
P. Manuel João, Comboniano
Reflexión dominical
de la boca de mi ballena, ela
Nuestra cruz es el púlpito de la Palabra
Del Rostro a los rostros
Año C – Cuaresma – 2º domingo
Lucas 9,28-36: “¡Qué bien estamos aquí!”
Nuestro camino cuaresmal prevé varias etapas, seis para ser exactos, tantas como los domingos de la Santa Cuaresma.
Cada año, la Cuaresma nos presenta en el primer domingo el pasaje de las Tentaciones y en el segundo el de la Transfiguración. Estos dos evangelios son fundamentales en el camino cuaresmal, casi como un recordatorio de que la vida cristiana no existe sin tentación, pero tampoco sin momentos de luz y transfiguración.
Este año leemos a San Lucas. La versión de la Transfiguración de Jesús en el Evangelio de Lucas (9,28-36) presenta algunas características peculiares en comparación con los relatos paralelos de Mateo (17,1-8) y Marcos (9,2-8). Tres son las principales peculiaridades del relato de Lucas:
- El contexto de la oración. Lucas subraya que la Transfiguración ocurre durante la oración: “Jesús tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago y subió al monte a orar. Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lc 9,28-29). Este es un tema característico de Lucas, quien frecuentemente presenta a Jesús en oración antes de eventos importantes.
- El tema del diálogo. Solo Lucas especifica el contenido de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías: “Hablaban de su éxodo, que iba a cumplirse en Jerusalén” (Lc 9,31). El uso del término “éxodo” es muy significativo: evoca la liberación de Israel de Egipto y prefigura la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús como una nueva liberación.
- El sueño de los discípulos. Solo Lucas menciona que Pedro, Juan y Santiago se duermen: “Pedro y sus compañeros estaban rendidos de sueño, pero al despertar vieron su gloria” (Lc 9,32). Este episodio anticipa su sueño en el Huerto de los Olivos (Lc 22,45), creando un paralelo entre la Transfiguración y la Pasión.
Una experiencia de belleza y luz
Hemos escuchado en el evangelio el relato de lo sucedido en la montaña. Se trata de una experiencia exaltante de belleza y de luz; una epifanía trinitaria (Jesús, la Voz del Padre y la Nube y la Sombra, símbolos del Espíritu Santo); un encuentro entre lo humano y lo divino; un diálogo entre la Palabra (Cristo), la Torá (Moisés) y los Profetas (Elías); un temor sagrado al entrar en la nube luminosa; una escucha de la Voz que proclama: “Este es mi Hijo, el Elegido; escuchadle”. Aquí se nos ofrece un anticipo de la experiencia de la resurrección de Jesús y de nuestra bienaventuranza.
La fuente de esta luz y belleza es el rostro de Cristo. “El aspecto de su rostro cambió”, dice Lucas. “Su rostro resplandecía como el sol”, dice Mateo (17,2). Todos buscamos ese rostro, como dice el salmista: “Tu rostro, Señor, buscaré” (Salmo 26,8). Ese rostro nos revela nuestra identidad más profunda, nuestro verdadero rostro, oculto detrás de tantas máscaras y disfraces. Del encuentro con Cristo salimos transfigurados, con un rostro radiante, como Moisés cuando salía de la presencia de Dios (Éxodo 34,35).
Solo quien ha contemplado la belleza de ese Rostro puede también reconocerlo en el “Ecce Homo” y en todos los rostros marcados por el sufrimiento y la injusticia.
Espejo de la gloria del Señor
La Transfiguración no es solo el misterio de la metamorfosis de Jesús, sino también de nuestra propia transformación y de toda la realidad que nos rodea. Todo lo que es iluminado por su luz responde revelando su belleza interior y su profunda armonía. La vida cristiana en sí misma es una experiencia de transfiguración continua hasta la transfiguración final de la resurrección, como nos anuncia Pablo en la segunda lectura de hoy: “El Señor Jesucristo… transformará nuestro humilde cuerpo para conformarlo a su cuerpo glorioso” (Filipenses 3,20).
El verbo griego utilizado aquí para ‘transfiguración’ o ‘metamorfosis’, metamorphein, es muy raro en el Nuevo Testamento. Solo aparece aquí, en el relato evangélico de la Transfiguración (Mateo 17,2; Marcos 9,2), y dos veces en los escritos de Pablo (Romanos 12,1-2; 2 Corintios 3,18), siempre en forma pasiva.
Especialmente interesante es la afirmación del apóstol Pablo en 2 Corintios 3,18: “Y todos nosotros, con el rostro descubierto, reflejamos como en un espejo la gloria del Señor y nos vamos transformando en su misma imagen, de gloria en gloria, según la acción del Espíritu del Señor”. Es un texto bellísimo, digno de ser guardado en la memoria del corazón. Aquí es el rostro del cristiano el que es iluminado por la luz del rostro de Cristo y refleja su gloria como un espejo. Esta luz no es un acontecimiento transitorio, sino que opera en nosotros una metamorfosis. Nos convertimos en lo que contemplamos. Si alimentamos nuestra mirada, nuestra imaginación y nuestra alma con imágenes de una belleza superficial y efímera, nos descubriremos desnudos e incluso desfigurados. Si alimentamos el corazón con la verdadera belleza, la reflejaremos en nosotros mismos.
El misterio del Rostro y de los rostros
La montaña de la Transfiguración tiene dos vertientes: la de la subida a la montaña, para contemplar al Señor (experiencias luminosas de oración), y la del descenso al valle, a nuestra vida cotidiana con su monotonía y sus fealdades. Son los dos rostros de la vida, que estamos llamados a reconciliar. El rostro de Cristo, “El más hermoso de los hijos de los hombres” (Salmo 45,3), es el de la Transfiguración y el del Resucitado, pero también el del Siervo de Yahvé que “no tenía apariencia ni belleza para atraer nuestras miradas, ni esplendor para que nos agradara” (Isaías 53,2).
Es fácil decir con Pedro: “¡Señor, qué bien estamos aquí!”. Más difícil es llegar a decir, como el escritor católico británico G.K. Chesterton, al lado de un amigo moribundo, contemplando su rostro pálido por la muerte: “¡Fue hermoso para mí estar allí!”.
Recuerdo un episodio contado por mi compañero, el P. Alex Zanotelli, ocurrido en el barrio marginal de Korogocho, en Nairobi. Cuando preguntó a una joven que estaba muriendo de sida quién era Dios para ella, tras un momento de silencio, le respondió: “¡Dios soy yo!”.
Esta es la meta y la misión del cristiano: reconocer y dar testimonio de la Belleza de Dios en las realidades, incluso en las más dramáticas, de la vida.
Para la reflexión personal de la semana: reflexionar sobre cómo cultivar momentos de exposición a la luz del rostro de Cristo.
P. Manuel João Pereira Correia, mccj
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