P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra

Año C – Tiempo Pascual – IV Domingo
Juan 10,27-30: “Nadie las arrebatará de mi mano”

Estamos en el cuarto domingo de Pascua. Cada año, en este domingo, leemos un pasaje del capítulo 10 del Evangelio de Juan, donde Jesús, mediante una alegoría, se presenta como el Buen Pastor. Por eso, este día es conocido como el “Domingo del Buen Pastor”.

1. El Pastor BUENO

La alegoría del pastor exige, ante todo, el esfuerzo de situarse en una realidad de otra época, distinta a la nuestra, para captar el mensaje de Jesús. De hecho, nadie quiere ser una “oveja” ni formar parte de un “rebaño”, aunque, por desgracia, ¡lo somos y mucho! Solo que hoy “pastores”, “ovejas” y “rebaños” se llaman de otro modo: líderes, ídolos deportivos, gurús mediáticos, influencers, fans, hinchas, populismos…

En cualquier caso, se trata de un pastor extraño, porque nadie daría su vida por una oveja. Y además, el pastor mismo se convierte en cordero y se hace alimento para el rebaño: “El Cordero que está en medio del trono será su pastor y los guiará a fuentes de aguas vivas” (Apocalipsis 7, segunda lectura).

Junto con el Evangelio del “Buen Pastor”, hoy se celebra la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, instituida por Pablo VI en 1964. El tema de este año, propuesto por el Papa Francisco (mensaje firmado el 19 de marzo, mientras estaba hospitalizado en el Gemelli), es: “Peregrinos de esperanza: el don de la vida.”
El Papa Francisco comienza su mensaje diciendo: “En esta LXII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, quiero dirigirles una invitación llena de alegría y aliento para ser peregrinos de esperanza, entregando la vida con generosidad.”
“Entregar la vida con generosidad” es el signo supremo del amor: es lo que hizo el Buen Pastor, y es también a lo que están llamados quienes siguen sus huellas.

El domingo pasado escuchamos a Jesús decir tres veces a Simón Pedro: “Apacienta mis corderos”, como prueba de su amor. Jesús confirió a Pedro su título mesiánico de Pastor (Jn 21,15-19). Pero con el solemne “Sígueme” (Jn 21,19), Jesús le dejaba claro que su misión siempre sería vicaria. “Un solo rebaño y un solo pastor” (Jn 10,16). Pedro, pastor bajo el Pastor, estaba llamado a apacentar el rebaño que se le confiaba, dando la vida como Jesús, convirtiéndose también en un cordero inmolado. Así lo hizo Pedro, así lo hizo Francisco, y así deberá hacerlo el Papa León.

La imagen del pastor tiene una rica tradición bíblica (especialmente en los Profetas y en los Salmos), que el Nuevo Testamento retoma: Jesús es “el gran Pastor de las ovejas” (Hebreos 13,20). No sorprende, por tanto, que la primera representación artística de Jesús en las catacumbas sea la del “Buen Pastor”, siglos antes del crucificado. El Buen Pastor es “la versión dulce del crucificado”. Dulce solo en imagen, porque la sustancia es la misma (D. Pezzini).

2. El Pastor BELLO

“¡Yo soy el Buen Pastor!” Sin embargo, es importante notar que el adjetivo griego que utiliza el evangelista no es agathós (bueno), sino kalós, que significa bello. Así que la traducción literal sería: “Yo soy el pastor bello”.
Esto nos ofrece otra perspectiva sobre la bondad: la bondad embellece a la persona, y la belleza irradia su bondad (Platón). Jesús es la epifanía no solo de la bondad, sino también de la belleza.

Dios es Amor porque es Belleza, y es Belleza porque es Amor.
“La belleza y la bondad se entrelazan. […] En el Antiguo Testamento encontramos 741 veces el adjetivo tôb, cuyo significado oscila entre ‘bueno’ y ‘bello’, por lo tanto, bondad y belleza, ética y estética, son dos rostros de la misma realidad.” (Gianfranco Ravasi)

El mundo necesita belleza.
“La humanidad a menudo pierde el verdadero sentido de la belleza; se deja seducir por lo llamativo, convierte la belleza en espectáculo, en objeto de consumo, abandonándose a lo inmediatamente utilizable. La belleza transfigurada y crucificada nos redime de la seducción de lo efímero. (Lucia Antinucci)

3. El Pastor FUERTE

El Evangelio de hoy es muy breve, apenas cuatro versículos, y no está directamente conectado con la alegoría del Buen/Bello Pastor. Estamos en Jerusalén, durante la fiesta de la Dedicación. Era invierno, y Jesús caminaba por el Templo. Sus adversarios lo rodean y le dicen: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente.Jesús responde: “No creen porque no son de mis ovejas.” (Jn 10,22-26)

Nos encontramos, entonces, en un contexto de conflicto y tensión. La escena termina con los “judíos” queriendo arrestar y apedrear a Jesús (Jn 10,31.39).

A menudo identificamos la figura del Buen Pastor con la imagen tierna del pastor que va en busca de la oveja perdida y la carga sobre sus hombros (Lc 15,4-7). Sin duda hay una relación, pero el pasaje de hoy nos coloca en un contexto dramático. Jesús habla de dar la vida (expresión repetida varias veces en el capítulo 10), de luchar contra lobos feroces y de enfrentarse a ladrones y bandidos.

Por tanto, hace falta un pastor fuerte. Fuerte como el pastor David, capaz de enfrentarse al león y al oso para defender a su rebaño (1 Sam 17,34-37).

Este es el aspecto que más subraya el Evangelio de hoy: “Yo les doy [a mis ovejas] vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano.”
Jesús añade la razón por la cual estamos seguros en sus manos: “Mi Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatarlas de la mano del Padre. El Padre y yo somos uno.”

A menudo nos sentimos asediados por problemas que nos roban la paz y la alegría de vivir. A veces, parece que vivimos en una sociedad de “ladrones y bandidos”, donde cada uno busca su propio interés, y nos volvemos desconfiados. En otras ocasiones, sentimos que somos perseguidos por lobos feroces, viviendo con miedo y angustia.

El Pastor fuerte nos asegura que, si lo seguimos, nada ni nadie podrá arrebatarnos de su mano. La fe, la confianza en Él, nos hace exclamar con san Pablo:
“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿La desnudez? ¿El peligro? ¿La espada? (…) Pero en todo esto vencemos de sobra, gracias a aquel que nos amó. “Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni principados, ni lo presente ni lo futuro, ni las potencias, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.” (Romanos 8,35-39)

P. Manuel João Pereira Correia, mccj