P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra

Año C – Cuaresma – 3º domingo
Lucas 13,1-9: “Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”

Después de los dos primeros domingos de Cuaresma, en los que recordamos las tentaciones de Jesús en el desierto y su transfiguración en la montaña, el calendario litúrgico nos propone un tema cuaresmal diferente para cada ciclo litúrgico. Este año, en el ciclo C, en el que leemos el Evangelio de Lucas, el tema dominante es la conversión y la misericordia.

El pasaje del Evangelio de hoy es propio de Lucas. La primera parte contiene una fuerte invitación de Jesús a la conversión, tomando como ejemplo dos hechos recientes. La segunda es la breve parábola de la higuera estéril, que subraya tanto la urgencia de la conversión como la paciencia misericordiosa de Dios.

Tres tipos de muerte

“En aquel tiempo, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de aquellos galileos, cuya sangre Pilato había mezclado con la de sus sacrificios.” Estas personas querían empujar a Jesús a pronunciarse sobre este hecho: o bien políticamente, condenando la represión sangrienta de Pilato, o bien religiosamente, justificando lo sucedido como consecuencia de la culpa de los galileos. De hecho, a pesar de la reflexión contraria del libro de Job, existía la fuerte creencia de que toda desgracia estaba ligada a una culpa (Juan 9,1-2). De hecho, esta relación entre culpa y castigo sigue presente en la mentalidad religiosa de muchos.

“Jesús respondió: ‘¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que todos los demás galileos porque padecieron esto? No, os lo digo; y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.’” Y, a este hecho violento, Jesús añade otro, relacionado con una tragedia: “O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre de Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los demás habitantes de Jerusalén? No, os lo digo; y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”

A primera vista, parece que Jesús evita la cuestión. No es así. Jesús responde como un profeta, impulsando a sus oyentes a profundizar en la interpretación de los acontecimientos. Sin esta relectura de la vida, los hechos quedan en mera crónica y no se convierten en historia de salvación.

Los galileos asesinados por Pilato o los hombres aplastados por la torre podrían haber sido cualquiera, dice Jesús. Se trata de un acontecimiento fortuito. Sin embargo, como profeta, Jesús advierte que hay una amenaza mucho más grave que pesa sobre todos: “Os lo digo, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.” ¡Y lo repite dos veces!

Así pues, existen tres tipos de muerte: la primera, causada por la injusticia (los galileos asesinados por Pilato); la segunda, debida a desastres naturales o negligencia (los dieciocho aplastados por la torre); y, finalmente, la tercera, la muerte escatológica por falta de conversión, ¡que es sin duda la más temible! Las dos primeras dependen de nuestra fragilidad; la tercera, de nuestra responsabilidad.

Pero, ¿qué es la conversión?

Todos tenemos una idea de lo que es la conversión y lo que implica, pero la etimología de la palabra puede ayudarnos a comprenderla mejor.

En latín, convertirse/conversión (se convertere / conversio) significa cambiar de dirección, de camino, de ruta. Subraya la dimensión espacial, el cambio de rumbo de un cuerpo: hacer un giro en U después de haber tomado el camino equivocado. Si he decidido convertirme, me pregunto: ¿hacia dónde me lleva mi camino? ¿Estoy caminando en la dirección correcta?

En hebreo, convertirse/conversión (shuv / teshuvá) significa volverse, regresar, retornar. Es uno de los verbos más utilizados en la Biblia hebrea (1060 veces). Convertirse significa cambiar de rumbo, sí, pero para volver a Dios, fuente de vida, de renacimiento y de alegría. Convertirse significa regresar a la casa del Padre y dejarse abrazar por Él.

En griego (metanoein / metánoia), significa cambiar de mentalidad o cambiar la forma de pensar. Convertirse significa cambiar la manera de ver las cosas, como afirma San Pablo: “No os conforméis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Romanos 12,2).

La conversión toca todas las dimensiones de la vida e implica el cambio total de la persona: su forma de actuar (conversio), su corazón (teshuvá) y su mente (metánoia).

La urgencia de la conversión

Jesús añade la parábola de la higuera para subrayar la urgencia de la conversión y la paciencia misericordiosa de Dios.

“Les dijo también esta parábola: ‘Un hombre tenía una higuera plantada en su viñedo, y fue a buscar fruto en ella, pero no encontró ninguno.’” La higuera, al igual que la viña, es símbolo del pueblo de Israel (véase Oseas 9,10; Jeremías 8,4-13; 24,1-10), pero también de la Iglesia y de cada uno de nosotros. ¿Qué nos hace estériles? ¡El mal que habita en nosotros!

“Entonces dijo al viñador: ‘Hace tres años que vengo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. ¡Córtala! ¿Por qué ha de ocupar terreno en vano?’” Los tres años podrían ser una alusión a los tres años del ministerio de Jesús. Juan había anunciado que el Mesías llegaría con el hacha en la mano: “Todo árbol que no da buen fruto es cortado y arrojado al fuego” (Lucas 3,9). Sin embargo, Jesús aplaza el juicio hasta el fin de los tiempos.

“Pero el viñador respondió: ‘Señor, déjala todavía este año, hasta que la cave alrededor y le eche abono. A ver si da fruto en adelante; si no, la cortarás.’” Según la legislación del Levítico, los frutos solo podían recogerse a partir del cuarto año (Levítico 19,23-25). Así que, haciendo cuentas, tenemos 3+3+1 años, que suman 7 años: el número perfecto de la plenitud de la paciencia misericordiosa de Dios.

El viñador es Jesús, que intercede por nosotros y nos “abona” con su sangre y su palabra. Nosotros también somos viñadores, llamados no a condenar (cortar), sino a implorar la misericordia de Dios y a abonar el mundo con la oración. Y, al final, dejarle a Dios la última palabra: “A ver si da fruto en adelante; si no, la cortarás”… Tú, Señor, no yo.

Queridos amigos, en esta Cuaresma, Dios nos concede aún un tiempo adicional, el año de gracia que Jesús anunció en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4,19). Las oportunidades en la vida y en la gracia no se repiten: ¡hay que aprovecharlas! ¡Antes de que sea demasiado tarde!

P. Manuel João Pereira Correia, mccj