2º Domingo de Pascua (ciclo C)
Juan 20, 19-31


II P (3)

19Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dijo: “La paz esté con ustedes”. 20Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. 21Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. 22Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. 23A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos”. 24Tomás, llamado Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. 25Los otros discípulos le decían: “Hemos visto al Señor”. Él replicó: “Si no veo en sus manos la marca de los clavos, si no meto el dedo en el lugar de los clavos, y la mano por su costado, no creeré”. 26A los ocho días estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa y Tomás con ellos. Se presentó Jesús a pesar de estar las puertas cerradas, se colocó en medio y les dijo: “La paz esté con ustedes”. 27Después dijo a Tomás: “Mira mis manos y toca mis heridas; extiende tu mano y palpa mi costado; en adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. 28Le contestó Tomás: “Señor mío y Dios mío”. 29Le dijo Jesús: “Porque me has visto, has creído; felices los que crean sin haber visto”. 30Otras muchas señales hizo Jesús en presencia de sus discípulos, que no están relatadas en este libro. 31Éstas quedan escritas para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida por medio de Él.


NO SEAS INCRÉDULO SINO CREYENTE
José A. Pagola

La figura de Tomás como discípulo que se resiste a creer ha sido muy popular entre los cristianos. Sin embargo, el relato evangélico dice mucho más de este discípulo escéptico. Jesús resucitado se dirige a él con unas palabras que tienen mucho de llamada apremiante, pero también de invitación amorosa: «No seas incrédulo, sino creyente». Tomás, que lleva una semana resistiéndose a creer, responde a Jesús con la confesión de fe más solemne que podemos leer en los evangelios: «Señor mío y Dios mío».

¿Qué ha experimentado este discípulo en Jesús resucitado? ¿Qué es lo que ha transformado al hombre hasta entonces dubitativo y vacilante? ¿Qué recorrido interior lo ha llevado del escepticismo hasta la confianza? Lo sorprendente es que, según el relato, Tomás renuncia a verificar la verdad de la resurrección tocando las heridas de Jesús. Lo que le abre a la fe es Jesús mismo con su invitación.

A lo largo de estos años, hemos cambiado mucho por dentro. Nos hemos hecho más escépticos, pero también más frágiles. Nos hemos hecho más críticos, pero también más inseguros. Cada uno hemos de decidir cómo queremos vivir y cómo queremos morir. Cada uno hemos de responder a esa llamada que, tarde o temprano, de forma inesperada o como fruto de un proceso interior, nos puede llegar de Jesús: «No seas incrédulo, sino creyente».

Tal vez, necesitamos despertar más nuestro deseo de verdad. Desarrollar esa sensibilidad interior que todos tenemos para percibir, más allá de lo visible y lo tangible, la presencia del Misterio que sostiene nuestras vidas. Ya no es posible vivir como personas que lo saben todo. No es verdad. Todos, creyentes y no creyentes, ateos y agnósticos, caminamos por la vida envueltos en tinieblas. Como dice Pablo de Tarso, a Dios lo buscamos «a tientas».

¿Por qué no enfrentarnos al misterio de la vida y de la muerte confiando en el Amor como última Realidad de todo? Ésta es la invitación decisiva de Jesús. Más de un creyente siente hoy que su fe se ha ido convirtiendo en algo cada vez más irreal y menos fundamentado. No lo sé. Tal vez, ahora que no podemos ya apoyar nuestra fe en falsas seguridades, estamos aprendiendo a buscar a Dios con un corazón más humilde y sincero.

No hemos de olvidar que una persona que busca y desea sinceramente creer, para Dios es ya creyente. Muchas veces, no es posible hacer mucho más. Y Dios, que comprende nuestra impotencia y debilidad, tiene sus caminos para encontrarse con cada uno y ofrecerle su salvación.

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La figura de Tomás

Este día se conmemora la aparición de Cristo a sus discípulos en la tarde del domingo después de Pascua. También recuerda la aparición del Señor a sus discípulos ocho días más tarde, cuando San Tomas estaba presente y proclamó “Mi Señor y mi Dios” al ver las manos y el costado de Cristo.

La figura de Tomás, uno de los doce discípulos que aparece en el Evangelio de Juan (Jn 20, 19-31) se ha caracterizado comúnmente por ser signo de la duda, la falta de confianza y la incredulidad.  El evangelista narra la aparición de Jesús resucitado que se coloca en medio de los discípulos saludándoles con un mensaje de paz, y mostrándoles sus manos, su costado traspasado y herido por los clavos de la crucifixión. La escena contiene imágenes y sentimientos encontrados: el resucitado se presenta herido y traspasado por los clavos, su saludo de paz se realiza entre las “heridas abiertas”; al mismo tiempo los discípulos experimentan la alegría de verlo, el envío que Jesús hace a sus discípulos sostenido por el aliento del Espíritu Santo que les comunica poder para perdonar. No obstante, los discípulos sienten miedo y como consecuencia se encierran temiendo vivir el destino de su maestro que venía de ser crucificado. No obstante, este miedo que los “encierra” no impide que el Cristo se haga presente en medio de ellos y les ofrezca una bendición que responda a la necesidad de ese instante: ¡la paz esté con ustedes !

Este pasaje consta de tres perícopas:

  1. (vv. 19-23), Jesús vuelve a los suyos, los libera del miedo que experimentan y los envía a continuar su misión, para lo cual les comunica el espíritu. La comunidad cristiana se constituye alrededor de Jesús vivo y presente.
  2. (vv24-29), relata la incredulidad de Tomás. Tomas no hace caso del testimonio de la comunidad, no busca a Jesús fuente de vida, sino a una reliquia del pasado que pueda constatar palpablemente, Jesús se la concede pero en el seno de la comunidad.
  3. (vv. 30-31). Jesús realizó en presencia de sus discípulos muchas señales. Para que creamos en Él y para que creyendo tengamos vida.

VIVIR SIN HABER EXPERIMENTADO LA RESURRECCIÓN
Muchos de nosotros que nos consideramos creyentes, podemos estar viviendo como los discípulos del evangelio, “al anochecer”, “con las puertas cerradas”,” llenos de miedo”, “temerosos de las autoridades”. Inmersos en la vieja creación; no hemos visto ni experimentado al Resucitado; la humanidad nueva parece ausente de nuestras vidas; nuestra vida puede estar oculta, replegada sin dar testimonio; como si no tuviéramos alegría, perdón y vida para transmitir.

Siendo el “Primer día de la semana”, el primero de la nueva creación, podemos seguir aferrados a lo viejo, a lo de antes. Abramos nuestra mente y nuestro corazón para reconocerlo vivo en medio de nosotros. Pero,  ¿cuál es el signo que me permite reconocerlo en mi vida, en mi comunidad, en mi familia y en la iglesia Hoy?

SIGNOS DE SU PRESENCIA

  1. La donación de la paz. “paz a vosotros”. Ha sido el saludo del resucitado. Cada nuevo día Él se dirige a mí con este mismo saludo.
  2. Soplo creador que infunde aliento de vida. “Soplo sobre ellos”. Al soplar y darles el Espíritu, Jesús confiere a los discípulos la misión de dar vida y los capacita para dicha misión. Con este nuevo aliento de Jesús resucitado, el ser humano es re -creado. Nuestro compromiso por tanto es, el de luchar por una vida más humana, más plena y más feliz.
  3. Experiencia del Perdón. Los discípulos han experimentado al resucitado como alguien que les perdona. Ningún reproche, al abandono, a la cobarde traición, ninguna exigencia para reparar la injuria. El perdón despierta esperanza y energías en quien perdona y en el que es perdonado, es la virtud de la persona nueva de la persona resucitada.
  4. Los estigmas de Jesús. Los estigmas de su amor y sufrimiento por nosotros, son signos de su presencia. Puedo descubrir la presencia del Resucitado, en los que llevan señales de sufrimiento, marginación, pobreza, olvido, exclusión; en los que sufren y dan su vida por crear vida, en los que llevan los estigmas de la marginación por ello. ¡Ahí está el Resucitado!.

El encuentro con Jesús  Resucitado para mí y para ti, debe ser experiencia que reanime nuestra fe y nuestra vida, nos abra horizontes nuevos y nos impulse a anunciar la Buena noticia y a dar testimonio, en un mundo donde existen dudas de fe, división, injusticia y sombras de muerte. También a nosotros, hoy, en este Domingo que san Juan Pablo II quiso dedicar a la Divina Misericordia, el Señor nos muestra, por medio del Evangelio, sus llagas. Son llagas de misericordia. Es verdad: las llagas de Jesús son llagas de misericordia.

Jesús nos invita a mirar sus llagas, nos invita a tocarlas, como a Tomás, para sanar nuestra incredulidad. Nos invita, sobre todo, a entrar en el misterio de sus llagas, que es el misterio de su amor misericordioso. A través de ellas, como por una brecha luminosa, podemos ver todo el misterio de Cristo y de Dios: su Pasión, su vida terrena –llena de compasión por los más pequeños y los enfermos–, su encarnación en el seno de María. Y podemos recorrer hasta sus orígenes toda la historia de la salvación: las profecías –especialmente la del Siervo de Yahvé–, los Salmos Ley y la alianza, hasta la liberación de Egipto, la primera pascua y la sangre de los corderos sacrificados; e incluso hasta los patriarcas Abrahán, y luego, en la noche de los tiempos, hasta Abel y su sangre que grita desde la tierra. Todo esto lo podemos verlo a través de las llagas de Jesús Crucificado y Resucitado y, como María en el Magnificat, podemos reconocer que «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación» (Lc 1,50)

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El pasaje de hoy está dividido en dos partes que corresponden a las apariciones del Resucitado. En la primera (vv. 19-23) Jesús dona su Espíritu a sus discípulos y, con él, el poder de vencer a las fuerzas del mal. Es el mismo pasaje que encontraremos y comentaremos en la fiesta de Pentecostés. En la segunda (vv. 24-31) se narra el famoso episodio de Tomás.

La duda de este apóstol ha entrado a formar parte del lenguaje popular: “Eres incrédulo como Tomás”. Sin embargo, mirándolo bien, parece que no haya hecho nada reprochable: pedía solamente ver lo que los otros habían visto. ¿Por qué esperar solamente de Tomás una fe basada en la palabra? ¿Ha sido él, en realidad, el único en dudar mientras que los otros habrían creído en el Resucitado de un modo fácil e inmediato? Parece que no ha sido así.

En el evangelio de Marcos se dice que Jesús “los reprendió por su incredulidad y obstinación al no haber creído a los que lo habían visto resucitado” (Mc 16,14). En el evangelio de Lucas, el Resucitado se dirige a los discípulos, espantados y llenos de miedo, y les pregunta: “¿Por qué se asustan tanto? ¿Por qué tantas dudas?” En la última página del evangelio de Mateo, se llega a decir que, cuando Jesús se apareció a sus discípulos sobre un monte de la Galilea (por tanto, mucho tiempo después de las apariciones de Jerusalén), algunos dudaron (Mt 28,17).

¡Todos dudaron! No solamente el pobre Tomás… ¿Por qué, entonces, el evangelista Juan parece como si quisiera concentrar en Tomás las dudas que atormentaron a todos por igual? Tratemos de averiguarlo.

Cuando Juan escribe (hacia el año 95 d.C.) hacía ya tiempo que Tomás estaba muerto. El episodio, por tanto, no se refiere evidentemente para desacreditarlo. Si se ponen de relieve los problemas de fe que el apóstol ha tenido, la razón es otra: el evangelista quiere responder a los interrogantes y objeciones crecientes de los cristianos de su comunidad. Se trataba de creyentes de la tercera generación que no habían visto al Señor. Muchos de ellos ni siquiera habían conocido a ninguno de los apóstoles. Les cuesta creer; se debaten en medio de dudas; quieren ver, tocar, verificar si verdaderamente el Señor ha resucitado. Se preguntan: ¿Cuáles son las razones para creer? ¿Hay pruebas de que esté vivo? ¿Por qué no se aparece más? Son preguntas que nos hacemos también los cristianos de hoy.

A estas preguntas Marcos, Lucas y Mateo responden diciendo que todos los apóstoles han tenido dudas. La fe en el Resucitado no ha resultado fácil ni rápida para ninguno; ha sido, por el contrario, un camino largo y fatigoso, a pesar de las muchas pruebas que Jesús les ha dado de estar vivo y de haber entrado en la gloria del Padre.

La respuesta que da el evangelista Juan es distinta; propone a Tomás como símbolo de las dificultades por las que atraviesa todo cristiano para llegar a la fe. Es difícil saber por qué se ha fijado Juan en este apóstol en concreto: ¿por haber tenido, quizás, más dificultades o haber necesitado más tiempo que los otros para creer en Jesús Resucitado?

Sea lo que sea, lo que Juan quiere enseñar a los cristianos de su comunidad (y a nosotros) es que el Resucitado posee una vida que no puede ser captada por nuestros sentidos, ni tocada con las manos, ni vista con los ojos; solo puede ser alcanzada por la fe. Y esto vale también para los apóstoles, a pesar de la experiencia única que han tenido del Resucitado. No se puede tener fe en aquello que se ha visto. La Resurrección no se puede demostrar científicamente, pues pertenece a una realidad distinta: la realidad de Dios. Si alguien exige ver, verificar, tocar… debe renunciar a la fe.

Nosotros decimos: “dichosos los que vieron”. Jesús, por el contrario, llama “dichosos” a los que no han visto. No porque a éstos les cueste más creer y, por tanto, tengan mayores méritos. Son dichosos porque su fe es más genuina, más pura; porque, valga la expresión, su fe es más fe. Quien ve, posee la certeza de la evidencia, posee la prueba irrefutable de un hecho.

Tomás aparece otras dos veces en el evangelio de Juan y diríamos que no sale muy bien parado. Tiene siempre dificultad para comprender; se equivoca; no interpreta bien las palabras y decisiones del Maestro. Interviene por primera vez cuando, tras la noticia de la muerte de Lázaro y la decisión de Jesús de viajar a Galilea, Tomás piensa que seguir al Maestro significa perder la vida. No comprende que Jesús es el Señor de la Vida. Por eso exclama desconsolado: “Vayamos también nosotros a morir con Él” (Jn 11,16). Durante la Última Cena, Jesús habla del camino que está recorriendo, un camino que pasa a través de la muerte para llegar a la Vida. Tomás interviene de nuevo: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Está lleno de perplejidad y dudas; no acierta a aceptar lo que no comprende. Lo demuestra una tercera vez en el episodio narrado en el evangelio de hoy.

Parece como si Juan se ensañara con el pobre Tomás. Al final, sin embargo, le hace justicia: pone en su boca la más alta, la más sublime de las profesiones de fe. En sus palabras nos viene dada la conclusión del itinerario de fe de los discípulos.

Al principio del evangelio, los primeros dos apóstoles se dirigen a Jesús llamándolo Rabí (cf. Jn 1,38). Es el primer paso hacia la compresión de la identidad del Maestro. Poco después, Andrés, que ya ha comprendido más, dice a su hermano Simón: “Hemos encontrado al Mesías” (Jn 1,14). Natanael intuye inmediatamente con quien está tratando y dice a Jesús: “Tú eres el Hijo de Dios” (Jn 1,49). Los samaritanos lo reconocen como el Salvador del mundo (Jn 4,43); la gente como el profeta (Jn 6,14) y el ciego lo proclama Señor (Jn 9,38). Para Pilato es el rey de los judíos (Jn 19,19). Es Tomás, sin embargo, el que dice la última palabra sobre la identidad de Jesús. Lo llama: Mi Señor y mi Dios. Una expresión que la Biblia emplea para referirse a JHWH (cf. Sal 35,25). Tomás es, por tanto, el primero en reconocer la divinidad de Cristo, el primero que llega a comprender lo que Jesús quería decir cuando afirmaba: “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).

La conclusión del episodio (vv. 30-31) presenta la razón por la que Juan ha escrito su libro: ha narrado una serie de “signos” (no todos, pero sí los suficientes) por dos razones: para suscitar o confirmar la fe en Cristo y para que, a través de la fe, sus lectores lleguen a la Vida.

El cuarto evangelio llama ´signos´ a los milagros. Jesús no los ha realizado para impresionar a su audiencia; es más, ha tenido palabras de condena para quienes no creían si no veían prodigios (cf. Jn 4,48). Juan los cuenta no para impresionar a sus lectores sino para “demostrar” el poder divino que Jesús poseía.

Los signos no son pruebas sino revelaciones sobre la Persona de Jesús, sobre su identidad y su misión. Solamente quien se eleva del hecho material a la realidad que el hecho significa llega a creer de manera sólida y duradera. Por ejemplo, no entiende el signo quien, en la distribución de los panes, no intuye que Jesús es el Pan de Vida. O no reconoce en la curación del ciego de nacimiento que Jesús es la Luz del mundo. O no ve en la reanimación de Lázaro que Jesús es el Señor de la Vida.

En el epílogo de su evangelio, Juan usa la palabra signo en sentido amplio: pretende abarcar toda la revelación de la Persona de Jesús, sus gestos de misericordia, las curaciones, la multiplicación de los panes, sus palabras (cf. Jn 12,37). Quien lee su libro y comprende estos signos, se encontrará con la persona de Jesús y será invitado a hacer una elección. Escogerá la Vida quien reconozca en Él al Señor y le dé su adhesión. Una sola prueba es ofrecida a quienes buscan razones para creer: el mismo Evangelio. Allí resuena la palabra de Cristo, allí refulge su Persona. No existen otras pruebas fuera de esta misma Palabra. Para comprenderlo, recordemos lo que dice Jesús en la parábola del Buen Pastor: “Mis ovejas reconocen mi voz”(Jn 10,4-5.27). No son necesarias apariciones; en el Evangelio resuena la voz del Pastor y, para las ovejas que le pertenecen, el sonido inconfundible de su voz basta para reconocerlo y sentirse atraídas por Él.

Pero ¿dónde se puede escuchar esta voz? ¿Dónde resuena esta Palabra? ¿Es posible repetir hoy la experiencia que los apóstoles tuvieron el día de la Pascua y “ocho días después”? ¿Cómo? Seguramente habremos caído en la cuenta de que las dos apariciones tienen lugar en domingo; que los que hacen la experiencia del Resucitado son las mismas personas (uno más, uno menos), que el Señor se presenta con las mismas palabras: “La paz esté con ustedes” en ambos encuentros y que, finalmente, Jesús muestra en ambos encuentros los signos de su Pasión. Existen otros detalles, pero bastan estos para que nos ayuden a responder a la pregunta que acabamos de plantearnos.

Los discípulos se encuentran reunidos en casa. El encuentro al que claramente se refiere Juan es el encuentro que acaece en “el día del Señor”, el que tiene lugar cada “ocho días”, cuando la comunidad es convocada para la celebración de la Eucaristía. Es allí, encontrándose reunidos todos los creyentes, donde se aparece el Resucitado que, por boca del celebrante, saluda a todos los presentes y, como en la tarde de Pascua y de nuevo ocho días después de la Pascua, se dirige a ellos con las palabras: “La paz esté con ustedes”.

En aquel momento Jesús se manifiesta vivo a sus discípulos. Quien, como Tomás no asiste a estos encuentros de la comunidad, no puede tener la experiencia del Resucitado (vv. 24-25); ni oír su saludo; ni escuchar su Palabra; no puede recibir su paz y su perdón (vv. 19.26.23); ni experimentar su alegría (v. 20); ni recibir su Espíritu (v. 22). Quien se queda en casa el día del Señor, quizás para rezar solo y con más tranquilidad, podrá, sí, establecer cierto contacto con Dios, pero no experimentará la presencia del Resucitado, porque éste se hace presente allí donde la comunidad está reunida.

¿Qué le sucederá a quien no encuentra al Resucitado? Tendrá necesidad, como Tomás, de pruebas para creer, pero nunca las encontrará. Contrariamente a cuanto nos presentan las pinturas de los artistas, Tomás no introdujo la mano en las heridas del Señor. Según el texto evangélico, no resulta que haya tocado al Resucitado. También Tomás, al fin de cuentas, ha declarado su profesión de fe solamente después de haber escuchado la voz del Resucitado junto a sus hermanos de comunidad. Y la posibilidad de hacer esta experiencia del Resucitado se ofrece a todos los cristianos de todos los tiempos… cada ocho días.

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Es significativa la cronología que nos da el Evangelio de Juan sobre ‘aquel día, el primero de la semana’ (v. 19), el día más importante de la historia. Porque en ese día Cristo resucitó. Aquel día había comenzado con la ida de María Magdalena al sepulcro “al amanecer, cuando aún estaba oscuro” (Jn 20,1). En el Evangelio de hoy estamos “al anochecer de aquel día… estaban… con las puertas cerradas, por miedo a los judíos” (v. 19). La ambientación espacio-temporal, e incluso psicológica, es completa. La nueva historia de la humanidad ya ha comenzado, en el signo de Cristo resucitado. Ya no se podrá prescindir de Él: esto significaría una pérdida de valores y un riesgo para la misma supervivencia humana.

Las puertas cerradas y el miedo se superan con la presencia de Jesús, el Viviente, quien por tres veces anuncia: “Paz a ustedes” (v. 19.21.26), provocando el gozo rebosante de los discípulos “al ver al Señor” (v. 20). Unión de corazones y de proyectos, compartir los bienes, fuerte testimonio del Resucitado son características evidentes de la primera comunidad cristiana (I lectura): “Todo lo tenían en común. Los apóstoles daban testimonio con gran poder de la resurrección del Señor Jesús. Y gozaban todos de gran simpatía. No había entre ellos algún necesitado” (v. 32-34). Juan (II lectura), por su parte, exhorta a los fieles a amar a Dios y a los hijos de Dios, con la certeza de que “lo que ha conseguido la victoria sobre el mundo es nuestra fe” (v. 4). Fe en Cristo Jesús, que ha venido “en el agua y en la sangre” (v. 6). La fe que lleva al cristiano y al misionero al encuentro con Cristo resucitado ayuda también a a superar muchas dificultades psicológicas, como la angustia, miedos, depresión…

Además de la paz, hay otros tres regalos importantes que Cristo resucitado (Evangelio) ofrece a a la comunidad de los creyentes: el Espíritu Santo, el perdón de los pecados y la misión. El mayor fruto de la Pascua es ciertamente el don del Espíritu Santo, que Jesús exhala sobre los discípulos: “Reciban el Espíritu Santo” (v. 22). Es el Espíritu de la creación redimida y renovada, que Jesús derrama en el momento de la muerte en la cruz (Jn 19,30), como preludio de Pentecostés (Hch 2ss).

Para Juan el don del Espíritu está esencialmente vinculado con el don de la paz y, por tanto, con el perdón de los pecados, como dice Jesús: “A quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados” (v. 23). La auténtica paz ahonda sus raíces en la purificación de los corazones, en la reconciliación con Dios, con los hermanos y con toda la creación. Esta reconciliación es obra del Espíritu, porque “Él es el perdón de todos los pecados” (ver la oración sobre las ofrendas en la Misa del sábado antes de Pentecostés, y la nueva fórmula de la absolución sacramental). Para el evangelista Lucas, “la conversión y el perdón de los pecados” son el mensaje que los discípulos deberán predicar “a todos los pueblos” (Lc 24,47). Con razón, por tanto, el sacramento de la reconciliación es un inestimable regalo pascual de Jesús: es el sacramento de la alegría cristiana (Bernardo Häring).

Los dones del Resucitado han de anunciarse y compartirse con toda la familia humana: por eso, Jesús, aquella misma tarde anuncia la misión universal, que Él confía a los apóstoles y a sus sucesores: “Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo” (v. 21). Son palabras que vinculan para siempre la misión de la Iglesia con la vida de la Trinidad, porque el Hijo es el misionero enviado por el Padre para salvar al mundo, por el amor. “¡Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo!” Son palabras que es preciso leer en paralelo con estas otras: “Como el Padre me ha amado, yo también los he amado a ustedes” (Jn 15,9), estableciendo así un vínculo indestructible entre misión-amor, amor-misión. Con estas palabras queda definitivamente establecido que la Misión universal nace de la Trinidad (AG 1-6) y es un don-compromiso pascual de Jesús resucitado.

Los dones del Resucitado (Evangelio): la paz, el Espíritu, la reconciliación y la misión, los vivimos en la fe. Aunque no vemos al Señor, somos dichosos (v. 29) si creemos en Él y le amamos. Estamos, por tanto, agradecidos a Tomás (v. 25), por haber querido meter su mano en la herida del Corazón de Cristo, que “cubiculum est Ecclesiae”, como afirma S. Ambrosio, es decir, el habitáculo íntimo/secreto de la Iglesia. Ese Corazón es el santuario de la Divina Misericordia, título y tesoro que en este domingo se celebra con creciente devoción popular. La misericordia divina es, desde siempre, la más global y consoladora revelación del misterio cristiano: “La tierra está llena de miseria humana, pero está rebosante de la misericordia de Dios” (S. Agustín). Esta es la ‘buena noticia’ permanente que la Misión lleva a toda la humanidad.