
P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra
Miseria y Misericordia
Año C – Cuaresma – 5º Domingo
Juan 8,1-11: “Vete, y en adelante no peques más”
En nuestro camino cuaresmal, los domingos pasados han puesto en el centro el anuncio de la misericordia de Dios y la invitación a la conversión. Hoy este itinerario alcanza su culmen con el Evangelio de la mujer sorprendida en flagrante adulterio.
Este pasaje (Juan 8,1-11) ha tenido una historia complicada: ausente en los manuscritos más antiguos, ignorado por los Padres latinos hasta el siglo IV y nunca comentado por los Padres griegos del primer milenio. Es como una página arrancada de su contexto original e insertada aquí en el Evangelio de Juan. Sin embargo, muchos estudiosos creen que podría pertenecer a san Lucas, el evangelista de la misericordia.
Este fragmento resultaba incómodo, ya que contradecía la estricta praxis penitencial de los primeros siglos, según la cual los pecados más graves —homicidio, adulterio y apostasía— solo podían ser perdonados una vez en la vida. En el fondo, incluso hoy nos cuesta superar la lógica de la justicia para abrazar plenamente la mentalidad de la misericordia.
¿Tú qué opinas?
La escena ocurre por la mañana en el Templo, donde Jesús enseñaba al pueblo. Los escribas y fariseos le traen a una mujer sorprendida en adulterio, la colocan en medio y le dicen: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos mandó apedrear a mujeres como esta. ¿Tú qué dices?”.
El evangelista añade que decían esto para ponerlo a prueba. La mujer es solo un pretexto: el verdadero acusado es él, Jesús, y su misericordia. Quieren ver cómo sale de esta situación. Si duda en aplicar la Ley, pueden acusarlo ante el Sanedrín; si en cambio se pronuncia a favor de la condena, se ganaría la antipatía del pueblo, que lo veía como un maestro bueno y compasivo.
La práctica de condenar a muerte a los adúlteros era común en el antiguo Oriente Medio: una práctica bárbara que, lamentablemente, aún persiste en algunos países islámicos. También se encuentra en el libro del Levítico 20,10: “Si un hombre comete adulterio con la esposa de su prójimo, el adúltero y la adúltera serán condenados a muerte” (cf. Dt 22,22). Era un medio disuasorio contra el adulterio, pero en la práctica no se aplicaba estrictamente en tiempos de Jesús. Además, aquí solo está la mujer adúltera. ¿Y el adúltero, dónde está? La Ley, por tanto, no se aplica con imparcialidad.
Jesús, en vez de responder, se agacha y se pone a escribir con el dedo en el suelo, en silencio. ¿Qué escribe? ¿Los pecados de los acusadores, como sugiere san Jerónimo? ¡Cuántas conjeturas se han hecho al respecto! La explicación, probablemente, es mucho más sencilla: garabatear en el suelo podría haber sido una forma de tomarse un momento, reflexionar, preparar una respuesta o incluso calmar la irritación provocada por la pregunta.
Solo tres veces en las Escrituras encontramos la expresión “escribir con el dedo”. La primera está en Éxodo 31,18: el dedo de Dios escribe la Ley sobre las tablas de piedra; la segunda, en el pasaje paralelo de Deuteronomio 9,10; y la tercera, en el libro del profeta Daniel, capítulo 5, cuando el dedo de una mano escribe tres palabras en la pared del salón del banquete donde el rey Belsasar profana los vasos sagrados del Templo de Jerusalén.
¿Qué escribe Jesús? La nueva ley del amor y de la misericordia, escrita en el polvo del que fuimos formados, sobre la fragilidad de nuestra carne, en nuestra vida marcada por la infidelidad y el pecado. Es la nueva ley que Dios prometió escribir en el corazón del creyente (Jeremías 31,31-34).
¡El que esté sin pecado, que tire la primera piedra!
Jesús permanecía en silencio. Pero como insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo: “El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra contra ella”. Luego, inclinándose de nuevo, escribía en el suelo.
Jesús no niega la Ley, pero invita a aplicarla antes que nada a uno mismo. Todos esperan que alguien “sin pecado” lance la primera piedra. Pero en vano. Y entonces, uno tras otro, se van. Llegaron juntos, seguros de sí mismos; se marchan confundidos, poco a poco, empezando por los más ancianos. Allí quedan, en el suelo, las piedras. Y con ellas, también las máscaras de quienes se habían presentado como jueces justos.
Los acusadores de la mujer se ven obligados a mirar en su interior, a confrontarse también ellos con la Ley de Moisés. Y se encuentran en el lugar de la mujer. Si miramos de verdad dentro de nosotros mismos, ya no podemos condenar a nadie. A menudo, inconscientemente, al no poder vencer el mal que habita en nosotros, tratamos de combatirlo fuera —en los demás— y así terminamos sintiéndonos en paz. Es entonces cuando interviene la lógica del grupo: basta que alguien lance la primera piedra para que todos los demás lo sigan. Así, nadie asume la responsabilidad de las piedras arrojadas. Si no combatimos el mal dentro de nosotros, siempre será el otro, el enemigo a eliminar.
Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?
Todos se han marchado. ¿Derrotados o convencidos? No se sabe. Y la mujer quedó allí, sola, en medio. De un lado la miseria, del otro la misericordia, comenta san Agustín. Entonces Jesús se enderezó de nuevo, la miró y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?” Ella respondió: “Nadie, Señor”.
Jesús se “enderezó” para mirarla. Según el sentido literal del verbo griego, Jesús se “endereza”, no “se pone de pie”. Él permanece sentado, abajo: no nos mira desde lo alto, sino desde abajo, porque ha venido a ocupar el último lugar.
En ese momento, las miradas se cruzan: la de la mujer, avergonzada, temerosa y triste; y la de Jesús, pura, dulce y compasiva. Es una mirada distinta, única, que la mujer no había conocido nunca.
“Lo que salva es la mirada”, dice Simone Weil. El cristiano está llamado a reflejar esa mirada cada mañana, para tomar conciencia de cuánto es amado y para purificar su propia mirada sobre los demás y sobre la realidad.
Jesús la llama “Mujer”, como también llama a su Madre en el Evangelio de Juan. Así le devuelve su dignidad. Y ella, la Mujer, lo llama “Señor”, el Señor que le salvó la vida.
Esta mujer nos representa a todos nosotros, “adúlteros”, infieles al Esposo. También nosotros formamos parte de la “generación adúltera y pecadora” (Marcos 8,38).
¡Vete, y en adelante no peques más!
Entonces Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno”, porque “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él” (Juan 3,17).
“¡Vete, y en adelante no peques más!” Estás libre de tu pasado. La vida vuelve a estar en tus manos. ¡Puedes empezar una vida nueva!
Estas mismas palabras se nos dirigen a nosotros en esta Cuaresma. Muchas veces nuestra vida está atrapada en el pasado: por nuestros fracasos, por el remordimiento de las oportunidades perdidas, por nuestros pecados… Pero el Señor nos dice: “No recordéis lo pasado, no penséis más en lo antiguo. Mirad que yo hago algo nuevo: ya está brotando, ¿no lo notáis?” (Isaías 43,16-21 – Primera Lectura).
Hagamos, entonces, como san Pablo: “Olvidando lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta” (Filipenses 3,8-14 – Segunda Lectura).
P. Manuel João Pereira Correia, MCCJ