3º Domingo de Pascua (C)
Juan 21, 1-19

- Hechos 5,27-32.40-41
- Salmo 29
- Apocalipsis 5,11-14
- Juan 21,1-19
SIN JESÚS NO ES POSIBLE
José A. Pagola
Aquella noche no cogieron nada.
El encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos junto al lago de Galilea está descrito con clara intención catequética. En el relato subyace el simbolismo central de la pesca en medio de mar. Su mensaje no puede ser más actual para los cristianos: sólo la presencia de Jesús resucitado puede dar eficacia al trabajo evangelizador de sus discípulos.
El relato nos describe, en primer lugar, el trabajo que los discípulos llevan a cabo en la oscuridad de la noche. Todo comienza con una decisión de Simón Pedro: «Me voy a pescar». Los demás discípulos se adhieren a él: «También nosotros nos vamos contigo». Están de nuevo juntos, pero falta Jesús. Salen a pescar, pero no se embarcan escuchando su llamada, sino siguiendo la iniciativa de Simón Pedro.
El narrador deja claro que este trabajo se realiza de noche y resulta infructuoso: «aquella noche no cogieron nada». La «noche» significa en el lenguaje del evangelista la ausencia de Jesús que es la Luz. Sin la presencia de Jesús resucitado, sin su aliento y su palabra orientadora, no hay evangelización fecunda.
Con la llegada del amanecer, se hace presente Jesús. Desde la orilla, se comunica con los suyos por medio de su Palabra. Los discípulos no saben que es Jesús. Sólo lo reconocerán cuando, siguiendo dócilmente sus indicaciones, logren una captura sorprendente. Aquello sólo se puede deber a Jesús, el Profeta que un día los llamó a ser “pescadores de hombres”.
La situación de no pocas parroquias y comunidades cristianas es crítica. Las fuerzas disminuyen. Los cristianos más comprometidos se multiplican para abarcar toda clase de tareas: siempre los mismos y los mismos para todo. ¿Hemos de seguir intensificando nuestros esfuerzos y buscando el rendimiento a cualquier precio, o hemos de detenernos a cuidar mejor la presencia viva del Resucitado en nuestro trabajo?
Para difundir la Buena Noticia de Jesús y colaborar eficazmente en su proyecto, lo más importante no es “hacer muchas cosas”, sino cuidar mejor la calidad humana y evangélica de lo que hacemos. Lo decisivo no es el activismo sino el testimonio de vida que podamos irradiar los cristianos.
No podemos quedarnos en la “epidermis de la fe”. Son momentos de cuidar, antes que nada, lo esencial. Llenamos nuestras comunidades de palabras, textos y escritos, pero lo decisivo es que, entre nosotros, se escuche a Jesús. Hacemos muchas reuniones, pero la más importante es la que nos congrega cada domingo para celebrar la Cena del Señor. Sólo en él se alimenta nuestra fuerza evangelizadora.
AL AMANECER
En el epílogo del evangelio de Juan se recoge un relato del encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos a orillas del lago Galilea. Cuando se redacta, los cristianos están viviendo momentos difíciles de prueba y persecución: algunos reniegan de su fe. El narrador quiere reavivar la fe de sus lectores.
Se acerca la noche y los discípulos salen a pescar. No están los Doce. El grupo se ha roto al ser crucificado su Maestro. Están de nuevo con las barcas y las redes que habían dejado para seguir a Jesús. Todo ha terminado. De nuevo están solos.
La pesca resulta un fracaso completo. El narrador lo subraya con fuerza: “Salieron, se embarcaron y aquella noche no cogieron nada”. Vuelven con las redes vacías. ¿No es ésta la experiencia de no pocas comunidades cristianas que ven cómo se debilitan sus fuerzas y su capacidad evangelizadora?
Con frecuencia, nuestros esfuerzos en medio de una sociedad indiferente apenas obtienen resultados. También nosotros constatamos que nuestras redes están vacías. Es fácil la tentación del desaliento y la desesperanza. ¿Cómo sostener y reavivar nuestra fe?
En este contexto de fracaso, el relato dice que “estaba amaneciendo cuando Jesús se presentó en la orilla”. Sin embargo, los discípulos no lo reconocen desde la barca. Tal vez es la distancia, tal vez la bruma del amanecer, y, sobre todo, su corazón entristecido lo que les impide verlo. Jesús está hablando con ellos, pero “no sabían que era Jesús”.
¿No es éste uno de los efectos más perniciosos de la crisis religiosa que estamos sufriendo? Preocupados por sobrevivir, constatando cada vez más nuestra debilidad, no nos resulta fácil reconocer entre nosotros la presencia de Jesús resucitado, que nos habla desde el Evangelio y nos alimenta en la celebración de la cena eucarística.
Es el discípulo más querido por Jesús el primero que lo reconoce:”¡Es el Señor!”. No están solos. Todo puede empezar de nuevo. Todo puede ser diferente. Con humildad pero con fe, Pedro reconocerá su pecado y confesará su amor sincero a Jesús:”Señor, tú sabes que te quiero”. Los demás discípulos no pueden sentir otra cosa.
En nuestros grupos y comunidades cristianas necesitamos testigos de Jesús. Creyentes que, con su vida y su palabra nos ayuden a descubrir en estos momentos la presencia viva de Jesús en medio de nuestra experiencia de fracaso y fragilidad. Los cristianos saldremos de esta crisis acrecentando nuestra confianza en Jesús. Hoy no somos capaces de sospechar su fuerza para sacarnos del desaliento y la desesperanza.
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LA APARICIÓN MÁS EXTRAÑA EN EL SITIO MÁS INESPERADO
José Luis Sicre
El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy (Jn 21,1-19). El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.
Un comienzo sorprendente
Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.
Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.
Dos reacciones: el impulsivo y el creyente
El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta. El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.
[La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse. Según Plinio el Viejo, existían ciento cincuenta y tres variedades de peces. El evangelista habría querido decir que la pesca se extendió al mundo entero, abarcando a toda clase de personas. “Se non è vero, è ben trovato”.]
El misterio de la fe: seguridad sin certeza
Durante la comida, nadie dice nada, ni siquiera Jesús. En ese silencio resalta uno de los mensajes más importantes del relato: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.
Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.
¿Un final eucarístico?
Jesús no dice nada, pero hace mucho. Los gestos de dar el pan y el pescado recuerdan a la multiplicación de los panes y los peces, con su claro mensaje eucarístico. La escena también recuerda a la de los discípulos de Emaús, que no reconocen a Jesús, pero lo descubren al partir el pan, aunque aquí no se habla de reconocimiento. Lo esencial es que Jesús alimenta a sus apóstoles, dándoles de comer uno a uno.
Pedro de nuevo: humildad y misión
La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.
Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.
La alegría en la persecución (Hechos 5,27b-32.40b-41)
[Nota previa muy importante: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”].
En la lectura podemos distinguir tres secciones: 1) el sumo sacerdote interroga a los apóstoles y los acusa de seguir hablando de Jesús, haciendo responsables a las autoridades judías de su muerte. 2) Pedro responde que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, e insiste en que Dios resucitó a Jesús. 3) Final: los azotan, les prohíben nuevamente hablar de Jesús y ellos salen contentos de haber merecido ese ultraje.
Dos detalles llaman la atención: a) la necesidad que tienen los apóstoles de hablar de Jesús, aunque se lo prohíban y los castiguen; así se explica la difusión del cristianismo en el ámbito del siglo I por las regiones más distintas. b) La alegría en medio de las persecuciones, que no tiene nada que ver con el masoquismo, sino como forma de revivir el destino de Jesús.
Jesús exaltado (Apocalipsis 5,11-14)
Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”. El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos. «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.»
Reflexión final
Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.
Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos delante. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.
El encuentro con el Resucitado lleva a la Misión
Romeo Ballan, mccj
A orillas del lago se respira aire fresco de universalidad y de misión en el mundo. El tercer encuentro de Jesús resucitado con un grupo de discípulos (Evangelio) no tiene lugar en el Cenáculo de Jerusalén, con las puertas cerradas, sino al aire libre, a orillas del lago de Galilea, en una mañana de primavera. El evangelista describe el hecho de esa pesca milagrosa post-pascual y la misión que Jesús confía a Pedro con el lenguaje propio de la experiencia mística, con rica simbología y con detalles de una profunda afectividad. De este modo, es posible captar el mensaje en su globalidad: el retorno ferial a la pesca, el número de siete pescadores, el mar, el hecho de pescar, la noche infructuosa, el amanecer, el Señor en la orilla, la pesca abundante, el fuego para calentar el desayuno, el banquete; y luego, la misión confiada a Pedro tras un sorprendente test sobre el amor, la triple entrega del rebaño, el compromiso de un seguimiento por toda la vida hasta la muerte…
El simbolismo místico enriquece el hecho y favorece una comprensión más plena y universal del mismo. Por ejemplo, si el mar es símbolo de las fuerzas enemigas del hombre, el hecho de pescar y de convertirse en pescadores de hombres (Mc 1,17) significa liberarlos de las situaciones de muerte, y la pesca se convierte en símbolo de la misión apostólica. El éxito de esta misión, aunque muy arriesgada, se ve en los “153 peces grandes” (v. 11). Entre las muchas interpretaciones de este número, cabe subrayar dos: ante todo, la exactitud contable de un testigo ocular, pero, a la vez, el simbolismo del “50 x 3 + 3”, donde el número 50 es símbolo de la totalidad del pueblo y el 3 indica la perfección. Por tanto, ningún pez se escapa. El banquete, al que Jesús invita, alude a la conclusión de la historia de la salvación.
Las diferentes apariciones del Resucitado se pueden catalogar en dos grupos: apariciones de reconocimiento, en las que Jesús quiere, en primer lugar, darse a conocer como viviente; y las apariciones de misión, en las que Jesús confía encargos específicos de inmediata aplicación (vayan a decir a…) o de largo alcance (vayan al mundo entero, hagan discípulos de entre todas las naciones…). De esta manera, se va perfilando gradualmente en los discípulos el alcance universal del acontecimiento ‘resurrección’: el Resucitado (I lectura) es “jefe y salvador” de todos los pueblos (v. 31), y esta Buena Noticia debe anunciarse a todos y en todas partes. Obedeciendo a Dios antes que a los hombres (v. 29). Los discípulos empiezan a realizarlo enseguida en su calidad de testigos de los hechos (v. 32), con valor y alegría, a pesar de sufrir ultrajes “por el nombre de Jesús” (v. 41). A Él, Cordero degollado (II lectura), todas las criaturas del cielo y de la tierra deben rendir honor y alabanza por siempre (v. 12-13).
Pedro y los demás discípulos están plenamente convencidos de ello, porque han experimentado la misericordia del Padre y la ternura del perdón de Jesús. En especial, Pedro el cual, respondiendo a las tres preguntas de Jesús -“¿me amas?”- recibe la triple consigna misionera que lo transforma de pecador en pastor de todo el rebaño. Si Pedro ama verdaderamente al Señor, debe aprender a hacerse cargo de los “corderos”, de los pequeños, de los últimos, de aquellos que no cuentan, de aquellos que viven entre muchas dificultades.Vivir por los demás es servir, es la nueva regla del amor. El que ama de verdad va, sale, se hace cargo de todas las personas que encuentra en su camino.
La experiencia del Resucitado va más allá de las apariciones iniciales (Evangelio): se prolonga en el reconocimiento de la presencia verdadera y eficaz del Señor en la vida sencilla de cada día. “Jesús se da a conocer por sus gestos: uno, extraordinario -la pesca milagrosa-; los demás, muy sencillos y familiares. Ha preparado pan y pescado y los invita amablemente a comer. Toma el pan, se lo da y también el pescado, como ya lo había hecho muchas veces… Los cristianos están llamados a reconocer a Jesús en sus hermanos… a un Jesús que se hace presente en los más pobres, humildes, necesitados: en ellos los cristianos deben reconocer la gloria misteriosa de su Señor y el poder de su acción divina, que cumple prodigios sirviéndose de instrumentos humildes y sencillos” (Albert Vanhoye). Creer en Cristo resucitado nos desafía a vivir la vida diaria como resucitados, en las opciones concretas de cada día, con fe, amor y un creativo compromiso misionero hacia los demás, sembrando por doquier vida, esperanza, misericordia, reconciliación, alegría…
MUCHO ESFUERZO PARA NADA
Fernando Armellini
Si tenemos en cuenta este pasaje como una crónica de un hecho narrado por un testigo ocular, seguramente descubriremos algunas dificultades. Sorprende, por ejemplo, que después de tantas manifestaciones del Resucitado, los discípulos todavía no lo reconozcan cuando se encuentran con Él por tercera vez (v. 14). Incluso hay una fuerte sensación de que nunca lo han visto antes. Tampoco está claro por qué se maravillan de la pesca milagrosa, cuando Lucas dice que ya habían sido testigos de un incidente similar el día en que Jesús los invitó a seguirlo para la pesca de la gente (Lc 5,1-11). Por otra parte, ¿por qué fueron Pedro y los otros apóstoles a Galilea a reanudar su vida como pescadores? ¿No se han dedicado por completo al anuncio del Evangelio después de la Pascua?
Estas dificultades son valiosas porque nos hacen sospechar sobre el género literario del texto: no estamos leyendo un informe de noticias sino un texto de teología; y el idioma es bíblico, no periodístico. Por tanto, es difícil determinar lo que realmente sucedió. El evangelista sin duda quiere decir que los apóstoles tuvieron la experiencia del Resucitado, pero sobre todo quiere catequizar a los cristianos de su comunidad.
El domingo pasado leímos dos manifestaciones del Señor: una que se produjo el domingo de Pascua, cuando Tomás estaba ausente, y la otra, ocho días más tarde, cuando Tomás estaba presente. Esta insistencia en el ritmo ‘semanal’, dijimos, fue cómo Juan quería que los cristianos cayeran en la cuenta de que, cada vez que se reunían en el día del Señor para celebrar la Eucaristía, el Señor resucitado estaba en medio de ellos. A diferencia del evangelio de la semana pasada, aquí Jesús se les apareció en un día laborable, no en un domingo, cuando los discípulos están en su trabajo. Regresaron a su vida cotidiana. ¿Qué hacen los discípulos de Cristo durante la semana? ¿Qué misión se les confía y cómo la llevan a su cumplimiento? A estas preguntas responde el evangelista narrando un episodio lleno de simbolismo que ahora vamos a tratar de decodificar.
Comencemos con los ocupantes de la embarcación: son siete. Este número representa la perfección, lo completo. Pedro y los otros seis representan a todos los discípulos que componen toda la comunidad cristiana. El simbolismo podría ir aún más lejos si vemos la identidad de los discípulos, una imagen de los diversos tipos de cristianos que, a pesar de sus limitaciones y sus defectos, tienen todavía el derecho a ser parte de la Iglesia: aquellos que tienen dificultad para creer (Tomás ); aquellos que son un poco “fanáticos” (los dos hijos de Zebedeo, que querían hacer descender fuego del cielo contra los samaritanos; Lc 9,54); aquellos que niegan al Maestro (Pedro); los vinculados a las tradiciones del pasado, pero honestos y abiertos a los signos de los tiempos (Natanael) y también los cristianos anónimos que no son conocidos por todos (los dos discípulos anónimos).
El mar, como hemos señalado a menudo, era para los israelitas el símbolo de todas las fuerzas hostiles a la humanidad. Si estar bajo el agua significa estar a merced del mal, ir a pescar, por el contrario, significa salir de esta condición de ‘no vida’, librar de la acción de las fuerzas malignas que mantienen a las personas en situaciones de muerte. Pensemos en las tantas formas de esclavitud que nos impiden vivir con alegría, sonreír… la avidez de dinero, los rencores, las pasiones ingobernables, las drogas, la pornografía, la ansiedad, la prisa, el remordimiento, el miedo…
Ahora está claro lo que quería decir Jesús cuando dijo a sus discípulos: “Síganme, y los haré pescadores de hombres” (Mc 1,17). De hecho, aquí están en el trabajo. Pedro está de vuelta para hacer su trabajo, no la pesca material sino, en el lenguaje teológico del evangelista, la misión apostólica de la Iglesia comprometida con la liberación de las personas. En el evangelio de Mateo, el reino de los cielos es semejante a una red echada en el mar que recoge toda clase de peces, y, cuando está llena, se arrastra hasta la orilla (Mt 13,47-48).
La oscuridad que acompaña a la noche tiene también un significado negativo. “Los que andan de noche, tropiezan” (Jn 11,10). “El que me siga no caminará en tinieblas” (Jn 8,12), dijo Jesús. Durante la noche no se puede actuar u orientarse (Jn 9,4). Sin luz, la “pesca” de los discípulos no puede obtener ningún resultado. No solo les falta la luz, sino también Jesús; de hecho, de acuerdo con el simbolismo del evangelista Juan, no hay luz porque no está Jesús, que es “la Luz del mundo” (Jn 8,12). Pedro y los demás están comprometidos al máximo en la misión que se les ha confiado, pero no obtienen nada. Podrían haber adivinado la razón de su fracaso y recordar las palabras del Maestro: “Sin mí no pueden hacer nada” (Jn 15,5).
Están solos. Tal vez ellos también se sienten abandonados en medio de peligros y dificultades. Piensan que tienen que llevar a cabo su misión como ‘pescadores de hombres’ dependiendo exclusivamente de su capacidad y de su fuerza. Ellos no ven a Jesús; no perciben su presencia porque se ven empañados por la falta de fe. Ni siquiera pueden recordar las palabras tranquilizadoras del Maestro: “No los dejo huérfanos; volveré a visitarlos. El mundo no me verá más, pero ustedes me verán” (Jn 14,18-19). El Señor no está en el barco –es cierto–; está en tierra; ya ha llegado a la parte continental, es decir, a la condición final del Resucitado. Esta es la tierra donde los discípulos tienen intención de llegar.
Por fin comienza a amanecer (v. 4) y, con el nuevo día, llega la luz, la luz verdadera “que ilumina a todo hombre” (Jn 1,9), que “viene de lo alto como un Sol naciente” (Lc 1,78). Es Jesús. Él puede ser visto y reconocido solo con los ojos de la fe, porque Él es el Señor resucitado. Su voz es fuerte y perceptible; su palabra proviene de la orilla y orienta las actividades de los discípulos. Si confían en sus palabras, ocurre un milagro: contra toda lógica humana, contra toda expectativa razonable, obtienen un resultado sorprendente.
Juan quiere que los cristianos de su comunidad comprendan que, para llegar a entender que Jesús en “tierra”, es decir, en la gloria del Padre, está siempre junto a ellos todos los días y su voz sigue resonando: llama, habla, indica lo que deben hacer. El resultado de la misión de la Iglesia se manifiesta por la extraordinaria cantidad de pescado capturado: 153. Este número tiene un significado simbólico. Se desprende de 50×3 + 3. Para los israelitas el número cincuenta indica toda la gente; el número 3 representa la perfección y la plenitud. ¡Ni siquiera un pez se escapa!
El sentido de este curioso detalle es el siguiente: la comunidad cristiana va a lograr con gran éxito su misión de Salvación. Todos, toda la humanidad, serán liberados de las ataduras de la muerte que la sujetan cautiva y la llevan a la ruina, como las aguas rugientes del mar, hundiendo incluso a los nadadores más experimentados. Los discípulos tendrán éxito en esta enorme empresa de la proclamación del Evangelio –nos dice el evangelio de hoy– con la condición de que siempre se dejen guiar por la voz del Resucitado.
Pedro lleva la red con los peces a la orilla. Jesús había dicho: “Cuando yo sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32). Y ahora se cumple la promesa por medio de sus discípulos. Nadie va a quedar afuera de la obra de la Salvación realizada por su comunidad. La red no se rompe, a pesar de la gran cantidad de peces. Este detalle aparentemente trivial contiene un mensaje importante: Pedro consigue mantener firme y plenamente la unidad de los creyentes a pesar de su número y la consiguiente diversidad de culturas, ideas, idiomas.
El banquete, que cierra la historia de la pesca milagrosa, es el símbolo de la conclusión de la historia de la Salvación. Jesús espera en el cielo a sus discípulos de la tierra. Pedro tiene peces (v. 9): es el producto del trabajo que ha realizado en este mundo. Recordamos, por ejemplo, al buen ladrón que Jesús llevó consigo al cielo (Lc 23,43).
Al igual que los siete discípulos junto al mar de Galilea, se le pide también a toda la comunidad cristiana presentar la pesca, los frutos del trabajo apostólico. El pan en cambio siempre es ofrecido de forma gratuita por Jesús; no lo lleva la gente. ¡Es la Eucaristía! Es el pan que da el Resucitado y quiere que todos los hermanos y hermanas lo compartan hasta el día en que el signo sacramental se complete íntegramente por la unión final y definitiva con Él y con el Padre.
La última parte del pasaje (vv. 15-19) describe la misión de Pedro. A lo largo de la historia este apóstol ha ocupado un lugar destacado. Fue Él quien tomó la iniciativa de ir a pescar. Entonces, a pesar de haber reconocido al Señor después de que el discípulo amado de Jesús se lo dijese, fue Pedro el que llevó la red llena de peces grandes y, sin romperla, la arrastró a tierra.
El significado simbólico de estos detalles es innegable: la primacía dentro de la comunidad cristiana, la ‘sensibilidad’, por así decirlo, es para el discípulo no identificado, pero el que preside la obra apostólica y la unidad de la Iglesia es, sin duda, Pedro. Aunque Pedro llega sistemáticamente ‘tarde’ y, a menudo se gana los reproches de Jesús, Él sigue siendo el punto de referencia de la vida de la Iglesia. Se le pide que pastoree el rebaño del Señor.
La imagen del pastor despierta resonancias no solo positivas; por ejemplo, que la comunidad sea comparada con los corderos, tal vez incapaces de pensar y decidir de manera responsable, y que Pedro decida por ellos. Pero este no es el significado de las palabras de Jesús. Él no ha conferido a Pedro el poder de mando para dar órdenes como un pastor a sus ovejas. Y, menos aún, lo ha hecho de una casta privilegiada y separada de la comunidad de hermanos y hermanas. Pedro –lo recordamos bien– no era inmune a esta tentación. Llegó hasta el punto de rechazar el gesto del Maestro que quería lavarle los pies, porque esperaba que un día fuera él capaz de ser el señor del rebaño.
Pidiéndole que cuidara de las ovejas, Jesús exige de él una conversión completa, un cambio radical en su forma de pensar y de actuar. Jesús quiere que se manifieste en Pedro una capacidad de amar incondicionalmente superior a la de todos los demás; cuidar de los demás significa alimentar a los hermanos y hermanas con el alimento de la Palabra de Vida.
No va a ser fácil para Pedro entender y aceptar esta propuesta. Durante mucho tiempo se mantendrá aferrado a sus creencias, a sus sueños. Solo con el paso de los años, después de muchas dudas, llegará a la conversión completa. En el evangelio de hoy se prevé el final de su camino en el seguimiento del Maestro. Durante la Pasión, Pedro no tuvo el valor para estar con Jesús. Pero un día, se le dijo, será colocado en la posición de dar su vida; va a experimentar la coacción, el encarcelamiento (“otro te ceñirá cinturón, y te llevará a donde no quieras ir”) y, finalmente, va a morir en una cruz (“extenderás tus manos”).