
P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra
«¡Te inquietas y te agitas por muchas cosas!»
Año C – 16º Domingo del Tiempo Ordinario
Lucas 10,38-42: «Una mujer llamada Marta lo recibió en su casa».
Después de la parábola del buen samaritano que escuchamos el domingo pasado, la liturgia nos presenta hoy el episodio de la hospitalidad ofrecida por dos hermanas: Marta y María de Betania.
El contexto del episodio de Betania es muy revelador. Por un lado, está precedido por la parábola del «buen samaritano», que termina con estas palabras: «Ve y haz tú lo mismo» (Lucas 10,37). Por otro lado, le sigue inmediatamente la enseñanza de Jesús sobre el Padrenuestro y la oración (Lucas 11,1-10). Es evidente que Lucas quiere subrayar la unidad entre la Acción («hacerse prójimo» del hermano) y la Escucha de la Palabra («hacerse próximo» a Dios).
En la primera lectura, Abrahán acoge a Dios, que se presenta bajo la figura misteriosa de tres hombres: «Levantó la vista y vio a tres hombres de pie junto a él. En cuanto los vio, corrió desde la entrada de la tienda a su encuentro y se postró en tierra diciendo: “Señor mío, si he hallado gracia a tus ojos, no pases de largo sin detenerte junto a tu siervo”» (cf. Génesis 18,1-10).
Podemos afirmar que la hospitalidad constituye el tema central de la Palabra de este domingo. La hospitalidad es una de las grandes metáforas de la vida. Acogidos en el seno materno, en el seno de una familia y de una sociedad, aprendemos a acoger a otros, a ser también nosotros hospitalarios y próximos a toda vida.
La Escritura es una historia de acogidas, desde el momento en que fuimos acogidos en el paraíso terrenal (Génesis), hasta el momento en que seremos acogidos en el Paraíso celestial (Apocalipsis 21–22), en la nueva Jerusalén, cuyas puertas «nunca se cerrarán» (21,25). Allí se realizará la acogida perfecta y definitiva: «¡Esta es la morada de Dios con los hombres! Él habitará con ellos» (21,3). En medio de la historia encontramos al Verbo hecho carne, que «vino a habitar entre nosotros» (Jn 1,14). Rechazado, no se rindió, y desde entonces sigue llamando a la puerta de cada ser humano (cf. Apocalipsis 3,20).
¿Pero qué significa acoger en la vida del cristiano? Es lo que san Lucas quiere transmitirnos con este episodio, que solo aparece en su Evangelio.
Dos mujeres: un icono de la acogida
¿Quiénes son las dos hermanas, Marta y María? Marta parece ser la mayor y la dueña de la casa. Es una mujer activa y diligente. María, en cambio, aparece como más joven, más dulce y contemplativa.
Según Lucas 10,38-42, Marta y María reciben a Jesús en su casa. No se menciona a su hermano Lázaro, que en el Evangelio de Juan aparece siempre junto a ellas. Tampoco se habla del numeroso grupo que acompañaba a Jesús. El evangelista dirige intencionadamente el foco hacia las dos hermanas y su actitud ante Jesús. Mientras Marta se afana en atender a los invitados, María se sienta a los pies de Jesús para escucharle. Molesta, Marta le pide a Jesús que le diga a su hermana que la ayude. Jesús le responde de forma inesperada: «Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas; solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y no se le quitará».
Esta afirmación de Jesús ha sido objeto de muchas interpretaciones, como una supuesta superioridad de la vida contemplativa sobre la activa, o de la oración sobre la acción. San Basilio concluía que el «servicio corporal» es inferior al «espiritual». Pero esta no es, sin duda, la intención de Jesús. Oración y acción son inseparables. No se excluyen ni se oponen, sino que se integran. Se trata de poner de relieve las dos dimensiones esenciales de la vocación del discípulo. Marta y María no son figuras enfrentadas, sino complementarias. Todos estamos llamados a encarnar a Marta y a María, a ser servidores y oyentes de la Palabra. Entonces, ¿qué quiere decir Jesús?
Acoger es escuchar
«Jesús entró en un pueblo, y una mujer llamada Marta lo acogió en su casa. Tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra».
Antes que nada, notemos el carácter inédito y provocador de la escena. Jesús rompe con las convenciones sociales de su tiempo al aceptar la invitación de unas mujeres, algo mal visto entonces. Además, María adopta una actitud revolucionaria. Sentarse a los pies de un rabino era signo de ser su discípulo. Pero en tiempos de Jesús, el estudio de la Torá estaba reservado a los hombres. «Mejor quemar la Torá que entregársela a una mujer», decían los rabinos (según el biblista F. Armellini). Incluso san Pablo arrastraba todavía esa mentalidad cultural, como se ve en sus recomendaciones a la comunidad de Corinto, hoy inaceptables: «Que las mujeres guarden silencio en las asambleas, pues no les está permitido hablar» (cf. 1 Co 14,34-35).
«Marta, en cambio, andaba muy atareada con los muchos quehaceres. Se acercó y dijo: “Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me ayude”».
Marta y María aman ambas a Jesús, pero difieren en sus prioridades. María centra su atención en Jesús y disfruta de su presencia. Marta, agobiada por los quehaceres, cae en la inquietud, la impaciencia y el cansancio. Y la presencia de Jesús se convierte para ella en una carga. ¡Ahí está el problema!
«Pero el Señor le respondió: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, pero solo una es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y no se le quitará”».
El estado de irritación de Marta mueve a Jesús a llamarla con ternura (así se entiende la repetición del nombre: «Marta, Marta») para reconducirla a lo esencial, a la conversión hacia lo «único necesario», la búsqueda del Reino de Dios. Todo lo demás vendrá por añadidura (cf. Lucas 12,31).
La multiplicidad de tareas no es necesariamente el «servicio» que Jesús espera de nosotros. Por eso es necesario establecer prioridades y urgencias. En otras palabras: discernir. Como dice san Pablo: «Pido que vuestro amor crezca más y más en conocimiento y en sensibilidad para que sepáis discernir lo que es mejor» (Filipenses 1,9-10).
¡Cuántas veces caemos también nosotros en la trampa del activismo! Llenamos nuestra agenda de compromisos. Y a veces, arrastrados por las «urgencias», descuidamos las verdaderas prioridades. Nuestra satisfacción al final del día sería haberlo hecho «todo», cosa que rara vez ocurre, dejándonos un sabor amargo de insatisfacción, si no de frustración.
Deberíamos ejercitarnos en lo contrario: no hacer nunca «todo», sino dejar siempre algo para el día siguiente, confiándolo al Señor que actúa mientras dormimos. Así experimentaríamos la verdad de lo que dice el salmista: «En vano madrugáis, en vano veláis, los que coméis un pan de fatigas: Dios lo da a sus amigos mientras duermen» (Salmo 127,2).
P. Manuel João Pereira Correia, mccj