Administradores resueltos y astutos
Año C – Tiempo Ordinario – 25.º Domingo
Lucas 16,1-13: «Haceos amigos con el dinero injusto»
Las lecturas de este domingo pueden resultar difíciles de comprender. En la primera lectura, Amós, el profeta pastor y campesino del siglo VIII, toma la defensa del necesitado y anuncia la venganza de Dios contra los que «aplastan al pobre» (Am 8,4-7). Una advertencia muy actual. Pero en el Evangelio, Jesús cuenta una parábola en la que parece alabar a un administrador deshonesto. Se trata de una de las parábolas más discutidas del Evangelio. En realidad, lo que se quiere resaltar es la prontitud y la astucia de este administrador. Son estas cualidades las que Jesús propone a los «hijos de la luz». Por eso la parábola se llama también del «administrador sagaz».
¡Administradores, no propietarios!
Dejaremos de lado los aspectos exegéticos más problemáticos para centrarnos en el mensaje principal. La palabra clave es administrador. Los términos administrador / administración / administrar (en griego oikonomos, oikonomia, oikonomeō) aparecen siete veces en nuestro texto. No se trata de una terminología común en el NT. Sin embargo, aunque aparezca pocas veces, la idea de «ser administradores» (oikonomos) de lo que Dios nos ha confiado es un tema recurrente y fundamental en la teología del Nuevo Testamento.
San Pablo nos dice: «Que cada uno nos considere como servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios» (1 Co 4,1); y san Pedro: «Que cada uno, según el don que haya recibido, lo ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios» (1 Pe 4,10). No pensemos solo en los dones espirituales, sino también en los dones naturales y en los bienes materiales.
Aquí llegamos al primer punto de nuestra reflexión: somos simples administradores, no propietarios. Es decir, debemos ocuparnos de las cosas, de los bienes, del dinero, como gestores. Incluso los bienes son talentos que se nos han confiado. No son nuestros y no podemos retenerlos. Es necesario hacerlos circular y fructificar con resolución y sagacidad. ¡No para nuestro propio provecho, sino al servicio de los demás y del Reino!
Hoy ya no existe un valor tan universal como el dinero. La mayor parte de nuestro tiempo la dedicamos a ganarnos la vida. Pero incluso el dinero que hemos ganado con el sudor de nuestra frente no es nuestro, para usarlo a nuestro antojo. Además, sabemos que el sistema monetario actual es injusto e inicuo. No podemos autoeximirnos diciendo que no podemos hacer nada. Hay que administrarlo con sabiduría y teniendo en cuenta lo que dice Pablo VI en Populorum Progressio: «La propiedad privada no constituye para nadie un derecho incondicional y absoluto. Nadie está autorizado a reservar para su uso exclusivo lo que excede de su necesidad, cuando a otros les falta lo necesario» (n.º 23).
¡Los pobres, porteros del Paraíso!
La Palabra de este domingo también nos habla de la amistad. De las relaciones humanas corrompidas por la codicia y la injusticia, denunciadas por el profeta Amós. De las relaciones de fraternidad con todos los hombres, que garanticen la paz y la justicia, como dice san Pablo en la segunda lectura: «para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y dignidad» (1 Tm 2,1-8). Pero es sobre todo Jesús, en el Evangelio de hoy, quien hace una propuesta inesperada: «Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando este falte, os reciban en las moradas eternas».
¿Serán entonces los pobres los porteros del Paraíso? Al parecer, sí. Según Mt 25,11-12, Jesús será el Juez que decida quién puede entrar en el Reino de los Cielos: «¡Señor, Señor, ábrenos!». Pero él respondió: «En verdad os digo: no os conozco». Y de manera semejante en Mt 7,22-23: «Aquel día muchos me dirán: “Señor, Señor, ¿no hemos profetizado en tu nombre? ¿Y en tu nombre no hemos expulsado demonios? ¿Y en tu nombre no hemos hecho muchos milagros?”. Entonces yo les declararé: “Nunca os he conocido. Apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad”».
Aquí, en Lc 16,9, suena un poco distinto. Así lo explicaba un catequista de Mozambique a sus catecúmenos, según el relato de un misionero compañero:
Cuando lleguemos a las puertas del Paraíso y llamemos para poder entrar – sí, porque el Paraíso tiene puertas, ¡no entra cualquiera! – aparece san Pedro, a quien Jesús confió las llaves del Reino de los Cielos, y preguntará: – «¿Quién eres tú?» – «Soy fulano de tal». Pero ¿cómo hará Pedro para conocer a todos? Muy sencillo: Pedro gritará hacia dentro y preguntará: – «Eh, amigos, aquí hay un fulano de tal que pide entrar; ¿alguien lo conoce?». Entonces alguien dirá (¡al menos eso se espera!): – «Sí, le conozco, me dio de comer muchas veces». Y otro: – «Yo también le conozco, me visitó muchas veces cuando estaba enfermo». Y otro más: – «Me dio ropa para vestirme». Entonces Pedro abrirá la puerta: – «Entra, amigo, eres de los nuestros».
Pero si desde dentro mueven la cabeza diciendo que no lo conocen, ¡entonces sí que habrá serios problemas!
Parece, pues, que los pobres son el jurado de san Pedro. Por eso Jesús recomienda: «Haceos amigos con el dinero injusto, para que, cuando este falte, os reciban en las moradas eternas». Por eso no duda en ponernos al «administrador deshonesto» como ejemplo de astucia.
¡Casi se diría que, para entrar en el Paraíso, hacen falta recomendaciones! Pero no para san Pedro, sino para los pobres, y aquí en la tierra, ¡antes de que sea demasiado tarde!
Manuel João Pereira Correia, mccj

P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra