Solemnidad de Pentecostés (ciclo C)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2, 1-11
Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse.
Había en Jerusalén judíos piadosos, venidos de todas las naciones del mundo. Al oírse este ruido, se congregó la multitud y se llenó de asombro, porque cada uno los oía hablar en su propia lengua. Con gran admiración y estupor decían: “¿Acaso estos hombres que hablan no son todos galileos? ¿Cómo es que cada uno de nosotros los oye en su propia lengua? Partos, medos y elamitas, los que habitamos en la Mesopotamia o en la misma Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia Menor, en Frigia y Panfilia, en Egipto, en la Libia Cirenaica, los peregrinos de Roma, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos los oímos proclamar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”.
NECESITADOS DE SALVACIÓN
José A. Pagola
El Espíritu Santo de Dios no es propiedad de la Iglesia. No pertenece en exclusiva a las religiones. Hemos de invocar su venida al mundo entero tan necesitado de salvación.
Ven Espíritu creador de Dios. En tu mundo no hay paz. Tus hijos e hijas se matan de manera ciega y cruel. No sabemos resolver nuestros conflictos sin acudir a la fuerza destructora de las armas. Nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo ensangrentado por las guerras. Despierta en nosotros el respeto a todo ser humano. Haznos constructores de paz. No nos abandones al poder del mal.
Ven Espíritu liberador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas vivimos esclavos del dinero. Atrapados por un sistema que nos impide caminar juntos hacia un mundo más humano. Los poderosos son cada vez más ricos, los débiles cada vez más pobres. Libera en nosotros la fuerza para trabajar por un mundo más justo. Haznos más responsables y solidarios. No nos dejes en manos de nuestro egoísmo.
Ven Espíritu renovador de Dios. La humanidad está rota y fragmentada. Una minoría de tus hijos e hijas disfrutamos de un bienestar que nos está deshumanizando cada vez más. Una mayoría inmensa muere de hambre, miseria y desnutrición. Entre nosotros crece la desigualdad y la exclusión social. Despierta en nosotros la compasión que lucha por la justicia. Enséñanos a defender siempre a los últimos. No nos dejes vivir con un corazón enfermo.
Ven Espíritu consolador de Dios. Muchos de tus hijos e hijas viven sin conocer el amor, el hogar o la amistad. Otros caminan perdidos y sin esperanza. No conocen una vida digna, solo la incertidumbre, el miedo o la depresión. Reaviva en nosotros la atención a los que viven sufriendo. Enséñanos a estar más cerca de quienes están más solos. Cúranos de la indiferencia.
Ven Espíritu bueno de Dios. Muchos de tus hijos e hijas no conocen tu amor ni tu misericordia. Se alejan de Ti porque te tienen miedo. Nuestros jóvenes ya no saben hablar contigo. Tu nombre se va borrando en las conciencias. Despierta en nosotros la fe y la confianza en Ti Haznos portadores de tu Buena Noticia. No nos dejes huérfanos.
Ven Espíritu vivificador de Dios. Tus hijos e hijas no sabemos cuidar la vida. No acertamos a progresar sin destruir, no sabemos crecer sin acaparar. Estamos haciendo de tu mundo un lugar cada vez más inseguro y peligroso. En muchos va creciendo el miedo y se va apagando la esperanza. No sabemos hacia dónde nos dirigimos. Infunde en nosotros tu aliento creador. Haznos caminar hacia una vida más sana. No nos dejes solos. ¡Sálvanos!
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DONES DEL ESPÍRITU Y DIGNIDAD HUMANA
José-Román Flecha Andrés
Con motivo de la fiesta de Pentecostés en muchos ambientes existe la costumbre de regalar a los demás una estampa, una imagen o una tablilla que recuerda uno u otro de los dones del Espíritu Santo. A muchos puede parecerles un gesto infantil, superfluo y anticuado. Y eso por varias razones.
En primer lugar porque la misma palabra ha caído en desuso. Hoy no se habla de dones, sino de regalos. Y aun esa palabra resulta sospechosa. En este mundo, tan marcado por el signo del interés, es muy difícil que alguien regale algo a una persona con el tono de la más exquisita gratuidad. La experiencia ha generado aquel refrán que dice: “El que regala bien vende, si el que lo recibe lo entiende”.
Y si esto pasa en las relaciones humanas, más difícil aún es la reflexión sobre los dones divinos. Hoy hemos caído en la tentación de la autosuficiencia. Pensamos que no necesitamos los dones de Dios, porque nos bastamos a nosotros mismos. Creemos que nuestra astucia, nuestro ingenio o nuestra experiencia nos ayudarán a prevenir los peligros, a evitarlos, a superarlos en el momento oportuno.
No es verdad. Accidentes de trabajo o de tráfico, enfermedades imprevistas, abandono de las personas que amábamos, desprecios inexplicables por parte de nuestros colegas y amigos. Todo debería llevarnos a recordar nuestra finitud, por decirlo con una palabra que nos recuerda el pensamiento de Paul Ricoeur.
Pues bien, la fiesta de Pentecostés trae a nuestra memoria y a nuestras celebraciones cristianas la presencia del Espíritu, el verdadero don de Dios, y el regalo de su dones. No nos vendría mal recordar el texto del profeta Isaías en el que se anuncian los dones que enriquecerán la vida del Mesías.
Aquel elenco de los dones mesiánicos nos ayuda a comprender que toda nuestra vida es una espléndida cadena de dones de Dios. El Espíritu se hace presente con sus dones en cada uno de los momentos de nuestra vida. Bastaría dejar de caminar distraídos para quedar maravillados.
A los cincuenta años de la canonización de san Juan de Ávila, podemos recordar la belleza y profundidad de un sermón que él predicó en la fiesta de Pentecostés:
“¡Oh mercedes grandes de Dios! ¡Oh maravillas grandes de Dios! ¡Quién os pudiese dar a entender lo que perdéis y también os diese a entender cuán presto lo podríades ganar! Gran mal y pérdida es no conocer tal pérdida, y muy mayor pudiéndola remediar, no la remediar. Quiérete Dios bien. Quiérete hacer mercedes, quiérete enviar su Espíritu Santo. Quiere henchirte de sus dones y gracias, y no sé por qué pierdes tal Huésped. ¿Por qué consientes tal? ¿Por qué lo dejas pasar? ¿Por qué no te quejas? ¿Por qué no das voces?”
Esta fiesta del Espíritu Santo nos ayuda a descubrir con alegría y gratitud que reconocer, aceptar y agradecer los dones de Dios no disminuye nuestra dignidad, sino que la revela, la sostiene y la manifiesta.
todo lo que somos y tenemos es fruto del Espíritu, porque es la forma en que Jesús resucitado sigue presente entre nosotros.
¿Cómo comenzó la historia? Dos versiones muy distintas.
Si a un cristiano con mediana formación religiosa le preguntan cómo y cuándo vino por vez primera el Espíritu Santo, lo más probable es que haga referencia al día de Pentecostés. Y si tiene cierta cultura artística, recordará el cuadro de El Greco, aunque quizá no haya advertido que, junto a la Virgen, está María Magdalena, representando al resto de la comunidad cristiana (ciento veinte personas según Lucas).
Pero hay otra versión muy distinta: la del evangelio de Juan.
La versión de Lucas (Hechos de los apóstoles 2,1-11)
Lucas es un entusiasta del Espíritu Santo. Ha estudiado la difusión del cristianismo desde Jerusalén hasta Roma, pasando por Siria, la actual Turquía y Grecia. Conoce los sacrificios y esfuerzos de los misioneros, que se han expuesto a bandidos, animales feroces, viajes interminables, naufragios, enemistades de los judíos y de los paganos, para propagar el evangelio. ¿De dónde han sacado fuerza y luz? ¿Quién les ha enseñado a expresarse en lenguas tan diversas? Para Lucas, la respuesta es clara: todo eso es don del Espíritu.
Por eso, cuando escribe el libro de los Hechos, desea inculcar que su venida no es solo una experiencia personal y privada, sino de toda la comunidad. Algo que se prepara con un largo período (¡cincuenta días!) de oración, y que acontecerá en un momento solemne, en la segunda de las tres grandes fiestas judías: Pentecostés. Lo curioso es que esta fiesta se celebra para dar gracias a Dios por la cosecha del trigo, inculcando al mismo tiempo la obligación de compartir los frutos de la tierra con los más débiles (esclavos, esclavas, levitas, emigrantes, huérfanos y viudas).
En este caso, quien empieza a compartir es Dios, que envía el mayor regalo posible: su Espíritu. El relato de Lucas contiene dos escenas (dentro y fuera de la casa), relacionadas por el ruido de una especie de viento impetuoso[1].
Dentro de la casa, el ruido va acompañado de la aparición de unas lenguas de fuego que se sitúan sobre cada uno de los presentes. Sigue la venida del Espíritu y el don de hablar en distintas lenguas. ¿Qué dicen? Lo sabremos al final.
Fuera de la casa, el ruido (o la voz de la comunidad) hace que se congregue una multitud de judíos de todas partes del mundo. Aunque Lucas no lo dice expresamente, se supone que la comunidad ha salido de la casa y todos los oyen hablar en su propia lengua. Desde un punto de vista histórico, la escena es irreal. ¿Cómo puede saber un elamita que un parto o un medo está escuchando cada uno su idioma? Pero la escena simboliza una realidad histórica: el evangelio se ha extendido por regiones tan distintas como Mesopotamia, Judea, Capadocia, Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, Libia y Cirene, y sus habitantes han escuchado su proclamación en su propia lengua. Este “milagro” lo han repetido miles de misioneros a lo largo de siglos, también con la ayuda del Espíritu. Porque él no viene solo a cohesionar a la comunidad internamente, también la lanza hacia fuera para que proclame «las maravillas de Dios».
La versión de Juan 20, 19-23
Muy distinta es la versión que ofrece el cuarto evangelio. En este breve pasaje podemos distinguir cuatro momentos: el saludo, la confirmación de que es Jesús quien se aparece, el envío y el don del Espíritu.
El saludo es el habitual entre los judíos: “La paz esté con vosotros”. Pero en este caso no se trata de pura fórmula, porque los discípulos, muertos de miedo a los judíos, están muy necesitados de paz.
Esa paz se la concede la presencia de Jesús, algo que parece imposible, porque las puertas están cerradas. Al mostrarles las manos y los pies, confirma que es realmente él. Los signos del sufrimiento y la muerte, los pies y manos atravesados por los clavos, se convierten en signo de salvación, y los discípulos se llenan de alegría.
Todo podría haber terminado aquí, con la paz y la alegría que sustituyen al miedo. Sin embargo, en los relatos de apariciones nunca falta un elemento esencial: la misión. Una misión que culmina el plan de Dios: el Padre envió a Jesús, Jesús envía a los apóstoles. [Dada la escasez actual de vocaciones sacerdotales y religiosas, no es mal momento para recordar otro pasaje de Juan, donde Jesús dice: “Rogad al Señor de la mies que envíe operarios a su mies”].
El final lo constituye una acción sorprendente: Jesús sopla sobre los discípulos. No dice el evangelistas si lo hace sobre todos en conjunto o lo hace uno a uno. Ese detalle carece de importancia. Lo importante es el simbolismo. En hebreo, la palabra ruaj puede significar “viento” y “espíritu”. Jesús, al soplar (que recuerda al viento) infunde el Espíritu Santo. Este don está estrechamente vinculado con la misión que acaban de encomendarles. A lo largo de su actividad, los apóstoles entrarán en contacto con numerosas personas; entre las que deseen hacerse cristianas habrá que distinguir entre quiénes pueden aceptadas en la comunidad (perdonándoles los pecados) y quiénes no, al menos temporalmente (reteniéndoles los pecados).
Resumen
Estas breves ideas dejan clara la importancia esencial del Espíritu en la vida de cada cristiano y de la Iglesia. El lenguaje posterior de la teología, con el deseo de profundizar en el misterio, ha contribuido a alejar al pueblo cristiano de esta experiencia fundamental. En cambio, la preciosa Secuencia de la misa ayuda a rescatarla. Hoy es buen momento para pensar en lo que hemos recibido del Espíritu y lo que podemos pedirle que más necesitemos.
EL ESPÍRITU: ESPERANZA DE UN MUNDO NUEVO
Fernando Armellini
Estamos en la Última Cena y los discípulos se han dado cuenta ya de que Jesús está a punto de dejarlos. Sus corazones están turbados y se preguntan tristemente qué sentido podrá tener vivir sin Él. Jesús los tranquiliza asegurándoles, ante todo, mantenerse fieles a su propuesta de vida (v. 15). El Amor será la señal de que están en sintonía con Él. Después, les promete que no los dejará solos, sin protección y sin guía. Rezará al Padre y éste les enviará “otro defensor que esté siempre con ustedes” (v. 16).
Es la promesa del don del Espíritu Santo que Jesús posee ya en plenitud (cf. Lc 4,1.14.18) y que será derramado sobre los discípulos. El Espíritu es llamado Consolador, pero esta palabra no es una muy buena traducción del griego parákletos. Paracleto es un término tomado del lenguaje forense e indica “aquel que es llamado al lado del acusado”, el defensor, el ´socorredor´ de quien se encuentra en dificultad. En este sentido, también Jesús es paráclito, como nos recuerda Juan en su primera Carta: “Hijos míos, les escribo esto para que no pequen. Pero si alguien peca, tenemos un abogado (paráclito) ante el Padre, Jesucristo, el Justo” (1 Jn 2,1).
Jesús es paráclito en cuanto abogado nuestro ante el Padre, no porque nos defiende de la ira de Dios –el Padre nunca está en contra nuestra sino siempre a nuestro favor– sino porque nos protege de nuestro acusador, de nuestro adversario: el pecado. El enemigo es el pecado y Jesús sabe cómo reducirlo a la impotencia. Ahora promete otro paráclito que no tiene la tarea de substituirlo a Él sino la de llevar a cumplimiento su misma misión. El Espíritu es paráclito porque viene en auxilio de los discípulos en su lucha contra el mundo, es decir, contra las fuerzas del mal (cf. Jn 16,7-11).
En este punto surge una pregunta: si el Paráclito es un defensor tan potente, ¿por qué sigue prevaleciendo el mal sobre el bien? ¿Por qué nos domina el pecado tan frecuentemente? También los cristianos del Asia Menor, a finales del siglo I, se preguntaban por qué el mundo nuevo no se imponía inmediatamente y de modo prodigioso. A estas dudas e incertidumbres Jesús contesta: “Si alguien me ama cumplirá mi palabra, mi Padre lo amará, vendremos a él y habitaremos en él” (v. 23).
Jesús quiere manifestarse, juntamente con el Padre, no a través de milagros, sino viniendo a morar entre sus discípulos. Los israelitas entendían que el lugar de la presencia de Dios era el templo de Jerusalén. Sin embargo, ya en tiempos del rey Salomón había surgido la duda de que una casa construida por manos humanas pudiera contener al Señor del universo (cf. 2 Re 8,27). Dios había prometido por boca de los profetas que vendría a habitar en medio de su pueblo: “Festeja y aclama, joven Sion, que yo vengo a habitar en ti” (Zac 2,14). No se refería a un santuario material. Es en el Hombre-Jesús en quien Dios ha realizado la Promesa y se ha hecho presente (cf. Jn 1,1-14). Ahora, asegura Jesús, Dios establece su morada y se hace visible en aquel que ama como Él ha amado. Por esto no es difícil reconocer si y cuándo está presente en un hombre el maligno y cuándo, por el contrario, están presenten y actúan Jesús y el Padre.
En el último versículo, Jesús promete el Espíritu Santo, el Paráclito “que les enseñará todo y les recordará todo lo que yo les he dicho” (v. 26). Jesús ha dicho todo, no se ha olvidado de nada; sin embargo, es necesario que el Espíritu continúe enseñando porque el Señor no ha podido explicitar todas las consecuencias y las aplicaciones concretas de su mensaje. En la historia del mundo, Él lo sabía, los discípulos se encontrarían con situaciones e interrogantes siempre nuevos a los que tendrían que responder de acuerdo con el Evangelio. Jesús asegura: Si se mantienen en sintonía con los impulsos del Espíritu presente en ustedes, encontrarán siempre la respuesta conforme a su enseñanza.
El Espíritu pedirá frecuentemente cambios de rumbo, tan inesperados como radicales, pero no conducirá por caminos diferentes a los indicados por Jesús. A la luz de la Escritura, el verbo enseñar tiene, sin embargo, un sentido más profundo. El Espíritu no enseña como el profesor cuando imparte sus lecciones en clase. Él enseña de manera dinámica, se convierte en impulso interior, conduce de modo irresistible hacia la dirección justa, estimula al bien, induce a tomar decisiones de acuerdo con el Evangelio.
“El Espíritu… los guiará hasta la verdad plena” (Jn 16,13), afirma Jesús una vez más durante la Última Cena. Y en su primera Carta, Juan explica: “Conserven la unción que recibieron de Jesucristo y no tendrán necesidad de que nadie les enseñe; porque su unción, que es verdadera e infalible, los instruirá acerca de todo. Ahora, hijitos, permanezcan con él” (1 Jn 2,27).
La segunda tarea del Espíritu es la de recordar. Hay muchas palabras de Jesús que, aun encontrándose en los evangelios, corren el riesgo de pasar desapercibidas u olvidadas. Eso ocurre, sobre todo, con aquellas propuestas que no son fáciles de asimilar porque contradicen el ‘sentido común’ del mundo. Son éstas las que tienen necesidad de ser recordadas continuamente.
El Espíritu relanza constantemente la Misión
Romeo Ballan, MCCJ
La fiesta judía de Pentecostés – siete semanas, o sea, 50 días después de Pascua – en un principio era la fiesta de la siega del trigo (cfr Ex 23,16; 34,22). Más tarde, se asoció a ella el recuerdo de la promulgación de la Ley en el Sinaí. De fiesta agrícola, Pentecostés pasó a ser progresivamente una fiesta histórica: un memorial de los grandes momentos de la alianza de Dios con su pueblo (ver Noé, Abrahán, Moisés; Jeremías 31,31-34; Ezequiel 36,24-27). Además de un cambio en el calendario, es importante notar la nueva perspectiva con respecto a la Ley y al modo de entender y vivir la alianza. La ley era un don del que Israel estaba orgulloso, pero se trataba de una etapa transitoria, insuficiente.
Era preciso avanzar hacia la interiorización de la ley, un camino que alcanza su cumbre en el don del Espíritu Santo, que se nos ha dado, en lugar de la ley, como verdadero y definitivo principio de vida nueva. El Pentecostés cristiano celebra el don del Espíritu, “que es Señor y dador de vida” (Credo). Alrededor de la Ley, Israel se formó como pueblo. En la nueva familia de Dios, la cohesión ya no viene de un ordenamiento exterior, por excelente que este sea, sino desde dentro, desde el corazón, en virtud del amor que el Espíritu nos da, “porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5). Gracias a Él (II lectura) “somos hijos de Dios” y exclamamos: “¡Abá, Padre!”. Somos el pueblo de la nueva alianza, llamados a vivir una vida nueva, en virtud del Espíritu, que nos hace familia de Dios, con la dignidad de hijos y herederos (v. 14-17). A esta dignidad debe corresponder un estilo de vida coherente. San Pablo describe dos estilos de vida opuestos, según la opción de cada uno: la vida según la carne y la vida según el Espíritu (v. 8-13).
El Espíritu hace caminar a las personas y a los grupos humanos, renovándolos y transformándolos desde dentro. El Espíritu abre los corazones, los purifica, los sana y los reconcilia, hace superar las fronteras, lleva a la comunión. Es Espíritu de unidad-fe-amor, en la pluralidad de carismas y de culturas, como se ve en el evento de Pentecostés (I lectura), en el cual se armonizan la unidad y la pluralidad, ambos dones del mismo Espíritu. Pueblos diversos entienden un único lenguaje: el mapa de las naciones debe convertirse en casa común para “hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua” (v. 11). S. Pablo atribuye claramente al Espíritu la capacidad de hacer que la Iglesia sea una y plural en la diversidad de carismas, ministerios y servicios (cfr 1 Cor 12,4-6). La Iglesia tiene que afrontar el desafío permanente de ser católica y misionera: ayudar a la familia humana a pasar de Babel a Pentecostés, de gueto a campo abierto, por el dinamismo del Espíritu.
El Espíritu, que se manifiesta como viento, fuego, don de lenguas, es el Espíritu de la misión universal. Él es el protagonista de la misión (cfr RMi cap. III; EN 75s), que Jesús confía a sus apóstoles y a sus sucesores. Para llevar a cabo esta misión, el Espíritu está siempre cercano y activo, como asegura Jesús en cinco ocasiones durante el largo discurso después de la Cena (Jn 14,16-17; 14,26; 15,26; 16,7-11; 16,13-15). Es el Espíritu Consolador (Evangelio) que permanece con nosotros siempre, que mora en el que ama (v. 16.23); es el Maestro que lo enseña todo y nos va recordando todo lo que Jesús nos ha dicho (v. 26). En Pentecostés los apóstoles entendieron, por fin, las palabras de Jesús que los ha enviado: vayan al mundo entero, hagan de todos los pueblos una sola familia.
Un profeta moderno de la misión y de la unidad de los cristianos ha sido ciertamente Atenágoras, Patriarca de Estambul, hombre lleno del Espíritu, como se ve también en estas afirmaciones:
«Sin el Espíritu Santo Dios está lejos – Cristo queda en el pasado – el Evangelio es letra muerta – la Iglesia es simple organización – la autoridad es dominio – el culto es evocación arcaica – la conducta cristiana es moral de esclavos – la misión es propaganda…
«Con el Espíritu Santoel cosmos está involucrado en la generación del Reino – Cristo resucitado está presente – el Evangelio es fuerza y vida – la Iglesia es signo de la comunión trinitaria – la autoridad es servicio – la liturgia es memorial y primicia – la conducta humana se deifica – la misión es un Pentecostés».