¡Orar siempre, sin cansarse nunca!
Año C – Tiempo Ordinario – 29º domingo
Lucas 18,1-8: “Jesús contó a sus discípulos una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin desanimarse jamás”.
El tema de la Palabra de Dios de este domingo es la oración. En el Evangelio de Lucas, la oración es uno de los temas centrales y más característicos. Más que en cualquier otro evangelio, Lucas presenta a Jesús como un hombre de oración y subraya cómo Él ora en los momentos decisivos de su misión. En su enseñanza, insiste en que hay que orar con insistencia y confianza.
“¡Escuchad lo que dice el juez injusto!”
«Escuchad lo que dice el juez injusto. ¿Y Dios no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche? ¿Les hará esperar mucho tiempo? Os digo que les hará justicia prontamente. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?»
El Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre cómo orar. Jesús cuenta a sus discípulos una parábola sobre la necesidad de orar siempre, sin rendirse jamás. Los protagonistas son un juez corrupto y una pobre viuda que finalmente consigue lo que desea con su única arma: ¡insistir sin cesar ante aquel juez injusto!
Es una parábola bastante extraña, pues parece comparar a Dios con un juez (¡y cuántas veces hablamos de Dios como juez!). Además, se repite cuatro veces la expresión “hacer justicia”.
Para evitar confusiones, conviene aclarar que Dios no se presenta como juez, sino como un condenado que, desde la cruz, implora misericordia por todos: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Así que este “hacer justicia” no puede significar otra cosa que ejercer su misericordia.
También conviene señalar algunos puntos delicados de traducción e interpretación. En particular: “¿Les hará esperar mucho tiempo? Os digo que les hará justicia prontamente.” Una posible traducción alternativa sería: “Aunque los haga esperar mucho tiempo… les hará justicia decididamente”, pero no necesariamente de inmediato.
El pasaje concluye con la pregunta de Jesús: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?”. He aquí el problema crucial: nosotros, ciudadanos de un mundo tecnológico y secularizado, ¿creemos todavía en la oración? ¿O más bien depositamos nuestra confianza en el dinero, el poder, nuestras seguridades, nuestras capacidades o en los medios más rápidos para alcanzar nuestros objetivos?
Algunos pensamientos un poco irreverentes
Pero volvamos a la oración y al Evangelio en su versión litúrgica actual. A propósito —o quizá no tanto— comparto con vosotros algunos pensamientos… ¡un poco irreverentes!
¡Orar a un Dios… caracol!
“Les hará justicia prontamente”… ¿Estamos realmente seguros?
No sé qué pensaréis vosotros, pero mi impresión, muchas veces, es que Dios es… un poco sordo. O que tiene muchos asuntos pendientes que resolver. O que su idea de “prontitud” es un tanto diferente de la nuestra. En efecto, el Salmo 90 dice: “Mil años ante tus ojos, Señor, son como un día de ayer”. Pero para nosotros los humanos no es así. ¡Nuestros tiempos son muy distintos! Dice Habacuc: “Aunque tarde, llegará sin retrasar” (Hab 2,3; cf. Heb 10,37 y 2 Pe 3,9). La verdad es que, a nuestros ojos, Dios a menudo parece un… ¡caracol!
Los autores bíblicos y espirituales tratan en vano de defenderlo, pero no me parecen muy convincentes. El sabio san Agustín intenta explicarlo: quia mali, mala, male petimus — nuestras oraciones no son escuchadas porque somos malos (mali), o porque pedimos cosas malas (mala), o porque pedimos mal (male).
Que me perdone el gran san Agustín, pero ni siquiera él me convence. Quiero creer que Dios nos escucha incluso cuando somos malos, cuando pedimos cosas malas o cuando pedimos mal.
¿Y entonces? Estoy convencido de que Dios nos pide un verdadero acto de fe y un abandono total a su Sabiduría, a su Amor, a su Misterio. Cuando rezo, el Padre me escucha, siempre, de una manera u otra.
Pero, concretamente, queda la dificultad de la oración: ¿cómo orar?
¡Orar como… un cerdito!
Me impresionó profundamente algo que un recién convertido dijo un día al cardenal portugués Tolentino Mendonça:
— “Padre, ¡yo rezo como un cerdo!”
— “¿Cómo dices?”
— “Sí, como un cerdo, que come de todo. Yo hago lo mismo: transformo todo en oración, cualquier cosa que me ocurra.”
Creo que mientras no lleguemos a esta experiencia de orar con toda nuestra vida concreta, ¡aún no habremos encontrado la clave de la oración!
¡Orar como… un burrito!
Todos quisiéramos una oración llena de luz y de consuelos, pero muy a menudo no es así.
Nos quedamos asombrados al saber que la gran Madre Teresa de Calcuta —que parecía tocar el cielo con un dedo— vivió cincuenta años, hasta su muerte, en total sequedad espiritual. Ella, que pasaba al menos tres horas al día en adoración.
Otra Teresa, la de Lisieux, en los últimos meses de su vida decía sentir que estaba “en la mesa de los pecadores y de los ateos”, atormentada por dudas y pruebas. ¡Nada de un camino espiritual lleno de flores!
Y la gran Teresa de Ávila decía que había rezado durante años y años, y que la oración le parecía paja, ¡como comer paja! ¡Como un burrito! El burro quisiera alimentarse de la hierba fresca del prado, pero tiene que contentarse con la paja que su Amo le da.
¡Orar como… un pez!
Tal vez hayáis oído hablar del famoso libro de espiritualidad “Relatos de un peregrino ruso”. (Espero que no seáis alérgicos a la palabra “ruso”, como nuestro cocinero que, por miedo a quitarnos el apetito, escribió en el menú “ensalada del Este” en lugar de “ensalada rusa”).
Aquel peregrino, habiendo escuchado la exhortación de san Pablo “Orad sin cesar” (1 Tes 5,17), repetía innumerables veces la misma invocación: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”, hasta que llegó a formar parte de su respiración.
Personalmente, he encontrado gran provecho en este tipo de oración. Con el tiempo, cada uno puede elegir su propia invocación o jaculatoria, marcándola con el ritmo de la respiración. Creo que las palabras bisílabas facilitan este ejercicio. Por ejemplo: Padre (Pa-dre), o Abbá (Ab-bá), o Jesús (Je-sús), o Mi Dios... Así me sumerjo y me muevo, como un pez, en el Océano divino, inspirando su Paz, su Amor, su Gracia, y espirando, arrojando las impurezas del corazón.
¡Orar como… el animal perezoso!
Dos dificultades hacen que la oración sea un poco penosa: las distracciones y la somnolencia. Ambas son ocasión de ejercitar la humildad: nuestra oración es imperfecta y pobre.
Durante años, la somnolencia me hacía enfadar conmigo mismo, hasta que encontré la paz al comprender que el tiempo dedicado a la oración es, ante todo, un sacrificio del tiempo. Es un tiempo que hemos decidido que pertenece a Dios, y no a otra cosa. También eso es “perseverar en la oración” (Rom 12,12).
Mirando atrás, recuerdo con una sonrisa las horas pasadas en mi silla de ruedas, solo, en medio del pasillo central de nuestra capilla de la Via Lilio, en Roma, luchando contra el sueño. Creo que esas oraciones, tantas veces “durmiendo como el perezoso”, también fueron escuchadas con benevolencia por el Señor.
P. Manuel João Pereira Correia, mccj

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra