
P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra
La Ascensión:
¡Fiesta de la despedida y del envío!
Año C – Tiempo pascual – 7º domingo – Ascensión
Lucas 24,42-49: “Vosotros sois testigos de esto”
Estamos celebrando el “misterio pascual”, que comprende los cinco momentos culminantes de la vida del Señor: Pasión, Muerte, Resurrección, Ascensión y Pentecostés. La Ascensión concluye el período simbólico de cuarenta días durante el cual el Resucitado se manifestó a sus discípulos: “Después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días” (Hechos 1,1-11, primera lectura). Los “cuarenta días” no representan un tiempo cronológico. En efecto, en el evangelio —a diferencia de los Hechos— san Lucas concentra en un solo día, el de Pascua, los relatos de las apariciones del Resucitado, concluyendo con su ascensión, para indicar que la exaltación es inseparable de la resurrección. Los tiempos que él indica —cuarenta días hasta la ascensión y cincuenta hasta Pentecostés— son “tiempos teológicos”, un recurso literario refinado, cargado de simbolismo bíblico.
En muchos países, esta solemnidad, que se celebra el jueves de la sexta semana, 40 días después de Pascua, se traslada al domingo siguiente para permitir una mayor participación de los fieles.
¿La Ascensión, la Cenicienta de las fiestas cristianas?
La fiesta de la Ascensión no se celebraba hasta el siglo V. Se consideraba parte integrante de la glorificación de Jesús resucitado (Filipenses 2,9-11). De hecho, la Ascensión es la otra cara de la Resurrección: la elevación y exaltación de Cristo.
El pastor y teólogo valdense Paolo Ricca (+2024) escribió que la Ascensión se ha convertido en “la Cenicienta de las fiestas cristianas”. En efecto, es una fiesta poco valorada por la Iglesia, quizá por su aspecto melancólico debido a la partida definitiva de Jesús. Sin embargo, hay que decir que “esta despedida no tiene nada de un adiós: la tristeza, como el viejo fermento, es barrida por la Pascua…; la ascensión deja en el corazón de los apóstoles ‘una gran alegría’. La angustia por la partida del Señor se sitúa cronológicamente antes de la Pasión; entonces los discípulos se entristecen como la mujer cuya hora ha llegado (…) Aquí se alude al reencuentro pascual, y la alegría pascual no se ve turbada por la subida al cielo” (H.U. von Balthasar).
La Ascensión nos trae un mensaje gozoso de doble presencia. Por un lado, el Señor Jesús, “elevado al cielo”, sigue garantizando su presencia en la tierra, en medio de los suyos. San Agustín dijo: “Cristo no dejó el cielo cuando descendió entre nosotros y no nos dejó cuando subió al cielo”. Por otro lado, aunque todavía estamos en la tierra, ya estamos con Él en el cielo, donde Él —como “sumo sacerdote en la casa de Dios”— intercede por nosotros. Nuestra verdadera morada está en Dios, pero con la encarnación, la morada de Dios es la humanidad. La Ascensión nos revela “el camino nuevo y vivo que Él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne” (Hebreos 10,20-21, segunda lectura), y muestra que Jesús es la verdadera “escalera de Jacob” que une el cielo y la tierra (Juan 1,51).
La Ascensión, fiesta del envío
Me gustaría subrayar la dimensión misionera de la Ascensión, que no siempre se destaca lo suficiente. Generalmente se considera Pentecostés como la “fiesta de la misión”, con la efusión del Espíritu, el nacimiento de la Iglesia y el inicio de la predicación apostólica. Todo eso es cierto. Sin embargo, no debemos pasar por alto que el mandato misionero se da el día de la Ascensión. ¡Hoy, por tanto, es la fiesta del envío misionero de la Iglesia! La Ascensión es, al mismo tiempo, el punto de llegada para Jesús —el final de su ministerio— y el punto de partida para la Iglesia, enviada a la misión. Al movimiento vertical de Jesús hacia el cielo corresponde el movimiento horizontal de la Iglesia hacia el mundo. Jesús concluye su misión en la tierra y se vuelve “invisible” para dar espacio, visibilidad y responsabilidad a la misión de sus discípulos en la tierra.
La misión vista desde la Ascensión
El pasaje del Evangelio de Lucas de hoy nos ofrece algunas indicaciones sobre la misión:
- La FINALIDAD de la misión: “En su nombre se predicará a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados”. Sorprende que san Lucas considere la conversión y la remisión de los pecados como los dos aspectos prioritarios de la misión. Esto está bastante alejado de la sensibilidad actual. El gran desafío que la Iglesia debe afrontar es cómo traducir este doble anuncio en buena noticia de forma concreta.
- DESTINATARIOS, LUGARES y PROTAGONISTAS de la misión: la predicación debe dirigirse “a todos los pueblos”, es decir, en todas partes; la misión no tiene fronteras y no excluye a nadie. Pero comienza “desde Jerusalén”, para luego ir hacia las periferias —una Iglesia en salida, como suele decir el papa Francisco. Jerusalén como punto de partida garantiza la continuidad —no sin rupturas (ver el concilio de Jerusalén en Hechos 15)— entre el antiguo y el nuevo Israel. La Jerusalén histórica es el punto de partida, pero la Jerusalén celeste es la meta hacia la cual camina la misión. Los protagonistas de la misión no son sólo los Once, sino todos los discípulos de Cristo, en comunidad, porque el envío es colectivo.
- La FORMA de la misión: “Vosotros sois testigos de esto”. El evangelista subraya especialmente la dimensión misionera del testimonio. Este testimonio es posible gracias a una nueva comprensión de la Palabra: “Entonces les abrió la mente para que comprendieran las Escrituras” (Lucas 24,45); y a la fuerza del Espíritu: “Ahora yo voy a enviar sobre vosotros lo que mi Padre prometió; pero vosotros quedaos en la ciudad hasta que seáis revestidos con la fuerza que viene de lo alto” (24,49). La alegría y la alabanza son la primera forma de testimonio: “Ellos regresaron a Jerusalén con gran alegría, y estaban siempre en el templo bendiciendo a Dios” (24,52-53). Todo esto se conoce en teoría, pero ¿cuánto pesan en nuestra programación y acción estas dimensiones fundamentales de la misión: la Palabra, el Espíritu, la Alegría y la Alabanza?
- La misión bajo el signo de la BENDICIÓN: “Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo”. La bendición es el último gesto de Jesús en la tierra. La misión se realiza bajo esta bendición, fuente de Alabanza y de Alegría. Sin ella, fácilmente caemos en la tentación de la murmuración, el desánimo y la tristeza —es decir, en la maldición.
La misión aviva la esperanza de la espera
Según los Hechos, los dos ángeles de la Ascensión anuncian a los apóstoles: “Este Jesús, que os ha sido llevado al cielo, vendrá de la misma manera que le habéis visto subir”. La Ascensión conlleva la esperanza del retorno de Cristo para llevarnos con Él.
La misión también tiene como tarea mantener viva esta esperanza y ayudar a la Iglesia a mantener encendida la lámpara de la fe mientras espera el regreso del Esposo. Sobre el retorno de Cristo pesa una de las preguntas más inquietantes del Evangelio: “Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe en la tierra?” (Lucas 18,8).
P. Manuel João Pereira Correia, mccj