P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra

Año C – Tiempo Pascual – Domingo 8º – Pentecostés
Evangelio: Juan 20,19-23

Hoy la Iglesia celebra la gran solemnidad de Pentecostés, la fiesta de la venida del Espíritu Santo, cincuenta días después de la Pascua, según el relato de los Hechos de los Apóstoles (véase la primera lectura). Pentecostés, que significa “quincuagésimo (día)” en griego, era una fiesta judía, una de las tres grandes peregrinaciones al Templo de Jerusalén: la Pascua, Pentecostés y la Fiesta de las Tiendas (la fiesta de la cosecha en otoño). Era una celebración agrícola de acción de gracias por los primeros frutos de la cosecha, celebrada el día 50 después de la Pascua. También se la llamaba “Fiesta de las Semanas”, ya que tenía lugar siete semanas después de la Pascua. Esta fiesta agrícola fue asociada más tarde al recuerdo de la entrega de la Ley o Torá por parte de Moisés en el monte Sinaí.

El Pentecostés cristiano es el cumplimiento y la conclusión del tiempo pascual. Es nuestra Pascua, el paso a una nueva condición, ya no bajo el dominio de la Ley, sino guiados por el Espíritu. Es la fiesta del nacimiento de la Iglesia y el comienzo de la Misión.

Las lecturas de la fiesta nos presentan, en realidad, cuatro venidas del Espíritu Santo, o cuatro modos distintos pero complementarios de su presencia. Podríamos decir que hay cuatro “Pentecostés”.

1. El Pentecostés de la Iglesia

La primera lectura (Hechos 2,1-11) nos muestra una venida del Espíritu sorprendente, impetuosa y luminosa:
“Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa donde estaban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse.”
Es una venida que provoca asombro y admiración, entusiasmo y euforia, consuelo y valentía. Es totalmente gratuita, impredecible y nunca programable. Son casos excepcionales. Algunos están recogidos en el libro de los Hechos, y ha habido otros a lo largo de la historia de la Iglesia, quizá menos espectaculares, pero siempre profundamente fecundos. De hecho, Pentecostés siempre viene seguido de una primavera eclesial. ¡Y Dios sabe cuánto la necesitamos en este invierno eclesial que vivimos en Occidente! Solo la oración constante de la Iglesia, la humilde paciencia del sembrador y la docilidad al Espíritu pueden alcanzar tal gracia.

2. El Pentecostés del mundo

La efusión del Espíritu se extiende a toda la creación. Él es “el que da la vida y santifica el universo” (Plegaria Eucarística III). Es Él quien “lleva el polen de la primavera al corazón de la historia y de todas las cosas” (Ermes Ronchi). Por eso, con el salmista, invocamos el Pentecostés sobre toda la tierra: “Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra.” (Salmo 103/104)
Esta debería ser una oración típica y habitual del cristiano: invocar el Pentecostés sobre el mundo, sobre las dinámicas que rigen nuestra vida social, sobre los acontecimientos de la historia. Todos se quejan de “cómo está el mundo”, del “mal espíritu” que lo mueve… pero ¿cuántos de nosotros invocamos realmente al Espíritu sobre las personas, las situaciones y los hechos de nuestra vida diaria?

3. El Pentecostés de los carismas o del servicio

El apóstol Pablo, en la segunda lectura (1 Corintios 12), nos llama la atención sobre otra manifestación del Espíritu: los carismas.
“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu… A cada uno se le concede la manifestación del Espíritu para el bien común…”
Hoy se habla mucho de los carismas y del reparto de los servicios eclesiales, pero hay una creciente y preocupante desafección entre las generaciones más jóvenes. El sacramento de la confirmación —el “Pentecostés personal”, que debería ser el paso hacia una participación plena en la vida de la Iglesia— es, tristemente, a menudo el momento del abandono. Es un signo claro de que hemos fallado en el objetivo de la iniciación cristiana. ¿Qué hacer entonces? La Iglesia debe dotarse de un oído extremadamente fino y reforzar sus antenas para captar la Voz del Espíritu en este momento concreto de su historia. Me atrevo a decir que el problema más grave es la mediocridad espiritual de nuestras comunidades. Preocupadas por mantener la ortodoxia y el orden litúrgico, hemos perdido de vista lo esencial: la experiencia de la fe.

4. El Pentecostés del domingo

La liturgia nos vuelve a proponer el evangelio de la aparición de Jesús resucitado en la tarde del Domingo de Pascua (Juan 20,19-23), un evangelio cargado de resonancias pascuales:
“Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos por miedo a los judíos, llegó Jesús, se puso en medio y les dijo: ‘La paz esté con vosotros.’ Y diciendo esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: ‘La paz esté con vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.’ Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.’”
Este evangelio es conocido como el “pequeño Pentecostés” del evangelio de san Juan, porque aquí Pascua y Pentecostés coinciden. El Resucitado entrega el Espíritu la misma tarde de Pascua. Todo este contexto evoca la asamblea dominical y la Eucaristía. Es ahí donde el Espíritu “aleteaba sobre las aguas” (Génesis 1,2) del caos y del miedo a la muerte, y aporta paz, armonía y alegría de vivir. El papel central del Espíritu debe ser redescubierto. Este es su tiempo. Sin Él, no podemos proclamar que “Jesús es el Señor” (1 Corintios 12,3), ni clamar “¡Abbá, Padre!” (Gálatas 4,6). No hay Eucaristía sin la acción del Espíritu. Por eso, entremos en la Eucaristía suplicando desde el corazón:
¡Ven, ven, Espíritu Santo!

Para concluir: ¿cómo navegas tú en el mar de la vida, a remo o a vela?
Respiramos al Espíritu Santo. Él es el oxígeno del cristiano. Sin Él, la vida cristiana es ley y deber, es remar constantemente con esfuerzo y cansancio. Con Él, es la alegría de vivir y amar, es la ligereza de navegar con el viento en popa. Ahora que, tras el tiempo pascual, volvemos al tiempo ordinario y a la rutina de la vida, ¿cómo te preparas para navegar: con la fuerza de tus brazos o dejándote llevar por el Viento que sopla en la vela desplegada de tu corazón?

P. Manuel João Pereira Correia, mccj