lista de las personas a ayudar –el hambriento, el sediento, el extranjero, el desnudo, el enfermo y el encarcelado (vv. 35-36. 42-43)– era conocida en todo el Medio Oriente (cf. Is 58,6-7). Es célebre el capítulo 125 del Libro de los muertos, el texto que, en Egipto, desde el segundo milenio antes de Cristo, era colocado junto al difunto en el momento del entierro. Esto era lo que había que declarar ante el tribunal de Osiris: “Yo he practicado lo que hace alegrar a los dioses. He dado pan al hambriento, he dado agua al sediento, he vestido al desnudo, he ofrecido un viaje a quien no tenía barca”. La única novedad aportada por Jesús es que Él se identifica con estas personas: lo que se haga a uno de estos pequeños, a Él se le hace.

Los valores que sugiere no son semejantes a aquellos por los que la mayoría de los hombres pierden la cabeza sino que son los que de verdad cuentan a los ojos de Dios. ¿Cuál es el ideal de hombre exitoso para nuestra sociedad? Es aquel que detenta poder, que es rico, que puede permitirse satisfacer todos sus caprichos, que es buscado por las cámaras de televisión. “Hombres de éxito” son el atleta que hace enloquecer los estadios, la estrella televisiva o cualquiera que haya logrado convertirse en un personaje por notoriedad o por carrera.

¿Cuál es el pensamiento de Dios? Cuando concluya la historia de todo hombre sobre la tierra, cuando cada uno se encuentre solo consigo mismo y con Dios, solo un bien resultará precioso: el Amor. La vida de cada uno será considerada como éxito o fracaso de acuerdo con el compromiso de la persona en eliminar seis situaciones de sufrimiento y de pobreza: el hambre, la sed, el exilio, la desnudez, la enfermedad, la prisión.

Un detalle es cuidadosamente resaltado en el relato: ninguno de los que han practicado estas obras de misericordia se ha dado cuenta de haberlas hecho a Cristo. El amor es auténtico solamente si es desinteresado, si está libre incluso de toda sospecha de autocomplacencia; quien actúa en espera de la recompensa, incluso la del cielo, no ama todavía de forma genuina.

¿Y la condena? Los rabinos solían repetir dos veces sus enseñanzas para grabarlas mejor en la mente de sus discípulos. Frecuentemente presentaban el mensaje primero en forma positiva y después en forma negativa. Recurrían al conocido “paralelismo antitético”, usado también por Jesús (cf. Lc 6,20-26; Mt 7,24-27; Mc 16,16…).

Nuestro pasaje es un ejemplo de ello: la segunda parte (vv. 41-45) no añade absolutamente nada a la primera; se trata de un expediente estilístico para resaltar el concepto ya expresado. Lo que urge a Jesús no es aterrorizar a sus oyentes agitando el espantajo del infierno, sino indicar –con imágenes fuertes, porque el peligro de desperdiciar la vida es muy serio– lo que verdaderamente cuenta. No pretende anunciar lo que acontecerá al final del mundo sino hacer reflexionar, abrir los ojos, mostrar el juicio de Dios sobre las decisiones que debemos tomar hoy.

Un simple ejemplo podrá ayudarnos a comprender mejor lo dicho. En una joyería están expuestos dos collares, uno de puro oro, aunque un poco desgastado por el tiempo, el otro de latón bruñido pero muy abrillantado. Entra un comprador inexperto y se siente atraído y fascinado por la brillantez del collar de latón. Afortunadamente aparece un entendido y lo pone en guardia: ¡Cuidado –le dice– no desperdicies tu dinero en esta chuchería o bagatela!

Este juicio salva al comprador inexperto. Aun en el caso de que el entendido usara expresiones duras y amenazadoras, su juicio sería siempre un juicio de salvación. Creer que la escena del juicio descrita por Jesús se refiere a la condena de los pecadores a las penas del infierno es, cuanto menos, arriesgado. El infierno existe, pero no es un lugar creado por Dios para castigar, al final de la vida, a quien se haya comportado mal. Es una condición de infelicidad y desesperación, consecuencia del pecado. Del infierno del pecado, sin embargo, se puede salir: la liberación nos viene de Cristo y de su juicio de Salvación.

Pero, al final ¿no castigará Dios a los malvados? A nosotros un juez nos parece justo cuando, después de haber evaluado el mal cometido, castiga con equidad. Pero ésta no es la justicia de Dios. Él es justo no porque premia o castiga conforme a nuestros criterios y expectativas –en tal caso no habría esperanza para nadie y todos terminaríamos condenados– sino porque es capaz de convertir en justos a los malvados (cf. Rom 3,21-26).

La cuestión, por tanto, no es quién será considerado oveja y quién cabra al final del mundo, sino en qué ocasiones hoy nos comportamos como ovejas y en que ocasiones nos comportamos como cabras. Somos ovejas cuando amamos al hermano; somos cabras cuando lo descuidamos.

¿Qué sucederá al final?

Es verdaderamente difícil creer que el Buen Pastor –a quien nadie logrará arrebatarle ni una sola de sus ovejas (cf. Jn 10,28)– después de habernos dejado saltar como cabritos una vez a la derecha y otra vez a la izquierda, no encuentre la manera de convertirnos a todos… en corderos suyos.

http://www.bibleclaret.org

¡Fiesta de familia, fiesta de fraternidad solidaria! La fiesta de Todos los Santos y el recuerdo de los Fieles Difuntos nos ayudan a sentirnos miembros de una familia grande, alargada hasta los confines del mundo. Son dos días (1 y 2 de noviembre) que nos invitan a nuestra celebración familiar. Nuestra, porque los santos y los difuntos forman parte de la única familia de Dios y de los hombres, nuestra familia. Es la familia de todos los santos: no solamente de los pocos reconocidos oficialmente como tales por la Iglesia, sino de todas las personas de buena voluntad, de todos los que han buscado a Dios con corazón sincero y respetando al prójimo. Es la familia de todos los difuntos, no solamente de nuestros parientes y amigos. Con todos ellos compartimos vicisitudes comunes, hechas de gozos, esperanzas, dolor, fragilidad, fatigas… Hasta la inevitable calle estrecha de la muerte, en un camino por el cual pasamos todos por igual: santos y pecadores, ricos y pobres, creyentes y no… Somos parte de una familia innumerable de mujeres y de hombres de toda lengua, color, raza, religión, cultura, condición social…

Es la fiesta de la familia alargada, con dimensiones universales, sin límites, en la que nadie es desconocido o extranjero para Dios y para quienes viven en Él. En la que Dios conoce cada rostro y llama a cada uno por su nombre. Una familia en donde hay una fraternidad circular de relaciones en beneficio de todos: los santos del cielo interceden ante Dios en nuestro favor, mientras estamos peregrinando en la tierra; nosotros, los peregrinos, damos gracias y alabanzas a Dios por su misericordia y por las cosas bellas que Él realiza en los santos; nosotros y los santos ofrecemos súplicas por los difuntos que aún esperan el momento de contemplar plenamente el rostro de Dios; también los difuntos, de una manera que no conocemos, viven una especial comunión con Dios que redunda en beneficio nuestro… Es, por tanto, una intercesión circular: de Cristo y de los santos por nosotros; de nosotros en favor de los difuntos; y de los difuntos – que ya son salvos – en favor de los parientes y de toda la familia humana.

La circunstancia es propicia para reflexionar y vivir los valores de la familia, la fraternidad, la universalidad, en una especial comunión con los antepasados: tanto los antepasados en el clan y en la cultura popular, como los antepasados en la fe cristiana, que son los santos. Es decir, aquellos que han realizado al más alto nivel, e incluso con heroísmo, los ideales y valores del Evangelio y de las culturas de los pueblos. Son ellos los gigantes espirituales, los modelos logrados de la humanidad renovada en Cristo, que es para todos el Hombre nuevo, el modelo perfecto, el inspirador de toda forma de santidad. ¡Se trata de un tema de particular resonancia para todos los que anuncian el Evangelio, también entre los pueblos no cristianos! El Papa Francisco nos dice que la santidad es “el rostro más bello de la Iglesia”; nos habla de la “santidad en la vida cotidiana”, que muchas veces es “la santidad de la puerta de al lado”. (*)

Este tipo de reflexiones no quita nada al rigor y amargura de la muerte, esa “dura calle”, de dantesca memoria, que da miedo, y, sin embargo, es el paso obligado hacia la Vida plena. Un paso que es preciso afrontar sin evasiones, con realismo humano y cristiano. Nos ha dado un ejemplo de ello, entre otros, el Card. Carlos Maria Martini, jesuita, maestro en la doctrina, arzobispo de Milán (+ 2012): enfermo de Parkinson, “en el contexto de una muerte inminente”, sintiéndose “ya en la última sala de espera, o la penúltima”, confesaba haberse “varias veces quejado con el Señor” por la necesidad de tener que morir. Martini no escondía su tormento interior hasta llegar a aceptar esa dura calle, oscura y dolorosa: “Me he apaciguado con el pensamiento de tener que morir cuando he comprendido que sin la muerte no llegaríamos nunca a hacer un acto de plena confianza en Dios. En efecto, en cada decisión importante nosotros tenemos siempre algunas salidas de seguridad. En cambio, la muerte nos obliga a fiarnos totalmente de Dios”. Ante el misterio de la muerte, que nos exige “un acto de confianza total”, Martini concluía: “Deseamos estar con Jesús y este deseo lo expresamos con los ojos cerrados, a ciegas, abandonándonos completamente en sus manos”.

Ante la muerte, aparece aún más precioso el don de la fe cristiana, la única que es capaz de arrojar una luz nueva y definitiva sobre el sentido de la vida, de Dios, del dolor, de la historia… Una luz que marca la diferencia. Una luz que otras religiones no logran dar. Una vez más, emerge la novedad del mensaje cristiano. Y, por tanto, la urgencia de la Misión.